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DISCURSO DEL  DR. MARIO VARGAS LLOSA AL ACEPTAR EL GRADO DE DOCTOR HONORIS CAUSA EN LA UNP

 

Señor Rector de la Universidad Nacional de Piura, señores vicerectores, distinguidas autoridades, señores decanos, señores profesores, señoras y señores, queridos amigos. Agradezco de todo corazón esta ceremonia que me incorpora simbólicamente al claustro académico de la Universidad Nacional de Piura. Recibo este generoso reconocimiento con la modestia debida y con gran conciencia de que se trata de un mandato de autenticidad y de rigor en el que trataré de no defraudarlos. En cualquier circunstancia, ser incorporado como Doctor Honoris Causa a una universidad es un gesto generoso y conmovedor. Para mí, lo es mucho más en este caso por tratarse de la Universidad Nacional de Piura, una tierra a la que estoy profundamente vinculado desde mi infancia, de la que llevo en la memoria grabadas inolvidables imágenes y que además de haber sido muy importante en mi infancia y en mi adolescencia, es una tierra que ha tenido una influencia neurálgica de lo más hermoso que yo tengo que es mi vocación de escritor. Yo quisiera esta noche, en una conversación más bien informal e íntima como la que se tiene entre amigos, evocar ante ustedes algunos de esos recuerdos piuranos que han desempeñado un papel tan importante en mi vida y en mi trabajo literario. Las relaciones que tienen las personas con las ciudades son tan misteriosas como las que tienen con otras personas, hay ciudades que nos caen simpáticas y hay ciudades que nos caen antipáticas, hay ciudades que pasan en nuestra vida sin dejar casi una huella en la memoria y hay otras en cambio que se graban profundamente y se quedan para siempre allí, ciudades cuyos recuerdos luego se incorporan y pasan a formar parte como un ingrediente esencial de nuestras vidas; eso es lo que me ocurrió a mí con Piura; una tierra donde, si hacemos las sumas y las restas, pasé menos de dos años, la primera vez el año 1946 y la segunda el año 1952. Aquí terminé el quinto año de primaria en el Colegio Salesiano y aquí terminé el colegio, el quinto año de media en la Unidad Escolar San Miguel de Piura. Estas dos experiencias no suman más de dieciocho, veinte meses. Muchas veces me he preguntado por qué esos veinte meses han tenido esa gravitación tan profunda, tan constante, tan perenne en mi vida; por qué las imágenes que mi memoria almacenó en esa estancia, cuando tenía diez años y cuando tenía dieciséis, han comparecido tantas veces cuando me ponía a escribir ofreciéndome personajes, ambientes, un determinado clima, una cierta manera de hablar, unas caras, unas anécdotas. Entre todos los personajes que circulan por mis cuentos, dramas y novelas, hay uno por ejemplo que se llama Lituma, y que es un piurano y a diferencia de lo que ocurre con otros muchos personajes de mis libros nunca se muere del todo, siempre resucita y muchas veces estoy empezando a escribir una nueva historia y de pronto ese Lituma -que aparece ya en mis primeros cuentos, cuentos que escribí cuando tenía diecisiete, dieciocho años- se presenta y me hace saber que él está allí, ofreciéndome sus servicios, unos servicios que siempre me son muy útiles; es un personaje entrañable como es entrañable mi relación con esta tierra.
La Piura que yo llevo en la memoria es desde luego una Piura muy distinta de la que ustedes, sobre todo los jóvenes estudiantes, conocen. Y para que se hagan una idea de ella tienen que recortar considerablemente esta ciudad y reducirla por lo menos a su décima parte: imagínense ustedes esa Piura que yo conocí el año 1946, era una Piura donde prácticamente desde todas las esquinas se veía el desierto; el desierto era una presencia viva, constante, eterna, en la vida de los piuranos de entonces. Y anoche, que yo daba una vuelta nostálgica por el centro de Piura, les decía a unos amigos qué diferencia, hoy en día los piuranos no tienen siquiera conciencia de que el desierto esta allí, a las puertas de la ciudad, como la teníamos nosotros hace la friolera de cincuenta o cincuenta y cinco años. Ese espectáculo es un espectáculo que yo nunca he podido olvidar y entre todos los paisajes y las geografías que ofrece este mundo tan rico y tan diverso en el que vivimos, para mí si tengo que elegir, el predilecto es el desierto, yo nunca he olvidado la emoción y el sentimiento de maravilla y de milagro que me ofrecía a mí el desierto de Piura, un desierto cambiante, un desierto en el que aparecían y desaparecían esos médanos de arena blanca, algo que hoy día prácticamente no se ve.
En esa Piura, otra presencia importante y fundamental que ahora ya no lo es, porque ahora es una presencia cotidiana que está siempre allí, era la del río. Así como hoy en día el agua es más bien una amenaza que aniega y destruye cosechas y a veces entra en la ciudad y causa estragos, en la Piura que yo conocí, los piuranos se morían de sed y vivían con la angustia de la falta de agua. El Piura era entonces un río de avenida, era un río que venía, llegaba, se estaba unos meses alegrando, mojando la ciudad y luego desaparecía. Y uno de los espectáculos más extraordinarios que yo recuerdo de mi infancia era esa explosión verdaderamente inaudita, de entusiasmo, con la que los piuranos recibían las aguas del Piura al comienzo del verano. Toda la ciudad se volcaba al cauce seco del Piura y recibía con aplausos, con fuegos artificiales, con petardos, la llegada de las primeras aguas; era una fiesta que superaba a todas las fiestas del resto del año. El obispo bendecía las aguas y los churres eran los primeros, por supuesto, en mojarse en esas aguas todavía fangosas, arenosas, del río Piura. El resto del año, cuando el cauce del Piura estaba seco, ese cauce seco tenía distintas funciones, una de ellas era ser el escenario de los grandes desafíos, de las trompeaderas entre los piuranos. Las trompeaderas en ese tiempo tenían algo de caballeresco, era todo un rito, había unos desafíos y hablo de los escolares, de los salesianos y sanmiguelinos, se desafiaban y luego a la salida del colegio los pugilatos tenían lugar en el cauce seco del Piura. Con el recuerdo de esos desafíos y de esas trompeaderas yo escribí uno de los cuentos de Los Jefes que se llama precisamente El desafío. El desafío en mi cuento es cosa mayor porque ya no se trata de puños y de cabezasos sino de cuchillos, pero ustedes saben que los novelistas son exagerados por naturaleza. Ese cuento que escribí recordando los desafíos en el cauce seco del Piura, me deparó una de las mayores satisfacciones de mi juventud porque el cuento ganó un premio de un concurso organizado por una revista francesa y el premio era nada menos que un viaje a París. Yo era un lector como creo que toda mi generación en América Latina- un lector voraz de escritores franceses y creía como dijo un escritor chileno muy risueño, Arcadio Cotamo, que la pizpireta parisina era fundamental para graduarse de escritor. Y ese cuento piurano El desafío me deparó a mí la oportunidad de conocer esa ciudad mágica cuyo aire creía yo tenía la virtud de volver escritores a los aprendices de escritores como era yo.
El colegio San Miguel donde yo terminé mis estudios era un magnífico colegio y lo era no sólo por el ambiente estupendo, fraternal, solidario, que reinaba en sus aulas y en sus patios sino por que su categoría intelectual era muy elevada. El Doctor Luis Marroquín, que era el director, tuvo la inteligente política de invitar además de los profesores de planta a profesionales muy destacados de Piura a impartir clases en el San Miguel y así nosotros tuvimos la suerte de tener por ejemplo como profesor de educación cívica al Doctor Guillermo Gulman que era un magnífico expositor y un gran incitador de curiosidades y preocupaciones cívicas entre los estudiantes. Tengo muy presentes en la memoria a mis profesores del San Miguel, a Nestor Martos por ejemplo que era un magnífico profesor de historia, era también un periodista de fuste que tenía una columna en El Tiempo que todos los piuranos leían con avidez por su independencia de criterio y su valentía; era también un gran bohemio y a veces parecía llegar a las clases directamente de alguna cantina donde había pasado la noche discutiendo fogosamente pero a la hora de ponerse a explicar las clases de historia el profesor Nestor Martos encandilaba, fascinaba a los alumnos. Era también un gran profesor Carlos Robles Rázuri, un profesor de literatura que nunca olvido, enseñaba la literatura no para ganarse la vida sino porque la amaba; era una pasión que sabía transmitir contagiándola a quienes lo escuchábamos, era además un profesor generoso que continuaba su magisterio fuera de las aulas y no vacilaba a los estudiantes inquietados por sus clases- a prestarnos los libros de los que nos hablaba con tanta inteligencia y pasión. Podría citar a muchos otros profesores pero quiero citar a uno en especial porque está aquí entre nosotros. A mí me ha emocionado mucho verlo, lo quiero mucho, fue también un magnífico profesor, mío y de muchas generaciones de piuranos que estoy seguro lo quieren, lo respetan y lo veneran como yo, pero además de buen profesor José Estrada Morales fue para mí un magnífico incitador en lo que se refiere a mi vocación literaria, él me ayudó a convencer al director del San Miguel, que en aquel año, durante la semana de Piura -en la que el colegio San Miguel ofrecía siempre a la ciudad un espectáculo- el espectáculo que ofreciera ese año de 1952 fuera una obra de teatro que yo escribí y que se llamaba, el nombre me ruboriza un poco, La huida del Inca, porque era una obra donde había incas. Don José Estrada Morales convenció al doctor Marroquín de que ese debía ser el aporte del San Miguel a la ciudad y él lo convenció también, en una temeridad, que yo fuera el director de la obra y esa es una de las experiencias que yo recuerdo con más emoción y cariño del año 1952 que pasé en Piura: haber ensayado y presentado La huida del Inca, mi primera obra de teatro, en un teatro que ya desapareció; en su local hay hoy día un supermercado que se llama justamente “Variedades”, como se llamaba el teatro donde yo estrené mi primera obra. Siempre recuerdo a los actores y recuerdo también a las actrices, a dos hermanas muy conocidas en la Piura de entonces, una de ellas porque tenía una maravillosa voz que era Lila Rojas y la otra Ruth Rojas porque era una magnífica actriz. Ver una obra que uno ha escrito en un escenario convertida en vida, que se mueve, que funciona, es una experiencia inolvidable y esa experiencia yo la tuve por primera vez en Piura en aquel año de 1952. Seguramente esa es una de las razones porque esta ciudad ha sido para mí desde entonces una tierra entrañable; no sólo como autor de teatro fungí en ese año piurano, también como periodista. Anoche pasé por el local de la vieja Industria de Piura donde yo trabajé el año de 1952 y me apenó mucho ver que ya no sólo no existe la Industria sino tampoco el local donde la Industria funcionaba, un local que yo tengo muy muy vivo en la memoria, era un local pequeñito porque el número de personas que sacábamos la Industria era mínimo, había el director, había un par de redactores, uno de los cuales era yo y la imprenta de la Industria era una persona, un señor que se llamaba Nieves, que era flaquito como un cuchillo, un hombre que tenía algo de brujo, de mago, porque él solo armaba con una sola mano el periódico que constaba de cuatro páginas. No había todavía una maquinaria elemental y el periódico se armaba con tipos que el señor Nieves colocaba a mano y lo hacía a una velocidad que a mí me fascinaba y me daba la impresión de la maravilla, de la magia y del milagro. El dueño de la Industria era un piurano notabilísimo: don Miguel Cerro Cebrián, era un viejecito o me parecía muy viejecito, de repente era de la edad que tengo yo ahora. Era un viejecito incombustible como José Estrada, que había pasado los ochenta y seguía siendo un joven, que aparecía de pronto en la Industria y no afuera sino dentro montado en su mula, una mula con la que se iba, luego de ver qué ocurría en el periódico, a un pequeño fundo que tenía por el rumbo de Catacaos. Era un hombre tolerante y comprensivo con mis aficiones literarias y una sola vez me reprochó de una manera discreta e indirecta que yo hubiera cometido el exceso de dedicar una página entera, de las cuatro que tenía apenas el periódico, a un poema mío que tenía además el terrible título de “La noche de los desesperados”; imagínense, yo tenía dieciséis años y hablaba ya de desesperación.
Hay muchos otros recuerdos en Piura que han sido fundamentales en mi vida y hay uno que no puedo esquivar aunque que sé que el decoro y la discreción me obligan a abordarlo tomando toda clase de precauciones y es por supuesto el de la Casa Verde. La Casa Verde es una presencia todavía muy constante en mi vida, no sólo porque escribí una novela con ese título a base de recuerdos de la Casa Verde real y la Casa Verde mítica que yo conocí de niño y de adolescente, sino porque constantemente aparece gente en el mundo que me dice yo tengo fotos de la Casa Verde y a veces me sacan fotografías y me muestran casas diversas de Piura. Últimamente, un señor de Edimburgo, profesor de la universidad, que con una sonrisa muy traviesa y muy pícara me sacó una fotografía y me dijo: y..., y... Sí- Y, ¿no le trae a usted recuerdos? -Sí, de qué-, pero si es la Casa Verde. Y era el Hotel de Turistas de Piura. He descubierto varias de esas fotos circulando por el mundo y es que José Estrada, al que le caen infaliblemente esos profesores o redactores de textos universitarios que quieren saber dónde estaba la Casa Verde, se entretiene llevándolos por distintas calles de Piura y asegurándoles que el hotel de Turistas, ahora Hotel Los Portales o la casa de los Eguiguren era la Casa Verde que inspiró aquella novela. Bueno, la verdadera Casa Verde no era ninguna de esas que aparecen en esas fotografías, era una Casa Verde que estaba en lo que era entonces un arenal al otro lado del viejo puente. Castilla era algo ínfimo, era apenas una minúscula barriada que luchaba para no ser devorada por el desierto y apartándose un poco de Castilla, en pleno arenal, en el rumbo de Catacaos, estaba esa cabaña, casita, choza, frágil construcción montada en el desierto, que a los niños de Piura de entonces nos asustaba y nos subyugaba, más que por lo que era, por los mitos, los tabúes, las fantasías que tejíamos sobre ella. Luego, más tarde, cuando ya fuimos adolescentes y aprendimos a desobedecer las prohibiciones familiares y escolares y nos acercamos a la Casa Verde, y entramos a la Casa Verde, el local por supuesto perdió mucho de su poesía y misterio pero no totalmente, algo había en esa institución que podía llamarse poético u original, era una institución que ya no existe, ni en Piura ni creo en ninguna parte, era una institución que por una parte era una casa de placer, pero por otra parte, era una institución social donde piuranos de distintas clases sociales solían coincidir y algunos iban allí, efectivamente sólo a degustar los buenos picantes piuranos que se preparaban y otros efectivamente sólo a escuchar la buena música criolla que allí se escuchaba; había quienes iban a cumplir otras actividades pero quedaba una cierta poesía y un cierto encanto literario a esas ceremonias: es que ellas se llevaban a cabo al aire libre, en pleno arenal, bajo las estrellas y en el cálido ambiente piurano. Son imágenes que se grabaron muy fuertemente en mi memoria, no sólo las de la Casa Verde real sino de aquella Casa Verde mítica que nos desasosegaba a los adolescentes y a los niños de la Piura de entonces y con esos materiales contrastados, los de la Casa Verde real y los de la Casa Verde mítica, fantaseada, idealizada por la imaginación infantil escribí esa novela, la segunda que escribí y una de la que más trabajo me costó escribir. Si hay algo en esa novela que me parece muy visible es la nostalgia, está escrita con enorme nostalgia, con el recuerdo de esos años que fueron muy intensos y muy ricos unos años que con el paso del tiempo en lugar de desaparecer se fueron insinuando y manifestando cada vez más como una edad de oro perdida.
Hay otro hecho que tiene que ver con mi experiencia piurana, mucho menos literario y mucho más privado y personal, pero que no puedo dejar de mencionar porque seguramente es una de las razones por las que la experiencia piurana ha sido tan central y neurálgica en mi vida. Aquí, en esta ciudad, una mañana de diciembre, en el viejo malecón Eguiguren que ya no existe, -me dio mucha tristeza anoche ir a pasear por el malecón Eguiguren y descubrir que ya no había barandas sino que ahora impedía la vista del río una pared de cemento- pues allí en ese malecón mi madre me informó que contrariamente a lo que yo había creído hasta entonces, mi padre no estaba muerto sino vivo y allí a pocas cuadras de la prefectura que era donde nosotros vivíamos porque mi abuelito era el prefecto de Piura y estaba esperándome y que yo, unos minutos después lo iba a conocer. Yo creo que no he tenido nunca una experiencia tan cataclísmica desde el punto de vista emocional como recibir esa información. Mi padre, que yo creía muerto, que yo creía en el cielo, al que yo -me cuentan- le rezaba en las noches en realidad era todavía parte de este mundo y que estaba allí y, bueno, mareado todavía con esta tremenda información, fui con mi madre al Hotel de Turistas en la Plaza de Armas y allí apareció ese señor que era mi papá. Mi vida experimentaría a partir de entonces un vuelco terrible; yo creo que fue a partir de esa mañana que comencé la vida adulta. Y como esa experiencia la viví aquí entre piuranos seguramente ha contagiado de alguna manera el entorno, para que ese entorno se grabara, me marcara, y me acompañara desde entonces como no ha ocurrido con ninguna de las otras ciudades o países donde he tenido la suerte o la desgracia de vivir. Como ven, hay muchas razones para que Piura sea central en mi vida, en mi obra, para que esté tan presente en las cosas que escribo.
Me he ido dejando ganar por la emoción y el sentimentalismo y eso no es bueno; no sólo cuando se escribe sino también cuando se habla, así que voy a moderarme y volver a lo puramente racional. Pero es un abandono que les dice a ustedes qué suerte tuve, qué circunstancia feliz fue aquella que me trajo la primera vez cuando era un niño de pantalón corto y la segunda un adolescente que empezaba a tener gozo a esta tierra cálida en los dos sentidos de la palabra calidez: cálida por su sol y su suelo, que suelen ser candentes, y cálida por la generosidad y la amistad que se brinda de manera tan abierta y espontánea en Piura hacia todos. Ya ven ustedes que tengo razones para estar muy reconocido hacia la Universidad Nacional de Piura por esta incorporación simbólica al claustro académico, en esta ceremonia que enriquece todavía más mis recuerdos y mi vínculo con la ciudad de Piura.
Termino agradeciéndole a esta universidad este gesto generoso, haciendo votos porque esta universidad contribuya de manera decisiva al desarrollo de esta tierra de recursos tan ricos, no sólo naturales sino también humanos, y que hasta ahora no ha alcanzado los niveles de vida que se merece. Termino haciendo una invocación a los jóvenes que nos acompañan, tan numerosos esta noche. Piura es lo que José María Arguedas decía del Perú como una virtud: es una tierra antigua cuando uno mira hacia atrás; no ocurre como en muchas otras partes ver un vacío o una historia recientísima que de pronto se eclipsa, no, la historia de Piura se pierde en la noche de los tiempos y todo lo que ha ido pasando está siempre allí y es un cimiento maravilloso para apoyarse, no para quedarse congelados mirando el pasado sino para proyectarse hacia el futuro. Pero los pueblos y las sociedades que son conscientes de tener atrás un pasado sólido, rico, ejemplar, tienen un patrimonio maravilloso para dar esa batalla y conquistar el futuro. Hay muchas cosas que andan mal en nuestro tiempo, pero hay una que es maravillosa y que probablemente nunca la tuvo antes ninguna generación y es que hoy día los jóvenes pueden elegir el porvenir que quieren tener. Antes, el porvenir lo decidía la geografía o lo decidía la fuerza bruta, la violencia; hoy en día el mundo ha llegado a tener unos conocimientos, a dominar unas técnicas, a integrarse de una manera tal que, por primera vez en la larga historia de la civilización, los pueblos pueden elegir ser prósperos o pobres, ser modernos o atrasados, eso hoy en día no es un fatalidad, no es algo que está escrito de una manera fatídica en la historia, no, es una elección y las sociedades y los pueblos que eligen ser prósperos, y eligen ser modernos y están dispuestos por supuesto a invertir después de esa elección todo el esfuerzo y el sacrificio que ello exige, lo consiguen. Yo confío en que los jóvenes piuranos elijan ser prósperos y ser modernos, y ser prósperos y ser modernos quiere decir antes que nada ser democráticos y ser libres y ser tolerantes y ser cultos, aceptar que la convivencia y la diversidad es la civilización, la lucha contra toda forma de intolerancia, de discriminación, o explotación, o represión es uno de esos sacrificios ideales e indispensables para conquistar el futuro, de progreso, cultura y de prosperidad. Estoy seguro que ese ideal magnífico, generoso, es el ideal de los jóvenes y las muchachas y muchachos de Piura, y termino esta exposición agradecida y melancólica haciendo votos porque ese hermoso ideal se materialice y ojalá se materialice muy pronto en esta misma generación.

Muchas gracias.

(17 de diciembre del 2002)

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