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EL SUEÑO DE ONÉSIMO

 

 El sueño de Onésimo.

La lectura (observación) del cuento permitió identificar la presencia de las siguientes unidades, sobre las cuales trataré:

I.   Aspecto creativo técnico

1. Técnica lineal (unidades de lugar, tiempo y acción),    X

2. Técnica descriptiva                                                  X

3. Técnica epistolar

4.Monólogo interior ,                                                   X

5. Flash back,

6. Racconto

7. Vasos comunicantes,                                               X

8. Cajas chinas

9. Documentalismo

10. Lector comprometido

11. Realismo mágico,                                                 X

II. Aspecto creativo popular

1. Alusión histórica                                                      X

2. Referentes geográficos                                            X

3.Vestimentas                                                            X

4. Comidas y bebidas                                                  X

5. Lenguaje                                                                X

6. Instrumentos y equipos                                            X

7.Ocupaciones                                                             X

8. Nivel de instrucción                                                   X

9. Conductas sociales                                                   X

10. Creencias                                                               X

11. Actitud ideo/política                                                 X

En cuanto al aspecto técnico creativo, se aprecia que la estructura del cuento reposa, básicamente, sobre técnicas tradicionales, con algunas modificaciones. El hilo argumental discurre linealmente, respetando las unidades de tiempo y acción, pero no toma un solo lugar sino que alterna los ejes Chalaco/Piura como puntos de referencia para las principales acciones. El discurso temporal trata de mantenerse invariable desde el inicio hasta el final: la primera escena presenta a Onésimo Ramírez sobre un cerro y relata la continuación de las incidencias, sin retrocesos. La unidad de acción se encuentra, también, perfectamente delimitada: el despojo pretendidamente “legal” de sus tierras a una comunidad campesina. La utilización de la técnica lineal se encuentra muy bien reforzada con el uso de la descripción: “Llegaron a la nueve de la noche, cuando el pueblo dormía plácidamente en las faldas de la cordillera, sostenido por dos enormes cerros, que se agitaban monstruosamente por las noches y semejaban dos caciques ventrudos con los brazos cruzados en actitud de eterna contemplación. El graznido de las angapilas y el ulular de cegatonas lechuzas, reveló su presencia”[1]. En esta transcripción se aprecia sin lugar a dudas el conocimiento físico del autor sobre la realidad serrana y su capacidad para elegir los elementos precisos y convenientes al mejor efecto narrativo (incluyendo la sensación del paisaje). El trabajo descriptivo pretende agotar las posibilidades que ofrece el desarrollo de la historia y, páginas adelante, Víctor Borrero escribe: “Cuando el sol rielaba en el horizonte y los chilalos cantaban saltando por entre los algarrobales, vieron las primeras casas de Chulucanas. Las pisadas de las mulas, ya trasijadas por la jornada, eran amortiguadas por el puño de los boscajes, que emanaban un fuerte olor a vegetal húmedo y a boñiga de ganado”[2]; con lo cual permite al lector la posibilidad de comparar las diferencias de ambiente físico entre el paisaje serrano de las alturas y el paisaje de acercamiento a las condiciones de la costa norte del Perú.

De entre las denominadas técnicas narrativas modernas, el cuento en mención utiliza dos: los vasos comunicantes y el monólogo interior. Los vasos comunicantes tienen una modificación: los personajes Onésimo y su esposa Encarnación se conocen desde el principio (en realidad deberían tener historias paralelas), pero a lo largo de la narración se articulan sus datos sobre la historia como una alternancia rutinaria. El monólogo interior, en cambio, sí está utilizado limpia y clásicamente: “…y, en qué día estamos, pero cómo no te acuerdas, veintiocho de enero, buena luna para sembrar maíz, pero hoy en veintiocho, malía otra vez, cuatro veces siete, el San Pedro no miente”[3]. El realismo mágico, que no es una característica permanente en el texto narrativo, aparece, casi como un desliz, al final de la obra: “Cátedro, Cátedro, por qué no me oyes hombre, te estoy llamando, adónde vas, por allí no es el camino y Cátedro volviéndose, con un hilo de voz, perdóname Onésimo, yo soy un difunto”[4].  

Desde la perspectiva del aspecto creativo popular, el cuento El sueño de Onésimo[5] tiene la especial virtud de conmovernos y despertar la necesidad de varias relecturas. El cuento narra las incidencias ficticias de un hecho histórico real: la captura de la ciudad de Piura por los comuneros chalacos en la década del 1880, en señal de protesta y reclamo por un acto judicial amañado que pretendía despojarlos de sus tierras. El protagonista de la narración es Onésimo Ramírez, un hombre formado a la usanza y creencias de la sierra piurana; quien debe liderar la decisión comunitaria de expresar el descontento y la cólera populares ante la injusticia concertada para arrebatarles sus ancestrales propiedades. La alusión histórica es nítida y concordante con el detalle temporal que brinda el escritor Miguel Gutiérrez refiriéndose al mismo suceso histórico: “…me vi a mí mismo mirando la Casa quemada y también te vi a ti y a Sarango contemplando aquella casona donde hubiera vivido Bauman de Metz y ahora ardiendo en enero del año del Señor de 1883”[6]. El incendio se refiere al trágico y épico final de la aventura de los chalacos, quienes terminaron quemados vivos en el interior de la casona piurana donde se refugiaron para combatir hasta el final en defensa de sus derechos de propiedad.

Los referentes geográficos aparecen a cada momento: “La voz se desbarrancó por esas inmensas cerrerías produciendo un eco musical”[7]; “Emprendieron el regreso, ella montada a horcajadas sobre la mula y él caminando silencioso a su costado, escuchando el silbido del viento serrano acariciando el lomo de los cerros. Bajan por estrechas cuchillas guiados por el instinto de la mula, que paraba sus tijereadas al menor indicio de peligro”[8]; “Primero llegan los chalacos, después los de Yamango, les siguen los de Sapalache, Paltachaco y Santiago, atrás vienen los de Santo Domingo, los de Remolinos, los de Simiris, los de Pambarumbe y los de Tasajeras, los más fieros”[9] Este apretado conjunto de citas privilegia el ámbito geográfico medular de la obra: la sierra piurana.

“Bajan por los cerros, vestidos de blanco y con sus ponchos de colores envueltos en el brazo izquierdo, blandiendo sus machetes, que refulgen con el sol de la mañana”[10]; “Ochenta serranos ternejos se presentaron al día siguiente, montados en briosas y enjaezadas mulas, con sus mejores aperos… Sobre un poyo se calzó las espuelas roncadoras de plata… Se caló el sombrero junco a la pedrada y se terció su poncho moro…”[11]; son algunas citas referentes al tipo de vestimenta de los personajes de la obra, y que describen muy bien la indumentaria típica del poblador campesino del Alto Piura.

En cuanto a comidas y bebidas, las menciones que aparecen en la obra refieren preferencias que no dejan lugar a dudas sobre la condición popular: “Onésimo le ofreció a Mercedes una botella de cañazo, alquitarado licor de primera, la destapó ceremoniosamente, la olió respirando profundo y se prendió del pico”[12]; “Ancajima olió a chifles y panelas, cuando la Encarnación se aproximaba a ofrecerles de comer”[13]; “La Encarnación le abrazó y le entregó la alforja con el fiambre, miró el pequeño horno de barro y la artesa donde se amasaba el pan…”[14]; “…y se echó un puñado de cancha a la boca”[15]

El lenguaje utilizado por los personajes trata de reproducir los giros de las expresiones populares: “Allá mismito voy…”[16]; “…se viene la noche tantito y estos páramos me dan miedo”[17]; “Malo es el año que comienza, dice la Encarnación bajando por una cuchilla, hasta las vacas han parido a destiempo, falta que se amachorren nomás y ya no paran y los terneros descriados, nacidos con mala luna, eclipsados, no llegarán al invierno”[18]; “…acaba de pasar mi padrino Catalino Calle arreando su ganadito y me ha encargado que te diga que ha vido a mi taita por la piedra del toro”[19]; “Serán compactados con el enemigo  -dijo ingenuamente la Encarnación, retirando los platos que se sirvió Onésimo-  y con esa laya de gentes tienen que vérselas, Ave María purísima”[20].

Los instrumentos y equipos que aparecen mencionados son, fundamentalmente, los propios de la vida campesina:  equipos para montar mulas y caballos,  machetes,  petates para dormir, candiles para alumbrarse, alforjas y espuelas. Parece que la objetivación del tema central hace postergar al autor las faenas laborales y, por tanto, no se encuentran menciones específicas de instrumentos de labranza; pero se intuyen en el marco del ambiente general planteado. La ocupación principal de los comuneros chalacos resulta ser, en el texto, la ganadería.

El nivel de instrucción formal de los personajes protagónicos es muy bajo: Onésimo Ramírez y los comuneros no conocen ni comprenden el sistema judicial peruano (“Pero es que nosotros tenemos la razón, y es imposible que nos quiten lo nuestro, si somos tan apegados a la tierra y respetamos lo ajeno a condición de que respeten lo que nos pertenece, Esto no puede ser”[21]), pues piensan que la razón y la equidad constituyen argumentos irrebatibles en la discusión legal. Este es un tipo de pensamiento ingenuo en la lamentable tradición judicial peruana, donde lo frecuente es el abuso del poder basado en las relaciones personales y la componenda económica. La comunidad chalaca piensa que el ejercicio de la violencia resulta justificable, por encima del proceso legal, para defender lo propio; lo cual es también un rasgo de personalidad cultural producido por la carencia de una educación sólida y superior en el mundo moderno. Las creencias y expresiones de Encarnación, esposa de Onésimo Ramírez, que aparecen en algunas citas previas, señalan a una mujer de raigambre popular, con una formación educativa que es producto de la vida familiar campesina antes que producto de la sistematización educativa escolar. En términos generales, se aprecia un nivel de instrucción básica en todos los personajes de la obra.

Las conductas sociales que desarrollan los personajes corroboran, por su falta de refinamiento, un cierto estado de primitivismo ligado a la condición de la vida rural alejada de los centros poblados citadinos: “Onésimo le ofreció a Mercedes una botella de cañazo… la olió respirando profundo y se prendió del pico[22]; “Al escuchar las palabras Onésimo se levantó violentamente y golpeó con fuerza la botella contra la mesa, saltando la vela y salpicando cañazo hasta su rostro pálido…”[23]; “Es que somos serranos y olemos a sudor de mula y a palo santo y dormimos sobre sudaderos”[24]; “¡Ñija!, ¡Ñiijaa!, ¡Ñiiiijaaaa!. El grito de guerra de los chalacos se viene como un trueno”[25]. Estas citas, extraídas del texto, describen actitudes sancionadas por las normas de convivencia urbana, donde no debemos tomar líquidos del pico de la botella sino en vaso, no debemos asumir actitudes grotescas (como golpear cosas sobre la mesa) ni elevar el tono de la voz para proferir amenazas guerreras. Se trata, por tanto, de un grupo de conductas sociales discrepantes con las usuales de la clase media burguesa y la clase aristocrática tradicional.

Las creencias que ordenan y rigen la vida comunitaria provienen de una mezcla entre el paganismo autóctono y el cristianismo occidental, pero con una clara preponderancia de los ritos relacionados con la brujería y el curanderismo. “-San Pedro de los Siete Vientos, míralo  -exclamó al tiempo que le mostraba el espinudo cactus de siete agudas aristas. -Es el San Pedro jurado, el que nunca antes vio cristiano alguno  -gritó ella con temor”[26]. Aquí se puede apreciar cómo, en la conciencia del poblador andino norteño, la mixtura de creencias y ritos está sustentada no en el amor a los dioses sino en el temor de las represalias y castigos que ellos puedan imponer a quienes no les rindan el tributo merecido, los ofendan o falten a sus rígidas normas morales. El cuento trae una página memorable referida a las creencias del mundo andino piurano, que comienza con un anuncio de Onésimo a su mujer cuando ya se tomado la decisión de la comunidad para marchar sobre la ciudad de Piura y tomarla para exigir el respeto a sus derechos: “-En la piedra del Toro me espera el brujo Samuel, me hará una mesa, llevo el San Pedro de los siete vientos”[27]. El San Pedro de los Siete Vientos es, obviamente, una consolidación de las creencias: San Pedro, por la creencia cristiana; y Siete Vientos, por la creencia ancestral nativa. Cuando Onésimo y el brujo Samuel se disponen a hacer la mesa (o decir la misa), “Recién el brujo se puso de pie y extrajo de su alforja sus artes, que fue colocando en orden, de norte a sur y de este a oeste formando una cruz”[28], cita que reitera y confirma lo afirmado; las artes son instrumentos de la brujería y el curanderismo, mientras que la cruz es símbolo del cristianismo. La mesa (que no es sino una sesión alucinógena, en la que cada quien puede ver y oír lo que quiere ver y oír), termina con una severa prevención y presagio esotérico: Onésimo debe marchar a Piura para defender los derechos de la comunidad, pero encontrará sangre y muerte porque cuando cortó el San Pedro de los Siete Vientos no curó ritualmente las heridas de la planta, dejándola sufrir innecesaria y prolongadamente. “Habla San Pedro dime el castigo, recuerda, cuatro veces siete será, cuatro veces siete”[29]. El número veintiocho se convierte, así, en un elemento clave que el protagonista tendrá siempre presente para darle sentido a las circunstancias que atravesará. El compadre Mercedes había comunicado a Onésimo que “…la sentencia ha sido dictada el veintiocho de diciembre”[30]; en Piura, un escribano irónico y socarrón les había comunicado que “…ustedes han sido notificados en la calle del Sapo número veintiocho…”[31]; datos a los que deben agregarse los que provienen de las acciones durante el asalto y toma de la ciudad de Piura: “Veintiocho hombres ingresaron por la calle de la Cruz, armados con fusiles Manlicher”[32] y cuando los chalacos están ya cercados en el interior de una casa: “Qué horas serán Cátedro, ya van a dar las cinco, mas que den las diez de aquí nadie nos mueve y, en qué día estamos, pero cómo no te acuerdas, veintiocho de enero…”[33], hasta que por fin “A las nueve y veintiocho de la noche cayó abatido por la candela el último horcón de la casa donde se replegaron los chalacos, la del amplio patio, de las columnas blancas. Veintiocho minutos pasadas las nueve, cuatro veces siete, habla San Pedro, habla, tú que nunca mientes”[34]. A esta altura del texto se ha logrado la mayor intensidad narrativa y ningún lector atento y sensible puede dejar de estremecerse por el misterioso ámbito de lo desconocido e incomprensible ni por el trágico final de la gesta heroica y atendible de los chalacos.

“…a la tierra la pisamos como hembra, continúa pensando Onésimo, y a nadie le gusta que le quiten la hembra”[35]. Esta cita nos permite valorar el nivel de identificación entre el ser humano y su propiedad rural, concebida casi como una relación sentimental antes que como una posesión material; y, además, la concepción machista piurana en todo su esplendor: la mujer existe para ser pisada porque es una posesión eterna (como la propiedad de la tierra). Estos rasgos de ideología configuran a un campesino tradicional y empecinado, sin mayor formación educativa que le permita entender la calidad de las relaciones socio-económicas modernas entre hombre y producción agrícola. “Mellaremos el filo de nuestros machetes antes que entregar las tierras”[36], juran y gritan los comuneros chalacos durante la asamblea popular, evidenciando una actitud política coherente con su ideología. No les interesa el respeto a un ordenamiento jurídico que no comprenden y que los afecta negativamente sino que prefieren la imposición de su verdad y de su orden mediante actos de fuerza y violencia contra el sistema jurídico legal y la sociedad en general.

Los detalles y rasgos señalados nos remiten, pues, indudablemente, a un ámbito social popular; donde se respira la actitud del narrador a favor de los desposeídos y a favor de las víctimas de la injusticia. El dolor dramático que transmite el texto se convierte en un alegato moral contra el abuso y la prepotencia de los ricos y poderosos frente a los pobres e indefensos miembros de una clase social productora de riqueza pero siempre postergada en lo económico, en lo educativo y en lo social.


[1] Sietevientos (Revista de Literatura). Sullana, 1990, Nº01, pp. 50-51

[2] Op. Cit., p. 53

[3] Op. Cit., p. 65

[4] Op. Cit. P. 65

[5] Sietevientos (Revista de Literatura). Sullana, 1990, Nº01, pp.49-66.

[6] Miguel Gutiérrez en “La violencia del tiempo”. Lima, 1991, Editorial MILLA BATRES S.A., primera edición, tomo II, p.125

[7] Sietevientos (Revista de literatura) Sullana, 1990, Nº01, p. 49

[8] Op. Cit., p. 50

[9] Op. Cit., p. 58

[10] Op. Cit., p. 58

[11] Op. Cit., p. 60

[12] Op. Cot., p. 51

[13] Op. Cit., p. 52

[14] Op. Cit., p. 60

[15] Op. Cit., p. 62

[16] Op. Cit., p. 50

[17] Op. Cit., p. 50

[18] Op. Cit., p. 55

[19] Op. Cit., p. 55

[20] Op. Cit., p. 57

[21] Op. Cit., p. 51

[22] Op. Cit., p. 51

[23] Op. Cot., p. 51

[24] Op. Cit., p. 56

[25] Op. Cit., p. 58

[26] Op. Cit., p. 50

[27] Op. Cit., p. 60

[28] Op. Cit., p. 61

[29] Op. Cit., p. 62

[30] Op. Cit., p. 51

[31] Op. Cit., p. 54

[32] Op. Cit., p. 64

[33] Op. Cit., p. 65

[34] Op. Cit., pp. 65-66

[35] Op. Cit., p. 53

[36] Op. Cit., p. 58

 

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