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Señor Rector de la Universidad Nacional de Piura, señores
vicerectores, distinguidas autoridades, señores decanos, señores profesores,
señoras y señores, queridos amigos. Agradezco de todo corazón esta ceremonia
que me incorpora simbólicamente al claustro académico de la Universidad
Nacional de Piura. Recibo este generoso reconocimiento con la modestia
debida y con gran conciencia de que se trata de un mandato de autenticidad y
de rigor en el que trataré de no defraudarlos. En cualquier circunstancia,
ser incorporado como Doctor Honoris Causa a una universidad es un gesto
generoso y conmovedor. Para mí, lo es mucho más en este caso por tratarse de
la Universidad Nacional de Piura, una tierra a la que estoy profundamente
vinculado desde mi infancia, de la que llevo en la memoria grabadas
inolvidables imágenes y que además de haber sido muy importante en mi
infancia y en mi adolescencia, es una tierra que ha tenido una influencia
neurálgica de lo más hermoso que yo tengo que es mi vocación de escritor. Yo
quisiera esta noche, en una conversación más bien informal e íntima como la
que se tiene entre amigos, evocar ante ustedes algunos de esos recuerdos
piuranos que han desempeñado un papel tan importante en mi vida y en mi
trabajo literario. Las relaciones que tienen las personas con las ciudades
son tan misteriosas como las que tienen con otras personas, hay ciudades que
nos caen simpáticas y hay ciudades que nos caen antipáticas, hay ciudades
que pasan en nuestra vida sin dejar casi una huella en la memoria y hay
otras en cambio que se graban profundamente y se quedan para siempre allí,
ciudades cuyos recuerdos luego se incorporan y pasan a formar parte como un
ingrediente esencial de nuestras vidas; eso es lo que me ocurrió a mí con
Piura; una tierra donde, si hacemos las sumas y las restas, pasé menos de
dos años, la primera vez el año 1946 y la segunda el año 1952. Aquí terminé
el quinto año de primaria en el Colegio Salesiano y aquí terminé el colegio,
el quinto año de media en la Unidad Escolar San Miguel de Piura. Estas dos
experiencias no suman más de dieciocho, veinte meses. Muchas veces me he
preguntado por qué esos veinte meses han tenido esa gravitación tan
profunda, tan constante, tan perenne en mi vida; por qué las imágenes que mi
memoria almacenó en esa estancia, cuando tenía diez años y cuando tenía
dieciséis, han comparecido tantas veces cuando me ponía a escribir
ofreciéndome personajes, ambientes, un determinado clima, una cierta manera
de hablar, unas caras, unas anécdotas. Entre todos los personajes que
circulan por mis cuentos, dramas y novelas, hay uno por ejemplo que se llama
Lituma, y que es un piurano y a diferencia de lo que ocurre con otros muchos
personajes de mis libros nunca se muere del todo, siempre resucita y muchas
veces estoy empezando a escribir una nueva historia y de pronto ese Lituma
-que aparece ya en mis primeros cuentos, cuentos que escribí cuando tenía
diecisiete, dieciocho años- se presenta y me hace saber que él está allí,
ofreciéndome sus servicios, unos servicios que siempre me son muy útiles; es
un personaje entrañable como es entrañable mi relación con esta tierra.
La Piura que yo llevo en la memoria es desde luego una Piura muy distinta de
la que ustedes, sobre todo los jóvenes estudiantes, conocen. Y para que se
hagan una idea de ella tienen que recortar considerablemente esta ciudad y
reducirla por lo menos a su décima parte: imagínense ustedes esa Piura que
yo conocí el año 1946, era una Piura donde prácticamente desde todas las
esquinas se veía el desierto; el desierto era una presencia viva, constante,
eterna, en la vida de los piuranos de entonces. Y anoche, que yo daba una
vuelta nostálgica por el centro de Piura, les decía a unos amigos qué
diferencia, hoy en día los piuranos no tienen siquiera conciencia de que el
desierto esta allí, a las puertas de la ciudad, como la teníamos nosotros
hace la friolera de cincuenta o cincuenta y cinco años. Ese espectáculo es
un espectáculo que yo nunca he podido olvidar y entre todos los paisajes y
las geografías que ofrece este mundo tan rico y tan diverso en el que
vivimos, para mí si tengo que elegir, el predilecto es el desierto, yo nunca
he olvidado la emoción y el sentimiento de maravilla y de milagro que me
ofrecía a mí el desierto de Piura, un desierto cambiante, un desierto en el
que aparecían y desaparecían esos médanos de arena blanca, algo que hoy día
prácticamente no se ve.
En esa Piura, otra presencia importante y fundamental que ahora ya no lo es,
porque ahora es una presencia cotidiana que está siempre allí, era la del
río. Así como hoy en día el agua es más bien una amenaza que aniega y
destruye cosechas y a veces entra en la ciudad y causa estragos, en la Piura
que yo conocí, los piuranos se morían de sed y vivían con la angustia de la
falta de agua. El Piura era entonces un río de avenida, era un río que
venía, llegaba, se estaba unos meses alegrando, mojando la ciudad y luego
desaparecía. Y uno de los espectáculos más extraordinarios que yo recuerdo
de mi infancia era esa explosión verdaderamente inaudita, de entusiasmo, con
la que los piuranos recibían las aguas del Piura al comienzo del verano.
Toda la ciudad se volcaba al cauce seco del Piura y recibía con aplausos,
con fuegos artificiales, con petardos, la llegada de las primeras aguas; era
una fiesta que superaba a todas las fiestas del resto del año. El obispo
bendecía las aguas y los churres eran los primeros, por supuesto, en mojarse
en esas aguas todavía fangosas, arenosas, del río Piura. El resto del año,
cuando el cauce del Piura estaba seco, ese cauce seco tenía distintas
funciones, una de ellas era ser el escenario de los grandes desafíos, de las
trompeaderas entre los piuranos. Las trompeaderas en ese tiempo tenían algo
de caballeresco, era todo un rito, había unos desafíos y hablo de los
escolares, de los salesianos y sanmiguelinos, se desafiaban y luego a la
salida del colegio los pugilatos tenían lugar en el cauce seco del Piura.
Con el recuerdo de esos desafíos y de esas trompeaderas yo escribí uno de
los cuentos de Los Jefes que se llama precisamente El desafío. El desafío en
mi cuento es cosa mayor porque ya no se trata de puños y de cabezasos sino
de cuchillos, pero ustedes saben que los novelistas son exagerados por
naturaleza. Ese cuento que escribí recordando los desafíos en el cauce seco
del Piura, me deparó una de las mayores satisfacciones de mi juventud porque
el cuento ganó un premio de un concurso organizado por una revista francesa
y el premio era nada menos que un viaje a París. Yo era un lector como creo
que toda mi generación en América Latina- un lector voraz de escritores
franceses y creía como dijo un escritor chileno muy risueño, Arcadio Cotamo,
que la pizpireta parisina era fundamental para graduarse de escritor. Y ese
cuento piurano El desafío me deparó a mí la oportunidad de conocer esa
ciudad mágica cuyo aire creía yo tenía la virtud de volver escritores a los
aprendices de escritores como era yo.
El colegio San Miguel donde yo terminé mis estudios era un magnífico colegio
y lo era no sólo por el ambiente estupendo, fraternal, solidario, que
reinaba en sus aulas y en sus patios sino por que su categoría intelectual
era muy elevada. El Doctor Luis Marroquín, que era el director, tuvo la
inteligente política de invitar además de los profesores de planta a
profesionales muy destacados de Piura a impartir clases en el San Miguel y
así nosotros tuvimos la suerte de tener por ejemplo como profesor de
educación cívica al Doctor Guillermo Gulman que era un magnífico expositor y
un gran incitador de curiosidades y preocupaciones cívicas entre los
estudiantes. Tengo muy presentes en la memoria a mis profesores del San
Miguel, a Nestor Martos por ejemplo que era un magnífico profesor de
historia, era también un periodista de fuste que tenía una columna en El
Tiempo que todos los piuranos leían con avidez por su independencia de
criterio y su valentía; era también un gran bohemio y a veces parecía llegar
a las clases directamente de alguna cantina donde había pasado la noche
discutiendo fogosamente pero a la hora de ponerse a explicar las clases de
historia el profesor Nestor Martos encandilaba, fascinaba a los alumnos. Era
también un gran profesor Carlos Robles Rázuri, un profesor de literatura que
nunca olvido, enseñaba la literatura no para ganarse la vida sino porque la
amaba; era una pasión que sabía transmitir contagiándola a quienes lo
escuchábamos, era además un profesor generoso que continuaba su magisterio
fuera de las aulas y no vacilaba a los estudiantes inquietados por sus
clases- a prestarnos los libros de los que nos hablaba con tanta
inteligencia y pasión. Podría citar a muchos otros profesores pero quiero
citar a uno en especial porque está aquí entre nosotros. A mí me ha
emocionado mucho verlo, lo quiero mucho, fue también un magnífico profesor,
mío y de muchas generaciones de piuranos que estoy seguro lo quieren, lo
respetan y lo veneran como yo, pero además de buen profesor José Estrada
Morales fue para mí un magnífico incitador en lo que se refiere a mi
vocación literaria, él me ayudó a convencer al director del San Miguel, que
en aquel año, durante la semana de Piura -en la que el colegio San Miguel
ofrecía siempre a la ciudad un espectáculo- el espectáculo que ofreciera ese
año de 1952 fuera una obra de teatro que yo escribí y que se llamaba, el
nombre me ruboriza un poco, La huida del Inca, porque era una obra donde
había incas. Don José Estrada Morales convenció al doctor Marroquín de que
ese debía ser el aporte del San Miguel a la ciudad y él lo convenció
también, en una temeridad, que yo fuera el director de la obra y esa es una
de las experiencias que yo recuerdo con más emoción y cariño del año 1952
que pasé en Piura: haber ensayado y presentado La huida del Inca, mi primera
obra de teatro, en un teatro que ya desapareció; en su local hay hoy día un
supermercado que se llama justamente “Variedades”, como se llamaba el teatro
donde yo estrené mi primera obra. Siempre recuerdo a los actores y recuerdo
también a las actrices, a dos hermanas muy conocidas en la Piura de
entonces, una de ellas porque tenía una maravillosa voz que era Lila Rojas y
la otra Ruth Rojas porque era una magnífica actriz. Ver una obra que uno ha
escrito en un escenario convertida en vida, que se mueve, que funciona, es
una experiencia inolvidable y esa experiencia yo la tuve por primera vez en
Piura en aquel año de 1952. Seguramente esa es una de las razones porque
esta ciudad ha sido para mí desde entonces una tierra entrañable; no sólo
como autor de teatro fungí en ese año piurano, también como periodista.
Anoche pasé por el local de la vieja Industria de Piura donde yo trabajé el
año de 1952 y me apenó mucho ver que ya no sólo no existe la Industria sino
tampoco el local donde la Industria funcionaba, un local que yo tengo muy
muy vivo en la memoria, era un local pequeñito porque el número de personas
que sacábamos la Industria era mínimo, había el director, había un par de
redactores, uno de los cuales era yo y la imprenta de la Industria era una
persona, un señor que se llamaba Nieves, que era flaquito como un cuchillo,
un hombre que tenía algo de brujo, de mago, porque él solo armaba con una
sola mano el periódico que constaba de cuatro páginas. No había todavía una
maquinaria elemental y el periódico se armaba con tipos que el señor Nieves
colocaba a mano y lo hacía a una velocidad que a mí me fascinaba y me daba
la impresión de la maravilla, de la magia y del milagro. El dueño de la
Industria era un piurano notabilísimo: don Miguel Cerro Cebrián, era un
viejecito o me parecía muy viejecito, de repente era de la edad que tengo yo
ahora. Era un viejecito incombustible como José Estrada, que había pasado
los ochenta y seguía siendo un joven, que aparecía de pronto en la Industria
y no afuera sino dentro montado en su mula, una mula con la que se iba,
luego de ver qué ocurría en el periódico, a un pequeño fundo que tenía por
el rumbo de Catacaos. Era un hombre tolerante y comprensivo con mis
aficiones literarias y una sola vez me reprochó de una manera discreta e
indirecta que yo hubiera cometido el exceso de dedicar una página entera, de
las cuatro que tenía apenas el periódico, a un poema mío que tenía además el
terrible título de “La noche de los desesperados”; imagínense, yo tenía
dieciséis años y hablaba ya de desesperación.
Hay muchos otros recuerdos en Piura que han sido fundamentales en mi vida y
hay uno que no puedo esquivar aunque que sé que el decoro y la discreción me
obligan a abordarlo tomando toda clase de precauciones y es por supuesto el
de la Casa Verde. La Casa Verde es una presencia todavía muy constante en mi
vida, no sólo porque escribí una novela con ese título a base de recuerdos
de la Casa Verde real y la Casa Verde mítica que yo conocí de niño y de
adolescente, sino porque constantemente aparece gente en el mundo que me
dice yo tengo fotos de la Casa Verde y a veces me sacan fotografías y me
muestran casas diversas de Piura. Últimamente, un señor de Edimburgo,
profesor de la universidad, que con una sonrisa muy traviesa y muy pícara me
sacó una fotografía y me dijo: y..., y... Sí- Y, ¿no le trae a usted
recuerdos? -Sí, de qué-, pero si es la Casa Verde. Y era el Hotel de
Turistas de Piura. He descubierto varias de esas fotos circulando por el
mundo y es que José Estrada, al que le caen infaliblemente esos profesores o
redactores de textos universitarios que quieren saber dónde estaba la Casa
Verde, se entretiene llevándolos por distintas calles de Piura y
asegurándoles que el hotel de Turistas, ahora Hotel Los Portales o la casa
de los Eguiguren era la Casa Verde que inspiró aquella novela. Bueno, la
verdadera Casa Verde no era ninguna de esas que aparecen en esas
fotografías, era una Casa Verde que estaba en lo que era entonces un arenal
al otro lado del viejo puente. Castilla era algo ínfimo, era apenas una
minúscula barriada que luchaba para no ser devorada por el desierto y
apartándose un poco de Castilla, en pleno arenal, en el rumbo de Catacaos,
estaba esa cabaña, casita, choza, frágil construcción montada en el
desierto, que a los niños de Piura de entonces nos asustaba y nos subyugaba,
más que por lo que era, por los mitos, los tabúes, las fantasías que
tejíamos sobre ella. Luego, más tarde, cuando ya fuimos adolescentes y
aprendimos a desobedecer las prohibiciones familiares y escolares y nos
acercamos a la Casa Verde, y entramos a la Casa Verde, el local por supuesto
perdió mucho de su poesía y misterio pero no totalmente, algo había en esa
institución que podía llamarse poético u original, era una institución que
ya no existe, ni en Piura ni creo en ninguna parte, era una institución que
por una parte era una casa de placer, pero por otra parte, era una
institución social donde piuranos de distintas clases sociales solían
coincidir y algunos iban allí, efectivamente sólo a degustar los buenos
picantes piuranos que se preparaban y otros efectivamente sólo a escuchar la
buena música criolla que allí se escuchaba; había quienes iban a cumplir
otras actividades pero quedaba una cierta poesía y un cierto encanto
literario a esas ceremonias: es que ellas se llevaban a cabo al aire libre,
en pleno arenal, bajo las estrellas y en el cálido ambiente piurano. Son
imágenes que se grabaron muy fuertemente en mi memoria, no sólo las de la
Casa Verde real sino de aquella Casa Verde mítica que nos desasosegaba a los
adolescentes y a los niños de la Piura de entonces y con esos materiales
contrastados, los de la Casa Verde real y los de la Casa Verde mítica,
fantaseada, idealizada por la imaginación infantil escribí esa novela, la
segunda que escribí y una de la que más trabajo me costó escribir. Si hay
algo en esa novela que me parece muy visible es la nostalgia, está escrita
con enorme nostalgia, con el recuerdo de esos años que fueron muy intensos y
muy ricos unos años que con el paso del tiempo en lugar de desaparecer se
fueron insinuando y manifestando cada vez más como una edad de oro perdida.
Hay otro hecho que tiene que ver con mi experiencia piurana, mucho menos
literario y mucho más privado y personal, pero que no puedo dejar de
mencionar porque seguramente es una de las razones por las que la
experiencia piurana ha sido tan central y neurálgica en mi vida. Aquí, en
esta ciudad, una mañana de diciembre, en el viejo malecón Eguiguren que ya
no existe, -me dio mucha tristeza anoche ir a pasear por el malecón
Eguiguren y descubrir que ya no había barandas sino que ahora impedía la
vista del río una pared de cemento- pues allí en ese malecón mi madre me
informó que contrariamente a lo que yo había creído hasta entonces, mi padre
no estaba muerto sino vivo y allí a pocas cuadras de la prefectura que era
donde nosotros vivíamos porque mi abuelito era el prefecto de Piura y estaba
esperándome y que yo, unos minutos después lo iba a conocer. Yo creo que no
he tenido nunca una experiencia tan cataclísmica desde el punto de vista
emocional como recibir esa información. Mi padre, que yo creía muerto, que
yo creía en el cielo, al que yo -me cuentan- le rezaba en las noches en
realidad era todavía parte de este mundo y que estaba allí y, bueno, mareado
todavía con esta tremenda información, fui con mi madre al Hotel de Turistas
en la Plaza de Armas y allí apareció ese señor que era mi papá. Mi vida
experimentaría a partir de entonces un vuelco terrible; yo creo que fue a
partir de esa mañana que comencé la vida adulta. Y como esa experiencia la
viví aquí entre piuranos seguramente ha contagiado de alguna manera el
entorno, para que ese entorno se grabara, me marcara, y me acompañara desde
entonces como no ha ocurrido con ninguna de las otras ciudades o países
donde he tenido la suerte o la desgracia de vivir. Como ven, hay muchas
razones para que Piura sea central en mi vida, en mi obra, para que esté tan
presente en las cosas que escribo.
Me he ido dejando ganar por la emoción y el sentimentalismo y eso no es
bueno; no sólo cuando se escribe sino también cuando se habla, así que voy a
moderarme y volver a lo puramente racional. Pero es un abandono que les dice
a ustedes qué suerte tuve, qué circunstancia feliz fue aquella que me trajo
la primera vez cuando era un niño de pantalón corto y la segunda un
adolescente que empezaba a tener gozo a esta tierra cálida en los dos
sentidos de la palabra calidez: cálida por su sol y su suelo, que suelen ser
candentes, y cálida por la generosidad y la amistad que se brinda de manera
tan abierta y espontánea en Piura hacia todos. Ya ven ustedes que tengo
razones para estar muy reconocido hacia la Universidad Nacional de Piura por
esta incorporación simbólica al claustro académico, en esta ceremonia que
enriquece todavía más mis recuerdos y mi vínculo con la ciudad de Piura.
Termino agradeciéndole a esta universidad este gesto generoso, haciendo
votos porque esta universidad contribuya de manera decisiva al desarrollo de
esta tierra de recursos tan ricos, no sólo naturales sino también humanos, y
que hasta ahora no ha alcanzado los niveles de vida que se merece. Termino
haciendo una invocación a los jóvenes que nos acompañan, tan numerosos esta
noche. Piura es lo que José María Arguedas decía del Perú como una virtud:
es una tierra antigua cuando uno mira hacia atrás; no ocurre como en muchas
otras partes ver un vacío o una historia recientísima que de pronto se
eclipsa, no, la historia de Piura se pierde en la noche de los tiempos y
todo lo que ha ido pasando está siempre allí y es un cimiento maravilloso
para apoyarse, no para quedarse congelados mirando el pasado sino para
proyectarse hacia el futuro. Pero los pueblos y las sociedades que son
conscientes de tener atrás un pasado sólido, rico, ejemplar, tienen un
patrimonio maravilloso para dar esa batalla y conquistar el futuro. Hay
muchas cosas que andan mal en nuestro tiempo, pero hay una que es
maravillosa y que probablemente nunca la tuvo antes ninguna generación y es
que hoy día los jóvenes pueden elegir el porvenir que quieren tener. Antes,
el porvenir lo decidía la geografía o lo decidía la fuerza bruta, la
violencia; hoy en día el mundo ha llegado a tener unos conocimientos, a
dominar unas técnicas, a integrarse de una manera tal que, por primera vez
en la larga historia de la civilización, los pueblos pueden elegir ser
prósperos o pobres, ser modernos o atrasados, eso hoy en día no es un
fatalidad, no es algo que está escrito de una manera fatídica en la
historia, no, es una elección y las sociedades y los pueblos que eligen ser
prósperos, y eligen ser modernos y están dispuestos por supuesto a invertir
después de esa elección todo el esfuerzo y el sacrificio que ello exige, lo
consiguen. Yo confío en que los jóvenes piuranos elijan ser prósperos y ser
modernos, y ser prósperos y ser modernos quiere decir antes que nada ser
democráticos y ser libres y ser tolerantes y ser cultos, aceptar que la
convivencia y la diversidad es la civilización, la lucha contra toda forma
de intolerancia, de discriminación, o explotación, o represión es uno de
esos sacrificios ideales e indispensables para conquistar el futuro, de
progreso, cultura y de prosperidad. Estoy seguro que ese ideal magnífico,
generoso, es el ideal de los jóvenes y las muchachas y muchachos de Piura, y
termino esta exposición agradecida y melancólica haciendo votos porque ese
hermoso ideal se materialice y ojalá se materialice muy pronto en esta misma
generación.
Muchas gracias.
(17 de diciembre del 2002) |