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HUELLAS

Wilmer Rojas Bustamante

Viene de parte primera...

Deseó un cigarrillo, el aroma de un tabaco fuerte que lo devolviera a la vida, la roñosa vida que después de todo se añoraba en las peores circunstancias. Su mirada se detuvo en un extremo del techo: un ruido ensordecedor, como de alas que venían de diferentes lugares, se aproximaba en medio del aullido de los perros y de la perplejidad de una ciudad brutalmente desollada por un increíble baño nocturno. En el ambiente flotaba un aire enrarecido, repugnante, como el de una cloaca. Los aletazos fueron más intensos que sus tímpanos perdieron la agudeza de otros días y sus ojos, la lucidez de una visión total. Santín pretendió mover sus ojos, tal vez así volverían los colores cálidos de esa mañana, pero solamente descubrió un alarmante número de líneas borrosas, imágenes que se deformaban en el interior de una nube de gallinazos que planeaban velozmente sobre unas cangrejeras que, como heridas abiertas en toda la ciudad, expulsaban unos insoportables olores a maleza descompuesta y barro podrido. En el umbral de esa oscuridad, Manolín se sintió un cretino incapaz de remontar esa repentina circunstancia que lo había convertido en una estatua, una vulgar masa de mármol que se encontraba al borde de la desintegración, pues ese cuerpo agarrotado percibió como sus miembros se separaban lentamente de la columna vertebral y su cerebro estallaba en paulatinos fogonazos que le hicieron pensar en el fin de su existencia, pobre y absurda existencia, ¡Mónica!
Claro que sí, Mónica Merino era la mujer que aquella tarde, mientras buscaba un cuarto para alojarse, había visto en el interior de la bodeguita, ¡qué bestia!, casi nada quedaba de la potoncita que vería por última vez en una banca del Parque Infantil de Marcavelica. Anochecía en ese otoño y Santín Marón seguía acesando de ansiedad tras unos arbustos. Ahora sólo se oía el ruido de la hojarasca y el rumor del río bordeando la ciudad. Visiblemente cansado dejó de comerse las uñas, quizás era el momento de aproximarse a través de un rodeo para no levantar sospechas y decir una pavada a modo de disculpa, porque era un tonto, Mónica, un pelotudo que todos los fines de semana, durante los nueve meses que llevaba en el barrio norte, la había seguido discretamente por esas calles empedradas y algunas veces, como en esa tarde soleada, había descendido sigilosamente por el malecón y sin dejar de observar el más mínimo movimiento de la pareja, se había internado por esos zigzagueantes senderos del valle, porque aunque tú no lo creas, mi amor, esa corazonada desquiciante me acosaba cada vez que pretendía dejar de ser tu sombra, tu perversa sombra hasta en mis largas noches de desvelo. ¿Por qué debería de confiar en mi intuición y no en tu franca sonrisa? Solamente un farol iluminaba débilmente el centro del parque, cuando se arrastró por el cerco de alambre hacia el otro extremo: rodeó un muro alto y tuvo que girar hacia una pileta de agua para evitar unos cuerpos que jadeaban en el césped. Otra nube de zancudos irrumpió en la estancia. Sintió ganas de quedarse con la mano en la bragueta, pero la potoncita seguía a unos metros de la gruta, al lado de ese rostro más tierno que le producía celos, unos insoportables celos que no podía seguir llevando como una pesada cruz, por eso siguió avanzando en silencio, entre matas de abrojos y las sombras de esa noche cerrada, pero inesperadamente las luces de un carro que giró bruscamente en la carretera iluminó el parque y en ese instante, Manolín vislumbró como los labios de Mónica se separaban violentamente de otra boca ardiente y en el acto huían sin dejar de señalar nerviosamente el lugar de donde Manolín, inexpresivo y sin determinación, surgía como una sombra fantasmal. La camioneta tomó un atajo y aceleró con dirección a la Panamericana Norte. Boquiabierto se dejó caer sobre esa tierra húmeda que arañaba y mordía con una brutalidad pasmosa. Se oyen más voces en la oscuridad, pisadas que se alejan despavoridas, porque un sátiro había sido descubierto entre las bancas, tal vez sea el mismo que ahogó a su víctima el año pasado, de modo que había que correr a la gasolinera más próxima y llamar a los vecinos que vivían cerca. Mientras tanto, Santín arrojaba otra piedra al farol que caía por pedazos y distinguía entre una plantación de bananos las luces de las linternas que se aproximaban velozmente. Se apresuró en llegar al oeste del parque, sollozando, le parecía un sueño estúpido esa circunstancia, cruzó el cerco de metal, separó las ramas de un camino que él había abierto entre las sombras de la noche y se lanzó río abajo, como un forajido que huía de una multitud enardecida. Al otro lado del río se veía una ciudad iluminada por sectores. Jadeaba cuando se detuvo en una playita, casi no se oían sus voces, sólo los perros seguían ladrando en la otra orilla. Volvió a meterse en el agua y se dejó llevar por la corriente, después nadó hasta la orilla del río, subió por un barranco y antes de alcanzar una escalera ondulante que unía el malecón con la primera calle del barrio, se quedó desnudo y esperó que la ropa se oreara un poco. Su cabeza giraba dolorosamente alrededor de un firmamento oscuro y su corazón abatido solamente pensaba en cómo revelaría a todo el vecindario la desvergonzada actitud moral de esa perra, porque solamente una perra merecía los grandes titulares escritos en papelotes y cartulinas que aparecieron al día siguiente. Pero eso no sería todo, pues en la tarde de ese día esperó que el cojo Lee terminara de explicar el teorema de Pitágoras para ponerse de pie y pedirle su opinión sobre ese bochornoso suceso, como si el profesor que vivía en otro sector de la ciudad, debería conocer las obscenidades que decían los carteles pegados en las paredes de algunas calles del barrio norte. Un grito retumbó en el pasadizo del colegio. Santín esperó las carcajadas de siempre, la fina ironía del cojo Lee, pero el inesperado silencio en el aula sólo fue interrumpido cuando el profesor dejó de fumar y dijo que no le gustaba hablar de opciones sexuales, menos de un par de marimachas que no merecían la atención, ni la saliva de nadie, salvo el de un despechado pretendiente que fungiendo de poeta haya tenido que empapelar calles enteras con tanta suciedad, y sin ser nada, absolutamente nada, y volvió a mirar los ojos de Santín en medio de otra ola de silencio que ensombreció el aula por el resto del año.
Sobre una malla herrumbrosa, casi en ruinas, en otro atardecer de lluvias torrenciales, ese cuerpo entumecido y ligeramente ofuscado oyó el tamborileo sombrío del agua en un rincón. Quiso abrir sus ojos hinchados, sin resplandor, cubiertos dolorosamente por una masa amarillenta, pegajosa, que se desbordaba entre sus párpados. Le pareció conmovedor, inhumano, haber permanecido así, bocarriba, postrado en esas cuatro paredes húmedas durante mucho tiempo, tal vez días enteros sin haber podido mover un músculo de su cuerpo que seguía lastimándose sobre ese tejido metálico, sin articular palabra, una sola palabra que en la otra pieza, o en la calle, alguien habría escuchado. Aunque con esa lluvia cayendo a cántaros sobre la ciudad, nadie, probablemente nadie, si pudiera abrir la boca, esa cavidad brutalmente agrietada y de olores nauseabundos, se percataría de ese ruidillo gutural. El aguacero arreciaba y una ola de ventarrones lanzaban por los aires los techitos de calamina. Sintió otro zarpazo del vacío, de la dolorosa vacuidad en las calles aledañas. En esa circunstancia solamente un hecho fortuito podría depararle otra grata sorpresa en su vida. Le había sucedido en una noche lejana, cuando una sombra ingresó a su cuarto de adobe y sin decir absolutamente nada le hizo el amor bajo un cielo luminoso de estrellas fugaces. Escaleras abajo se producía un ruido espantoso. Aquella vez había despertado violentamente en una noche casi glacial, sin los ruidos de un asentamiento humano, que por un momento le hicieron dudar de la dureza de su cama y de esas frazadas que tenía encima de su cuerpo, pero esa repentina sombra en el dintel de la puerta, deslizándose en la habitación y la calidez de su piel joven invadiendo su intimidad fue una experiencia única, plena de suavidad y ternura que se prolongaría en el sueño por el resto de la madrugada y que en el transcurso de esas noches heladas, si no hubiera sido por la fragancia de la malva, quizás esa hermosa noche en la cordillera de los Andes se habría convertido en una simple travesura onírica, un espejismo de amor nocturno. Sin embargo, cada vez que esa muchachita se acercaba a su dormitorio con una tacita de café y lo miraba a través de una sonrisa, el aroma de esas flores pentámeras era tan irresistible y penetrante que ese laberinto de suspicacias dejaban de agobiarlo, por eso no tuvo necesidad de seguir desplazándose de un rincón a otro de su habitación, contrariado, tragándose la saliva al menor ruido de la noche, encendiendo otro cigarrillo sobre la cama, al despertarse repentinamente en la madrugada, fumando, siempre fumando sin dejar de observar la puerta del cuarto, ¡qué noches!, noches que no excedieron a una semana porque esa experiencia amatoria se volvería a repetir muy pronto, cuando ella apareció en una medianoche cerrada con su poncho y Santín no supo si apagar el cigarrillo o seguir fumando de lo loco que estaba por verla allí, malvísima y destellante, avanzando hacia su cuerpo desnudo, como siempre la esperaría a pesar del frío y las pulgas, listos para brincar a la noche y perderse en esos atajos ondulantes, ladera abajo, radiantes de volver ocultos entre las sombras de la noche, aunque en el descenso siempre se percibiera el horror de los abismos y un viento atroz, cortante. Más abajo, en las profundidades de los montes, el rumor del agua corriendo sobre las piedras y la doña diciéndole que avance más rápido porque sino los perros se les echarán encima como a los zorros, pero cariño, no veo el camino, entonces agárrese de mi mano y trate de pisar sobre mis huellas lo más rápido posible, no ve que aún soy muy tiernita para andar en estas andanzas, qué dices, ¡ay!, no se haga el sordo y deje de manosearme, es que no aguanto las ganas de seguir olisqueando tus pétalos, de tenerte apretadita sobre mi pecho, ¡Señor mío!, a esta mocosa también le gustaría seguir oliendo su piel a tabaco, pero este cabañal resbaloso está bordeado de cardos y rocas filudas, y a pesar de las semanas que llevas haciendo el mismo recorrido, aún no sabes desplazarte como nosotros, que podemos caminar toda la noche sin un rayo de luna, pero algún día aprenderás, lentito, tal vez sea al poco tiempo de abandonar la escuela, esos muros grises que te ponen de mal humor, entonces no sólo les enseñarás a leer y escribir a nuestros hijos, sino a caminar en la oscuridad, a sembrar en las alturas, ¿cómo dices?, no importa ahora, sólo sé que necesitas recuperar ese aire travieso y felino que siempre han inspirado esos versos que me susurras al oído, casi no te entiendo, ya te lo dije, eso no importa en este instante, ni la semana próxima, algún día el caserío y la comunidad de Andurco lo sentirán como yo me siento en este momento, feliz de tenerte aquí, corriendo en el arroyo detrás de los peces, nadando en la laguna, contra la corriente del Quiroz, sobre mi cuerpo desnudo, como amaron a don Laurito, ¿a quién dices?, al finadito de don García Patiño, que en las fiestas patronales cantaba lindísimas canciones, aunque lo que más aplaudía la gente eran sus cumananas, algo de eso he escuchado en la costa, ven mi flor ayabaquina y zambullámonos en el agua, brrr, qué fría está la noche, mejor abrázame y hagámoslo otra vez aquí, en la arena tibia, ¡chist!, cállate por el amor de Dios, alguien viene por la otra orilla, puras mentiras, son los fantasmas rondando por tu cabecita, mi cielo, sshh, lo he escuchado cuando tú has dejado de hablar, ajá, veo la luz de una linterna en ese recodo, río arriba, casi por donde vive don Serafín, son los pescadores que vienen por la orilla lanzando sus atarrayas, por eso creo que los fines de semana nos quedaremos en el cuarto, como en las noches de luna, haciendo el amor sobre las jergas, escuchándote hablar de los milagros del Cautivito de Ayabaca, sin los peligros de este descenso resbaloso y esos ruidos que me ponen la piel de gallina, así que cierra la ventanita porque la luna es tan curiosa que ya se ha metido en nuestra alcoba y a mí me pone nervioso porque me recuerda el “Cachito de Oro”, ¡cuéntame de ese cacho, mi amor!, cierra de una vez y dime cómo haces para curar el mal de ojo, aunque ahora me gustaría escuchar esa historia de los gentiles en la cueva de los peroles, ¡ay!, me muero de sueño, no seas así Milagritos, es que tengo mucho sueño, está bien, otro día hablaremos de ahuyentar espantos, ¡claro que sí profe, tal vez algún día puedas hacerlo mejor que tu doña!, no jodas china, ¡claro!, quizás te conviertas en el mejor curandero del pueblo, si antes no te has largado de Palem, eso nunca, nunca mi amor.
Santín Marón logró dar un paso más sobre esa superficie sucia, resquebrajada, cubierta por una baba verde en los extremos del cuarto. Por un instante se mantuvo firme, enhiesto, lo suficiente como para estirar los brazos y avanzar rasgando el aire, la humedad del ambiente y finalmente, cuando estuvo a punto de caer aparatosamente, se apoyó providencialmente con la yema de los dedos en una puerta de triplay. Abrió la boca y respiró profundamente, abrumado por esa sensación de irrealidad que le hizo dudar aún más de ese entorno fragmentado, borroso. A su alrededor se movía una bruma espantosa que en pequeños círculos, de un rincón a otro, desaparecía silenciosamente por las hendiduras de las paredes. Su cuerpo débil, sin brillo, que a duras penas lograba sostener, seguía doblándose como un viejo arco de cacería. Dejó caer la cabeza sobre esa puerta pequeña y sus pies desnudos volvieron a humedecerse con sus orines tibios, después sintió que su intestino grueso expulsaba por entre sus piernas temblorosas un líquido rojizo de olores insoportables. Volvió a respirar emocionado, complaciente, como si por fin su cuerpo deshidratado evacuaba de su estómago una increíble cantidad de inmundicia. El aire que ingresaba por entre las ranuras de la puerta era de una pureza sobrecogedora. Sus manos resbalaron un poco sobre el borde de la madera. Aturdido levantó la cabeza y no pudo distinguir el techito de calamina, sino una espeluznante oscuridad que se movía velozmente hacia su cuerpo. Cerró los ojos y respiró con la boca abierta, ahogándose, como si la habitación iba quedándose sin oxígeno. Aflojó las manos y se dejó caer en el piso con la esperanza de volver a sus cotidianos avernos, porque a pesar de todo, mejor era un infierno conocido que uno por conocer. Su cuerpo rodó por el piso salpicado de excrementos, como si huyera de ese túnel oscuro, mientras que sus pulmones se hinchaban con los restos del aire que Santín necesitaba para seguir aferrándose a ese suelo asqueroso; pero no pudo quedarse tirado a un costado de la puerta porque sus uñas largas cedieron y los dedos de sus pies no lograron hundirse en las grietas del piso, así que su cuerpo resbaló por la pieza y luego se quedó girando en un rincón, sobre las babas verdes, golpeándose brutalmente cada vez que intentaba quedarse quieto. Al otro lado de la pared se oyó un golpe, unos pasos detrás de la puerta y un ¡carajo! que retumbó en el ambiente. Abrió los ojos y pudo observar a través de la celosía de metal una hermosa mañana de verano. ¡Vagabundo de cuernos!, si no dejas de hacer bulla, aunque el dueño me bote de mi cuarto, te voy a romper el trasero a patadas, así que sigue durmiendo como lo has hecho durante toda la semana, o te levantas de una vez y nos ayudas a colocar sacos de arena en el malecón. Santín quiso incorporarse pero una vez más se dio cuenta que sus miembros no le obedecían, entonces abrió la boca y sólo pudo balbucear unas sílabas. Volvieron a golpear la pared con más violencia, ¿entendiste?, si sigues jodiendo voy a derribar la puerta y te lanzaré al río, sino dejaré de llamarme Ramiro Valiente. Escaleras abajo se oían muchas voces, probablemente de la cuadrilla de trabajadores que reforzaban las defensas de la ciudad.
Consciente de ese contorno sereno, casi estático, de luces fragmentadas que arañaban sutilmente algunas partes de la habitación, Santín seguía despatarrado en un extremo lleno de sombras y excrementos, incapaz de cualquier movimiento corporal que le permitiera huir de esa superficie viscosa. Sopló un aire fresco de la calle y un increíble laberinto de telarañas parpadearon bajo el catre, sobre las huellas del zócalo, en la infinidad de pliegues oscuros, qué angustia, en ese nivel no solamente pululaban los arácnidos, sino que también abundaban otros insectos en medio de un fuerte olor a escombros. Se sintió un viejo abandonado, pero sobre todo, un despreciable intruso trasponiendo el umbral de ese asqueroso submundo que hasta ese momento había ignorado. ¡Qué torpe y estúpido resultaba ser casi siempre! Durante sus cuarenta y cuatro años que llevaba encima, ¿qué sabía realmente de él? Abatido dejó que sus labios ligeramente empinados cayeran sobre el piso. Nada, casi nada conocía de su mundo interior. Su lengua apareció bruscamente y se hundió en un hoyuelo burbujeante de orines que le refrescó los labios, luego cerró la boca y se quedó percibiendo el más leve rumor que se producía en las profundidades de ese mundillo. Su brazo derecho resbaló y casi involuntariamente rozó el barro húmedo de la pared. ¿Cómo se había levantado del catre en esa mañana? Su cuerpo se estremeció. ¿Había soñado? Sus ojos tristes se humedecieron y su corazón latió con más fuerza, tal vez unas horas antes, cuando llegó a la puerta de triplay, pudo haber logrado salir al corredor. Quizá como un espectro digno de compasión, pero nadie podía dudar de esas impostergables ganas de sentir la vida en el barrio, de ser parte de ese incesante tráfago en las calles de Sullana. Sin embargo, Manolín seguiría sobre la baba verde, con el trasero salpicado de heces y moscas, sumido en los albores de la perplejidad, porque intuyó que un gran círculo voraz había alargado sus indestructibles tenazas desde algún recóndito lugar y el pobre tiempo, que también tenía la soga al cuello, recorría un polvoriento camino que no tenía ningún sentido, un absurdo ir y venir revolcándose en la arena, como las olas del mar, una locura del carajo que a Santín le producía una horrible angustia, ya que al parecer ni el tiempo que parecía ajeno a las ruinas circulares podría sobrevivir con esa dignidad beatífica que seguramente era otra exclusividad de las esferas celestes, como siempre lo había supuesto en los recogimientos de su azaroso trajín. Un rayo de luz espantó la oscuridad en un pedazo del catre. Volvió a percibir como las moscas y otros insectos seguían agitándose en las sombras, sobre las paredes de barro, malditos parásitos, quizá toda la energía que necesitaba para sobreponerse estaba en esas pulgas abotagadas con su sangre. Una polvareda arreció en los alrededores y Manolín volvió a oír la voz destemplada de Ramiro. Sus mejillas ardieron. ¡No, definitivamente no podría soportarlo si alguna vez se cruzaban en el patio! Otra ola de bochorno corporal lo volvió a estremecer. Ese hijo de la grandísima perra no merecía vivir en el barrio norte. Giró torpemente la cabeza sobre las babas y su cuerpo ligeramente recogido se estremeció. Un sudor frío recorría su piel, ¡idiota!, tal vez algún día termines devorado por las aguas del río Chira. Se apoyó con las manos y las rodillas en el suelo, y como una criatura que recién empieza a gatear, se arrastró torpemente. No merecía nada ese infeliz, ni la vida misma. Su corazón agitado le golpeaba violentamente el tórax cuando se detuvo. El aire que circulaba en la habitación era sofocante, insuficiente; sin embargo, sus grandes ojos resplandecían orgullosos, vivaces, porque al fin había logrado llegar al catre.
Manolín estiró las piernas sobre la cama y tuvo la impresión que ese sol de verano seguía ardiendo en el horizonte, brutal y devastador, tal vez como en el principio de los tiempos. O, ¿se encontraba en otro mediodía caluroso? Suavemente acomodó la cabeza sobre la palma de su mano, le parecía excesivamente dolorosa la malla metálica, sobre todo para su cuerpo viejo y extenuado que se encontraba en un estado deplorable. Se rascó la barbilla, inquieto, ese vigoroso fuego del espacio seguía aullando en medio de un vendaval punzante, reseco, sin la frescura de una brisa crepuscular. Su mirada se detuvo en un rincón claroscuro, entre el saco de yute y su maletín. Ahí se encontraba el colchón de espuma ligeramente montado sobre ambas cosas. Y más arriba, donde revoloteaban las moscas, colgaban unas caballas de un gancho de metal. Se oía el vaivén de un oleaje suave, monótono, sobre las paredes lisas del malecón, que a pesar de los torrentes seguía sólido, sin rasguños, impenetrable para las arremetidas del río. ¡Caballas!, su madre siempre había preparado un delicioso cebiche de ese pescado con unas yucas sancochadas. Giró hacia el borde de la cama. ¿Cuántos días llevaba sin probar un solo bocado? Su boca se llenó de saliva cuando se descolgó del catre, ¡un cebiche con un poto de chicha!, sería fenomenal, aunque a Santín siempre le caía bien un clarito helado, antes de beberse los jarrones de chicha espumosa. Avanzó a gatas sobre el piso, rasguñando las babas, hasta que se sujetó de su cabecera. Entonces se puso de pie y dio unos pasos en zigzag; pero solamente logró llegar hasta la mesita de noche, que casi derribó con su cuerpo. Observó a su alrededor, un cielo sin nubes, casi sin vida, como una pintura desoladora, se veía a través del ventanal. Doblado sobre la mesa pensó que si existía el paraíso en algún lugar del universo, mamá Dora se encontraría allí, departiendo con los ángeles y las vírgenes, o escuchando las estrategias de un Dios cansado de lidiar con las huestes de Lucifer. El bien y el mal, ¿cara y sello de una misma moneda? El sol se ocultaba tras los arenales de Sullana. ¡Pobre mamá!, ahora debe conocer el descanso y las benevolencias de un fin de semana, pero también debe sentirse consternada. ¿Qué diablillo de nosotros podría llegar a su nuevo hogar? Acaso, ¿no sufrió una barbaridad con estos ojos inquisidores, con nuestro lenguaje precario e insolente? ¡No!, mamá nunca quiso hablar de sus padres, ni de ningún familiar suyo. Abatido y con unas lágrimas en los ojos, Manolín se fue irguiendo. ¿Por qué nunca quiso hablar de su familia? ¿Por qué su respuesta fue un prolongado silencio?, un aplastante silencio que nos hizo renegar de nuestras raíces maternas. Advirtió los bordes malolientes de la jarrita de barro que seguía oscilando en el filo de la mesa, después que Santín estuviera a un paso de derribar la mesita de noche. ¿Qué hizo esa mujer bondadosa para que en los largos meses de agonía, no tuviera ningún pariente de su tronco familiar? De alguno de los cuartos colindantes venía un olor a frituras y el aroma inconfundible de un café amargo. ¿No fuimos unos bobos al pensar que ellos vendrían a reconciliarse antes de su muerte? Su mano ansiosa, crispada de nervios, se deslizó hacia un extremo de la madera, mientras que su cavidad bucal enmudecía con una saliva espesa que engulló antes de hurgar en una bolsa de plástico. ¡Qué dolorosa circunstancia, carajo, la de estirar un brazo en busca del entorno familiar más íntimo y no encontrar a ninguno de ellos¡ El pan estaba tieso, ligeramente verdusco y rancio, pero en sus labios parecía un manjar que su boca saboreó durante un largo rato. ¡Pobre mamá¡, nunca pudo olvidar a sus seres queridos a pesar de esa absurda ingratitud. Eso lo supe siempre, quizá desde el día que contemplé sus ojos tristes, cuando en una noche la vi temblar entre sollozos, abrumada con los recuerdos de su lejano hogar. Esa vez me imaginé que Casiano, probablemente su padre o algún hermano, fuera un extraterrestre, porque al evocarlo entre dientes, contemplaba el firmamento con una ansiedad enfermiza. Se llevó otro pedazo de pan a la boca. Aún era muy pequeño, pero a pesar de ser un churre disléxico y bárbaramente estúpido, siempre lo supe, como ahora sé que la vida es una experiencia dolorosa que huele a inmundicia y que algunos seres misericordiosos y humildes como mamá Dorita y la abuela Angélica, nunca lo merecieron. Cerró los ojos, y ahora debes perdonarme por mis rabietas infantiles y por lo torpe que soy para decir mis verdades, ¡sí!, aunque también sepa que moviste cielo y tierra para que tu Manolín sea lo que alguna vez quisiste ser en la vida, perdóname, pero ya no puedo seguir en la escuela, y aunque esta decisión de alejarme definitivamente de las aulas te cause un dolor inmenso, ya no puedo volver a esas cuatro paredes. Es que en el fondo de mi ser aulla un bardo, un trotamundos extraviado en los laberintos existenciales, pero sobre todo un incrédulo, porque a pesar de las procesiones del Señor de los Milagros y las misas dominicales y las oraciones nocturnas y los sermones cristianos y la promesa de ser un maestro como Jesús, ¡qué desgracia la mía!, me duele decírtelo mamá, pero mis ancestrales y ruidosas dudas acerca de Dios siguen comiéndome el alma, que es lo menos decir. Las sombras caían lentamente sobre el valle y el ruido de los insectos empezaba a flotar en un anochecer cálido. Golpeó la mesa con los nudillos de la mano, de modo que la jarrita se precipitó al piso y estalló en fragmentos nauseabundos. ¿Por qué esta ansiedad de internarme en los polvorientos caminos del mundo? Se aproximó a la celosía de metal, el corredor estaba limpio y resplandecía con ese aire fresco de los alrededores. ¿No estará la Dorita en el aire, en el rumor de los caminos, en esta tierra húmeda donde algún día descansaré? Abrumado dio la vuelta, recogió el colchoncito de espuma y arrastrando los pies se fue a la cama.
Cansado de haber permanecido durante largas horas sobre el colchoncito de espuma y sin ganas de seguir observando los cuernos que se mecían sobre su cabecera, Manolín se levantó del catre y contempló el resplandor de los faroles que iluminaban las calles desiertas. De vez en cuando se oía el motor de un automóvil que cruzaba el puente viejo. Dio unos pasos hacia el ventanal, inseguro, cabizbajo, convencido que no permanecería mucho tiempo en las calles empedradas de su antiguo barrio. Unos golpes de aire se arrastraban de la parte alta de la ciudad y bajaban ruidosamente por el malecón hacia el otro lado del río. Santín seguía pensando que un día de estos viajaría al sur, directamente a los bosques tropicales de Quillabamba, quizás en la tierra de su madre encontraría el hilo de la madeja que le revelaría toda la verdad acerca de su familia materna. Del corredor venían unos leves movimientos, como si dos cuerpos entrelazados jadearan en un singular duelo erótico. Siguió caminando alrededor del cuarto, avergonzado, como si unos ojos invisibles le enrostraran sus compulsiones sexuales. De reojo escudriñó cada rincón de esa oscuridad, desconfiado, receloso, como si una historia descabellada estuviera urdiéndose en ese instante. ¡Atrévete!, granuja y verás de lo que Santín Marón es capaz. El silencio y las sombras seguían corriendo por las calles bajo un cielo alto y profundo. Creyó escuchar una voz lejana que le gritaba, ¡este escribidor no tiene pelos en la lengua, así que mejor cuida tu blablablá, porque la palabra es como el agua, cuando se riega no hay como recogerla. Se mordió las uñas, preocupado, pero casi en el acto se rio de sus ocurrencias. Levantó la cabeza y dio por hecho que después del Cusco se internaría en la espesura del Amazonas y viviría allí como un nómade, antes de alejarse definitivamente de un país que no merecía ser saqueado por una horda de sinvergüenzas que fingiendo ser demócratas cometían las peores fechorías con una impunidad que daba asco. Iba a girar para volver sobre sus pasos cuando volteó bruscamente hacia la mesita de noche, abrió un cajón y sacó una cajetilla de cigarrillos que besó reiteradamente antes de abrirla. Sin embargo, en un instante, su semblante eufórico se quedó en el borde de la desesperación. ¿De dónde sacaría fósforos? Lanzó la cajetilla de cigarrillos sobre la mesa y se dejó caer en el sillón. ¿A quién le iba a golpear la puerta en esa cálida madrugada? Una saliva amarga humedeció sus labios y sus intestinos estallaron en pavorosos aullidos. ¡A quién!. Sintió ganas de vomitar, de salir a la calle y recorrer la ciudad, quizás en algún barcito podría encender el cigarrillo. Santín movió la cabeza, indeciso, abrumado, luego se dirigió al saco de yute y agarró dos piedras en forma de aves. ¿Se despertaría algún vecino con los golpes? Tal vez sería mejor meterse debajo de la cama, pero esos hoyuelos de agua, la humedad, los resortes que colgaban como navajas, ¡no!, tenía que ser en otro lugar. Se frotó las manos, al diablo con los vecinos, lo haría sobre la mesa, donde pondría unos papeles y de un solo golpe tendría fuego. Oyó un ruido en el pasadizo, como de unas botas llenas de agua. ¿Quién se habría despertado? Se deslizó sigilosamente hacia el ventanal y se asomó en silencio. No había nadie en ese espacio débilmente iluminado, sólo el aire tibio de la madrugada que azotaba las paredes de los cuartos y se deslizaba raudamente por entre las rejas de acceso a ese callejón. Volvió a la mesa y en un instante lanzó la primera bocanada de humo. ¿Quién podría ser? Siguió desplazándose en círculo, aspirando el humo del cigarro que podía sentirlo en los labios, sobre su rostro, en el torrente sanguíneo, un increíble placer que solamente los fumadores obsesivos podían experimentar. Apenas se oía el rumor del río. Ligeramente agitado se acomodó en el borde de la cama, quizás sea el espíritu del borrachito que vuelve a sus andanzas nocturnas. Se llevó una mano a la boca, pero no logró evitar que se oyera una carcajada. ¡Estupideces!, sobre todo en mi tierra, donde se cuentan las más inverosímiles historias de aparecidos. Volvió a sentir una sensación de sosiego cuando el aroma del tabaco penetró suavemente en sus pulmones. Otra vez escuchó un ruido de zapatos a lo largo del pasadizo, como en aquella madrugada, avanzando en zigzag, probablemente bocarriba, escupiendo en silencio las obscenidades que sólo un desquiciado mental podría imaginarse y eso jamás se lo permitiría a un advenedizo, por eso se puso de pie y se avalanzó sobre el ventanal, pero una vez más se percató que no había nadie. Golpeó el marco de madera que sostenía la celosía de metal, el borrachito podría estar allí, sobre ese corredor vacío, olisqueando la puta vida a su manera, pero un idiota como Santín fue incapaz de advertirle lo que estaba por suceder. Los cuernos seguían oscilando sobre su cabecera. Se dejó caer sobre el colchón de espuma, compungido, ensimismado, porque en el transcurso de esa semana el borrachito dejó de existir. Poco después se quedó dormido y tuvo un extraño sueño:
Casi al despuntar del alba, Manolín había cruzado el puente viejo y a grandes trancos se aproximaba al pueblito de Marcavelica. La llovizna no cesaba y él seguía avanzando por el borde de la pista, nervioso, como si temiera llegar tarde al establo y aunque también sabía que el Borrado se reiría de sus visiones nocturnas, Santín jamás permitiría que algo malo le sucediera, ¡qué vaina!, a pesar de las diferencias, este vaquero y ocasional vecino del barrio, merecía estar advertido. Una ligera ventisca le arrojaba la lluvia sobre el rostro. Claro que no era del todo seguro que algo así ocurriera, pero era mejor tomar precauciones. Cruzó la pista, sorteó los innumerables charcos de agua y se internó por un sendero bordeado de olorosos jardines. Santín, ¿no será otra de sus ocurrencias? Se pasó la mano sobre su rostro empapado, no es así Borradito, pero si no me crees, resopló de rabia, no te molestes en hacerme caso, ni en reprochármelo si algo inesperado te ocurre. Atravesó las primeras calles bajo un cielo cargado de nubes negras, lo que pasa Manolín es que no puedes olvidar la paliza. Los zapatos se le hundieron en un lodazal, ¿qué paliza?, si yo fui el que casi te mandó al hospital. Está bien, profe, mañana mismo pelamos al toro y asunto arreglado. El viento aullaba sobre las tejas, en los alrededores de las casa, oye Manolín, ¿no será que quieres comer lomito saltado antes de la yunsa? Cruzó un pasaje desierto y velozmente ingresó a la avenida Las Palmeras, cómo se te ocurre esa estupidez, ¡eh!, lo que sucede es que estoy preocupado porque ya llevo varias noches observando la misma vaina, por eso he madrugado, acaso, ¿no ves que vengo casi corriendo y con el rostro descompuesto? Sacó otro cigarrillo, hace un rato que nuevamente te vi desangrándote sobre los cuernos. Subió por una calle empinada y saltó un sardinel, lanzando bolitas de humo sobre esa persistente llovizna. El barro hacía más difícil el acceso a esa zona descampada, por eso tomó otro atajo y minutos después divisó el establo. A un costado había una casucha de palmeras que tenía un corredor de cañas de guayaquil. Se oyeron los ladridos de una jauría que en un instante le salieron al paso, sin embargo, Santín no se detuvo, blandió un palo y siguió sorteando los charcos de agua. Unos metros más abajo disminuyó la marcha, mortificado por la bulla de los perros y esa llovizna que no tenía cuando parar. Colgada sobre una caña de guayaquil se veía la carne que hábilmente había sido acecinada el día anterior. Arrojó el pucho del cigarro al barro y al volver a contemplar la casa se encontró con los ojos de una mujer trigueña, muy joven, que se aproximó con unas enormes ojeras. Se le veía de buen humor cuando le dijo, adelante señor y gracias por venir. Los perros seguían ladrando desde el fondo de un huerto. Santín se había quedado en vilo, como si todo fuera un sueño, pase por aquí y siéntese en ese banco, ¡ah!, no le haga caso a los perros, son de los que ladran pero no muerden. Dos hombres que venían detrás de la mujer se retiraron en silencio al interior. Se sintió avergonzado, sin ideas para justificar su repentina aparición en ese lugar, sin embargo, cuando observó los cuernos ensangrentados sobre una viga, sus grandes ojos se abrieron y por una fracción de segundo contempló el techo de su habitación, pero nuevamente se encontró en medio de un paraje húmedo que olía a estiércol de vacas. Si quiere verlo, dijo la mujer, mi marido está en el otro cuarto, y soltó un prolongado suspiro, fíjese señor, el tonto de mi esposo sacrificó al toro, un lindo semental traído de Panamá, porque un vecino de Sullana le había dicho una tontería. ¡Qué locura!, imagínese que contrató a esos hombres para que lo mataran, es que en el fondo sentía mucho temor. La mujer se llevó las manos al rostro y sollozó. El pobre torito sufrió durante un largo rato, ¿no ve las manchas de sangre por todos lados?, pero cuando por fin cayó al suelo, los matarifes lo degollaron a cuchillazo limpio. El ganado empezaba a moverse en el establo. ¡Qué horrible muerte!, después lo pelaron y sobre una parrilla se dieron el gustazo de comerse la carne sin aliñar, que carne para blandita, y con unas copitas de anisado. ¡Ay!, pero hará cuestión de unas horas que él se levantó para ir a orinar. Santín hizo un gesto de sorpresa, así es señor, pero en realidad no sabemos cómo se cayeron esos cuernos que los dejaron sobre la percha, no sabemos cómo aparecieron allí, justo por donde mi marido salía en las noches a hacer su necesidad corporal, lo cierto es que mi marido está bien muerto. Santín volvió a abrir los ojos, ¡la hora es la hora, carajo!, y siguió durmiendo en esa calurosa mañana de marzo.
Anochecía en ese caluroso día de verano, cuando Manolín se despertó bajo el enorme ventanal del cuarto. Se encontraba tirado sobre el piso húmedo, visiblemente abrumado porque ese episodio nocturno había vuelto a perturbarle el sueño, solo que esta vez el borrachito moría desangrado por un par de cuernos arrancados de un imponente toro que en otras noches aparecía embistiéndolo brutalmente en un terreno fangoso. Volteó el cuerpo sobre esa superficie oscura, aún podía verlo en el corralón, era un hermoso semental que giraba de un lado a otro con el cuerpo ensangrentado del vaquero. En las inmediaciones había mucha calma, quizás el puente viejo “Isaías Garrido” había sido afectado por la creciente del río y por eso no se escuchaba el ruido de los motores descendiendo por el malecón hacia el otro lado del puente. Volvió a moverse, se sintió ágil, sorprendido, porque se dio cuenta que su cuerpo se recuperaba de una manera asombrosa. Se sentó sobre esa capa verdusca y atisbó por encima de su cabecera, los cuernos estaban quietos, destellantes, como si fueran unos ojos escrutadores que le dijeran, el próximo en caer, imbécil, es Santín Marón. El calor de marzo no sólo era brutal en el día, sino en esas largas noches de estío. Sorprendido se puso de pie y de un salto arrancó los cuernos de la pared. Sintió asco y horror, por eso los llevó a un extremo del cuarto y en medio de una ola de escalofríos los escupió, los pisoteó y después los estrelló contra la pared. Creyó escuchar unas voces entrecortadas en el pasadizo, al diablo con estos vecinos de pacotilla. Y otra vez pateó los cuernos con rabia, pero los cachos seguían intactos, perturbadores, con ese brillo desafiante que lo desconcertaba. Entonces se dirigió al saco de yute, sacó una piedra que parecía un enorme caracol y se los lanzó una y otra vez; sin embargo, esos cuernos que salían despedidos por el aire y caían estrepitosamente en algún rincón, se les veía sin un rasguño, victoriosos. Una corriente de aire parpadeó en la noche. A un costado, casi sin aliento, Santín seguía balbuceando, ¡demonios!. Y se disponía a recoger el pedrusco cuando escuchó unas voces que gritaban, abran paso a la cuadrilla, señoras, qué dice comadrita Rosa, ¡carajo!, dejen pasar que el loco pesa como una ballena. Manolín se asomó por el ventanal, pero sólo pudo observar un tumulto cerca del último recinto. Parecía que algunos hombres chorreaban agua y tenían el rostro despellejado. Una corazonada le puso los pelos de punta. ¿Qué estaba ocurriendo en esa habitación?. Se empinó sobre el ventanal y hundió la cabeza en la malla, pero inmediatamente dio un paso atrás, avergonzado de su actitud, ¡eres un idiota, Marón, un pelotudo!, desde cuándo te interesas por ese alboroto populachero, ¡eh!. Así que una vez más lanzó esa piedra que terminó partiéndose en pedazos, de modo que ese rostro extenuado y de mal humor, envolvió los cachos en una camisa y los metió en una bolsa. Una estrella atravesó velozmente ese cielo limpio, cálido, suspendido en la levedad de la noche. Avanzó hacia un costado del catre, pensando que más tarde los arrojaría al río, luego dio la vuelta, descolgó una caballa reseca y sacando trocitos de esa carne descompuesta se los llevó a la boca. El rumor de una noche serena se desliza suavemente sobre las calles vacías de Sullana.
Santín se levantó apresuradamente de la cama, se puso una trusa a cuadros y abrió la puerta. Caía una ligera llovizna en el pavimento. Avanzó directamente al grifo de agua que estaba a un costado de los maceteros y bebió durante unos minutos. El corredor estaba en silencio, desolado, sólo se veían los charcos de agua y en el fondo, una puerta con una hoja abierta. La brisa del valle sopló débilmente un olor a ramos de flores frescas. Manolín metió la cabeza debajo del caño y dejó que el agua del pilón corriera sobre su cabello largo. Oyó el bullicio de unos muchachos que en ese mediodía nublado corrían hacia la orilla del río con sus anzuelos y atarrayas. Dio media vuelta, incómodo, porque un persistente escozor recorría toda su piel salpicada de costras. Atravesó la puerta, el hedor en esas cuatro paredes inmundas era insoportable, por eso se cubrió las fosas nasales y sorteando los montoncitos de excremento, salió caminando de prisa hacia el pasadizo con una toalla en el hombro y una bolsa de plástico. Sobre los barrios colindantes se veían enormes humaredas que lentamente eran devorados por un firmamento oscuro, excitado, que amenazaba con desplomarse sobre ese laberinto de calles. Al aproximarse a la salida, sintió curiosidad, qué estaba sucediendo en esa pocilga, donde el día anterior había observado un tumulto, pero siguió de largo, cruzó la reja de metal y descendió por las escaleras sinuosas de concreto hasta la segunda curva, ya que sintió una desmesurada salivación en su cavidad bucal y un repentino desvanecimiento en las piernas, que lo obligaron a detenerse. La llovizna le cubrió los ojos cuando levantó el rostro e intentó respirar regularmente, sin embargo, su cuerpo se dobló sobre sus rodillas y arrojó una masa acuosa que seguía ascendiendo de su estómago. Sobre las dunas de Cieneguillo avanzaba una gigantesca cortina blanca de lluvia. Santín se limpió las babas y los trocitos de pescado con la toalla y se recostó en un pasamano. Tenía sus párpados abultados y la mirada perdida en las plantaciones de cocos que habían sido arrasados por ese cauce violento. Volvió a doblarse y vomitó un líquido amarillento que le dejó la boca amarga. Se irguió lentamente, como si temiera que otra horrible arcada le hiciera expulsar los intestinos. Bajó la mirada, le parecía interminable ese descenso que lo llevaría al borde de la orilla, sin embargo, Santín no podía volver con esos malditos cuernos a su habitación. Grandes gotas de agua le cayeron en su rostro pálido y en un abrir y cerrar de ojos lo empaparon totalmente. Percibió el ruido de unos zapatos y unas voces que probablemente corrían hacia el interior del callejón. El cielo estalló en fogonazos y durante un rato sólo se escuchó el incesante golpeteo de un torrencial aguacero. Manolín siguió descendiendo y muy pronto alcanzó un espacio ancho, embaldosado, donde las personas se detenían a descansar. Ahí se detuvo, feliz de sentir tanta agua arañándole la suciedad de su cuerpo, ¡qué gozo!, así que se tiró al piso y se revolcó como un puerco, esperando que esos chorros de agua fueran suficientes como para no tener que ir a meterse en las aguas turbias del río, ¡hurra!, gritó y su cuerpo siguió rodando en medio de una brutal carcajada que retumbó en el fragor de la lluvia, en las chorreras de esa superficie inclinada, barrosa, porque además se percató que su espalda desnuda ya no percibía esa mirada clandestina que le desquiciaba su existencia.
La lluvia amainó en ese caluroso atardecer y una luz blanquecina se asomó en el horizonte. Manolín descendió el último tramo de esa vertiginosa escalera y desde el borde de una barandilla, lanzó la bolsa de plástico a las torrentosas aguas del río. ¡Al diablo con esos cuernos!, exclamó y sus grandes ojos brillaron de emoción. Unos gallinazos sobrevolaban una playita cubierta de maleza. Santín respiró más tranquilo y se dispuso a iniciar el ascenso a través de otro sendero, que a medio camino volvió a bifurcarse, de modo que en ese crepúsculo terminó deslizándose por otras callejuelas aledañas al barrio norte. Después de varias vueltas, ligeramente abstraído, se aproximó a la calle La Mar. La ciudad empezaba a oscurecer bajo el resplandor de un cielo limpio, transparente. Un foco de luz colgado en la entrada le produjo cierta desazón, sin embargo, avanzó discretamente hasta la reja de metal y vio como un grupo de personas comían sobre unas bancas de madera. ¿Quién había muerto? Agazapado entre las plantas escuchó un gemido, pero lo que más le llamó la atención fue una voz cansada que no comprendía cómo don Ramiro Valiente, quien había cruzado el río en peores circunstancias, podía haber quedado atrapado en sus aguas. Santín se sobresaltó: una corazonada le hizo sentirse como un ángel siniestro, prevaricador. Bajó la cabeza y se alejó casi corriendo por una escalera. Esa noche le pareció más oscura y vacía, tan vacía que se sintió en un paraje inventado por otra noche más profunda. Una cuadra más abajo, se deslizó por una transversal y desembocó en la avenida José de Lama, cuyos carriles húmedos tenían un aspecto desolador. Cansado se detuvo en una berma, las agencias de viaje seguían abiertas, pensó que muy temprano volvería para comprar ese boleto que lo llevaría al sur. Caminó una cuadra en dirección contraria, se sentó en una banca y esperó que el tiempo transcurriera bajo la luz amarillenta de un viejo farol que se mecía con la brisa nocturna.
Cerca de la medianoche volvió al barrio norte, se le veía más tranquilo, con ganas de tirarse en la cama y dormir profundamente, como si por fin tendría una noche dulce para sus sueños. Se detuvo en la entrada con un cigarro en la boca, el silencio era abrumador en el corredor, así que corrió el cerrojo de la reja y avanzó sonriente por esa súbita ausencia de rumores nocturnos. El cielo resplandecía como una ciudad mítica, lejana, casi a orillas de la eternidad. Creyó escuchar pasos, un resuello. Se detuvo a un costado de la pileta de agua, pero sólo percibió el silbido del viento. Abrió el grifo, bebió lentamente y después dejó que el agua cayera sobre sus cabellos, por eso no sintió el ruido de una mujer mestiza, de abultadas posaderas, que se acomodaba en el interior del cuarto con un puñal largo, filudo, listo para saldar una vieja cuenta en esa medianoche cálida, perfecta, con la que esa sombra había soñado durante toda su vida.

CARÁTULA

PARTE 1

PARTE 2

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