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Mariana estrechó su pecho contra mi espalda y murmuró a mi oído.
- A qué hora vuelves.
Me aturdí, los ojos se me nublaron, cuando, con pasitos sigilosos, salió de
su cuarto. Llevaba una blusita blanca estirada frágilmente por dos agudos y
rosados pezones. Los ojos de Mariana relampagueaban bajo el cabello rizado y
rubio que caía hasta sus hombros, desnudos y blanquiñosos. Tenía puesta una
faldita menuda que al caminar hacia mí mostraba una línea negruzca entre sus
piernas; una, mejor dicho, caudalosa vertical que hacía que la sangre
hirviera entre mi pecho y bajara a trompicones hasta las palmas de mis
manos.
Debía una respuesta a Mariana, pero sólo me limité a contemplarla cuando
dejó de abrazar mi espalda y se dirigió, desperezándose, a ocupar el diván.
Sabía que en cualquier momento podía aparecer la madrastra de Mariana y si
no me controlaba pensando en cosas angelicales, como por ejemplo mi madre o
mi hermana Anita, terminaría arrastrando a ese diablito ferviente hacia la
escalera, en el primer piso, para devorarla o para que ella me devore con
sus grititos apagados.
-¡Ya no me voy! -le respondí atropelladamente.
La biblioteca totalmente desordenada me hacía algunas morisquetas con sus
cientos de mamotretos y algunas revistas y restos de enciclopedias y libros
mutilados. Mariana se percató adonde tenía puesta la mirada y preguntó.
-¿Quieres Salazar Bondy?
-Ajá, préstame “Dios en el cafetín”.
-Llévatelo -respondió Mariana-, total, aquí nadie lee; las termitas acabarán
con los libros de papá.
Mariana había acertado que me gustaba Salazar Bondy y accedió prestármelo
sin dejar de mirarme a los ojos, articulando palabras que tenían un acento
lúbrico y angelical; hasta la palabrita “Dios”, entre sus labios, quedaba
vibrando como cualquier otra suculencia, como decir patata o mermelada.
Todo lo que Mariana ponía entre mis manos era ligeramente retribuido a su
gusto y por simplificado. De cualquier modo ella también se beneficiaba
incluso con mis lecturas puesto que, en tardes de ocio, derrumbados en el
helado, geométrico y embaldosado pavimento de la segunda planta, de su casa,
me pedía que le contara los argumentos de lo que había leído durante la
semana y Mariana lo disfrutaba tanto que terminaba hundiendo los dedos entre
mis ijares para causarme risa y, después, espasmos. Las manos de Mariana se
perdían en la cremallera del pantalón y yo pensaba en los “Pájaros”, en el
azar, en la “Pobre gente de París/no lo pasa muy feliz” mientras el cabello
rubio de Mariana se agitaba y galopaba delante de mis ojos..., ¿Y si mis
manos exploraban bajo la blusa? ¿Y si de repente tenía suerte y no salía la
madrastra?
Mariana dio un brinquito y estuvo de pie, delante de mí. Se acercó hasta
donde reposaba la silla roja en la que me había arrellanado. Se aproximó
tanto que ya tenía sus menudos pechos rozando levemente mi nariz, eran
duros, virginales y olían a caramelos. Mis pensamientos se nublaron. Debía
estar loco si dejaba que mi instinto tomara las riendas del cuerpo de
Mariana para cabalgarlo hacia esa regiones donde el paraíso es violento e
ilusorio, donde los segundos son ráfagas de contorsiones y palabritas
estúpidas; primero porque Mariana tenía catorce años y yo dieciocho y
segundo porque era un cobarde en esos aspectos, muy pocas me gustaba caminar
al borde de ese tipo de abismos. Temía que el cuarto contiguo, donde la
madrastra dormía largamente, se abriera mientras ambos estuviéramos,
hipotéticamente, mirando nuestros cuerpos agitados, con los ojos perdidos en
el cielo raso sobre unas bocas totalmente abiertas y felices. Eso pudo haber
sido una catástrofe ¿qué pensaría de mí la madrastra? ¿Me denunciaría?
¿Haría que me casara con la ingenua niña que, supuestamente, seduje? ¿Quién
era el seducido? ¿Ella o yo?
Cuando la maraña de temores y alucinaciones quedó abatida por el instinto o
la razón de querer, simplemente, saborear ese tipo de locura, ya tenía a
Mariana sobre mis muslos, la silla roja en la que estaba sentado empezaba a
chasquear. Una boca rosada y tersa se metía por la desabotonadura de mi
camisa. La piel empezaba a encogérseme. Inicialmente eso me causaba risa
hasta que sus labios fueron perdiendo frigidez y se tornaron como dos
mariposas ardientes que se soterraban y que braban sus alas contra mi pecho
y esa furia semiangelical fue despertando la mía, fue removiendo a esos
inmundos esqueletos de murciélagos y gatos que tenía represados y que fueron
encarnándose en mi boca y en mis manos como ciegos, como hartos de no palpar
ese universo vivo negado por la razón y los preceptos morales. La sangre se
disparaba hacia las extremidades. Contra las veinte barrigas dilatadas de
mis dedos, entraba de golpe en mi cabeza y se electrizaba en mi cerebro. Era
una operación interna en la que todos los órganos se confabulaban para hacer
un festín bajo la piel. Tenía una mezcla de terror y alegría. Mariana
acomodó su falda y empezó a moverse, a horcajadas, y a mirarme, bajo ella,
con los párpados hinchados; recién se había levantado y su aliento era
desagradable, pero eso no podía importarme más que hundir mis veinte
barrigas, mi boca, murciélagos y gatos, entre sus muslos y mirar fijamente
la puerta contigua por sí se abriera y fuéramos puestos al descubierto.
Abajo, en la primera planta, estalló el estrépito. Pensé que de repente algo
había pasado con la puerta o la ventana del garaje. Los vidrios crujieron
mientras Mariana me libraba de la cremallera.
Después del ruido de los vidrios rotos se escucharon pasos. La madrastra
tenía el sueño pesado pero, a pesar de ello, despertó porque la lluvia de
cristales, en la primera planta, fue desarmante. Los pasos se escucharon más
próximos. Hice a un lado a Mariana y tomé, a tientas, el libro que me había
prestado.
La madrastra salió y me preguntó indignada.
-¿Qué fue eso?
-No sé -le dije, nervioso, mientras insinuaba leer con diligencia una
confusión de palabras.
-¿Has encontrado un modo de leer un libro al revés? -preguntó irónicamente
la madrastra.
Mariana se río y bajó al primer piso, donde estalló el ruido. La madrastra
no despegaba los ojos de mí; tenía las manos contra la cadera, la boca medio
jalada, estaba molesta. Dio unos pasos hacia la baranda y esperó. Mariana
tronó sus tacones contra los peldaños de la escalera, descendiendo, hasta
que sus cabellos rubios desaparecieron. Ese momento deseé estar en casa
leyendo algo o haciendo un menudo boceto de Marilyn Monroe, a la cual amaba
secretamente, que estar ahí, soportando semejantes emociones, esas puras y
superfluas frivolidades.
Cuando Mariana volvió, hacia el arranque de la escalera, lo hizo con Carlos,
su hermano menor, capturado del lóbulo de la oreja.
-¿Qué sucede? -inquirió desde arriba la madrastra.
-Esto sucede -añadió Mariana, mostrando a Carlitos.
-¿Por qué has roto el vidrio de la ventana? -preguntó la madrastra con el
sueño empañándole los ojos, el resto de su rostro la descubría amargada.
-¿Por qué? ¿Por qué? Porque estoy golpeando hace rato, que me tiren la llave
y nadie me escucha -respondió el niño, agitado, con la voz reventada,
crujiente.
-¿Tú no escuchaste Nada? -preguntó la mujer mirando a Mariana y luego
proyectando sus ojos hacia mí, como dando a entender que esa pregunta
también iba para el visitante el cual se encogía de hombros; porque eso
nomás me quedaba hacer, encogerme de hombros. Al momento opté por ponerme al
lado de la baranda, junto a la mujer. Mis pasos fueron torpes. Nuevamente me
encontré con dos ojos enrojecidos que parecían verme hasta las tripas y más
que eso, algo sucedía en mis pantalones: una arruga, el broche. Esa mirada
no me había gustado, pero tenía que simular. Si trataba de acomodarme,
delante de la madrastra, despertaría aún más graves sospechas. Todo ocurrió
rápidamente, pero la impresión se estiraba y seguía revolviéndose en mi
cerebro.
Abajo vi a mariana castigando las orejas de Carlos y a Carlos zapateando,
amoratado.
-¿Tú no escuchaste Mariana? -volvió a preguntar la madrastra.
-¡No, no escuché nada! -respondió nerviosamente Mariana, tratando de no
mirarme porque podía darle un ataque de risa y eso agravaría las cosas.
Cuando Mariana soltó a Carlitos volví por mis pasos ya que la sospecha de
que algo pasaba en mis pantalones parecía más que evidente, por los
escamoteados atisbos de la madrastra. Ocupé otra vez la sillita roja
mientras me sentía como aliviado, sin atreverme aún a mirarme la bragueta
del pantalón, a ver qué sucedía. Fue un acto estúpido, pero necesario debido
a las suspicacias que se generarían. Cuando emergió el rostro de Carlitos
sobre la baranda, totalmente indignado, pensé que lo mejor era no saludarlo
y poner la cara de gusano tristón para que le diera repugnancia aplastarme y
así lo hice.
Desde el rellano de la escalera Carlos amenazó sin aspavientos.
-¡Si me vuelves a coger de la oreja le digo a Sigmund lo de Efraín!
-¡Dile pues, dile! -respondió temerariamente Mariana.
¿Qué tenía que decirme Carlitos? Mi carita de gusano tristón se descompuso y
cuando iba a pararme recordé lo de mi pantalón. Sólo me quedó escuchar lo
que decían, sentado, sin moverme de ahí.
La madrastra miró hacia abajo, donde Mariana, luego a Carlitos y volvió a
preguntar ásperamente.
-¿Qué pasa con ustedes? -mas que una pregunta fue como una reprimenda para
ambos.
-Nada -respondió Mariana mientras taconeaba nerviosamente, desde abajo, el
primer peldaño de la escalera- la otra vez él no quiso abrirme la puerta, ni
tirarme la llave, tuve que estar tocando el timbre y golpeando como una hora
hasta que se le diera la gana abrirme.
-Estaba dormido -argumentó Carlitos.
-Ah pues, yo también estaba dormida- Mariana se excusó.
-¿Con quién? -preguntó el niño malévolamente- ¿Con quién? ¿Ah?.
Mariana sorteó los peldaños de la escalera como un caballito de palo, dando
brincos, y se abalanzó contra Carlos. Estaba furiosa. La madrastra dio un
grito que me hizo abandonar la silla y ponerme contra la pared y luego sí,
definitivamente, sin el menor cuidado, palparme la bragueta si estaba bien
cerrada, si todo andaba bien allí, abajo.
La querella terminó con unos golpecitos simultáneos. Primero la puerta de la
habitación de Carlos, luego la de la madrastra. Mariana se quedó recostada
contra la baranda mirándome a hurtadillas y riéndose y como si su risa
pudiera despertar elefantes la aprisionaba contra sus dedos. Yo también reí
y, aunque no es mi costumbre, imité como la madrastra se desplazaba desde el
rellano hasta su cuarto: bien gorda y solemne. A media hora de ocurrida la
discusión la madrastra salió de su madriguera y recogió el periódico y le
ordenó a Mariana que echara ácido muriático en el excusado, que ese dolor de
cabeza no la dejaba dormir tranquilamente.
Mientras Mariana obedecía la consigna bajé al primer piso, casi astralmente,
guiado por un irrefrenable y oscuro deseo. El cuerpo se me estremecía y
sentía la pesada y dura lucha de mi cremallera.
Cuando llegué justamente bajo la escalera, al hall del primer piso, entorné
la puerta que daba a la sala y la cocina y me desnudé a medio cuerpo, de la
cintura para abajo. Hice a un lado los restos de la ventana rota y escuché
que los ruidos de la calle entraban con mayor nitidez. Mariana descendió
como un angelito flemático, recogiéndose el cabello con una tirita roja,
cruzó cuidadosamente por el mar de espejitos trizados contra las baldosas y
se puso bajo mi aureola de animalillo en celo. Parecíamos vueltos de un
desierto sin nombre, con los estómagos vacíos, resoplando, rompiendo
alacenas para encontrar restos de comida, lamiendo cantimploras, encontrando
finalmente que entre ambos podíamos devorarnos y que el mundo se quebrara y
se fuera por un tubo lejos de nosotros. Así mis manos ávidas de arrancarle
los inflamados peces bajo la blusa, buceando en el encrespado pecho, luego
el mar de cabellos rubios se invertía y tenía una boca rosada, rebosante,
frente a mí. Los peces zangoloteaban y nuestro canibalismo era gigante,
desesperado, que alcanzábamos a ver cómo la carne engullida volvía a
resarcirse, babeaba, infinita.
Afuera, los autos, no podían importunarnos con sus claxones, ni siquiera la
gente que se detenía para mirarnos a través de la ventana rota del garaje.
Después de todo valía la pena perder los estribos, rapiñarle a la vida
algunos frutos que todavía no nos fueron asignados.
Ya no llovería para julio y por lo mismo Mariana ya no pediría que le
ayudara a desaguar la azotea del tercer piso. Ya no caeríamos a mordiscones
ni patadas, a baldazos ni bofetadas, desnudándonos, entreverándonos con el
cieno de los pisos mientras el vecino de al lado, sin cautela, gritando
eufóricamente, tomase sus mejores y más exaltadas fotografías. Ya no
haríamos eso en las noches de julio. Enero y febrero, incluso los siguientes
meses antes de julio, fueron fabulosos, a pesar de las desgracias, de
afuera, ocasionadas por las potentes lluvias; pero adentro, el cielo
diagonal de las escaleras, podía ser más vehemente. A cualquier hora del día
soportaba nuestras sombras furtivas, delicuescentes, contra las paredes
grasientas de los pasillos, escribiendo nuestra historia de arrebatos
pueriles y de cataclismos momentáneos. Corría 1983, los meses eran
inconmensurables, podían ocurrir muchas cosas, parecía que galopábamos
instintivamente hacia nuestro propio infortunio. El amor era una palabra
vacía, algo que parecía un estorbo pronunciarla, más nos importaba vivir. |