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Genaro Maza Vera (Sullana, 1946) es uno de los narradores piuranos que, por
la seriedad y responsabilidad artísticas con que ha asumido el trabajo
literario, concita la atención de los “miembros de la tribu” (como llamaba Ezra Pound a los amantes de la literatura): cada novedad editorial suya
promete bondades dignas de aprecio. Y no otra cosa ocurre con el libro de
relatos que acaba de sacar a la luz con los sellos editoriales Sietevientos
y Lluvia Editores.
La dama del estuario es el título de esta nueva obra suya. A su amparo reúne
cinco relatos. El primero que presta su título al conjunto- tiene como
asunto un tópico muy socorrido en el imaginario popular de la región: las
apariciones de ultratumba. Y, en este caso, se trata del espectro de una
mujer que suele vagar no sólo en la ruinosa mansión que habitó en vida
(escenario de un amor conflictuoso y de desgarrados avatares que rayan en la
drogadicción) sino que además deambula por un desolado paraje en el que hubo
una cruz (luego desaparecida, relacionada con el ya aludido e intrincado
asunto amoroso que la angustió en vida) y, más aún, suele frecuentar el
estuario o confluencia del río con el mar. Todo esto en la zona de Colán.
Ese amplio itinerario genera cierto desconcierto en el narrador que, dígase
de paso, es un acucioso investigador de viejos infolios en no menos vetustos
archivos, y que ha logrado establecer la relación entre el “ánima en pena” y
un personaje femenino descubierto por él en dichos archivos. Y, por eso,
dice desde el segundo párrafo-: “De ahí mi seguridad sobre la identidad del
espectro, aunque una duda me incomodaba con fuerza lógica: si aquella
aparición le correspondía ¿no debería penar sólo por la casona que albergó
su vicio por el alcohol y su pasión por su amante?, ¿por qué aquellas
reiteradas apariciones por el estuario y aquellas incursiones por los
arenales para arrodillarse ante una hipotética cruz?...” Y en el relato se
desarrolla la historia de dicho personaje, cuya aparición resulta ser no
sólo invención mítica o legendaria, sino que es “comprobada” por el narrador
(para mayor verosimilitud), quien finalmente se siente en la obligación de
develar también el misterio que lo desconcertaba al comienzo del relato y
que lo hizo interrogarse conforme lo hemos visto en la cita anterior. Esta
aclaración última resulta ser -para mi gusto- innecesaria, pues el lector la
presupone sin la explícita intervención del narrador, quien concluye
diciendo, con frase que repetimos- nos parece obviable: “Ahora ya entendía
por qué el espectro vagaba tanto por el estuario y se postraba también ante
aquel promontorio”.
El segundo relato desarrolla una historia no menos fabulosa y de antigua
prosapia: el pacto con el diablo. En esta ocasión se trata de un súbdito
inglés que, de muy joven, sentó sus reales en estas calurosas tierras y que
desde una extrema pobreza pasó a ser poseedor de cuantiosas riquezas,
tránsito no merituado por su febril dedicación al trabajo sino por el
sospechado pacto con el demonio, de ahí el título: “El pacto de Míster Leigh”.
Pero lo interesante a destacar es la reiterada referencia a los viejos
infolios de archivos generosos, de donde procede la anécdota y ha sido
“transcrita” por el narrador (y relatada por un segundo narrador). Cabe
agregar que éste es el relato más extenso de los cinco, y, asimismo, hay que
advertir que los editores precisan en la contracarátula (entre otros datos
bibliográficos del autor) la existencia de un texto que se supone ha sido
editado antes con el mismo título, de lo que hay que colegir que la versión
aquí comentada sería una reedición.
Como se puede observar, nos hemos referido con el apelativo de ‘relatos’ a
los dos primeros trabajos comentados. Y, en efecto, creemos nosotros que no
son propiamente cuentos. La diferencia entre una y otra especie narrativas
radica en la “demora”. Con esa cualidad caracterizaba Federico Schiller a la
épica-narrativa propiamente dicha (cuento y novela), es decir, aquel alto
representante y teórico del romanticismo alemán singularizaba al género por
ese “demorarse con amor”. Es decir, una ‘demora’ que el propio Genaro Maza
explica de manera atinada al referirse al protagonista del cuarto texto
narrativo (“Juez ad-hoc”), indicando que: “No le había interesado la verdad
histórica” [la anécdota en sí, digámoslo en términos generales], “sino la
verdad literaria”; es decir, que el narrador literario debe actuar “como un
creador de ficciones, como alguien que dueño de una visión personal del
mundo, [echa] a andar personajes y a crear situaciones que [patentizan] esa
filosofía personal” (p. 40: la cursiva y los corchetes son nuestros, y los
últimos indican modificación de los tiempos verbales originales). Mientras
el relato se apresura en la presentación de la historia narrada, el cuento o
la novela se regodean en la alquimia de la palabra (y conste que esto no
tiene nada que ver con la extensión del texto: el relato puede ser extenso y
el cuento, corto). No sé si nuestro autor comparte este criterio; pero lo
cierto es que él mismo llama así -relatos- a sus textos. El título completo
del libro en la primera página de presentación aparece como: La dama del
estuario y otros relatos. Asimismo, en la dedicatoria agradece al amigo que
ha hecho posible “la edición de estos relatos”. No obstante, creemos que es
una exageración llamar así a los tres restantes que sí tienen fisonomía de
cuento. A no ser que nuestro autor maneje el criterio de considerar como
sinónimos a ambos términos, lo que ya vendría a ser otro cantar. De otro
lado, hay que aclarar que esta diferenciación no denuncia deficiencias en el
relato por relevar bondades en el cuento. Cada cual resuelve sus propias
especificidades y da valor a sus propios resultados. Un buen relato vale
tanto como un buen cuento.
El tercer texto narrativo (relato para su autor, y cuento según nosotros)
tiene el título de “Ruinas”. En él se hace una simbiosis del tiempo natural
y el tiempo personal, de tal suerte que las ruinas 'materiales' se
entrecruzan con las ruinas 'cronológicas del personaje' que, psíquicamene,
desarrolla su acción en diferentes tiempos. Esta concepción del cuento tal
vez justifique el uso caótico de varios puntos de vista narrativos (primera
persona -en singular y en plural- y segunda y tercera personas, sin ninguna
transición), los que, al mezclarse en tan poco espacio narrativo, genera
desconcierto en la lectura; pese a que puede ser relativamente permisible en
la novela, ejemplo: El otoño del patriarca. Aunque es pertinente señalar que
Miguel Gutiérrez (refiriéndose a Los ríos profundos) generaliza el aserto,
pues precisa que es muy crítico o aventurado “pasar abruptamente de un punto
de vista a otro. Es decir, mientras más del sesenta por ciento del texto lo
lleva en primera persona, en el resto pasa a tercera persona, algo que un
escritor con formación más moderna no se permitiría”.
El texto siguiente cuarto-, titulado “Juez ad-hoc”, proyecta el leitmotiv
que nos ha sugerido el título de este artículo: la pasión literaria, que -se
supone- debe resolverse en consecuencia vital: ‘quien es capaz de traicionar
una brillante vocación literaria, bien puede ser capaz también de traicionar
y hasta de asesinar a su mejor amigo’.
Finalmente, el último texto, “Posesión”, retoma el uso de un tópico
mágico-fantasioso (como hemos visto que ocurrió con los dos primeros): el
que un personaje sea poseído por el espíritu de otro, cumpliendo con hacer
lo que éste había predicho: “Tres somos, tres seremos; yo, usted y el que
tiene que morir”. Y, en efecto, la predicción se cumple, el poseso (que es
el narrador) termina matando al hijo abusivo del anciano que dijo la frase.
Y se cumple la ‘justicia poética’ (como también ha ocurrido en “Juez ad-hoc”).
Finalmente, se puede acotar que la recurrencia a viejas historias o las
alusiones a personajes a quienes se tiñe con la pátina de lo histórico e
inclusive las referencias a autoridades de la historia real (Emerson,
Basadre, Porras) denuncian una impronta borgesiana, que de ningún modo hacen
desmerecer la facundia imaginativa de nuestro autor, quien, por el
contrario, nos da desde su propia inventiva una solvente muestra de lo que
es -o debe de ser- la pasión poética, pasión que por supuesto- incluye las
lecturas literarias y su asimilación. |