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Comencé a escribir durante mis años de estudiante de
literatura en San Marcos, para hablar de las experiencias que me turbaban
entonces. Era un oficio secreto, era yo conversando conmigo mismo.
Poco a poco las palabras se fueron haciendo más necesarias y después
imprescindibles, pero siempre solitarias, ocultas. Por eso mientras los
poetas sanmarquinos de mi época se involucraban en aventuras memorables de
revistas, manifiestos, entrevistas, recitales, etc.,yo simplemente escribía
para mí.
En 1985 presenté esos poemas a la tercera bienal de poesía de Petroperú con
el título de Al encendido fuego; eso me valió el primer premio. Habían
pasado más o menos diecisiete años desde que escribiera mis primeros versos.
Mi segundo libro se llamó Palabras como arena, y en verdad se publicó un
poco contra mi voluntad. Los poemas que contienen prolongan, repiten, los
temas que me obseden: la soledad, la terrible e incurable soledad; la
búsqueda de mí mismo, el amor contrariado, el misterioso don que es la
poesía, y yo y mis fantasmas personales.
En mis dos libros hay poemas en verso medido y rimado y, sobre todo,
sonetos, porque en esta forma que otros hallan limitante yo encuentro una
libertad distinta de la que experimento en el verso libre. Creo que el metro
y la rima permiten, como ningún otro recurso poético, mantenerse en ese
difícil equilibrio entre el decir y el callar. Sin embargo, escribo también,
y sobre todo, en verso libre; pero caigo con frecuencia y sin buscarlo en la
rima asonante, y navego sobre un ritmo que no puedo describir pero que
escucho y siento cuando leo en alta voz.
Escribo porque escribir me da un cierto sentido de la armonía. Porque
escribiendo me acerco a veces a alguna explicación de lo que soy y lo que
siento. Porque necesito encontrarme, reflejarme para poder reconocerme; por
eso mis palabras en gran medida son un espejo en el que me contemplo y, a
veces, reconozco alguno de mis rasgos. Escribo porque con cada palabra o
verso escritos voy levantando la imagen de mí mismo que quiero que
perdure...si es que algo queda de mí. Escribo para durar, para que no se me
olvide, para que otros repitan mis palabras como si fueran suyas. Escribo
para decir y para esconder; y para ocultar lo que no está bien que se diga y
se repita. Escribo también para olvidar, si es que eso es posible; o para
hacer a cada experiencia su lugar en mi memoria. Escribo, pues, en el fondo,
para no olvidar nunca, para recordar siempre; para que no me acose la vida
con su catarata de gentes y de afectos; para que la vida siga, para hacerla
más soportable; escribo para estar en paz conmigo mismo; escribo, en fin,
porque no sé hacer otra cosa y simplemente por el placer de escribir, del
buen sonido, de la palabra hermosa y justa. |