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INFORMACIÓN DE LA PROVINCIA DE TALARA
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HISTORIA DE TALARA
En sus
orígenes, Talara fue una caleta de pescadores, conocida por sus
depósitos de brea que utilizaron los antiguos pobladores de la región
norte, en tiempos del imperio incaico, para alumbrarse durante sus cultos,
impermeabilizar sus vasijas, momificar a sus muertos y pavimentar sus
caminos.
También los
españoles de la época colonial, utilizaron el "Copé", nombre
que los incas dieron a la brea, para el calafateo de sus embarcaciones,
proteger los odres de aguardiente y también para efectos
medicinales.
Ya en la Biblia
hay referencias al petróleo. Se dice que el patriarca Noe lo utilizó
para calafetear su famosa arca. En la Torre de Babel se utilizó betún
obtenido de petróleo. Los egipcios también lo usaron para embalsamar a
sus muertos; los griegos lo usaron como arma incendiaria, lanzando jarras
llenas de petróleo ardiente contra las embarcaciones enemigas.
Siendo Virrey
del Perú don José Antonio Manso de Velazco, Conde de Superunda, la Real
Corona de España dispuso que los yacimientos (de cuyo valor ya habían
tomado conciencia los peninsulares) se incorporasen al patrimonio
real.
Sin embargo, el
terreno y la mina que encerraba fue concedido, por primera vez cuando
promediaba el Siglo XVII al Capitán Martín Alonso Granadino, quien tomó
posesión de aquél de manos del gobierno español, abarcando todos los
ojos del "Copé" o brea blanda que hubieran descubierto y los
que en adelante se descubriesen, desde los cerros Cuscús y Prieto hasta
el pueblo de Tumbes y desde las orillas del mar, 30 leguas (150 km) tierra
adentro, debiendo satisfacer la merced conductiva con la entrega de una
cantidad fija de brea por año, en beneficio del Rey.
Este hecho dio
origen a la creación de la hacienda "Máncora" y a la
formación de pequeñas aldeas de moradores a orillas del mar, que a su
vez determinaron el nacimiento de Talara, Máncora y Lobitos.
Con el
transcurso de los años, los derechos sobre estas tierras fueron pasando
por una sucesión de personas, en 1710 una familia De la Cruz obtuvo
permiso para explotar la mina durante un siglo, es decir hasta 1810.
Al constituirse
la República, el Estado peruano fue el legítimo sucesor de la mina, la
misma que enajenó a don José Antonio Quintana, con fecha 28 de
septiembre de 1826, como pago del crédito de cuatro mil novecientos
setenta y cuatro pesos que había administrado al Estado durante la guerra
de la independencia.
El señor
Quintana, vendió la mina a don José de Lama, entonces dueño de la
Hacienda "Máncora" en cuyos terrenos estaba la mina. Don José
de Lama reunió, así, en sus cualidades de dueño de la mina y dueño del
suelo. Al morir el señor de Lama, en 1850, la hacienda se dividió; a
doña Josefa de Lama (hija de don José) le tocó la mina y la sección
denominada "La Brea" y a la viuda, doña Josefa Godos de De
Lama, la sección denominada "Pariñas".
Al fallecer,
doña Josefa de Lama legó la hacienda y la mina a don Juan Helguero e
hijos, entre estos a don Genero Helguero, quien posteriormente adquirió
todos los derechos que su padre y hermanos poseían.
Al conocerse
las primeras noticias de que en EE.UU. de Norteamérica se había
perforado el primer pozo de petróleo en el mundo, Genaro Helguero viaja
al país del norte y contrata los servicios técnicos de Eduardo Fowks,
con quien trajo consigo maquinaria y equipos necesarios para iniciar los
trabajos de explotación del petróleo, que al resultar demasiado costosos
lo obligaron a vender sus derechos a don Herbert Tweddle, según escritura
del 3 de septiembre de 1888.
El señor
Tweddle, a su vez cedió la mitad de sus derechos a su compatriota William
Keswick y ambos dieron en arrendamiento por el lapso de 99 años, la
hacienda y la mina a la sociedad inglesa denominada Landon & Pacific
Petroleum; constituida en Londres en 1889.
La compañía
inglesa transfirió en 1914 el contrato de arrendamiento a la
International Petroleum Company, de orígenes canadiense, la misma que en
1924 compró al señor Keswick y a los herederos y concesionarios del
señor Tweddle, los dominios de la hacienda La Brea y Pariñas, pero no la
mina que pertenecía exclusivamente al Estado.
Esta operación
se realizó el 28 de febrero del citado año, ante el cónsul del Perú en
Londres, según consta en la escritura de compra inserta en el Registro de
Propiedad de Inmueble de Piura, a fojas 171 del tomo 19 asiento 6.
Con este hecho
se inauguraba una etapa que estuvo signada por la polémica y el
antagonismo político de dos corrientes y tendencias: la de aquellos que
apoyaron y sirvieron a la empresa extranjera en distintos aspectos y la de
quienes, desde una perspectiva nacionalista enarbolaron las banderas
reivindicacionistas, reclamando la expulsión de la IPCo.
En esta
contienda largamente sostenida, fueron muchos los caídos, los apresados o
perseguidos, siendo Martín Chumo, victimado el 31 de mayo de 1916, quien
encabeza la lista de los mártires petroleros, seguido por José María
Benites, conocido como "Casiano", muerto en la masacre de
Lobitos el año siguiente.
La rueda del
tiempo sigue girando; frente a los abusos de la IPCo. los petroleros se
van organizando, planifican sus luchas, realizan paros y huelgas y le dan
forma a sus sindicatos de Talara, Negritos, Lagunitos y Lobitos. En esta
tarea tuvo importante labor, según testimonio de petroleros fallecidos,
el dirigente aprista Luis Negreiros Vega, quien de modo semiclandestino
adoctrinaba e instruía política y sindicalmente a los
trabajadores.
Y así se llega
a la ya lejana y oscura noche del 31 de junio de 1931, en que los
valientes trabajadores, junto con sus esposas e hijos, son masacrados en
el marco de una lucha que la historia sindical del Perú ha registrado con
caracteres especiales.
Por otro lado,
la vertebración política del país, a nivel de partidos, trajo como
consecuencia la división de los trabajadores, quienes desde sus
organizaciones gremiales: Sindicato Nº 1 (Aprista) y Sindicato Nº 2
(Socialista) movidos por la pasión y disciplina partidarias, perdieron la
perspectiva estratégica de la lucha, beneficiando con ello a la empresa.
Mientras el sindicato 1, pedían la nacionalización progresiva, el
sindicato 2, exigía la nacionalización inmediata, dilatándose el plazo
para una solución decorosa del problema.
Así
las cosas, se llega al año 1968, año de muchos y controvertidos sucesos,
que marcaron el cambio de rumbo del país. |