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Capítulo
Tercero
Presencia
de lo popular en su novelística
La novela
Jijuneta y Alma Mía
es el intento que Víctor Borrero realiza para incursionar en un territorio
literario mayor. La novela, a diferencia del cuento, requiere mayor
extensión, lo que puede traer como consecuencia una consiguiente merma de la
intensidad narrativa. La creación de personajes, de ambientes y de
situaciones obliga a un nivel de mayor preocupación y mayor cuidado tanto en
la elaboración del texto como en la lectura del mismo.
En esta
novela, Víctor Borrero maneja una miscelánea de procedimientos en el aspecto
creativo técnico y una buena gama de plasmaciones imbricadas en el aspecto
creativo popular; que trataremos de sintetizar a continuación.
Toda la
novela es un hermoso y casi épico alegato en favor de la causa popular,
demostrando así, una vez más, que la médula sustantiva de la obra literaria
de Víctor Borrero es el sentido y defensa de lo popular.
La novela
consta de 21 capítulos, a través de los cuales, de manera vertiginosa, se
narra la historia de la rebelión obrera contra la IPC en Talara, durante el
año 1931. Obviamente se trata de una historia novelada, donde los
acontecimientos históricos y los nombres de los personajes pertenecen a la
realidad social, pero los hechos no corresponden estrictamente con la
verdad; lo cual puede ser un demérito para un trabajo de objetiva
reconstrucción investigatoria de los acontecimientos, pero es un mérito
desde el punto de vista literario, pues así se consigue dotar de vida, de
movimiento y de pasión a la historia.
Lo esencial
del drama y sus actores está recogido en las páginas de la novela; mas la
imaginación creativa del autor le ha añadido detalles que la enriquecen y la
convierten en un haz luminoso muy atractivo para el lector.
En cuanto al aspecto creativo técnico, destacan la
técnica descriptiva, la técnica epistolar y el racconto. La técnica
descriptiva es una constante en la novela, desde el inicio, cuando en el
capítulo primero describe la constitución física de Jijuneta,
hasta el final, cuando pinta la tortura y asesinato de Alejandro Taboada;
marcando también, a través de las variaciones del tono descriptivo, el
tránsito desde lo irónico hasta lo dramático, desde lo anecdótico hasta la
histórico, desde la vida hacia la muerte. La constante descriptiva en la
novela puede explicarse, quizá, en la actitud inquisitiva y fotográfica de
Víctor Borrero, quien es un observador atento y meticuloso de la conducta
humana. La técnica epistolar, de indudable prosapia en la tradición
literaria universal, se utiliza al comienzo del cap. XXI, cuando Jijuneta
escribe una carta a su madre
pensando que el futuro es una posibilidad real en su existencia, que todavía
es posible volver a vivir los gloriosos sobresaltos de la conciencia en la
vorágine del activismo político. El pobre Jijuneta no termina nunca de
escribir la carta, pues lo interrumpen abruptamente, lo apresan, lo torturan
y lo asesinan junto al mar (junto a ese mar que tanto amó y por donde
llegaba la información ideológica que transformó su vida). De las técnicas
narrativas modernas, Borrero utiliza el racconto, porque le permite enlazar
adecuadamente un dato del pasado familiar de Jijuneta para explicar su
animadversión hacia los gringos y hacia las autoridades peruanas coludidas
con ellos para despojar a los peruanos de sus bienes y sus derechos.
En la novela se aprecia que el interés fundamental del narrador no reside en
la pulcritud de la elaboración y el desarrollo de técnicas literarias
precisas, sino, por el contrario, en el análisis humano y social de personas
y grupos cuya interrelación produce el complejo tejido de la historia
humana.
En cuanto al aspecto creativo popular, la primera
unidad de análisis es la alusión histórica. La novela trata sobre la
protesta sindical de los obreros petroleros de Talara contra la
International Petroleum Company durante el año 1931; motivados por la
explotación económica e injusticias sociales a que estaban reducidos. Se
trata, por tanto, de un acontecimiento histórico real, acerca del cual
existen crónicas periodísticas y legajos judiciales, así como papeles
personales (cartas y documentos diversos) y testimonios orales. Los datos
obtenidos para reconstruir la historia, en consecuencia, provienen de
diversas fuentes, en las que se han mezclado detalles estrictamente reales
con detalles tergiversados por el tiempo transcurrido. El marco general de
la novela es, sin lugar a dudas, el conjunto de referentes producidos por
una gran alusión histórica, que afectó a los pobladores del norte peruano y
al país en general, dejando heridas abiertas y latentes de larga repercusión
en la memoria colectiva peruana.
En cuanto a los referentes geográficos, abundan en la
obra y están referidos a las comarcas norteñas,
preferentemente Querecotillo y Talara, por ser los ejes referenciales más
importantes para la historia de la novela,
incidiendo en las características observables del paisaje piurano.
Sobre las vestimentas, la obra brinda información
suficiente al respecto: “Llegaba vestido de blanco, sombrero canotier,
zapatos pintos de charol, mascando chewing gum con sabor a menta. Su
arribo era todo un acontecimiento social y desde luego marcaba el ritmo de
la elegancia, sus paisanos lo rodeaban como si se tratase de un personaje
célebre…”,
narra Víctor Borrero para describir la fatuidad de Jijuneta ante sus
paisanos de Querecotillo, señalando además un rasgo de la personalidad
mundana del personaje, quien siente satisfacción íntima ante la admiración
embobada de sus observadores. Más adelante, ya en plena campaña laboral,
consiguiendo muchachas campesinas para servirlas como alimento sexual de los
norteamericanos acampados en la IPC, agrega “… vengan conmigo y regresarán
oliendo a Bay Rum, a fragantes colonias importadas, vistiendo trajes
de seda y zapatos de taco, usando ropa interior extranjera en vez de esos
tapujos de tocuyo que las escaldan”,
utilizando la diferencia de vestimenta y abalorios como elemento para
distinguir el status. Al referirse a las mujeres de los gerentes de la
compañía extranjera, quienes debían acompañarlos para la fiesta de disfraces
del carnaval, leemos que “iban elegantemente vestidas con trajes de noche y
peinadas a lo Mae West o a lo Jean Harlow y sus hombres peinados con Fixina
con gomina tragacante de Persia al estilo Clark Gable o Gary Cooper”.
Las citas ilustran las vestimentas típicas de tres grupos sociales en
contienda: los nativos de la tierra piurana, campesinas ataviadas
miserablemente; los norteamericanos, ataviados con la elegancia de la moda
internacional; y, en medio, Jijuneta, ataviado como para asombrar a los
campesinos pero como fantoche para los extranjeros.
Las comidas y bebidas también marcan la diferencia de
clase social. “Debemos superarlos Job, le decía mister Moore al cocinero,
que preparó de entrada una ensalada de su invención a base de mayonesa, de
plato fuerte galantina de pavo a la Perigord, medallones de lechón con melón
y de postre la agradable y siempre preferida torta caminito al cielo.
Y de trago Job cómo andamos, buuu, mucho ponche para las distinguidas damas
y cualquier cantidad de whiskey Wild Turkey para los hombres”,
es una cita que detalla el menú de los invitados a celebrar las fiestas de
carnaval en el exclusivo club norteamericano y que se complementa
magníficamente con la descripción de un desayuno familiar de míster Moore,
quien “se sentó a la mesa con apetito, se sirvió un vaso de leche Saint
Charles, comió pan tostado con aceitunas españolas, queso Kraff y mermelada
Libby’s, sin olvidarse de tomar su aspirina Bayer para alejar los peligros
del infarto”.
Ambas citas remiten a un estrato social que goza de las facilidades
económicas suficientes para acceder a productos alimenticios sofisticados,
donde la calidad y el placer combinan armoniosamente, incluyendo la irónica
mención de la aspirina para resaltar que, en ese mundo, nada ocurre por azar
sino que todo está certeramente planificado. En cambio, la dieta alimenticia
popular y peruana, aparece en la siguiente cita: “Desayuno con pan,
cachangas, cachos y tostadas, café caracolillo con leche de cabra de la cría
de don Manongo…queso fresco, requesón y cuajada…yuca de Paimas, según el
gusto…almuerzo, sopa de res con pata de toro, estofado de gallina criolla de
corral…arroz con frejoles, habas enzapatadas, seco de chivo de leche,
tamales de choclo y de maíz serrano, chicha de pachucho tierno…de merienda
arveja con carne aliñada. Cerveza La Leona y aguas gaseosas, kola de
Baca y la traída por los gringos directamente de la bodega de
víveres, es dulce, reanima a los extenuados, tiene coca…”,
que señala una alimentación proveniente de la economía casera y lugareña,
por contradicción con la anterior. También señala, esta última cita, el
ingreso al sector popular de la cerveza y del símbolo clásico
norteamericano: la Coca Cola. No está de más recordar que hasta fines de la
década de 1960 circulaban historias asombrosas que ubicaban a Talara como
el principal consumidor de cerveza del país; fama que decreció en la década
siguiente por la restauración nacionalista que Hizo Juan Velasco Alvarado de
las propiedades de la IPC.
Las principales ocupaciones quedan señaladas en los
capítulos I y II de la novela. El capítulo I se inicia diciendo que “El
pito de la refinería sonó tres veces con intervalos…”,
con lo cual señala el ámbito de una región dedicada a la explotación
petrolífera. El capítulo II se titula “Un famoso e incómodo baratillo” y
presenta a la masa de trabajadores informales, que los extranjeros
calificaban como “una majadería de comerciantes de medio pelo”
porque incomodaba profundamente sus hábitos relacionados con el market
norteamericano. Estas ocupaciones son desempeñadas por peruanos y
corresponden a las categorías de obreros y comerciantes, en permanente pugna
de intereses con las ocupaciones de los representantes de la IPC, cuyas
ocupaciones corresponden a la alta dirección de la empresa y son
desempeñadas eminentemente por extranjeros. La actitud del narrador resulta
favorable a las masas de trabajadores provenientes de estratos populares,
pues siempre aboga por sus intereses y justifica sus actitudes
protestatarias.
Las conductas sociales, y las diferencias de status,
quedan magníficamente resumidas en las disposiciones para el baile de
carnaval: “Los gringos no se metían en el corso, simplemente mister Moore
les daba la autorización correspondiente estableciendo el recorrido, que
generalmente era por la Planta Baja, la calle Mil y el Centro Cívico. Las
reinas de la calle Mil y del trabajo no recorrían con sus carros alegóricos
los canchones, pero sí las reinas del mercado y de los obreros, pero tampoco
las reinas de la calle Mil y del trabajo podían ir al baile de disfraces que
era única y exclusivamente para los del Club Americano o Inglés. Igualmente
no se admitía la entrada de los altos funcionarios que residían en la calle
Mil, era una fiesta privada de extranjeros y a su manera”.
La cita es un poco extensa pero describe nítidamente la diferencia de tres
grupos sociales, excluyentes entre sí y rígidamente jerarquiizados: los
obreros y comerciantes del mercado (clase baja), los funcionarios
administrativos peruanos (clase media) y los funcionarios y expertos
extranjeros (clase alta). Las conductas sociales de cada grupo se pueden
caracterizar, así mismo, como populares, alienadas y sofisticadas;
atendiendo a su ubicación de menor a mayor status.
La actitud ideo/política queda también diferenciada
según los tres grupos señalados. El sector netamente popular está
representado por los obreros trabajadores de la IPC, en las personas de
Alejandro Taboada y Alma Mía, influenciados por Jijuneta. Este último,
Jijuneta, es el hombre cuyo pensamiento alienta ideales de justicia y
solidaridad. El resentimiento personal por un despojo que sufrió su familia
y el conocimiento directo posterior de la manera como el pueblo piurano es
explotado por la compañía extranjera, le despierta inquietudes políticas y
ganas de averiguar qué sucede en otros lugares del mundo; curiosidad que
satisface comprando información a marineros del mundo que llegan a Talara
por el comercio petrolífero: “De la negrura de la noche salió un hombre, se
movió como una sombra y se acercó sigilosamente a Jijuneta, se estrecharon
las manos e hicieron el intercambio de costumbre, un paquete por un pequeño
rollo conteniendo dólares. Te traigo revistas nuevas y periódicos, hay jaleo
en Centroamérica, la gente se rebela contra la United Fruit Company, se
organizan sindicatos y federaciones de obreros, ustedes se están quedando,
veo impasibilidad, dejadez, lee las revistas yo no las traigo para que te
limpies el trasero con ellas…”.
Esta invocación produce un sólido efecto en Jijuneta, quien decide pasar a
la acción influenciado la conducta de un obrero conocido y prestigiado:
“Despierta, despierta Alma Mía, despierta hombre, estoy anonadado, he
escuchado cosas terribles… Calma Jijuneta, Alma Mía se restrega los ojos y
se sienta, de qué se trata que vienes tan azorado… Alma Mía se han comido al
país con zapatos y todo, pero ustedes no se dejen comer, hagan algo, ya es
tiempo, tú eres el indicado para organizar a los obreros…”.
Del resto de la conversación entre Jijuneta y Alma Mía, se concluye en la
necesidad de organizar el sindicato de trabajadores y luchar por sus
derechos. Alma Mía pronuncia los nombres de los obreros que pueden colaborar
sinceramente y “agrega el de Alejandro Taboada, yo lo garantizo, trabaja en
Negritos es protegido del maestro Juan Albán, lo he conocido y tiene pasta
de dirigente sindical… es necesario para el momento de negociar con los
gringos, la mirada del muchacho desarma a cualquiera”.
La actitud de los comerciantes del mercado también es
refractaria a los intereses de la compañía extranjera pero de una manera
sutilmente diferente. Ellos comparten los principios burgueses del
nacionalismo y la propiedad privada, pero reclaman por sus intereses de
acceso a los circuitos comerciales que ellos consideran básicos para mejorar
su status: “Hoy nos han prohibido ingresar a Talara…Quiénes son ellos para
prohibirnos como peruanos transitar libremente, no son más que una empresa
norteamericana que explota el petróleo, pero tiene ingerencia en todo, hasta
en la actividad comercial de los particulares…”.
Como puede apreciarse, no se trata de una lucha abierta, frontal, ya que si
bien defiende intereses populares, más es una argumentación que busca el
enfrentamiento mediatizado, que los gringos les permitan medrar juntos en el
mercado creado por ellos.
La clase media está representada por los funcionarios
peruanos al servicio de los intereses de la compañía extranjera, quienes,
por dinero, han renunciado a todo principio de justicia y dignidad,
acomodándose incluso a postergaciones humillantes: “…no se admitía la
entrada de los altos funcionarios (peruanos) que residían en la calle Mil,
era una fiesta privada de extranjeros y a su manera”.
La actitud ideo-política de los extranjeros queda
magistralmente retratada en la siguiente cita: “Mister Moore… tuvo ganas de
empuñar su Colt 45 y matar a toda esa sarta de sindicalistas estúpidos que
lo sacaban de sus casillas, que lo exasperaban hasta hacerle perder la
paciencia…”
La variedad
de intereses en pugna condujo inevitablemente a la ruptura de relaciones y
al conflicto laboral de tan serias consecuencias para la Talara de 1931.
Consecuencias en las que la conciencia humana se asomó a todo tipo de
extremos: desde la casi épica participación de los vagos y palomillas junto
a Tomasa Poicón, hasta la denigrante y salvaje intervención del teniente
Talavera. Como no podía dejar de suceder en un mundo caracterizado por la
intolerancia antidemocrática, la actitud dictatorial y el desconocimiento
adrede de los derechos humanos, la huelga fue reprimida a sangre y fuego,
muriendo sus dirigentes y huyendo otros con destino desconocido para evitar
el asesinato a mansalva.
Sin embargo, a pesar de la desaparición física del
inconformismo y la lucha sindical abierta, termina la novela diciéndonos
Víctor Borrero que: “Cuando ya el sol de la madrugada se esparce por la
ciudad, aquel solitario gallo del canchón dejó escuchar su canto triste,
nostálgico y valiente”;
para recordarnos que los ideales de justicia y democracia no podrán ser
aplacados nunca de la faz de la tierra, pues son connaturales a la
conciencia del ser humano, e irrenunciables para la defensa de su
dignidad.
Víctor Borrero Vargas. Lima, 1991, El
Lagarto de Oro Editores, 1ª ed., 195 pp.
“Era moreno, bajo y gordo como un cerdo cebado. Más que caminar, rodaba
por las calles de Talara, regalando sonrisas y repartiendo saludos.
Caminaba lentamente y balanceándose, moviendo rítmicamente los brazos,
sobre su voluminoso vientre, en un constante bamboleo gracioso y muy
característico de él”. Cap. I, pp. 5-6
“El piño de Talavera se estrella con fuerza en su cara cruelmente
maltratada, salpicando sangre. Los galones se le manchan de rojo, el
brillo del metal se vela, se limpia con su pañuelo haciendo un ademán de
repugnancia…” Cap. XXI, p. 195
“…pronto me reuniré contigo… con los ahorros que poseo me comparé otro
carro, un Ford V-8 y una pequeña casa para tí(sic)… luego me dedicaré a
lo que siempre me gustó, la política, recorreré los campos formando
sindicatos…” Cap. XXI, p. 182
En 1976 (45 años después de los acontecimientos), el genial Sofocleto
publica el Primer Tomo de su Enciclopedia de la Conducta Humana,
titulado “Los cojudos”, con la siguiente dedicatoria: “A mi abuelo, don
José de Lama y Arismendi, quien perdió los yacimientos de La Brea y
Pariñas de puro cojudo”.
“Su padre, como él mismo, era de Querecotillo, le confesaba a su amigo y
en el reparto de tierras que hizo la Comunidad Campesina del lugar en
1904, le correspondieron seis cuadras de excelente tierra agrícola
colindantes con la hacienda La Horca, de propiedad de los ricos
hacendados Arrese-Vega”, p. 7
“…la planicie que se prolongaba hasta el vasto litoral costeño, en medio
de bosques de algarrobos, quebradas de meandros pedregosos e inmensos
arenales cubiertos de zapotes y vichayos por donde vagaban a sus anchas
legartijas e iguanas”, Cap. III, p. 26.
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