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CAPÍTULO TERCERO

PRESENCIA DE LO POPULAR EN SU NOVELÍSTICA

 

 Capítulo Tercero

 Presencia de lo popular en su novelística

La novela Jijuneta y Alma Mía[1] es el intento que Víctor Borrero realiza para incursionar en un territorio literario mayor. La novela, a diferencia del cuento, requiere mayor extensión, lo que puede traer como consecuencia una consiguiente merma de la intensidad narrativa. La creación de personajes, de ambientes y de situaciones obliga a un nivel de mayor preocupación y mayor cuidado tanto en la elaboración del texto como en la lectura del mismo.

En esta novela, Víctor Borrero maneja una miscelánea de procedimientos en el aspecto creativo técnico y una buena gama de plasmaciones imbricadas en el aspecto creativo popular; que trataremos de sintetizar a continuación.

Toda la novela es un hermoso y casi épico alegato en favor de la causa popular, demostrando así, una vez más, que la médula sustantiva de la obra literaria de Víctor Borrero es el sentido y defensa de lo popular.

La novela consta de 21 capítulos, a través de los cuales, de manera vertiginosa, se narra la historia de la rebelión obrera contra la IPC en Talara, durante el año 1931. Obviamente se trata de una historia novelada, donde los acontecimientos históricos y los nombres de los personajes pertenecen a la realidad social, pero los hechos no corresponden estrictamente con la verdad; lo cual puede ser un demérito para un trabajo de objetiva reconstrucción investigatoria de los acontecimientos, pero es un mérito desde el punto de vista literario, pues así se consigue dotar de vida, de movimiento y de pasión a la historia.

Lo esencial del drama y sus actores está recogido en las páginas de la novela; mas la imaginación creativa del autor le ha añadido detalles que la enriquecen y la convierten en un haz luminoso muy atractivo para el lector.

En cuanto al aspecto creativo técnico, destacan la técnica descriptiva, la técnica epistolar y el racconto. La técnica descriptiva es una constante en la novela, desde el inicio, cuando en el capítulo primero describe la constitución física de Jijuneta[2], hasta el final, cuando pinta la tortura y asesinato de Alejandro Taboada[3]; marcando también, a través de las variaciones del  tono descriptivo, el tránsito desde lo irónico hasta lo dramático, desde lo anecdótico hasta la histórico, desde la vida hacia la muerte. La constante descriptiva en la novela puede explicarse, quizá, en la actitud inquisitiva y fotográfica de Víctor Borrero, quien es un observador atento y meticuloso de la conducta humana. La técnica epistolar, de indudable prosapia en la tradición literaria universal, se utiliza al comienzo del cap. XXI, cuando Jijuneta escribe una carta a su madre[4] pensando que el futuro es una posibilidad real en su existencia, que todavía es posible volver a vivir los gloriosos sobresaltos de la conciencia en la vorágine del activismo político. El pobre Jijuneta no termina nunca de escribir la carta, pues lo interrumpen abruptamente, lo apresan, lo torturan y lo asesinan junto al mar (junto a ese mar que tanto amó y por donde llegaba la información ideológica que transformó su vida). De las técnicas narrativas modernas, Borrero utiliza el racconto, porque le permite enlazar adecuadamente un dato del pasado familiar de Jijuneta para explicar su animadversión  hacia los gringos y hacia las autoridades peruanas coludidas con ellos para despojar a los peruanos de sus bienes y sus derechos[5]. En la novela se aprecia que el interés fundamental del narrador no reside en la pulcritud de la elaboración y el desarrollo de técnicas literarias precisas, sino, por el contrario, en el análisis humano y social de personas y grupos cuya interrelación produce el complejo tejido de la historia humana.

En cuanto al aspecto creativo popular, la primera unidad de análisis es la alusión histórica. La novela trata sobre la protesta sindical de los obreros petroleros de Talara contra la International Petroleum Company durante el año 1931; motivados por la explotación económica e injusticias sociales a que estaban reducidos. Se trata, por tanto, de un acontecimiento histórico real, acerca del cual existen crónicas periodísticas y legajos judiciales, así como papeles personales (cartas y documentos diversos) y testimonios orales. Los datos obtenidos para reconstruir la historia, en consecuencia, provienen de diversas fuentes, en las que se han mezclado detalles estrictamente reales con detalles tergiversados por el tiempo transcurrido. El marco general de la novela es, sin lugar a dudas, el conjunto de referentes producidos por una gran alusión histórica, que afectó a los pobladores del norte peruano y al país en general, dejando heridas abiertas y latentes de larga repercusión en la memoria colectiva peruana[6].

En cuanto a los referentes geográficos, abundan en la obra y están referidos a las comarcas norteñas[7], preferentemente Querecotillo y Talara, por ser los ejes referenciales más importantes para la historia de la novela[8], incidiendo en las características observables del paisaje piurano.

Sobre las vestimentas, la obra brinda información suficiente al respecto: “Llegaba vestido de blanco, sombrero canotier, zapatos pintos de charol, mascando chewing gum con sabor a menta. Su arribo era todo un acontecimiento social y desde luego marcaba el ritmo de la elegancia, sus paisanos lo rodeaban como si se tratase de un personaje célebre…”[9], narra Víctor Borrero para describir la fatuidad de Jijuneta ante sus paisanos de Querecotillo, señalando además un rasgo de la personalidad mundana del personaje, quien siente satisfacción íntima ante la admiración embobada de sus observadores. Más adelante, ya en plena campaña laboral, consiguiendo muchachas campesinas para servirlas como alimento sexual de los norteamericanos acampados en la IPC, agrega “… vengan conmigo y regresarán oliendo a Bay Rum, a fragantes colonias importadas, vistiendo trajes de seda y zapatos de taco, usando ropa interior extranjera en vez de esos tapujos de tocuyo que las escaldan”[10], utilizando la diferencia de vestimenta y abalorios como elemento para distinguir el status. Al referirse a las mujeres de los gerentes de la compañía extranjera, quienes debían acompañarlos para la fiesta de disfraces del carnaval, leemos que “iban elegantemente vestidas con trajes de noche y peinadas a lo Mae West o a lo Jean Harlow y sus hombres peinados con Fixina con gomina tragacante de Persia al estilo Clark Gable o Gary Cooper”[11]. Las citas ilustran las vestimentas típicas de tres grupos sociales en contienda: los nativos de la tierra piurana, campesinas ataviadas miserablemente; los norteamericanos, ataviados con la elegancia de la moda internacional; y, en medio, Jijuneta, ataviado como para asombrar a los campesinos pero como fantoche para los extranjeros.

Las comidas y bebidas también marcan la diferencia de clase social. “Debemos superarlos Job, le decía mister Moore al cocinero, que preparó de entrada una ensalada de su invención a base de mayonesa, de plato fuerte galantina de pavo a la Perigord, medallones de lechón con melón y de postre la agradable y siempre preferida torta caminito al cielo. Y de trago Job cómo andamos, buuu, mucho ponche para las distinguidas damas y cualquier cantidad de whiskey Wild Turkey para los hombres”[12], es una cita que detalla el menú de los invitados a celebrar las fiestas de carnaval en el exclusivo club norteamericano y que se complementa magníficamente con la descripción de un desayuno familiar de míster Moore, quien “se sentó a la mesa con apetito, se sirvió un vaso de leche Saint Charles, comió pan tostado con aceitunas españolas, queso Kraff y mermelada Libby’s, sin olvidarse de tomar su aspirina Bayer para alejar los peligros del infarto”[13]. Ambas citas remiten a un estrato social que goza de las facilidades económicas suficientes para acceder a productos alimenticios sofisticados, donde la calidad y el placer combinan armoniosamente, incluyendo la irónica mención de la aspirina para resaltar que, en ese mundo, nada ocurre por azar sino que todo está certeramente planificado. En cambio, la dieta alimenticia popular y peruana, aparece en la siguiente cita: “Desayuno con pan, cachangas, cachos y tostadas, café caracolillo con leche de cabra de la cría de don Manongo…queso fresco, requesón y cuajada…yuca de Paimas, según el gusto…almuerzo, sopa de res con pata de toro, estofado de gallina criolla de corral…arroz con frejoles, habas enzapatadas, seco de chivo de leche, tamales de choclo y de maíz serrano, chicha de pachucho tierno…de merienda arveja con carne aliñada. Cerveza La Leona y aguas gaseosas, kola de Baca y la traída por los gringos directamente de la bodega de víveres, es dulce, reanima a los extenuados, tiene coca…”[14], que señala una alimentación proveniente de la economía casera y lugareña, por contradicción con la anterior. También señala, esta última cita, el ingreso al sector popular de la cerveza y del símbolo clásico norteamericano: la Coca Cola. No está de más recordar que hasta fines de la década de 1960  circulaban historias asombrosas que ubicaban a Talara como el principal consumidor de cerveza del país; fama que decreció en la década siguiente por la restauración nacionalista que Hizo Juan Velasco Alvarado de las propiedades de la IPC.

Las principales ocupaciones quedan señaladas en los capítulos I y II  de la novela. El capítulo I se inicia diciendo que “El pito de la refinería sonó tres veces con intervalos…”[15], con lo cual señala el ámbito de una región dedicada a la explotación petrolífera. El capítulo II se titula “Un famoso e incómodo baratillo” y presenta a la masa de trabajadores informales, que  los extranjeros calificaban como “una majadería de comerciantes de medio pelo”[16] porque incomodaba profundamente sus hábitos relacionados con el market norteamericano. Estas ocupaciones son desempeñadas por peruanos y corresponden a las categorías de obreros y comerciantes, en permanente pugna de intereses con las ocupaciones de los representantes de la IPC, cuyas ocupaciones corresponden a la alta dirección de la empresa y son desempeñadas eminentemente por extranjeros. La actitud del narrador resulta favorable a las masas de trabajadores provenientes de estratos populares, pues siempre aboga por sus intereses y justifica sus actitudes protestatarias.

Las conductas sociales, y las diferencias de status, quedan magníficamente resumidas en las disposiciones para el baile de carnaval: “Los gringos no se metían en el corso, simplemente mister Moore les daba la autorización correspondiente estableciendo el recorrido, que generalmente era por la Planta Baja, la calle Mil y el Centro Cívico. Las reinas de la calle Mil y del trabajo no recorrían con sus carros alegóricos los canchones, pero sí las reinas del mercado y de los obreros, pero tampoco las reinas de la calle Mil y del trabajo podían ir al baile de disfraces que era única y exclusivamente para los del Club Americano o Inglés. Igualmente no se admitía la entrada de los altos funcionarios que residían en la calle Mil, era una fiesta privada de extranjeros y a su manera”[17]. La cita es un poco extensa pero describe nítidamente la diferencia de tres grupos sociales, excluyentes entre sí y rígidamente jerarquiizados: los obreros y comerciantes del mercado (clase baja), los funcionarios administrativos peruanos (clase media) y los funcionarios y expertos extranjeros (clase alta). Las conductas sociales de cada grupo se pueden caracterizar, así mismo, como populares, alienadas y sofisticadas; atendiendo a su ubicación de menor a mayor status.

La actitud ideo/política queda también diferenciada según los tres grupos señalados. El sector netamente popular está representado por los obreros trabajadores de la IPC, en las personas de Alejandro Taboada y Alma Mía, influenciados por Jijuneta. Este último, Jijuneta, es el hombre cuyo pensamiento alienta ideales de justicia y solidaridad. El resentimiento personal por un despojo que sufrió su familia y el conocimiento directo posterior de la manera como el pueblo piurano es explotado por la compañía extranjera, le despierta inquietudes políticas y ganas de averiguar qué sucede en otros lugares del mundo; curiosidad que satisface comprando información a marineros del mundo que llegan a Talara por el comercio petrolífero: “De la negrura de la noche salió un hombre, se movió como una sombra y se acercó sigilosamente a Jijuneta, se estrecharon las manos e hicieron el intercambio de costumbre, un paquete por un pequeño rollo conteniendo dólares. Te traigo revistas nuevas y periódicos, hay jaleo en Centroamérica, la gente se rebela contra la United Fruit Company, se organizan sindicatos y federaciones de obreros, ustedes se están quedando, veo impasibilidad, dejadez, lee las revistas yo no las traigo para que te limpies el trasero con ellas…”[18]. Esta invocación produce un sólido efecto en Jijuneta, quien decide pasar a la acción influenciado la conducta de un obrero conocido y prestigiado: “Despierta, despierta Alma Mía, despierta hombre, estoy anonadado, he escuchado cosas terribles… Calma Jijuneta, Alma Mía se restrega los ojos y se sienta, de qué se trata que vienes tan azorado… Alma Mía se han comido al país con zapatos y todo, pero ustedes no se dejen comer, hagan algo, ya es tiempo, tú eres el indicado para organizar a los obreros…”[19]. Del resto de la conversación entre Jijuneta y Alma Mía, se concluye en la necesidad de organizar el sindicato de trabajadores y luchar por sus derechos. Alma Mía pronuncia los nombres de los obreros que pueden colaborar sinceramente y “agrega el de Alejandro Taboada, yo lo garantizo, trabaja en Negritos es protegido del maestro Juan Albán, lo he conocido y tiene pasta de dirigente sindical… es necesario para el momento de negociar con los gringos, la mirada del muchacho desarma a cualquiera”[20].

La actitud de los comerciantes del mercado también es refractaria a los intereses de la compañía extranjera pero de una manera sutilmente diferente. Ellos comparten los principios burgueses del nacionalismo y la propiedad privada, pero reclaman por sus intereses de acceso a los circuitos comerciales que ellos consideran básicos para mejorar su status: “Hoy nos han prohibido ingresar a Talara…Quiénes son ellos para prohibirnos como peruanos transitar libremente, no son más que una empresa norteamericana que explota el petróleo, pero tiene ingerencia en todo, hasta en la actividad comercial de los particulares…”[21]. Como puede apreciarse, no se trata de una lucha abierta, frontal, ya que si bien defiende intereses populares, más es una argumentación que busca el enfrentamiento mediatizado, que los gringos les permitan medrar juntos en el mercado creado por ellos.

La clase media está representada por los funcionarios peruanos al servicio de los intereses de la compañía extranjera, quienes, por dinero, han renunciado a todo principio de justicia y dignidad, acomodándose incluso a postergaciones humillantes: “…no se admitía la entrada de los altos funcionarios (peruanos)  que residían en la calle Mil, era una fiesta privada de extranjeros y a su manera”[22].

La actitud ideo-política de los extranjeros queda magistralmente retratada en la siguiente cita: “Mister Moore… tuvo ganas de empuñar su Colt 45 y matar a toda esa sarta de sindicalistas estúpidos que lo sacaban de sus casillas, que lo exasperaban hasta hacerle perder la paciencia…”[23]

La variedad de intereses en pugna condujo inevitablemente a la ruptura de relaciones y al conflicto laboral de tan serias consecuencias para la Talara de 1931. Consecuencias en las que la conciencia humana se asomó a todo tipo de extremos: desde la casi épica participación de los vagos y palomillas junto a Tomasa Poicón, hasta la denigrante y salvaje intervención del teniente Talavera. Como no podía dejar de suceder en un mundo caracterizado por la intolerancia antidemocrática, la actitud dictatorial y el desconocimiento adrede de los derechos humanos, la huelga fue reprimida a sangre y fuego, muriendo sus dirigentes y huyendo otros con destino desconocido para evitar el asesinato a mansalva.

Sin embargo, a pesar de la desaparición física del inconformismo y la lucha sindical abierta, termina la novela diciéndonos Víctor Borrero que: “Cuando ya el sol de la madrugada se esparce por la ciudad, aquel solitario gallo del canchón dejó escuchar su canto triste, nostálgico y valiente”[24]; para recordarnos que los ideales de justicia y democracia no podrán ser aplacados nunca de la faz de la tierra, pues son connaturales a la conciencia del ser humano, e irrenunciables para la defensa de su dignidad.        


[1] Víctor Borrero Vargas. Lima, 1991, El Lagarto de Oro Editores, 1ª ed., 195 pp.

[2]  “Era moreno, bajo y gordo como un cerdo cebado. Más que caminar, rodaba por las calles de Talara, regalando sonrisas y repartiendo saludos. Caminaba lentamente y balanceándose, moviendo rítmicamente los brazos, sobre su voluminoso vientre, en un constante bamboleo gracioso y muy característico de él”. Cap. I, pp. 5-6

[3] “El piño de Talavera se estrella con fuerza en su cara cruelmente maltratada, salpicando sangre. Los galones se le manchan de rojo, el brillo del metal se vela, se limpia con su pañuelo haciendo un ademán de repugnancia…” Cap. XXI, p. 195

[4] “…pronto me reuniré contigo… con los ahorros que poseo me comparé otro carro, un Ford V-8 y una pequeña casa para tí(sic)… luego me dedicaré a lo que siempre me gustó, la política, recorreré los campos formando sindicatos…” Cap. XXI, p. 182

[5] Cap. I, pp. 7-11

[6] En 1976 (45 años después de los acontecimientos), el genial Sofocleto publica el Primer Tomo de su Enciclopedia de la Conducta Humana, titulado “Los cojudos”, con la siguiente dedicatoria: “A mi abuelo, don José de Lama y Arismendi, quien perdió los yacimientos de La Brea y Pariñas de puro cojudo”.

[7] “Su padre, como él mismo, era de Querecotillo, le confesaba a su amigo y en el reparto de tierras que hizo la Comunidad Campesina del lugar en 1904, le correspondieron seis cuadras de excelente tierra agrícola colindantes con la hacienda La Horca, de propiedad de los ricos hacendados Arrese-Vega”, p. 7

[8] “…la planicie que se prolongaba hasta el vasto litoral costeño, en medio de bosques de algarrobos, quebradas de meandros pedregosos e inmensos arenales cubiertos de zapotes y vichayos por donde vagaban a sus anchas legartijas e iguanas”, Cap. III, p. 26.

[9] Cap. I, p. 13

[10] Cap. I, p. 13

[11] Cap. V, p. 45

[12] Cap. V, p. 43

[13] Cap. X, p. 92

[14] Cap. XVII, p. 148

[15] Cap. I, p. 5

[16] Cap. II, p. 16

[17] Cap. V, p. 42

[18] Cap. IV, p. 40

[19] Cap. VI, p. 56

[20] Cap. VI, p. 57

[21] Cap. II, p. 17

[22] Cap.V, p. 42

[23] Cap. X, p. 97

[24] Cap. XXI, p. 195

 

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