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Casi
al anochecer de aquel día se había sentido exhausto, sin ganas de seguir
buscando otro cuarto en ese laberinto de calles, por eso decidió quedarse en
esas cuatro paredes altas de carrizo que sólo tenían como enseres, un catre
muy antiguo, una mesita redonda con un sillón que había perdido parte de su
respaldo y en la parte más alta de su cabecera, como un adorno que no le
produjo gracia, unos enormes cuernos que se mecían con la brisa del río. Se
inclinó a un costado de la cama y buscó inútilmente otro cigarrillo en la
mesita de noche. Era insoportable el sopor en esa larga noche de enero. Se
enjugó el rostro húmedo, soñoliento, entonces percibió con cierta
perplejidad que ya no eran las incipientes arrugas que un día le recordaron
los años que llevaba encima. Volvió a explorar la superficie oscura de la
mesa, aspirando el aire tibio de la noche. A un costado de su cama había un
ventanal sin vidrios, cubierto por una celosía de metal, que le permitía
observar un amplio corredor de exuberantes maceteros, y al otro extremo, los
deslumbrantes senderos que bordean el valle del Chira. Abrumado bajó la mano
y siguió buscando la cajetilla de cigarrillos sobre el sillón. Advirtió un
ruido de zapatos en zigzag, lentos, perezosos, que se aproximaban de algún
lugar de la calle. Otra vez se limpió el rostro abochornado que se contraía
en violentos espasmos, como si quisiera huir del vacío, de la dolorosa
vacuidad al que irremediablemente nos conducen los años. Oyó el estampido de
una corriente de aire que penetraba ruidosamente por el ventanal. Los pasos
se habían detenido en el corredor, a unas puertas del cuarto, quizás
sorprendido y furioso, ya que al parecer no encontraba las llaves en ninguno
de sus bolsillos. Estiró las piernas que se le adormecían y no pudo soportar
que el estómago se le revolviera. Sólo la sensación de tener a ese bárbaro
del tiempo, estirándose de un lado al otro en el silencio de esa larga
noche, como un demonio que lo arruinaba todo, le producía arcadas.
Esporádicas olas de viento se desplazan alrededor de esas cuatro paredes.
Dio una larga pitada al cigarrillo y después se lo llevó de un extremo al
otro de la boca, ahogándose con las bocanadas de humo que salían lentamente
por sus fosas nasales. ¿Desde cuándo nos creímos invencibles, eternos?
Mordió el cigarrillo entre brutales chupadas y estalló en una carcajada que
expulsó violentamente el cigarrillo a un extremo de la pieza. Se oyen ruidos
en el corredor, alguien que se precipita sobre las baldosas como un
energúmeno, vociferando que salga el cabrón de su escondrijo si era bien
hombrecito. Una vaga sonrisa se asomó en sus labios, ¡eternos!, otro de los
tantos altares que el ser humano había creado en un burdo intento por
superar la insoportable levedad de la existencia, que no era otra cosa,
lanzó otro salivazo al piso, que un irrelevante carajo. El humo languidecía
en su boca como culebritas que se van extinguiendo en la oscuridad. Los
pasos van y vienen en medio de incesantes voces que retumban en las paredes
mudas, sobre un corredor desierto que se pierde bajo las sombras de una
apabullante oscuridad.
Esa tarde, mucho antes de
instalarse en la parte más alejada de su antiguo barrio, había abandonado el
hotel “Buenos Aires”, presuroso, tenso, pues ardía en deseos por volver a
ese laberinto de calles empedradas, que era como un universo extraviado,
casi onírico, que no sólo irrumpía en noches como ésa, sino que desde algún
tiempo atrás se había convertido en una sombra que lo perseguía día y noche
como la única posibilidad de recuperar los fragmentos de un desbordante
mundo que yacía sobre ese rincón de la ciudad. Bocabajo y casi desnudo sobre
un viejo colchón de espuma, dio otra larga chupada al cigarrillo, cuando
volvió a oírlo en el corredor. La sombra avanzaba y se detenía bruscamente,
bufando como una bestia herida, que salga el cabrón de su escondrijo. Dejó
el cigarrillo a un costado de la silla y sintió ganas de ponerse de pie;
pero se quedó echado sobre el filo del catre, pensativo, observando como un
rayo de luna atravesaba la celosía de metal. Al otro lado de la calle, el
ruido ensordecedor de un motor rompe con el silencio que aúlla sobre el
malecón y los alrededores del valle. ¿Para qué molestarse? Estiró los brazos
y volvió a morder el cigarrillo sin otro deseo que ver el día estancado,
perpetuo, lascivo, como esa luna tierna, olorosa, inquietante, que se
desparramaba a horcajadas sobre su lecho. ¿Quién hacía entender a un
borrachito? Echó el cuerpo a un costado de la cama y puso los pies sobre la
mesita de noche. Un ligero temblor lo perturbó, pues esa pálida luz que se
deslizaba sobre su piel desnuda, le recordó otras noches densas en un
burdelito de las afueras de la ciudad. Bostezó largamente sobre esa bruma de
tabaco que le pareció conmovedor, asombroso; pero también, un qué
desperdicio, carajo: esa horrible noche se lo devoraba lentamente en sus
narices. Por eso se lanzó de la cama y se precipitó tras esas bocanadas de
humo, entonces pudo ver al borrachito caminando hacia el fondo del corredor.
“Cachito de Oro”, recordó que le decían al burdelito. ¿Ese sería su nombre?
Era bestial quedarse allí los fines de semana, sobre todo cuando los
parroquianos no eran muy numerosos, así se podía tener dos hembras sentadas
en cada rodilla, ebrias de inmundicia y calor lascivo, bebiendo cerveza en
el salón púrpura, que de pronto estallaba en carcajadas con las ocurrencias
de un improvisado poeta que a fuerza de correr tras las putas, iba coreando
los versos más sucios que había escuchado en su vida. Otros vientos soplaban
entonces, quizás la locura y la eternidad, balbuceó en un extremo del
ventanal, mientras movía regularmente las aletas de su nariz entre esas
nubes de humo que deambulaban en el cuchitril. Se había quedado ahí, como un
imbécil, al amparo de la sombra que proyectaba la luna, inquieto, esperando
que el borracho arrastrara los pies en sentido contrario. Las sombras de esa
noche corrían como bestias desbocadas, mientras que Manolín se sentía
extenuado, maltrecho, como en esa tarde cuando se detuvo en las cinco
esquinas y no sabía a dónde podría acercarse para calmar su sed de camello y
descansar un poco. Sin embargo, avanzó por la transversal Tarata y vislumbró
entre el resplandor que despedía el pavimento, una reja de metal
semiabierta. Cruzó la calle casi abandonada y se aproximó a la verja que de
un salto traspuso. El fuego de esa tarde seguía resplandeciendo al oeste de
la ciudad. En el interior de la bodeguita, sobre una mecedora, alguien hacía
la siesta de la tarde. Dio unos golpecitos en la puerta y esperó. La mujer
dejó de moverse y sin abrir los ojos le preguntó qué se le ofrecía. Esa voz
aguda y breve le produjo un sobresalto, por eso la observó escrupulosamente;
pero ese rostro ovalado, inexpresivo, de facciones mestizas, no le reveló
absolutamente nada, de modo que en vano trató de reconstruir cualquier
imagen que se le pareciera. ¿Quién era esa mujer de abultadas posaderas? La
silla de brazos volvió a moverse lentamente con esa figura rolliza, que sin
inmutarse, seguía resoplando en el sopor de ese verano ardiente. Cabizbajo
dio media vuelta y bajó por la calle San Martín, una cuadra más abajo, dobló
por la transversal Ayacucho y se aproximó a una plataforma sin cerco ni
malla de protección, inmunda, llena de inscripciones obscenas y dibujos
grotescos. Volvió a secarse el sudor y a grandes trancos ingresó a la calle
Salaverry, en ese sitio tampoco se podía ver un letrerito que dijera “Se
alquila habitación”. Se pasó la lengua por los labios resecos y escupió
pedazos de costras saladas. En ese crepúsculo, como en muchos otros, se
sintió extraño, ajeno a esas calles que olían diferente. El bochorno de esa
hora había invadido los intersticios del suburbio y hacía más dolorosa la
respiración en ese laberinto de arterias irregulares. Eran otros los que
ahora veía pasar de una calle a otra sin el fervor de otras tardes; otros
los que subían y bajaban los callejones como fantasmas, sombras que
ignoraban un mundo que yacía por pedazos en esos rincones. Cerró los ojos en
esa horrible circunstancia, abatido, ensimismado, dejando que las lágrimas
invadieran su rostro. Entonces percibió unos golpecitos suaves sobre el
techito de calamina. Se quedó a medio respirar, sintiendo que una masa
acuosa se iba amontonando en los costados de su boca, bajo la barbilla,
sobre su pecho desnudo. Abrió los ojos y se enderezó, obstinado desde hacía
un buen rato por verle la cara al borrachito. La luna había desaparecido
sobre unas manchas oscuras que ahora poblaban la bóveda ardiente de esa
noche. Avanzó a tientas, se ubicó en el otro ángulo, sintió el metal frío de
la celosía en su cuerpo. En ese instante escuchó un prolongado resuello de
complacencia, un ruido de agua que se desparramaba sobre un rincón. Se
acercó más al otro extremo y pudo distinguir una sombra voluminosa que
orinaba sobre la última puerta del pasadizo. Pedazos de luna emergían sobre
un cielo grisáceo; pero en el acto eran tragados por unos nubarrones
oscuros. Lento, espumoso, el ruidillo se deslizaba entre maceteros y
rejillas, mientras el individuo de ademanes grotescos avanzaba y se detenía
en el pasillo, alborozado con cuanta obscenidad se le ocurría. Entrecerró
los ojos y volvió a ocultarse en un extremo del ventanal. La sombra marchaba
girando a un lado, al otro, bajo esa llovizna que le producía un extraño
placer, escupiendo el cielo y la tierra, que salga el cabrón de su
escondrijo. Una luz se encendió en el horizonte y atravesó la ciudad. Sintió
náuseas, ganas de vomitar sobre ese cuerpo endemoniado y asqueroso que le
gustaría verlo traspasado por esos cuernos que colgaban sobre su cabecera.
Abandonó el extremo del ventanal horriblemente mortificado y se paró entre
las dos hojas de madera, desafiante, arrojando bocanadas de humo; pero ese
esperpento chillón no lo advirtió. Se movía lentamente sobre el piso,
bocarriba, arrastrando los zapatos bajo esa lluvia regular que le empapaba
el rostro oscuro, montaraz, apenas cubierto por una barba desordenada,
hirsuta, que se asomaba lastimosamente entre las huellas de una devastadora
viruela. Golpes de aire húmedo se arremolinaban tras la celosía. Se sintió
desfallecer, incapaz de cualquier esfuerzo. Como esa tarde que no pudo subir
una cuadra más hacia su antigua calle porque casi podía sentir sus voces, el
ruido del trompo en un patio bullicioso, el estallido de las luces de
navidad en una noche cálida que parecía interminable en copitas de champán,
en abrazos y conmovedores besitos de familia que terminaban con un ¡feliz
navidad!. Mamá Teodora lucía hermosa, resplandeciente, como un lucero
colgado en la noche. El viento aullaba y la sombra seguía chapoteando bajo
esa lluvia torrencial como un perfecto idiota, un idiota feliz en un
amanecer lluvioso. Sintió que el cuerpo se le aflojaba, que tenía ganas de
arrojar sobre esa dudosa y asfixiante realidad. Le parecía increíble que en
tan poco tiempo, casi nada, esa apabullante existencia en el barrio, que
bien podría haber sido la plenitud, sobreviviera en un miserable recuerdo.
Era muy tarde, demasiado tarde, se espetó, mientras subía unas gradas que
parecían interminables. Luego se deslizó por una transversal adyacente,
percibiendo el ruido lejano de una tacita de café, el ladrido de Boby, el
rumor de una multitud en el vacío. Apretó violentamente el pucho del cigarro
sobre la pared y murmuró lo lindo que hubiera sido lanzarse sobre esas
calles y despertar ese mundo, esa plenitud que no volvería en ese día, ni en
otros, ya que todo era un insignificante querer saltar sobre las ruedas de
un pasado casi onírico, quizá un sueño estúpido en una tarde cualquiera.
Cerró sus grandes ojos húmedos y se arrastró hacia un costado, abatido,
perplejo. ¿Quién podría desafiar la perversidad del tiempo? Se dejó caer de
bruces sobre el colchón de espuma y casi en el acto su respiración fue más
quieta, sosegada.
Casi al mes de haberse
instalado en su cuartito de la calle La Mar, Manolín salió a caminar como
siempre lo hacía, sólo que en esa calurosa mañana de febrero, avanzaba
pensativo. Si ese verano era seco, la agricultura sería un desastre en toda
la zona norte del país, sobre todo para la cordillera de Piura. ¿Qué
comerían aquellos paisanos que sólo esperaban la lluvia para sembrar en los
cerros? Al doblar la esquina, se encasquetó el gorro y volvió a sentirse
mortificado al aproximarse a la transversal Dos de Mayo, tal vez sólo
mortificado al principio, ya que unas cuadras más abajo, al cruzar la
bulliciosa avenida José de Lama, sus piernas se movían más ligeras y su
rostro desencajado y frío dejaba escapar un abundante humor acuoso.
Durante esa última semana, que
en un principio le pareció divertido, había pasado de una berma a la otra,
girando discretamente sobre la misma calle, quizá consciente de las reglas
de un juego circunstancial, momentáneo, ya que poco después de recorrer unas
cuadras en sentido contrario, un desbordante humor se iba asomando en su
rostro, como si esa sensación de incomodidad que no lograba entender aún, se
le fuera cayendo por pedazos sobre una calzada inmunda.
Pero si eso le hizo gracia en
los primeros días de la semana, poco después se dio cuenta que esa presencia
clandestina se hacía más intensa, insoportable, sobre todo al desembocar en
un tramo empedrado que lo conducía a la transversal Enrique Palacios. Por
eso decidió cambiar de actitud para poner fin a esa extraña y odiosa mirada
que casi podía sentirla como una garra que se hundía violentamente sobre su
dorso, un juego perverso de algún idiota que quizás se amparaba en una
supuesta ingenuidad suya, que obviamente ese semblante adusto jamás podría
tolerarlo. Pues siempre creyó ser un hombre intuitivo, a tal punto que casi
siempre sabía, mucho antes de los fatídicos hechos, qué actitud asumirían
otros en una inesperada situación, de modo que si creyeron ver una expresión
de sorpresa en su rostro, o una ligera inquietud en sus ojos, sólo pudieron
entrever otra sorprendente naturalidad con la que asumía esa dolorosa
circunstancia.
Definitivamente no pudo
continuar avanzando en medio de esa sofocante mañana, aunque hubiera deseado
seguir por esa callecita sin hacer el menor caso de los dolorosos balbuceos
de su dorso, porque se había dado cuenta que esa presencia anónima era muy
superior a sus habilidades perceptivas, a esa experiencia que había
acumulado durante toda su vida. Entonces bajó la cabeza lentamente y se
sintió avasallado, ruin, incapaz de concluir con un juego perverso que lo
arrastró a través de un serpentín de calles a su habitación de la calle La
Mar. El sol arañaba la penumbra del cuarto cuando se inclinó sobre uno de
los ventanales y contempló el malecón con sus playitas salpicadas de
arbustos. El caudal del río seguía disminuyendo y la vegetación empezaba a
sentir los estragos de la sequía. El sudor le atravesaba su rostro inquieto,
desconcertado, tan desconcertado que dio unos pasos hacia su cama y estalló
desconsoladamente. Y mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, lanzó el
colchoncito de espuma hacia un costado de su lecho, luego se quitó la camisa
de un tirón y como un psicópata estrelló violentamente su dorso contra la
pared.
Durante un largo rato su
espalda desnuda gimió entre los silbidos de unos golpes secos, brutales, que
iban y venían sobre las paredes ásperas de carrizo. Al otro lado del puente
viejo, una densa nubosidad se arremolinaba sobre las colinas de Marcavelica.
Poco después Manolín cayó de rodillas en el centro del cuartucho y quedó
profundamente abatido. Sus labios rozaban el piso salpicado con babas y
sangre. Le pareció un acto cruel, inhumano, que no solamente ignoraba los
principios morales de su familia, sino que definitivamente los barría
literalmente. Sin embargo, ese pedazo de su cuerpo que parecía enrostrarle,
¡estás viejo, muy viejo, Santín!, cada vez que volvía a estremecerse con los
golpes en las paredes, ¿qué otra cosa se merecía? Unas voces se aproximaban
con dirección a la escalerita de caracol, quizás eran los primeros
mozalbetes del barrio que corrían a refrescarse en las aguas del río Chira.
Giró a un lado, ofuscado, perplejo, como un idiota caritativo que aguarda la
generosidad de una circunstancia. Los pasos seguían acercándose entre
risotadas. Sintió las manos húmedas y un horrible dolor en los intestinos
que le hicieron sudar frío. ¿Era tan torpe que ya había perdido sus
habilidades perceptivas? Aseguró los pestillos de las ventanas y sobre unas
hojas de periódico dejó caer una masa oscura, pestilente, que le erizó la
piel. Después se incorporó de un salto y reinició esos movimientos ágiles,
devastadores, bajo un cielo cargado de nubes.
Olas de calor se desprendían
del techito de calamina y devoraban los últimos resquicios de frescura; pero
Manolín que sentía ahogarse bajo ese bochorno, volvía a impulsarse con más
violencia. ¿Era tan torpe, realmente? Y otra vez volvía a sentir bajo el
chasquido de su piel en los muros del cuarto cómo las segregaciones de su
cuerpo se introducían en las grietas de su espalda y se deslizaban sobre la
suciedad del piso, a través de los enseres desperdigados en la pieza y una
vez más, al lado del sufrimiento y las moscas que zumbaban alrededor de su
cuerpo, volvía a percibir que era tan viejo, asquerosamente viejo e inmundo,
que no sólo tendría que aprender a convivir con esas miserables limitaciones
de su edad, sino con ese dorso descarnado, cruel, que en adelante podría
causarle grandes catástrofes en su vida.
Se oían voces y pasos
apresurados al otro lado del pasadizo, cuando la sombra se detuvo casi sin
fuerzas, acezando en ese sopor del mediodía. Su espalda supuraba una sangre
espesa, viscosa, que violentos chorros de sudor lo arrastraban hacia la
superficie del cuartucho. ¿Todo esto no sería el anticipo de un infierno que
no tardaría? Avanzó como un borrachito que se aleja de un barcito de mala
muerte y abrió los ventanales. Las nubes volaban a ras de ese mediodía que
parecía una noche cerrada. Dio unos pasos más bajo esa atmósfera densa,
asfixiante, y se dejó caer sobre la malla metálica del catre.
Un golpe de sucesivas ráfagas
de viento sacudió violentamente el tejado y azotó puertas y ventanas en
medio de una tronazón que le hicieron sentirse como si ya estuviera en el
umbral del averno, pero casi en el acto supuso que tanta agua terminaría
devorándose a cualquier infierno de mierda y que esas gotas que le caían
sobre su cuerpo desnudo eran otras de las excentricidades de un temporal que
anunciaba con truenos y relámpagos la llegada del tan temible y escandaloso
fenómeno del Niño. Manolín había cerrado los ojos, quizá con la intención de
soportar mejor el horrible dolor que le producía el estar de espaldas sobre
esa malla de metal, viejos alambres donde su desfalleciente dorso seguía
ardiendo en calenturas y rezumando una sangre corrompida que ahora se
mezclaba con los chorros de agua que corrían hacia un extremo de la
habitación. A través del ventanal se podía observar un torrencial aguacero
que producía un ruido ensordecedor. Durante un largo rato permaneció en esa
posición, soportando estoicamente las intolerables arcadas de ese pedazo de
su cuerpo que parecía una enorme brasa supurando colosales tormentos, al
cabo del cual, no pudiendo soportarlo más, lentamente lo movió hasta dejarlo
bajo las chorreras de un techo agujereado, pero en un arrebato de venganza,
pues grandes eran sus padecimientos por su culpa, volvió a colocar ese trozo
de carne viva sobre la malla y se quedó profundamente dormido.
El rumor de una ciudad dormida
se deslizaba por entre la celosía de metal, cuando sus grandes ojos, grises
y abultados, como si se movieran en cuencas de arena, se abrieron
dolorosamente en esa madrugada tibia que le recordó un cuerpo suave,
inquieto, avanzando sigilosamente entre las brumas del cuarto. Santín se
encontraba tirado sobre unas varas de maguey, asqueado de ese rincón
extraño, cerril, que olía a cobijas sucias y aperos de bestias. Los aullidos
de un viento lejano y muy frío le produjo un ligero temblor en su cuerpo
maltratado. No se movió de su lecho, de modo que siguió bocarriba,
malherido, consciente que se encontraba a cientos de kilómetros de Sullana y
que al parecer esa chabola que se encontraba muy lejos de un poblado, no
tenía un solo habitante. Tal vez por eso no dijo nada cuando la sintió
llegar a su lado con su olorcito a malva; pero sobre todo pudo percibir el
aliento de una muchachita muy tierna que dejaba caer su cabello largo sobre
un rostro demacrado que de pronto advirtió un vertiginoso espasmo que sofocó
su respiración agitada, empero en ese mismo instante, casi sin los
movimientos zigzagueantes de aquella brusca aparición, esa frágil criatura
fue descubriendo una parte íntima de ese cuerpo lampiño, que después
cubriría lentamente con su piel agitada, lasciva, que ese rostro complacido,
radiante, solamente aflojaría cuando dejó escapar unos gemidos brutales. El
murmullo del río Quiroz era más intenso al desembocar en una curva que caía
abruptamente sobre una ensenada rocosa. Se escuchan unos movimientos ágiles
que descienden de una barbacoa y unos pies descalzos que raudamente se
aproximan. Un perro tironeó de una cuerda y gruñó detrás de un cerco. Esa
frágil criatura, que tenía unas lágrimas en sus resplandecientes ojos, quiso
mantener sus movimientos regulares sobre el camastro, ansiosos de un
prolongado suspiro de amor, cuando percibió un leve murmullo al otro lado de
la pared. Manolín se agitó bajo las mantas, aterrado con la idea de acabar
crucificado en ese extraño lugar. Esa sucia y abominable relación, no
solamente podía condenarlo a los peores flagelos, sino a consumirse en una
asquerosa celda de una prisión de alta seguridad, que era peor a terminar
con un puñal clavado en el corazón. Sin embargo, en ese borrascoso amanecer,
la muchachita no se inmutó con las pisadas y los susurros detrás de la
puerta, ya que antes de cruzar el cuarto en puntillas, una y otra vez le
hizo sentir su aliento dulce, tierno, al rozar tímidamente sus labios sobre
esa boca trémula, horrorizada, así que después de estirarse la falda, la
doña se deslizó a través de una ventanilla y desapareció por un sendero
bordeado de sombras.
Se oyen pasos, ruidos de
puertas y ventanas que se abren y se cierran bajo el reflejo de un
crepúsculo que cae suavemente sobre el valle del Chira, un crepúsculo
sombrío como tantos otros que le recordarían lo estúpido que resultaban los
días en la azarosa vida de un pobre diablo que no comprendía cuál era su
papel en una función que probablemente había empezado desde siempre. Una ola
de aire alborotó los restos de esa madrugada. Acaso, ¿no era verdad que sin
saber exactamente por qué, a expensas de esas oscuras posibilidades de un
frustrado deseo de anticiparse a los hechos, esa mañana solamente quiso
refugiarse en su dormitorio y echarse a llorar sobre su camastro?
Los ruidos de los goznes
cesaron al otro lado del pasadizo y volvieron a escucharse las garrulerías
de ese amanecer en Sullana. Se inclinó ligeramente sobre su cabecera y
escupió una sangre tibia sobre su colcha inmunda. Se había mordido los
labios con una ferocidad casi tribal. Estaba totalmente desconcertado porque
aún no llegaba a comprender cómo un ligero susurro que le humedeció los
ojos, apenas traspuso la puerta de su cuarto en esa mañana, terminaría en un
vergonzoso e incontenible mar de lágrimas. Definitivamente la estupidez tuvo
su instante de gloria en ese caluroso día de febrero, porque cualquier
galerna del corazón, como esas benditas lágrimas, tenían un destino
encumbrado en los hombres de aguante. Volvió a lanzar un escupitajo sobre la
pared de carrizo, mientras que turbado y de mal humor, recordó aquel lejano
día en que ni siquiera derramó una lágrima cuando dejó al idiota de su hijo
en manos de su madre, esa linda muchachita que en un amanecer de brutales
gemidos, le arruinó su abstinencia sexual en la penumbra de un cuartucho
infestado de pulgas, posiblemente después de varios días de permanecer
tirado sobre ese camastro en medio de absurdos soliloquios y atroces
quejidos que a menudo eran interrumpidos por un pedazo de algodón que la
doña le ponía en los labios para calmar la sed, una necesidad fisiológica
que había sido llevada al límite por esas fenomenales calenturas de su
cuerpo y que felizmente lo atormentaron hasta unas horas antes de que ella
apareciera en el umbral de la puerta. El graznido de un pato salvaje resonó
en el resplandor de esa madrugada, tal vez por eso no había escuchado el
chirrido de las hojas de madera, cuando sus ojos vislumbraron una silueta en
la entrada, unos rasgos de mujer que el capricho de esa hora había dibujado
en el marco de la puerta, como ese entorno rústico y de olores penetrantes
que súbitamente le reveló ese momento. Al otro lado de una hoyada, un
nubarrón se precipita sobre un terreno escarpado. Le parecía increíble que
un viento glacial silbara en los alrededores de esas elevaciones, como esa
débil certeza de saberse en un confín distante, lejos del cálido valle del
Chira. La sombra se deslizó lentamente con su enorme cabellera que parecía
una formidable cola, ¡Abadón!, le enrostró sin abrir los labios, aunque en
verdad lo quisieras, no me asustas compadrito, así que vete a desvelar otro
sueño. En realidad se había dado cuenta que esas cuatro paredes oscuras no
podían ser una habitación y que esa sombra era otra de sus pesadillas que en
contadas oportunidades le interrumpía el sueño, sin embargo, ese momento
sería algo más que una anécdota onírica, cuando ella desapareció tras la
ventanilla y la puerta de ese cuarto volvió a abrirse lentamente y un chorro
de luz que venía sobre las cabezas de dos hombres envueltos en ponchos, dejó
al descubierto una típica construcción de los Guayacundos, ese pueblo
aguerrido de la serranía piurana del que sólo quedan las ruinas de Aypate.
Su respiración regular era el de un sueño supuestamente sosegado. ¿Cómo
había llegado a la cordillera? Los hombres bajitos cruzaron la estancia, les
parecía asombrosa la manera como la fiebre se había largado de ese cuerpo
flacucho, que en un atardecer de lluvias, después de volver con las yucas
para la cena, lo habían encontrado bocarriba, sudando bajo el alero de teja.
Se miraron de reojo, abrumados, oyendo el resuello de esas fiebres; en
realidad era un disparatado monólogo que solamente cesaría cuando unos
brutales gemidos los despertaron violentamente. El hedor de sus bocas era
insoportable, como el olor rancio de sus cuerpos. En los rincones, unos
animalitos se movían alrededor de unas hojas de camote. Se inclinó hacia el
otro lado de la cama y vomitó un líquido amarillento, ¿Palem?, bisbiseó casi
al borde de la incredulidad. Se escuchó un incesante batir de alas en las
inmediaciones. Le hablaron en voz baja, casi al oído, con una claridad que
inmediatamente lo comprendió: era el nuevo profesor de Palem. Y había
caminado días enteros sobre escalofriantes abismos, dijo el otro hombre,
soportando aguaceros y noches cerradas a la intemperie, y que su hija, a
quien durante toda una semana le había dicho que lo reviviera, aunque su
vida se fuera en ella, lo había salvado de una muerte segura. Sus grandes
ojos terminaron de abrirse y su respiración fue más regular. Se pondrá bien
señor, porque la doña tenía dones sobrenaturales y ahora, maestro, se oyó el
ruido de la puerta, no se asuste de los cuyes y duerma tranquilo. Entonces
la puerta se cerró de golpe y una explosión de horror sacudió todo su cuerpo
en ese lejano amanecer.
Su boca se llenó de saliva con
el aroma del tabaco que venía de algún rincón del barrio norte, un aroma
fuerte, delicioso, que le hizo entrecerrar los ojos, unos ojazos tristes y
cansados que solamente querían conciliar un sueño profundo, sin los
sobresaltos de esa absurda persecución. ¿Tendría poderes sobrenaturales la
doña? Un leve ruidillo sobre la parte alta de su cabecera detuvo su
respiración. Se sintió aturdido, vacilante, mientras que asqueado y
desfalleciente, su mirada distinguió la silueta de unos cuernos que se
movían sobre su cabecera. Cerró los párpados y advirtió que todo su cuerpo
adolorido se le descomponía, ya que todavía podía sentirlo en el corredor,
desgañitándose bajo esa endemoniada lluvia, que salga el cabrón de su
escondrijo.
Que salga si era bien
hombrecito, le había escuchado decir en los albores de un nuevo día. El
aroma del tabaco le hizo aullar sus intestinos. Cansado del borrachito que
iba y venía vociferando en el corredor, Manolín había deseado, solamente
deseado en un arrebato de rabia, verlo atravesado por esos cuernos que ahora
oscilaban en la pared, como si una brisa invisible los empujara suavemente.
No habían sido esos cuernos, pero igual, el borrachito había muerto
atravesado por otras astas similares y en una circunstancia que además
podría haber sido una descabellada historia de un horrible deceso
premeditado. ¿Una simple coincidencia del azar? Al otro lado del barrio, el
estruendo de unas paredes de adobe que se derrumban, sofocaron unos
desgarradores aullidos. Movió sus ojitos abultados en el rescoldo de esa
penumbra, como si buscara una explicación satisfactoria, incuestionable,
para poder descansar tranquilo. Tras la puerta se oyó el chillido de una
rata en la boca de un gato. Manolín jamás sospechó que hubiera alguna
relación entre la extraña muerte del borracho y esa grandísima estupidez de
volverse por la misma calle, creyendo que durante toda esa semana alguien lo
había perseguido. ¿Y si alguna vez terminaba como ese roedor? Sonrió, ¡quién
podría perder su tiempo detrás de un infeliz que probablemente solo quería
fumarse la vida como un gran tabaco de marihuana en un barrio cualquiera,
porque ni de vainas volvería a su escuelita, al lado de esa muchachita que
estuvo a punto de cambiarle la vida! La lluvia volvió a caer entre violentas
ráfagas de viento que azotaban la ciudad. Quiso levantarse del catre,
apretar el interruptor de luz, observar los enseres, tal vez algo de sus
escasas pertenencias podría deteriorarse con tanta agua y él no estaba en
condiciones de gastar dinero, pero sobre todo quería beberse un vaso de agua
fresca, sin embargo, solamente se limitó a humedecer sus labios con su
lengua y permaneció en la misma posición inicial, pues ese dorso pervertido
no merecía ni un solo instante de sosiego. ¿No era una locura imaginarse que
un extraño se hubiera convertido en su sombra? No se percibía ningún
movimiento en las habitaciones contiguas, sólo el ruido de la lluvia y ese
chillido espantoso de los resortes bajo su cuerpo, cuando se movía para
librarse de los espumarajos de rabia. Otra vez se oyó la estrepitosa caída
de una casa y las violentas olas del río que golpeaban el malecón. Se quedó
quieto, escuchando la sirena de la ambulancia bajo un aguacero cada vez más
violento.
A través de la celosía de
metal, de los resquicios del cuarto, unos fogonazos de luz invadían el
interior, como esa lluvia torrencial que golpeaba los ventanales y se
escurría ruidosamente sobre las paredes de carrizo, igual que en las
montañas del Huásimo, en la frontera norte con el Ecuador, donde vivió parte
de su infancia, una infancia cargada de tareas extras, porque siempre fue un
pésimo estudiante, un alumno que al iniciar sus estudios de secundaria casi
todo el tiempo tuvo que cumplir encargos extracurriculares, como donar un
par de zapatillas para el equipo de fútbol; pero eso no era todo, pues tuvo
que soportar los continuos cambios de colegio, porque según le
diagnosticaron en el puerto de Zorritos, donde su familia se había
trasladado, el chiquilín tenía disfunción cerebral mínima, un verdadero
escollo que le ocasionaba los problemas de aprendizaje. Su boca se llenó de
saliva amarga. Aún recordaba el día que su padre fue a recoger su libreta de
notas, era mediados de año y el puerto lucía festivo, derrochador, cuando su
progenitor escuchaba impaciente las recomendaciones generales del tutor. Una
hora después escucharía su nombre de pila y observaría la prisa con la que
se movió su padre, el bisbiseo casi secreto y después esa tos forzada que
anunciaba a un hombre poseído por el demonio de la frustración y la rabia,
sobre todo rabia que descargó en las reiteradas bofetadas que le dio delante
de todos, como un regalo anticipado de Fiestas Patrias. Las goteras seguían
danzando en la penumbra, ¡cómo olvidarlo!, si en la misma fecha y a fin de
año, en toda su educación secundaria recibiría el mismo regalito. Nunca
podría olvidarlo, sollozó en el catre, si era un bruto, un hijo de la
guayaba que lo único que hacía en las horas de clase eran unos dibujos
obscenos, mujeres calatas, señor Santín, trazadas con una caligrafía pésima,
ya que en vez de líneas, utilizaba expresiones eróticas que en un
adolescente parecía inconcebible. Otra racha de truenos remeció la ciudad de
Sullana. Era la década del setenta y el puerto con sus playas soleadas se
abría como un mundo fascinante, un verdadero edén en el extremo norte del
país, un lugar rodeado de gaviotas y muchachas casi desnudas sobre la arena,
bajo un serpentín de palmeras, a la sombra de unos botes anclados en los
extremos de la playa. O corriendo tras el oleaje azulino mientras que
despampanantes linduras descansaban bocabajo a la brisa marina,
despatarradas a la curiosidad de los adolescentes. Suspiró largamente, tal
vez ese mundo de ensueños le impulsó a escribir sus primeros poemitas con
perfiles femeninos que sus grandes ojos, como un lente fotográfico, irían
captando desde el día que llegó al puerto. Sin embargo, nada de lo que
hiciera podía ocultar sus pésimas condiciones para aprender, especialmente
los números, horribles números que aún hoy reaparecían en sus largas noches
como grandes monstruos que le desquiciaban su existencia. Se limpió las
lágrimas en silencio. El chiquilín sólo necesita un buen psicólogo, señor
Santín, porque eso de andar dibujando mujeres desnudas en la clase era una
estúpida manera de perder el tiempo, ¿no le parece señor?. Un tiempo que a
Manolín, por otra parte, le ayudaba a soportar las risitas burlonas de sus
compañeros y la de algunos profesores y las tareitas extras que le producían
un visceral odio a esas cuatro paredes donde toda una mañana tenía que
escucharlos sin pestañear, porque Santín Marón siempre estaba en el ojo de
la tormenta y si no quería seguir siendo el hazmerreír del aula tenía que
estar metido en ese farragoso discurso que era el pan de cada día. Volvió a
pasarse la lengua sobre los labios y percibió sobre su cuerpo desnudo una
pálida luz que perezosamente cubrió los rincones salpicados de agua.
Sucesivas olas de una
incipiente claridad se arrastraban sobre las huellas de ese brutal aguacero.
Sintió el doloroso frío de los alambres que se hundían en su cuerpo y lo
sujetaban torpemente. Un sobresalto lo estremeció profundamente: percibió
que su cuerpo débil y ensangrentado no le obedecía. Sin embargo, sobre ese
catre viejo y húmedo, sus labios se agitaron de una desbordante emoción que
jamás había sentido en su vida, de modo que Santín quiso salir a la calle y
danzar bajo esa llovizna, gritando que la vida era riquísima, ¡carajo!, como
la chicha piurana servida en poto. Del resplandor de ese amanecer fue
surgiendo un sábado ensombrecido por una persistente llovizna. Era la
primera vez que su corazón estallaba de alegría y él quería disfrutarlo
plenamente. Otra corriente de aire le salpicó suavemente en el rostro, sobre
el pecho, en las entrepiernas. Era tan suave que parecían las manos de la
doña acariciándole sus partes íntimas. Un aire melancólico le golpeó el
rostro: a pesar del cuartito que compartían en la parte trasera de la
chabola, siempre lo hacían en la oscuridad, como en los primeros meses de
amores clandestinos. Casi se atragantó con los recuerdos. Esa muchachita
dulce tenía el olor y la tersura de una criatura voluptuosa para el placer y
la gloria de los hombres. ¿Una puta? Abrió la boca y dejó escapar una
carcajada que resonó en los cuatro rincones de la habitación. Sus labios
volvieron a temblar en medio de extrañas sensaciones que casi le obligaron a
golpearse el pecho, porque otra explosión de alegría empezó a desbordarse en
ese momento, pero la modestia que no había sido el lenguaje de su vida,
logró mantenerlo bocarriba, consciente de las garras metálicas: su dorso
gemía entre violentos espasmos, como si quisiera huir de la malla. Una banda
de pájaros bulliciosos cruzó el río Chira con dirección al norte. Le parecía
increíble toda la felicidad que sentía al percibir el balbuceo agonizante de
su dorso. De pronto se quedó en medio de un silencio abrumador, su mujer no
sería jamás, eso lo tenía muy claro, una vulgar ramera en un burdelito de
barrio. A través del ventanal abierto se veía avanzar una mañana soñolienta
y dolorosamente triste. Cerró los ojos, malhumorado, tal vez una cortesana
para el servicio de un prostíbulo celestial, ¡caramba!, aunque esa fuera una
posibilidad aberrante que lo dejó perplejo, sin ganas de levantarse de la
cama. Sobre el techito de calamina resplandecía un pedazo de cielo
crepuscular. Abrió los ojos y no pudo evitar que las lágrimas le acariciaran
el rostro. Apartó la mirada del techo y recordó el día que le dijo esa
barbaridad a lo doña, como si su mujer fuera la única culpable de haber
traído al mundo a un retrasado mental, un idiota que solamente sus poderes
sobrenaturales podrían convertirlo en un niño sano, porque de lo contrario,
el profesor se largaría de ese caserío polvoriento y lleno de pulgas, aunque
el día que se alejó de ese lugar clavado entre las faldas de una cadena de
montañas, dijo que iba a promover la curiosidad y el interés por su museo de
piedras, ese tesoro que pacientemente había buscado en sus ratos libres
durante el tiempo que permaneció en la serranía piurana. Entrecerró sus
labios y volvió a mirar la jarrita que estaba sobre la mesita de noche.
Quería beber un poco de agua fresca, solamente un poco para calmar esa
agobiante necesidad corporal. Ahora podía ver con más nitidez las paredes
rasgadas por la lluvia, los enseres mojados a su derecha: un cartón con
libros de poesía castellana, un maletín viejo con un par de mudas y casi
ningún artículo de tocador. Siempre creyó que el olor natural era la mejor
carta de presentación de los hombres. Al otro costado de su cama, en un
rincón ligeramente inclinado, sobresalía un saco de yute en medio de un
charco de agua sucia; ahí estaba ese tesoro pétreo que cuidadosamente había
sido cincelado por los siglos, ese sutil artesano que era el amo y señor del
universo, sobre todo de la precariedad de nuestras vidas. ¡Maldita escoria!,
refunfuñó sobre la cama, luego tiró su cuerpo hacia el costado izquierdo y
abrió su boca: unas gotas de agua que resumían por un agujero del techo le
cayeron en la cavidad bucal. ¿Quién era en realidad el tiempo? Sus labios se
humedecieron en ese instante de incertidumbre y miseria. Ni siquiera toda la
sabiduría humana tenía una idea clara de lo que en realidad era ese bárbaro.
Sintió que una tempestad eléctrica recorría su cuerpo, una fuerza
insoportable que le desgarraba la piel y penetraba ruidosamente en sus
huesos. ¿No sería otro distinguido miembro de la corte celestial? Volvió a
colocar su dorso sobre el centro de la cama y esperó que esos desgarrones
brutales cesaran de una vez. ¡Coño!, cuántas voces batallaban sin cesar en
la penumbra de otras perplejidades, bajo el rumor de nuevas inquietudes,
igualmente plenas o vacías de toda esperanza. Se oían ruidos, los
movimientos de una ciudad que sigilosamente se ponía de pie y recorría los
senderos de una ancestral rutina, mientras que esa inevitable malla abría
nuevas heridas y restauraba viejos achaques en ese cuerpo fofo que seguía
delirando. Su rostro se llenó de innumerables gotitas de sudor y sus grandes
ojos parecían gritar que ya era suficiente tormento para ese pervertido
dorso, aunque en el fondo de su corazón se asomara una sonrisa irónica, un
gozo imperceptible, morboso, ¡sufre, sufre, hijo de la grandísima puta!,
pero el sufrimiento corporal se fue expandiendo como una onda que llevaba
miles de partículas asesinas sobre su espalda, de modo que se inclinó
violentamente y se quedó sentado en el borde de la cama. Un inquietante sol
de verano se paseaba por las calles de Sullana, cuando se percató que su
cuerpo maltratado seguía bocarriba en el catre, lanzando espumarajos de
dolor, como un cadáver maloliente que esperaba un acto de caridad, porque
Santín Marón no podía moverse de la cama, salvo esos ojos tristes que
seguían contemplando los nubarrones oscuros que como aves de rapiña
sobrevolaban el firmamento de esa mañana. |