Editor: Lic. Andrés Vera Córdova

 

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INFORMACIÓN DE LA PROVINCIA DE TALARA

HISTORIA DE TALARA

En sus orígenes, Talara fue una caleta de pescadores, conocida por sus depósitos de brea que utilizaron los antiguos pobladores de la región norte, en tiempos del imperio incaico, para alumbrarse durante sus cultos, impermeabilizar sus vasijas, momificar a sus muertos y pavimentar sus caminos. 

También los españoles de la época colonial, utilizaron el "Copé", nombre que los incas dieron a la brea, para el calafateo de sus embarcaciones, proteger los odres de aguardiente y también para efectos medicinales. 

Ya en la Biblia hay referencias al petróleo. Se dice que el patriarca Noe lo utilizó para calafetear su famosa arca. En la Torre de Babel se utilizó betún obtenido de petróleo. Los egipcios también lo usaron para embalsamar a sus muertos; los griegos lo usaron como arma incendiaria, lanzando jarras llenas de petróleo ardiente contra las embarcaciones enemigas. 

Siendo Virrey del Perú don José Antonio Manso de Velazco, Conde de Superunda, la Real Corona de España dispuso que los yacimientos (de cuyo valor ya habían tomado conciencia los peninsulares) se incorporasen al patrimonio real. 

Sin embargo, el terreno y la mina que encerraba fue concedido, por primera vez cuando promediaba el Siglo XVII al Capitán Martín Alonso Granadino, quien tomó posesión de aquél de manos del gobierno español, abarcando todos los ojos del "Copé" o brea blanda que hubieran descubierto y los que en adelante se descubriesen, desde los cerros Cuscús y Prieto hasta el pueblo de Tumbes y desde las orillas del mar, 30 leguas (150 km) tierra adentro, debiendo satisfacer la merced conductiva con la entrega de una cantidad fija de brea por año, en beneficio del Rey. 

Este hecho dio origen a la creación de la hacienda "Máncora" y a la formación de pequeñas aldeas de moradores a orillas del mar, que a su vez determinaron el nacimiento de Talara, Máncora y Lobitos. 

Con el transcurso de los años, los derechos sobre estas tierras fueron pasando por una sucesión de personas, en 1710 una familia De la Cruz obtuvo permiso para explotar la mina durante un siglo, es decir hasta 1810. 

Al constituirse la República, el Estado peruano fue el legítimo sucesor de la mina, la misma que enajenó a don José Antonio Quintana, con fecha 28 de septiembre de 1826, como pago del crédito de cuatro mil novecientos setenta y cuatro pesos que había administrado al Estado durante la guerra de la independencia. 

El señor Quintana, vendió la mina a don José de Lama, entonces dueño de la Hacienda "Máncora" en cuyos terrenos estaba la mina. Don José de Lama reunió, así, en sus cualidades de dueño de la mina y dueño del suelo. Al morir el señor de Lama, en 1850, la hacienda se dividió; a doña Josefa de Lama (hija de don José) le tocó la mina y la sección denominada "La Brea" y a la viuda, doña Josefa Godos de De Lama, la sección denominada "Pariñas". 

Al fallecer, doña Josefa de Lama legó la hacienda y la mina a don Juan Helguero e hijos, entre estos a don Genero Helguero, quien posteriormente adquirió todos los derechos que su padre y hermanos poseían. 

Al conocerse las primeras noticias de que en EE.UU. de Norteamérica se había perforado el primer pozo de petróleo en el mundo, Genaro Helguero viaja al país del norte y contrata los servicios técnicos de Eduardo Fowks, con quien trajo consigo maquinaria y equipos necesarios para iniciar los trabajos de explotación del petróleo, que al resultar demasiado costosos lo obligaron a vender sus derechos a don Herbert Tweddle, según escritura del 3 de septiembre de 1888.

El señor Tweddle, a su vez cedió la mitad de sus derechos a su compatriota William Keswick y ambos dieron en arrendamiento por el lapso de 99 años, la hacienda y la mina a la sociedad inglesa denominada Landon & Pacific Petroleum; constituida en Londres en 1889. 

La compañía inglesa transfirió en 1914 el contrato de arrendamiento a la International Petroleum Company, de orígenes canadiense, la misma que en 1924 compró al señor Keswick y a los herederos y concesionarios del señor Tweddle, los dominios de la hacienda La Brea y Pariñas, pero no la mina que pertenecía exclusivamente al Estado. 

Esta operación se realizó el 28 de febrero del citado año, ante el cónsul del Perú en Londres, según consta en la escritura de compra inserta en el Registro de Propiedad de Inmueble de Piura, a fojas 171 del tomo 19 asiento 6.

Con este hecho se inauguraba una etapa que estuvo signada por la polémica y el antagonismo político de dos corrientes y tendencias: la de aquellos que apoyaron y sirvieron a la empresa extranjera en distintos aspectos y la de quienes, desde una perspectiva nacionalista enarbolaron las banderas reivindicacionistas, reclamando la expulsión de la IPCo.

En esta contienda largamente sostenida, fueron muchos los caídos, los apresados o perseguidos, siendo Martín Chumo, victimado el 31 de mayo de 1916, quien encabeza la lista de los mártires petroleros, seguido por José María Benites, conocido como "Casiano", muerto en la masacre de Lobitos el año siguiente. 

La rueda del tiempo sigue girando; frente a los abusos de la IPCo. los petroleros se van organizando, planifican sus luchas, realizan paros y huelgas y le dan forma a sus sindicatos de Talara, Negritos, Lagunitos y Lobitos. En esta tarea tuvo importante labor, según testimonio de petroleros fallecidos, el dirigente aprista Luis Negreiros Vega, quien de modo semiclandestino adoctrinaba e instruía política y sindicalmente a los trabajadores. 

Y así se llega a la ya lejana y oscura noche del 31 de junio de 1931, en que los valientes trabajadores, junto con sus esposas e hijos, son masacrados en el marco de una lucha que la historia sindical del Perú ha registrado con caracteres especiales. 

Por otro lado, la vertebración política del país, a nivel de partidos, trajo como consecuencia la división de los trabajadores, quienes desde sus organizaciones gremiales: Sindicato Nº 1 (Aprista) y Sindicato Nº 2 (Socialista) movidos por la pasión y disciplina partidarias, perdieron la perspectiva estratégica de la lucha, beneficiando con ello a la empresa. Mientras el sindicato 1, pedían la nacionalización progresiva, el sindicato 2, exigía la nacionalización inmediata, dilatándose el plazo para una solución decorosa del problema. 

Así las cosas, se llega al año 1968, año de muchos y controvertidos sucesos, que marcaron el cambio de rumbo del país.