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I. La LLegada

Llegamos a Tokyo un día de febrero hacia las seis de la tarde, luego de un viaje de veintidós horas en avión y varias horas de incómoda espera en el aeropuerto de Los Ángeles. El sistema de cale-facción del aeropuerto internacional de Narita nos protegía del frío ambiental que anunciaban diversas marquesinas: cuatro grados Celsius. Fuimos recibidos por una numerosa y entusiasta delegación de autoridades y miembros integrantes de Soka Gakkai, quienes nos trataron como a entrañables familiares que regresaban después de mucho tiempo, necesitados de ternura y comprensión.
Después de las presentaciones e intercambio de saludos, salimos al exterior del aeropuerto para abordar el vehículo que nos trasladaría al centro de Tokyo. En aquel momento sentí, por primera vez, la intensa sensación que parece paralizar la circulación sanguínea: el rostro se pone tenso y las orejas parecen de cristal mientras las pupilas se dilatan en un asombro placentero: el frío, el viento gélido del invierno oriental. Una vez acomodados en el interior del vehículo, con calefacción y asientos pullman, recibimos de la traductora oficial que nos habían asignado un fólder conteniendo copias del Diario EL TIEMPO de Piura, bajadas de internet y correspondientes al día de nuestra llegada: 20 de febrero del 2003. Nos sentimos como en casa.
Durante el recorrido desde el aeropuerto hasta el centro de Tokyo, fui observando atentamente el panorama: autopistas en perfecto estado de conservación, autos último modelo, conductores muy respetuosos de las normas de circulación, diverso tipo de industrias, el Disney World japonés, las placas colocadas a los lados de la autopista para absorber el ruido vehicular y dar tranquilidad a los habitantes de la zona y la carencia sorprendente de peatones.
Atrajo mi atención el panel frontal de nuestro vehículo, donde una pequeña pantalla mostraba al conductor el plano de la ciudad, el lugar donde nos encontrábamos actualmente y la situación del tráfico más adelante. Pensé, con tristeza, en lo lejos que estaba de mi realidad latinoamericana y subdesarrollada. Me inquieté al pensar que mis amigos se resistirían a creerme cuando les contara.
Las luces de los grandes edificios iluminaron repentinamente la sombra crepuscular, anulando la tristeza y despertando el deseo irrefrenable de vincularse íntimamente con una boca de la noche que se presentaba asombrosa y sobrenatural. Los miembros de la comitiva oficial que nos acompañaban, atentos y gentiles, brindaban datos y referencias que no estaba en condiciones de asimilar por el gran impacto emotivo que había conmocionado mi entendimiento: sí existía el primer mundo y yo estaba allí.
En la puerta del hotel nos aguardaba una delegación de autoridades académicas de la Universidad Soka para darnos la bienvenida y pedirnos que aceptáramos unas distinciones que habían acordado concedernos. Se nos leyó un mensaje personal del Dr. Daisaku Ikeda, presidente de Soka Gakkai Internacional. A la impresión visual de los momentos anteriores sucedió la impresión emotiva de la cortesía y generosa actitud de los anfitriones. En la amplia y cálida habitación del hotel aguardaba una muestra más de especial afecto y grata consideración: un arreglo floral inmenso, lleno de olor y color, y una gran canasta con frutas seleccionadas. Las flores y las frutas son productos de gran valor comercial en Tokyo, ciudad civilizada de lujo, pero que carece de sustento agrícola cercano.
Lo lógico era descansar, pero luego de un duchazo de agua caliente y una ojeada a la ciudad desde el piso 38, ¿cómo contener el irrefrenable deseo de caminar por esas calles llenas de inquietante misterio? La primera incursión nocturna reveló las casas comerciales del barrio Shinjuku, el centro de Tokyo, repletas de luz y artefactos de toda naturaleza: cámaras fotográficas, televisores, computadoras, relojes, cámaras de video, telescopios, equipos de VHS y DVD, impresoras digitales y mil objetos más de funciones y finalidades desconocidas para los ojos de un hispanoamericano medio salvaje y primitivo. La siguiente sorpresa fue que el costo de los artefactos electrónicos es más alto que en el Perú. La explicación fue rápida y tajante: sólo se venden aparatos de última generación, con características tecnológicas innovadoras.
Al emprender el retorno al hotel, no sin una cierta tristeza, aparecieron los cuervos. De noche, bandadas de cuervos descienden sobro Tokyo, planeando y graznando, colocando una especie de crespón fúnebre a la ciudad. Vienen en busca de la comida que ha sobrado en los restaurantes, comida que no puede guardarse para el día siguiente porque sería una ofensa contra las normas de salubridad. Viendo a los cuervos no pude evitar el recuerdo de los niños de mi patria escarbando en los botes de basura para tener algo que masticar. Un sueño agitado y ambiguo contrapuso los mundos en contienda, dejándome una extraña sensación de alegría e infelicidad.

  1. CARÁTULA
  2. LA LLEGADA
  3. LA EDUCACIÓN SOKA
  4. LA BELLA KAMAKURA
  5. DAISAKU IKEDA
  6. POESÍA
  7. FOTOGRAFÍAS

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