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Introducción
Crítica
La
literatura es un producto estético de la experiencia humana acumulada en
circunstancias de gran intensidad emotiva, intelectual o espiritual. Cuando
el ser humano debe enfrentarse a situaciones de riesgo, porque no conoce
previamente la conducta apropiada, desarrolla al máximo su capacidad de
adaptación; guardando una memoria reflexiva que sirve para posteriores
oportunidades. Desde esta perspectiva, los escritores (los artistas, en
general), alimentan una carga específica de información que puede ser
trabajada estéticamente. Conviene recordar, entonces, que el ámbito donde
esto acontece es el seno de la vida social: la experiencia humana se obtiene
y se fortalece continuamente en la relación con otros seres humanos. La
literatura trata, precisamente, sobre la condición del ser humano en su
relación con otros seres humanos (o humanizados por la mente creadora del
escritor).
La historia
de la literatura universal enseña que las grandes obras, las que han vencido
el implacable deterioro del tiempo y continúan vigentes, son las que
abordaron el tratamiento de temas populares, alejadas del efectismo verbal
de las sofisticaciones propias de su época; cuyos autores supieron recoger
lo mejor de la sabiduría popular y lo expresaron con un lenguaje también
popular. Así lo demuestran obras como La odisea, El ingenioso
hidalgo don Quijote de la Mancha, Romeo y Julieta, Papá Goriot
y Cien años de soledad. Los autores de cada una de las obras
mencionadas, en su respectivo momento histórico, captaron el sentido más
profundo de la conciencia colectiva y lo expresaron fidedignamente.
Lo popular,
por tanto, es un rasgo de indudable importancia en la ejecución del texto
literario y amerita el análisis de las formas en que se presenta. La
definición de lo popular sí requiere un momento de nuestra atención.
El diccionario define lo
popular con las siguientes acepciones: relativo al pueblo, del pueblo
o de la plebe, que gusta al pueblo, que está muy difundido entre el pueblo;
acepciones cercanas entre sí, pero con matices diferenciales propios.
La primera
acepción, relativo al pueblo, es genérica y ampulosa. Genérica,
porque alude a la sociedad sin distingo de niveles, clases o categorías; y
ampulosa, porque es redundante en sí misma. La segunda acepción, del
pueblo o de la plebe, en cambio, establece una clara diferenciación de
clase con el término peyorativo plebe, donde se aprecia el destilado
sarcasmo despreciativo del redactor; quien, obviamente, se considera miembro
de un estrato culto superior. Esta segunda acepción, sin embargo, resulta
más específica y valiosa que la primera. La tercera acepción, que gusta
al pueblo, realiza un giro conceptual y prefiere la variante estética;
sin precisar referentes valorativos. La cuarta y última acepción, que
está muy difundido entre el pueblo, prefiere la cómoda posición del
testigo objetivo -no opinante- de una realidad que considera externa a él,
como si no fuera parte de ella.
De las
acepciones mencionadas, la que nos precisa un camino apropiado es la segunda
(sin tomar en cuenta su matiz irónico); pero complementándola con la tercera
(dada la condición artística del objeto literario que se analiza).
Es
importante señalar las distinciones conceptuales porque, en la modernidad
demagógica, todas las opciones políticas pretenden ser populares: desde los
movimientos aristocráticos o fascistas hasta los movimientos proletarios o
socialistas. En una sociedad políticamente ignorante, como la peruana, es
lógico que exista confusión y desconcierto; situación que posibilita,
lógicamente, la llegada al poder, con el voto popular, de grupos que no
representan en absoluto los intereses populares.
Lo popular,
para este trabajo, es un rasgo que proviene de la clase social
cuantitativamente mayoritaria, económicamente limitada o deprimida y cuyas
preferencias estéticas oscilan, de acuerdo a las circunstancias impuestas
por los medios masivos de comunicación, entre el melodrama y la euforia
irracional; todo sobre un fondo cada vez menos nítido de tradición
indigenista.
Las
experiencias artísticas peruanas -costeñas, andinas o selváticas-
pretenden de alguna manera conservar viva esa tradición indigenista que
define nuestra personalidad cultural con independencia de los atributos
signados por la influencia extranjera; pero, lo que no sabemos, es hasta qué
punto es factible tal pretensión en las especiales condiciones de la vida
moderna donde la tendencia teórica general que se proclama es hacia la
homogeneización antes que a la diversidad.
De todas
maneras, parece que entre los artistas subyace, íntimamente arraigada, una
tendencia contraria a las posturas declarativas de la globalización; para
ellos, por el contrario, merece un especial tratamiento la búsqueda y
plasmación estética del testimonio cultural a favor del rescate y
preservación de los elementos considerados típicamente populares de la
sociedad peruana.
La obra del
escritor Víctor Borrero Vargas se ubica, precisamente, dentro del conjunto
señalado: sus trabajos literarios inciden temáticamente en las desventuras,
anhelos, alegrías, proyectos y hechos, anécdotas y sueños de la gente del
pueblo.
En este
trabajo se intenta demostrar que una característica transversal en la obra
de Víctor Borrero es, precisamente, la presencia de lo popular. Ojalá que el
producto investigatorio (analítico-descriptivo) sirva para estimular la
lectura y la reflexión sobre el trabajo literario de ese hombre alto,
barbudo y gentil que se llama Víctor Borrero.
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