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CAPÍTULO PRIMERO

LOS ANTECEDENTES LITERARIOS

 

Don Juan Agustín Borrero Vivanco, ganadero y agricultor, nacido a finales a siglo XIX en Sabiango, un cantón de Loja, tenía la costumbre de premiar el esfuerzo y éxito en los estudios de sus hijos, llevándolos a compartir con él, durante las vacaciones escolares, diversas faenas campestres. Era un gran conversador. Solía narrar, con lujo de detalles, las experiencias personales que le había tocado afrontar desde la niñez. Sus hijos escuchaban atentamente las historias, admirando el tema y la eficacia narrativa, sintiéndose cada vez más impactados y atraídos por las incidencias del mundo rural (ese mundo del que habían sido arrancados para trasladarlos al ámbito urbano por motivos de educación formal). La sensibilidad de los niños estaba siempre abierta al color del cielo, a los olores de la vegetación, a los rasgos simples de la arquitectura campesina, a las faenas agrícolas y a la conducta general de los hombres y mujeres que trabajaban para su padre. La curiosidad infantil era voraz e implacable: querían saberlo todo, escudriñar hasta el fondo de los secretos de la naturaleza y escarbar profundo en la intimidad del alma campesina.

La esposa de don Juan Borrero Vivanco se llamaba Luz Victoria Vargas Quevedo: era una lectora tenaz, poseedora de una apreciable biblioteca, descendiente de una familia de prosapia emparentada con don Augusto B. Leguía[1], tuvo una amplia formación autodidacta y le gustaba contar y escuchar historias. Decía que, en algún momento, su familia tendría la presencia de un gran escritor, ya que ella no pudo ser escritora por dedicarse a la política. Fue una de las fundadoras del Partido Aprista y sufrió persecusión: la casona de la Avenida Grau fue cercada y asaltada por la policía; infructuosamente, pues no pudieron hallarla. Era una mujer culta, de personalidad firme, temperamento fuerte y muchos deseos de trabajar por el desarrollo de un país más poderoso y más justo. Las vicisitudes de su incursión política y, sobre todo, las presiones familiares, la obligaron a reintegrarse a la vida pacífica de los quehaceres cotidianos; pero su labor política continuó sutilmente, inculcando a sus hijos el culto por la libertad de pensamiento y el deseo de justicia social.

De esta pareja fue que, el dos agosto del año 1943, nació un hijo al que bautizaron con el nombre de Víctor Nemesio, bajo el gobierno de don Manuel Prado Ugarteche. La infancia del niño transcurrió en un ambiente de tranquilidad y bonanza, sin carencias materiales ni intranquilidad económica.

Cuando niño, vivió la experiencia de pasar a mula el río Macará (todavía no existía el puente) pues la familia entera se trasladaba a Loja para visitar los ancestros ecuatorianos; de lo cual le ha quedado una imborrable escena de paisaje serrano y calor familiar. A sus padres les llamaba Juan y Lucha, sin emplear los apelativos de papá y mamá; circunstancia que llamaba la atención de sus primeros amigos, quienes no podían atreverse a tutear a sus padres.

El primer colegio de Víctor y sus hermanos quedaba alegremente situado junto al burdel de Sullana, donde su madre los había matriculado por el prestigio y amistad de su Director Lizardo Otero Alcas; situación extraordinaria que permitió al niño Víctor intimar con las meretrices, quienes llegaron a estimarlo entrañablemente. Cuando, hacia los diecisiete años, quiso tener relaciones sexuales con ellas se tropezó con una cerrada negativa: “No se puede, porque eres casi como nuestro hijo”, le dijeron.

Durante la época del año escolar, ya adolescente, Víctor compartía con sus hermanos y hermanas la casa de la abuela en la calle Grau de Sullana. Una casa solariega, con patio y jardín interior, con habitaciones grandes y altas, con retratos solemnes e históricos colgados en las paredes. Por las mañanas solía escuchar música clásica interpretada al piano por sus hermanas (quienes lo hacían por agradar el gusto de su madre) y por las tardes iba al mercadillo de Sullana, para ayudar a su hermano mayor en un negocio que ahí tenía, y podía escuchar música popular, sanjuanitos, tristes, valses, polkas, pasillos,  huaynos.

De esos años de formación escolar le queda también la añoranza de su amigo Raúl León Merino, un niño trágicamente destruido por la fiebre tifoidea, que murió en un día de primavera. Víctor no podía entender cómo era posible que Dios arrebatara la vida a su amigo justo en la época del florecimiento de la vida. El hermano Dámaso le pidió que dijera las palabras de despedida en el cementerio y así Víctor Borrero, a los once años de edad, escribió un epitafio en que gracias a la libertad creativa y a su intenso deseo de no perder al compañero, lo resucitó para siempre en líneas cargadas de emotividad y sentimiento solidario.

A los trece años de edad fue llevado por su cuñado, el teniente Mario Ponce (quien era Jefe de Guarnición), al Destacamento “Fronteras de Chinchipe”, un cuartel ubicado en las estribaciones de la Cordillera del Cóndor, donde permaneció durante cinco meses aprendiendo a conocer el Perú Profundo, el de las realidades crudas y violentas, de las carencias materiales y la incomodidad personal.

La conducta de sus padres siempre fue de sana liberalidad, sin imposiciones rígidas ni severidades innecesarias; favoreciendo así el desarrollo de una inteligencia natural y el aprecio irrenunciable por la libertad intelectual y moral. Sin embargo, a pesar de las facilidades con que contaba la familia, el niño Víctor no se resignó jamás al tono apacible, bonachón y rutinario de la vida burguesa, sino que, al contrario, acicateado por experiencias encontradas, que lo hacían contrastar su condición personal con la de los demás mortales, y conducido por la educación familiar, siempre estuvo dispuesto a indagar en los ámbitos populares acerca de sus rasgos característicos.

Sus estudios en el Colegio “Santa Rosa”, de los Hermanos Maristas, en Sullana, se vieron abruptamente interrumpidos por una expulsión inevitable. La formación familiar de Víctor Borrero, tal como hemos anotado en líneas anteriores, aconteció en un ámbito de tolerancia y libertad intelectuales, donde no había límites para el ejercicio de la lectura ni censuras para el diálogo de ninguna naturaleza; al contrario, el descubrimiento de nuevos horizontes culturales e ideológicos era incentivado y promovido. Un niño con ese tipo de formación personal era inevitable que genere fricciones con la congregación religiosa escolar, cuya orientación era hacia el esquematismo ortodoxo de una fe y una convicción política. En la casa familiar no habían imágenes religiosas, no rezaban el rosario, no iban a misa y cada quien era libre de opinar lo que mejor le pareciera en términos religiosos, políticos y culturales. En el colegio, el joven Víctor Borrero pretendió mantener esa misma disposición de ánimo y postura intelectual; para lo cual, comenzó una campaña personal de convencimiento a sus compañeros en el sentido de reclamar por la vigencia del librepensamiento en el recinto escolar. Los nombres de Marx, Lenin, Fidel Castro, la Revolución Cubana eran comunes en sus intervenciones; hecho que, obviamente, fue creando un panorama cada vez más alarmante entre los conductores y profesores del plantel religioso. La mayor parte de sacerdotes del colegio eran de origen español, quienes entraron en franca contradicción política con Víctor Borrero pues, mientras ellos apostaban por la eterna gloria de Francisco Franco, Millán Astray y los generales que fueron aliados de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, Víctor Borrero apostaba por Dolores Ibarbouru (“La pasionaria”), Valentín Gonzáles (“El campesino”), Indalecio Prieto, las Brigadas Internacionales y la gran masa anónima de españoles defensores de su república. La acusación de comunista no tardó en recaer sobre la cabeza del joven estudiante; hecho que se agravó el día que sostuvo una franca y pública negativa a comulgar. La expulsión lo condujo al Colegio Ignacio Merino de Talara, donde compartió aulas y experiencias con jóvenes provenientes de sectores populares (hijos de obreros petroleros), con quienes tuvo mayor oportunidad de intercambiar ideas, crear un pequeño grupo de intercambio y discusión y sentirse menos constreñido que en el seno de la congregación religiosa[2].

La vida infantil y adolescente de Víctor Borrero se desliza oscilando entre el conocimiento de la bonanza económica familiar y la pobreza familiar campesina, entre la música clásica del hogar y la música popular del mercadillo, entre el colegio burgués y el colegio proletario. Versiones diferentes de la vida que le brindan una visión más amplia y más certera de la compleja realidad social peruana.

La vida universitaria se inicia cuando ingresa con el Primer Puesto a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y aparece en una entrevista especial que le hace El Comercio, en 1961. Decidió postular a esa universidad porque en ella habían estudiado los hermanos de su madre, sus tíos, sus primos, sus hermanos. Sus estudios de Letras transcurrieron en la antigua casona de San Marcos, ubicada en el  Parque Universitario, que hoy forma parte del Centro Histórico de Lima. Ahí permaneció hasta 1968, en que se tituló de abogado. Entre sus profesores figuran Alberto Tauro del Pino, José María Arguedas, Augusto Salazar Bondy, Luis Alberto Sánchez, Estuardo Núñez, Armando Zubizarreta, Jorge Puccinelli, Jorge Basadre; figuras señeras en la historia de la inteligencia peruana.

El primero de octubre del año 1968, Víctor Borrero ya sabía que el Dr. Luciano Castillo presidiría su Jurado Examinador de titulación el día 04 de noviembre del mismo año. Al día siguiente, dos de octubre, Víctor y su amigo Aurelio Díaz Rodríguez[3] fueron por la noche al EMBASSY (en aquel entonces un night club fino y afamado) y entraron junto con el cantante Carlos Argentino, que visitaba Lima. Divirtiéndose a cuerpo de rey e invitando copas como potentados, no se percataron del momento en que Carlos Argentino se fue de la reunión. Como no pudieron pagar la cuenta, fueron detenidos en la 5ª Comisaría, de Bambas y Cotabambas, donde pasaron el resto de la noche. Con gran sorpresa de su parte, al amanecer siguiente, un capitán de la policía ordenó que los botaran a la calle. Horas después, en el centro de Lima, se enterarían que durante la madrugada el General Juan Velasco Alvarado había iniciado un movimiento revolucionario que transformaría drásticamente la personalidad política del Perú. El temor de Víctor fue que la vida académica universitaria se interrumpiera y no pudiera presentarse ante el Jurado Examinador en la fecha prevista; pero nada sucedió y pudo aprobar su examen y obtener su Título Profesional de Abogado el 04 de noviembre (que es, también, la fecha en que se celebra el Día de Sullana, su tierra natal).

El primer trabajo profesional de Víctor Borrero fue en la empresa minera “Río Payanga”, donde se aburría por tratarse de funciones burocráticas y anodinas; por lo que cuando en 1969 el General Juan Velasco Alvarado promulga la Ley de Reforma Agraria, Víctor Borrero no duda en aceptar el ofrecimiento para trabajar en la Dirección Regional Agraria de Piura. Estuvo aproximadamente seis meses en Huancabamba; luego, renunció y se dedicó al ejercicio liberal de su profesión: defendió campesinos, comunidades,  apoyó la formación de sindicatos y fortaleció sus ideas políticas gracias al contacto directo con la realidad socioeconómica y cultural del campesino piurano.

Una de las principales preocupaciones de su vida ha consistido en no dejarse absorber por los pasillos judiciales, en no dejarse devorar por el sistema, tal como aconteció con muchos jóvenes de su generación que estuvieron imbuidos de bellos ideales y terminaron convertidos en expoliadores de los pobres. El refugio de Víctor Borrero es la práctica sana y consciente de la creación literaria, a la que considera una hazaña de la libertad.

En 1987 publicó su primer libro: “El alma de Torres” (con el cuento “El alma de Torres”, que da su título a la colección que compone  el libro, ganó un concurso literario auspiciado por el INC en 1987). El libro fue escrito sobre  hechos reales y fue publicado gracias al apoyo generoso y efectivo de su hermano, quien es Director Gerente del Grupo MAGMA y autorizó la edición en la imprenta de la empresa. Lamentablemente, el cuidado de la edición no fue adecuado y el libro salió con muchas erratas. Víctor Borrero se queja de la mala suerte en este sentido, pues cuenta que su novela “Jijuneta y Alma Mía”, editada por la empresa LABORATORIOS SANITAS también adolece del mismo defecto, y últimamente se ha repetido la misma ingrata situación con su novela ”Happening en la milla seis”[4]. En esta última novela, Víctor Borrero dice haber “plagiado” mucho de su propia vida para construir la ficción literaria: “a veces el escritor también tiene que plagiar su vida para enriquecer su literatura”[5]. También le agrada mucho el teatro y ha incursionado en el drama (“Tangarará” y “Tres mujeres contra el mundo”; aparte de las que mantiene inéditas). Según él, lo único bueno que recuerda del Colegio “Santa Rosa” es que les inculcaban mucho el gusto por el teatro. En cuanto a la narración, dice que le es muy difícil escribir un cuento corto: no ha podido escribir un cuento de mil palabras, por lo que prefiere la novela.

Con su cuento “El sueño de Onésimo”, se presentó a la sexta bienal de Cuento de PETROPERÚ, sobre una historia que le contó una señora ayabaquina: Hermelinda Garcés de Merino (ex alumna de Francisco Vegas Seminario) basada en un hecho histórico pero omitido de la historia oficial[6]. Un gran impulso espiritual, fastuosa imaginación y mucho cálculo organizativo le permitieron lograr un cuento que es, indudablemente, una obligada pieza antológica de la literatura piurana.

Los libros publicados de Víctor Borrero son los siguientes:

El alma de Torres (cuentos, 1987).

Cuentos Tallanes (cuentos, 1989).

Nuevos cuentos tallanes (cuentos, 1991).

Jijuneta y Alma Mía (novela, 1991).

Los bandoleros de San Tolino (cuentos, 1992).

Tangarará (teatro, 1993)

Derrama tu sangre, Abraham (cuentos, 1994).

Tres mujeres contra el mundo (teatro, 1995).

Happening en la milla seis (novela, 1999).

Víctor Borrero dice que, para escribir, primero elabora una especie de plano organizativo de la narración y que luego redacta ciñéndose a él; pero, si en el proceso creativo verbal, ocurre algún desborde, no vacila en dejarlo continuar porque es parte del misterio de la creación artística.

Actualmente[7], Víctor Borrero se desempeña como docente en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Piura, donde es miembro de la Comisión de Gobierno y siente la satisfacción de haber cumplido su anhelo de ejercer la docencia. “La única moral válida para el ser humano es la moral que nace de sus propios impulsos espirituales” nos dice, y nos quedamos pensando en el sentido y el valor de su mensaje, que se encuentra también contenido en su producción literaria, caracterizada por el hondo deseo de una sociedad humanista, justa, libre y culta.


[1] En el salón principal de la casa de Víctor Borrero existe un cuadro de Leguía, quien posó especialmente para la tía Rosa (hermana de la madre del escritor).

[2] Las hermanas de Víctor Borrero estudiaban en el Colegio “Santa Úrsula” de Sullana, regentado  por una congregación religiosa femenina y casi corren la misma suerte de expulsión que su hermano por indagar y hablar acerca de Flora Tristán.

[3] Hoy un conocido Notario Público de la ciudad de Lima.

[4] Víctor Borrero ha decidido que  esta edición no circule y espera poderla publicar con un sello editorial que le garantice la idoneidad apropiada.

[5] Declaración textual hecha a SBS en la entrevista del 8 de octubre del 2000.

[6] Se trata de la rebelión de los chalacos, quienes tomaron la ciudad de Piura protestando por la injusticia judicial de querer arrebatarles las tierras de su comunidad ancestral. Este tema también ha sido tratado, posteriormente, por el escritor Miguel Gutiérrez en la novela “La violencia del tiempo” y por el escritor Rafael Gutarra en el cuento “La casa quemada”.

[7] Diciembre del 2000.

 

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