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III. La Bella Kamakura

 

Debajo de la ciudad de Tokyo respira y se agita una multitud de seres que pugna por abordar un tren. Se trata, en realidad, de otra ciudad, sumergida en las profundidades de la tierra, donde hay librerías, comercios de ropa y adornos femeninos, puestos de fruta fresca, locales de diversión y toda clase de ofertas para colmar la expectativa de cualquier mente calenturienta.
Temprano, en la mañana, fuimos a tomar el tren bala para dirigirnos a la ciudad de Kamakura. Una vez instalados cómodamente en el vagón que nos tocó, el tren partió a la hora exacta. Avanzó como un deslizador sobre un colchón de aire a una velocidad superior a la supuesta: por las ventanas se podía apreciar la velocidad con que pasaban las estaciones, las personas, los puestos de comercio. Era como ir en avión, pero sobre la tierra y con mayor comodidad. Los mullidos asientos pueden girar sobre sí mismos para que el pasajero se acomode a gusto y la calefacción brinda una agradable sensación de bienestar. De rato en rato, mirando la pantalla computarizada en la parte superior del vagón se podía leer, en japonés y en inglés, la hora, la temperatura del ambiente externo, el lugar donde nos encontrábamos y un mensaje recordándonos que estábamos viajando en el tren romántico.
Luego de un viaje de aproximadamente noventa minutos, llegamos a la estación de la ciudad de Kamakura; famosa porque entre los años 1192 y 1333 fue la sede residencial de los shogunes. La ciudad está junto al mar y la vida transcurre lenta y plácida. Un aire de antigüedad impregna las casas, calles y avenidas; aunque la ciudad tiene partes que conservan el estilo tradicional y otras que rinden culto a la arquitectura moderna. Kamakura fue la vieja capital de Japón y conserva casas donde el ritual de la ceremonia del té se realiza de manera impecable y a la antigua usanza, cuenta con restaurantes donde hay que ingresar sin zapatos y sentarse en el piso (o en sillas sin patas acondicionadas para extranjeros), pagodas y muchos jardines, donde las flores del cerezo y de los duraznos alegran la vista y endulzan la existencia con sus suaves aromas de encanto.
En Kamakura, la Soka Gakkai posee un amplio edificio que conserva sus líneas tradicionales e inmensos campos floridos rodeándolo. El interior, impecable como todo en Japón, cuenta con las comodidades de la vida doméstica moderna, pero sin alterar la esencia secular de su organización y funciones. Ahí se rinde homenaje a la memoria de Nichiren Daishonin, cuya historia está perennizada en escenas que se exhiben dentro de urnas de cristal. Los principios humanísticos del budismo de Nichiren Daishonin constituyen una base filosófica irrenunciable de la Soka Gakkai. En un inolvidable salón de este local fue que vivimos momentos de poesía y nostalgia al ser partícipes de una ceremonia del té con todos sus detalles. Hermosas japonesas con kimono prepararon el té con tanta paciencia y tal solemnidad que no me quedó sino recordar, aquejado de melancolía, los lejanos días de mi juventud cuando tenía todo el tiempo a mi disposición para dedicarme a la creación literaria. La ceremonia del té es, definitivamente, una obra de arte única que se desarrolla en un escenario de ensueño y es irrepetible.
Más tarde, en el cementerio de Kamakura, fue posible dedicar un momento de meditación y reconocimiento a una figura inolvidable para los peruanos, a esa personalidad firme y señera, casi mítica, cuyo trabajo inicial posibilitó la llegada de nuestro equipo de voley hasta el subcampeonato mundial: don Akira Kato. Con mucho respeto colocamos una bandera peruana sobre su tumba y revivimos en la memoria los momentos de gloria y triunfo con que nos demostró que el deporte nacional puede rendir mucho más de lo que rinde habitualmente.
Cuando regresamos a Tokyo ya se desenroscaba la noche. La estación del tren en Shinjuku estaba más iluminada que un resplandeciente mediodía de febrero en Tumbes y ejercía una atracción difícil de resistir. Caminamos, sin embargo, en orden y con buen paso. Aquí fue cuando tuve la oportunidad de ver a los mendigos de Tokyo: bajaban al metro para pasar la noche. Sus grandes mochilas de lona contenían, según pude verificar más tarde, bolsas térmicas de dormir, latas de conservas, termos e infusiones. Alrededor del cuello bailoteaban los audífonos y algunos miraban la pantalla de un microscópico televisor portátil. ¡Ah, mendigos de Tokyo, cuántos amigos míos quisieran tal suerte!
Ya en el vestíbulo del hotel nos despedimos de la comitiva, observando el cansancio en los rostros de nuestros gentiles anfitriones. Subimos a las habitaciones con la intención de descansar, pero una oscura tentación imposibilitaba el descanso. Como por obra de un conjuro me encontré con José Juárez y decidimos bajar nuevamente al metro. Juárez me dijo que era indispensable mirar por donde avanzábamos para luego poder volver. Sin poner demasiada atención a tan vital consejo subí y bajé escaleras, tomé ascensores y caminé entre los miles de puestos de venta de diversos productos hasta que Juárez me increpó: estamos perdidos”. Volví bruscamente a la realidad y recordé un cuento de Julio Cortázar donde dice que, en el metro de Tokyo, cada día se pierden unas cuantas personas de las cuales no se vuelve a saber jamás. Después de media hora de búsqueda no encontrábamos la salida y la angustia germinaba en la mirada.
Felizmente, la perspicacia de José Juárez le permitió orientarse según las grandes marquesinas de importantes establecimientos y pudimos salir al aire frío de la noche abierta en el centro de Tokyo. Nos fuimos a dormir pensando que al siguiente día era el encuentro con Daisaku Ikeda.

  1. CARÁTULA
  2. LA LLEGADA
  3. LA EDUCACIÓN SOKA
  4. LA BELLA KAMAKURA
  5. DAISAKU IKEDA
  6. POESÍA
  7. FOTOGRAFÍAS

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