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Don Juan
Agustín Borrero Vivanco, ganadero y agricultor, nacido a finales a siglo XIX
en Sabiango, un cantón de Loja, tenía la costumbre de premiar el esfuerzo y
éxito en los estudios de sus hijos, llevándolos a compartir con él, durante
las vacaciones escolares, diversas faenas campestres. Era un gran
conversador. Solía narrar, con lujo de detalles, las experiencias personales
que le había tocado afrontar desde la niñez. Sus hijos escuchaban
atentamente las historias, admirando el tema y la eficacia narrativa,
sintiéndose cada vez más impactados y atraídos por las incidencias del mundo
rural (ese mundo del que habían sido arrancados para trasladarlos al ámbito
urbano por motivos de educación formal). La sensibilidad de los niños estaba
siempre abierta al color del cielo, a los olores de la vegetación, a los
rasgos simples de la arquitectura campesina, a las faenas agrícolas y a la
conducta general de los hombres y mujeres que trabajaban para su padre. La
curiosidad infantil era voraz e implacable: querían saberlo todo, escudriñar
hasta el fondo de los secretos de la naturaleza y escarbar profundo en la
intimidad del alma campesina.
La esposa de don Juan Borrero Vivanco se llamaba Luz
Victoria Vargas Quevedo: era una lectora tenaz, poseedora de una apreciable
biblioteca, descendiente de una familia de prosapia emparentada con don
Augusto B. Leguía,
tuvo una amplia formación autodidacta y le gustaba contar y escuchar
historias. Decía que, en algún momento, su familia tendría la presencia de
un gran escritor, ya que ella no pudo ser escritora por dedicarse a la
política. Fue una de las fundadoras del Partido Aprista y sufrió persecusión:
la casona de la Avenida Grau fue cercada y asaltada por la policía;
infructuosamente, pues no pudieron hallarla. Era una mujer culta, de
personalidad firme, temperamento fuerte y muchos deseos de trabajar por el
desarrollo de un país más poderoso y más justo. Las vicisitudes de su
incursión política y, sobre todo, las presiones familiares, la obligaron a
reintegrarse a la vida pacífica de los quehaceres cotidianos; pero su labor
política continuó sutilmente, inculcando a sus hijos el culto por la
libertad de pensamiento y el deseo de justicia social.
De esta
pareja fue que, el dos agosto del año 1943, nació un hijo al que bautizaron
con el nombre de Víctor Nemesio, bajo el gobierno de don Manuel Prado
Ugarteche. La infancia del niño transcurrió en un ambiente de tranquilidad y
bonanza, sin carencias materiales ni intranquilidad económica.
Cuando
niño, vivió la experiencia de pasar a mula el río Macará (todavía no existía
el puente) pues la familia entera se trasladaba a Loja para visitar los
ancestros ecuatorianos; de lo cual le ha quedado una imborrable escena de
paisaje serrano y calor familiar. A sus padres les llamaba Juan y Lucha, sin
emplear los apelativos de papá y mamá; circunstancia que
llamaba la atención de sus primeros amigos, quienes no podían atreverse a
tutear a sus padres.
El primer
colegio de Víctor y sus hermanos quedaba alegremente situado junto al burdel
de Sullana, donde su madre los había matriculado por el prestigio y amistad
de su Director Lizardo Otero Alcas; situación extraordinaria que permitió al
niño Víctor intimar con las meretrices, quienes llegaron a estimarlo
entrañablemente. Cuando, hacia los diecisiete años, quiso tener relaciones
sexuales con ellas se tropezó con una cerrada negativa: “No se puede, porque
eres casi como nuestro hijo”, le dijeron.
Durante la
época del año escolar, ya adolescente, Víctor compartía con sus hermanos y
hermanas la casa de la abuela en la calle Grau de Sullana. Una casa
solariega, con patio y jardín interior, con habitaciones grandes y altas,
con retratos solemnes e históricos colgados en las paredes. Por las mañanas
solía escuchar música clásica interpretada al piano por sus hermanas
(quienes lo hacían por agradar el gusto de su madre) y por las tardes iba al
mercadillo de Sullana, para ayudar a su hermano mayor en un negocio que ahí
tenía, y podía escuchar música popular, sanjuanitos, tristes, valses, polkas,
pasillos, huaynos.
De esos
años de formación escolar le queda también la añoranza de su amigo Raúl León
Merino, un niño trágicamente destruido por la fiebre tifoidea, que murió en
un día de primavera. Víctor no podía entender cómo era posible que Dios
arrebatara la vida a su amigo justo en la época del florecimiento de la
vida. El hermano Dámaso le pidió que dijera las palabras de despedida en el
cementerio y así Víctor Borrero, a los once años de edad, escribió un
epitafio en que gracias a la libertad creativa y a su intenso deseo de no
perder al compañero, lo resucitó para siempre en líneas cargadas de
emotividad y sentimiento solidario.
A los trece
años de edad fue llevado por su cuñado, el teniente Mario Ponce (quien era
Jefe de Guarnición), al Destacamento “Fronteras de Chinchipe”, un cuartel
ubicado en las estribaciones de la Cordillera del Cóndor, donde permaneció
durante cinco meses aprendiendo a conocer el Perú Profundo, el de las
realidades crudas y violentas, de las carencias materiales y la incomodidad
personal.
La conducta
de sus padres siempre fue de sana liberalidad, sin imposiciones rígidas ni
severidades innecesarias; favoreciendo así el desarrollo de una inteligencia
natural y el aprecio irrenunciable por la libertad intelectual y moral. Sin
embargo, a pesar de las facilidades con que contaba la familia, el niño
Víctor no se resignó jamás al tono apacible, bonachón y rutinario de la vida
burguesa, sino que, al contrario, acicateado por experiencias encontradas,
que lo hacían contrastar su condición personal con la de los demás mortales,
y conducido por la educación familiar, siempre estuvo dispuesto a indagar en
los ámbitos populares acerca de sus rasgos característicos.
Sus estudios en el Colegio “Santa Rosa”, de los
Hermanos Maristas, en Sullana, se vieron abruptamente interrumpidos por una
expulsión inevitable. La formación familiar de Víctor Borrero, tal como
hemos anotado en líneas anteriores, aconteció en un ámbito de tolerancia y
libertad intelectuales, donde no había límites para el ejercicio de la
lectura ni censuras para el diálogo de ninguna naturaleza; al contrario, el
descubrimiento de nuevos horizontes culturales e ideológicos era incentivado
y promovido. Un niño con ese tipo de formación personal era inevitable que
genere fricciones con la congregación religiosa escolar, cuya orientación
era hacia el esquematismo ortodoxo de una fe y una convicción política. En
la casa familiar no habían imágenes religiosas, no rezaban el rosario, no
iban a misa y cada quien era libre de opinar lo que mejor le pareciera en
términos religiosos, políticos y culturales. En el colegio, el joven Víctor
Borrero pretendió mantener esa misma disposición de ánimo y postura
intelectual; para lo cual, comenzó una campaña personal de convencimiento a
sus compañeros en el sentido de reclamar por la vigencia del
librepensamiento en el recinto escolar. Los nombres de Marx, Lenin, Fidel
Castro, la Revolución Cubana eran comunes en sus intervenciones; hecho que,
obviamente, fue creando un panorama cada vez más alarmante entre los
conductores y profesores del plantel religioso. La mayor parte de sacerdotes
del colegio eran de origen español, quienes entraron en franca contradicción
política con Víctor Borrero pues, mientras ellos apostaban por la eterna
gloria de Francisco Franco, Millán Astray y los generales que fueron aliados
de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, Víctor Borrero apostaba por
Dolores Ibarbouru (“La pasionaria”), Valentín Gonzáles (“El campesino”),
Indalecio Prieto, las Brigadas Internacionales y la gran masa anónima de
españoles defensores de su república. La acusación de comunista no tardó en
recaer sobre la cabeza del joven estudiante; hecho que se agravó el día que
sostuvo una franca y pública negativa a comulgar. La expulsión lo condujo al
Colegio Ignacio Merino de Talara, donde compartió aulas y
experiencias con jóvenes provenientes de sectores populares (hijos de
obreros petroleros), con quienes tuvo mayor oportunidad de intercambiar
ideas, crear un pequeño grupo de intercambio y discusión y sentirse menos
constreñido que en el seno de la congregación religiosa.
La vida
infantil y adolescente de Víctor Borrero se desliza oscilando entre el
conocimiento de la bonanza económica familiar y la pobreza familiar
campesina, entre la música clásica del hogar y la música popular del
mercadillo, entre el colegio burgués y el colegio proletario. Versiones
diferentes de la vida que le brindan una visión más amplia y más certera de
la compleja realidad social peruana.
La vida
universitaria se inicia cuando ingresa con el Primer Puesto a la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos y aparece en una entrevista especial que le
hace El Comercio, en 1961. Decidió postular a esa universidad porque
en ella habían estudiado los hermanos de su madre, sus tíos, sus primos, sus
hermanos. Sus estudios de Letras transcurrieron en la antigua casona de San
Marcos, ubicada en el Parque Universitario, que hoy forma parte del Centro
Histórico de Lima. Ahí permaneció hasta 1968, en que se tituló de abogado.
Entre sus profesores figuran Alberto Tauro del Pino, José María Arguedas,
Augusto Salazar Bondy, Luis Alberto Sánchez, Estuardo Núñez, Armando
Zubizarreta, Jorge Puccinelli, Jorge Basadre; figuras señeras en la historia
de la inteligencia peruana.
El primero de octubre del año 1968, Víctor Borrero ya
sabía que el Dr. Luciano Castillo presidiría su Jurado Examinador de
titulación el día 04 de noviembre del mismo año. Al día siguiente, dos de
octubre, Víctor y su amigo Aurelio Díaz Rodríguez
fueron por la noche al EMBASSY (en aquel entonces un night club fino y
afamado) y entraron junto con el cantante Carlos Argentino, que visitaba
Lima. Divirtiéndose a cuerpo de rey e invitando copas como potentados, no se
percataron del momento en que Carlos Argentino se fue de la reunión. Como no
pudieron pagar la cuenta, fueron detenidos en la 5ª Comisaría, de Bambas y
Cotabambas, donde pasaron el resto de la noche. Con gran sorpresa de su
parte, al amanecer siguiente, un capitán de la policía ordenó que los
botaran a la calle. Horas después, en el centro de Lima, se enterarían que
durante la madrugada el General Juan Velasco Alvarado había iniciado un
movimiento revolucionario que transformaría drásticamente la personalidad
política del Perú. El temor de Víctor fue que la vida académica
universitaria se interrumpiera y no pudiera presentarse ante el Jurado
Examinador en la fecha prevista; pero nada sucedió y pudo aprobar su examen
y obtener su Título Profesional de Abogado el 04 de noviembre (que es,
también, la fecha en que se celebra el Día de Sullana, su tierra natal).
El primer
trabajo profesional de Víctor Borrero fue en la empresa minera “Río Payanga”,
donde se aburría por tratarse de funciones burocráticas y anodinas; por lo
que cuando en 1969 el General Juan Velasco Alvarado promulga la Ley de
Reforma Agraria, Víctor Borrero no duda en aceptar el ofrecimiento para
trabajar en la Dirección Regional Agraria de Piura. Estuvo aproximadamente
seis meses en Huancabamba; luego, renunció y se dedicó al ejercicio liberal
de su profesión: defendió campesinos, comunidades, apoyó la formación de
sindicatos y fortaleció sus ideas políticas gracias al contacto directo con
la realidad socioeconómica y cultural del campesino piurano.
Una de las
principales preocupaciones de su vida ha consistido en no dejarse absorber
por los pasillos judiciales, en no dejarse devorar por el sistema, tal como
aconteció con muchos jóvenes de su generación que estuvieron imbuidos de
bellos ideales y terminaron convertidos en expoliadores de los pobres. El
refugio de Víctor Borrero es la práctica sana y consciente de la creación
literaria, a la que considera una hazaña de la libertad.
En 1987 publicó su primer libro: “El alma de Torres”
(con el cuento “El alma de Torres”, que da su título a la colección que
compone el libro, ganó un concurso literario auspiciado por el INC en
1987). El libro fue escrito sobre hechos reales y fue publicado gracias al
apoyo generoso y efectivo de su hermano, quien es Director Gerente del Grupo
MAGMA y autorizó la edición en la imprenta de la empresa. Lamentablemente,
el cuidado de la edición no fue adecuado y el libro salió con muchas
erratas. Víctor Borrero se queja de la mala suerte en este sentido, pues
cuenta que su novela “Jijuneta y Alma Mía”, editada por la empresa
LABORATORIOS SANITAS también adolece del mismo defecto, y últimamente se ha
repetido la misma ingrata situación con su novela ”Happening en la milla
seis”.
En esta última novela, Víctor Borrero dice haber “plagiado” mucho de su
propia vida para construir la ficción literaria: “a veces el escritor
también tiene que plagiar su vida para enriquecer su literatura”.
También le agrada mucho el teatro y ha incursionado en el drama (“Tangarará”
y “Tres mujeres contra el mundo”; aparte de las que mantiene inéditas).
Según él, lo único bueno que recuerda del Colegio “Santa Rosa” es que les
inculcaban mucho el gusto por el teatro. En cuanto a la narración, dice que
le es muy difícil escribir un cuento corto: no ha podido escribir un cuento
de mil palabras, por lo que prefiere la novela.
Con su cuento “El sueño de Onésimo”, se presentó a la
sexta bienal de Cuento de PETROPERÚ, sobre una historia que le contó una
señora ayabaquina: Hermelinda Garcés de Merino (ex alumna de Francisco Vegas
Seminario) basada en un hecho histórico pero omitido de la historia oficial.
Un gran impulso espiritual, fastuosa imaginación y mucho cálculo
organizativo le permitieron lograr un cuento que es, indudablemente, una
obligada pieza antológica de la literatura piurana.
Los libros
publicados de Víctor Borrero son los siguientes:
El alma de
Torres
(cuentos, 1987).
Cuentos
Tallanes
(cuentos, 1989).
Nuevos
cuentos tallanes
(cuentos, 1991).
Jijuneta y
Alma Mía
(novela,
1991).
Los
bandoleros de San Tolino
(cuentos, 1992).
Tangarará
(teatro, 1993)
Derrama tu
sangre, Abraham
(cuentos, 1994).
Tres
mujeres contra el mundo
(teatro, 1995).
Happening
en la milla seis
(novela, 1999).
Víctor
Borrero dice que, para escribir, primero elabora una especie de plano
organizativo de la narración y que luego redacta ciñéndose a él; pero, si en
el proceso creativo verbal, ocurre algún desborde, no vacila en
dejarlo continuar porque es parte del misterio de la creación artística.
Actualmente,
Víctor Borrero se desempeña como docente en la Facultad de Derecho y
Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Piura, donde es miembro de
la Comisión de Gobierno y siente la satisfacción de haber cumplido su anhelo
de ejercer la docencia. “La única moral válida para el ser humano es la
moral que nace de sus propios impulsos espirituales” nos dice, y nos
quedamos pensando en el sentido y el valor de su mensaje, que se encuentra
también contenido en su producción literaria, caracterizada por el hondo
deseo de una sociedad humanista, justa, libre y culta.
En el salón principal de la casa de Víctor Borrero existe un cuadro de
Leguía, quien posó especialmente para la tía Rosa (hermana de la madre
del escritor).
Las hermanas de Víctor Borrero estudiaban en el Colegio “Santa Úrsula”
de Sullana, regentado por una congregación religiosa femenina y casi
corren la misma suerte de expulsión que su hermano por indagar y hablar
acerca de Flora Tristán.
Hoy un conocido Notario Público de la ciudad de Lima.
Víctor Borrero ha decidido que esta edición no circule y espera poderla
publicar con un sello editorial que le garantice la idoneidad apropiada.
Declaración textual hecha a SBS en la entrevista del 8 de octubre del
2000.
Se trata de la rebelión de los chalacos, quienes tomaron la ciudad de
Piura protestando por la injusticia judicial de querer arrebatarles las
tierras de su comunidad ancestral. Este tema también ha sido tratado,
posteriormente, por el escritor Miguel Gutiérrez en la novela “La
violencia del tiempo” y por el escritor Rafael Gutarra en el cuento “La
casa quemada”.
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