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Por
fin llegó el día de encontrarnos personalmente con Daisaku Ikeda. Hasta ese
momento habíamos recibido de él diversos presentes y mensajes muy corteses
de saludo y preocupación por nuestra salud. Esa mañana nos recogieron en
limosina. Esa mañana había un sol esplendoroso sobre Tokyo. Esa mañana
íbamos a encontrarnos con el hombre que no se cansa de repetir: la guerra es
la derrota del espíritu humano. Fuimos recibidos en el frontis principal de
la Universidad Soka por sus autoridades académicas, encabezadas por el
Rector, y un entusiasta y compacto grupo de alumnos, quienes oficiaban de
anfitriones internacionales ya que había chicos y chicas de diversos países
del mundo (incluyendo una peruana).
Luego del protocolar intercambio de tarjetas personales en un salón
limpísimo y lujosamente decorado (no se podía dejar de pensar en el topus
uranus platónico con intemporalidad incluida), fuimos injustamente
condecorados con distinciones académicas. El almuerzo de esa mañana estuvo
más delicioso que nunca: pescado, crema de choclo, verduras y frutas; todo
acompañado de algunos dulces exóticos.
Luego de asearnos, nos desplazamos en ascensor hacia otro piso del edificio
y al abrirse la puerta nos encontramos con un hombre de mirada serena,
rostro apacible pero firme y brazos abiertos en señal de entrega y
acogimiento. Su gesto era de un amigo fraterno, su sonrisa contenía la
esperanza del mundo y se llamaba Daisaku Ikeda.
Nos fundimos con él en un abrazo de dos hemisferios, sabiendo ya que
compartíamos sus ideales de paz, desarrollo y humanismo tan bien expresados
en los libros que con paciencia y esmero ha construido. No pudimos conversar
mucho en ese momento, pues los asistentes nos rodeaban con la preciosa
vestimenta del ceremonial donde recibiríamos las distinciones que la
Universidad Soka nos confería por ser visitantes llegados de un lugar tan
lejano que se difuminaba entre la bruma del espacio y la distancia. Una vez
instalados en el Salón de Actos (otro de esos ambientes que las palabras no
alcanzan a describir acertadamente pero que la memoria conservará por
siempre para regocijo del placer de vivir entre productos artísticos), se
produjo una conversación en la que Edwin Vegas y Daisaku Ikeda
intercambiaron opiniones acerca del valor de la vida, del sabor de la
experiencia y de la necesidad de pacificar el mundo moderno.
El Dr. Daisaku Ikeda, quien tenía a su lado a Kaneko, la esposa fiel que lo
admira y lo cuida, reclamó al Dr. Edwin Vegas por no estar acompañado de su
esposa; pero éste replicó rápida y sagazmente extrayendo del bolsillo
interior de su saco (el bolsillo que está junto al corazón) una foto de Eva
López, su esposa, que es también su talismán permanente contra las
desventuras que acechan a los hombres cuyo solitario destino es viajar
demasiado.
Después se intercambiaron algunos presentes y tuve la oportunidad de
entregar personalmente al Dr. Daisaku Ikeda el libro PARA VENCER LA MUERTE,
de la estudiosa Anne Marie Hocquenghem; libro que contiene, como pocos, una
visión analítica, concienzuda y objetiva, sobre las carencias y
posibilidades de la región piurana. Él, a cambio, me obsequió dos cristales
mágicos: uno contiene en su interior las inmortales hojas del cerezo y otro
las líneas generales del diseño arquitectónico de la Universidad Soka de
California. De ambos cristales fluye una sensación extraordinaria de poesía
y eternidad.
Después pasamos a un aula magna donde, en presencia de alumnos, profesores,
autoridades e intenso despliegue periodístico, se realizó la ceremonia del
Doctorado Honoris Causa. Daisaku Ikeda exhortó a los alumnos y los docentes
con palabras llenas de aprecio, aliento y reiteración del compromiso para no
desmayar en la búsqueda de una sociedad más justa, más sabia y más feliz. La
emoción palpitaba en el cerebro escuchando un mensaje taumatúrgicamente
mezclado de idealismo y realidad; pero eso es precisamente lo que busca
Daisaku Ikeda, demostrar que es posible la redención del hombre sobre la
tierra y la construcción de una sociedad de seres felices a través de una
educación que sistemáticamente promueva los valores irrenunciables del
respeto mutuo, la apreciación espiritual del arte y la amplitud de
pensamiento.
También nos sorprendió Daisaku Ikeda pronunciando en tan remoto lugar del
mundo el nombre del poeta piurano Federico Varillas Castro, de quien citó
algunos versos sobre el egregio marino Miguel Grau Seminario. Terminada la
ceremonia, le pregunté cómo se había enterado de la existencia de los versos
citados y él me miró y sonrió con mirada inteligente. Al despedirnos,
mientras le agradecíamos la invitación, la hospitalidad, el buen trato y las
poderosas ideas que ahora nos acompañaban, le expresé mi pena por regresar a
mi caluroso país sin haber podido ver la nieve cayendo sobre la ciudad.
Volvió a mirarme con la ternura de quien comprende las infinitas necesidades
humanas y en su mirada aleteaba el resplandor de la esperanza.
Al día siguiente, cuando al despertar en mi última mañana de Tokyo miré por
la ventana del trigésimo octavo piso del hotel, comprendí el verdadero poder
de la esperanza: leves formas descendían frente a mí, bajaban y explotaban
sobre el piso extendiendo su albo manto de paz. La nieve caía sobre Tokyo.
¡Gracias Daisaku Ikeda; gracias por haber pasado toda la noche orando para
concederme el cumplimiento del último deseo que te expresé!
El recuerdo de Tokyo vive en la promesa compartida de un futuro de la
humanidad que sea producto del trabajo social organizado en función de la
felicidad que merecen los hombres y mujeres que dan sentido a la vida sobre
la tierra. |