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EL CORAZÓN ZANAHORIA DE ROGER SANTIVÁÑEZ

 

Por: Julio Carmona

 

“Todos los niños están inspirados y no tienen nada que envidiar a los poetas, que son nada más que niños.”
J.P. Sartre
Hay una suerte de desconfianza -por decir lo menos- cuando se trata de la incursión de un poeta lírico en los dominios de la narrativa (o viceversa). No es frecuente la propensión a admitir “el paradójico lirismo de la tercera persona”. Se entiende que, si el ámbito de la primera persona correspode a la lírica, o sea que es el “yo poético” que habla desde la subjetividad, entonces, la tercera persona lo es de la narrativa, es decir, el “ello”, cuyo dominio es el de la objetividad. Pero, en realidad, este es un prejuicio harto rebatido con pruebas de creación contundentes. A las que se viene a sumar la ‘prosa lírico-narrativa’ de Roger Santi-váñez. En el mes de agosto del 2002 apareció uno de sus últimos títulos: El corazón zanahoria.
Es sabido que el de Róger Santiváñez es un nombre descollante dentro de la lírica peruana, desde las tres últimas décadas del siglo XX. Y la mayoría de los títulos que conforman su obra pertenecen a ese género. Sin embargo, el título aquí mencionado, en el que recurre a la prosa, no es el primero. En 1997 publicó Santísima Trinidad, una suerte de novela corta (o nouvelle, para usar el término que figura a manera de frontis en la carátula y como la presenta Teófilo Gutiérrez, en la contratapa).
Ya arriba habíamos sugerido que en el intento de transferir los valores del lirismo a la narrativa, Santiváñez tiene ilustres predecesores. Algunos de ellos son destacados por Marco Martos en las “Palabras liminares” de la Santísima Trinidad: Abraham Valdelomar, Martín Adán, Dylan Thomas y Witold Grombowitz. Y en tanto el breve, pero sustancioso, prólogo de Martos hace una presentación cabal de ese texto, nosotros vamos a referirnos aquí de manera exclusiva a El corazón zanahoria. Y, en ese sentido, creemos pertinente agregar a esa lista de antecedentes el caso de Rainer María Rilke, quien, si no el iniciador o precursor de la novela lírica, al menos es uno de sus cursores con Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Aunque ya antes había tratado en prosa-lírica un texto más breve: El canto de amor y muerte del corneta Cristóbal Rilke. Sobre el particular, dice Ángel J. Battistessa: “Lo que prefigura -Rilke- en 1899, en El Corneta, no es sino el mismo procedimiento estético que precisamente en 1910 habría de culminar en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.”
Y, en realidad, las coordenadas analógicas entre Rilke y Santi-váñez, van más allá del género específico lírico-narrativo. Nos atreveríamos a decir que entre ambos hay un parentesco estético que trasciende esa circunstancial coincidencia. Estamos convencidos -para asegurarlo- que hay líneas de fuerza, de tendencia poética que los hace afines. Pero, antes de sustentarlo, aclaremos -desde el comienzo- que no es una suerte de mimetismo artístico o que eso se resuelva en un prurito de dependencia o de imitación servil. Si hacemos el paralelo es porque pensamos que Roger Santiváñez responde a la misma concepción poético-vital rilkeana. Estamos seguros que en el primer momento en que decidió ser poeta, Roger Santiváñez auscultó en lo más profundo de su corazón ‘investigando la causa que lo impelía a escribir' y se confesó a sí mismo que “le sería preciso morir en el supuesto que escribir le estuviera vedado.” (Ef. Cartas a un joven poeta) Y su entrega a la poesía lírica (seis títulos lo atestiguan) constituye una muestra irrefutable de perseverancia y fidelidad a esa vocación. Y todo eso, decíamos, traducido en una obra cabal, reconocida por quienes tienen autoridad para estas dirimencias. (En tanto nosotros no hacemos sino limitarnos a constatarlo).
Pero, entrando ya en El corazón zanahoria, descubrimos en él una flagrante efusión rilkeana: la incursión en el mundo de la infancia. “Aun cuando usted estuviese en una prisión -alertaba Rilke a su joven poeta interlocutor- cuyas paredes no dejasen llegar hasta sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no le quedaría siempre su infancia, esa riqueza preciosa, imperial, esa arca de los recuerdos?”
Y nuestro poeta inicia su libro con un “Fragmento de un diario inconcluso”, evocando a su madre que cantaba “tangos o valses o boleros” en el escenario de la casa de la infancia y nos dice que “todas las melodías me dejaban una extraña sensación de pena y soledad. No sé por qué ocurría esto -agrega-, ya que ella era una mujer alegre y sensitiva, siempre con el espíritu en alto. Pero el triste era yo -supongo- vagabundo de los vericuetos de la infancia.”
Y los vericuetos de la infancia están saturados de juego. No hay un solo escondrijo de ese paraíso en que no resuenen los cascabeles de las correrías lúdicas. Los mismos escarceos prístinos del amor se funden con la impronta del juego. El mundo de la infancia es el mundo lúdico por excelencia. Y el mundo que cobra vida en El corazón zanahoria no podía dejar de serlo. Incluso, de manera flagrante, los relatos que lo conforman han sido estructurados en “tres tiempos” que se corresponden con los de un partido de fútbol, excepcional (como ocurre con aquéllos en los que se juega un tiempo complementario). Y las alusiones al fútbol, precisamente, son constantes, quepa recordar que ya desde las primeras páginas nos dice el narrador: “Yo me hice amigo de ambos y, por supuesto de Carín -un poco mayor, alegre y futbolista-.” (Cursiva nuestra).
Y el “Primer Tiempo” (título de la primera parte del libro) corresponde a la primera infancia, a aquélla en que el título general del libro es, cien por ciento, acertado: el corazón puro, sano, sin ninguna intromisión del “diablo mundo”, salvo los intuitivos e inocentes descubrimientos del erotismo, y que el mismo narrador se limita a ponerlo en las lindes de lo enigmático y misterioso, recordando a un amigo con el que gustaba “mirarles el calzón a sus empleadas”, para concluir diciendo que “Este es un homenaje para ellas -tiernas y amables- con unos churres abusivos y malcriados que ¿de dónde habrían sacado esa pendejada?” Y, finalmente, el narrador busca una explicación a ese desfase de “lo zanahoria”, intuyendo que tal vez provenía “del fuerte instinto trasuntado por Lindaura, poco después despedida de su chamba, acusada de pertenecer -como se decía en la época y lo grabó Lucho Hernández para siempre- a una jauría dorada de marocas.” (Cursiva del autor).
Pero, aparte esa incursión en el erotismo, prohibido y subrepticio (tabú y sancionable por el mundo adulto), el amor “zanahoria” es presentado con los visos líricos más destacables de todos los “diversos momentos de esa infancia -como dice el narrador- que intento rescatar a través de estos relatos.” Y es así que son convocados los nombres paradigmáticos de los primeros amores: Oni, Andrea, Elsa María. “Las muchachitas de ensueño”, como llama Battistessa a los personajes rilkeanos del mismo tema, agregando este autor a la pléyade de narradores-líricos a Gerard de Nerval, de quien -dice- “Rilke conocía la obra ... y la admiraba. Los respectivos mundos líricos -las muchachitas de ensueño, los paisajes a un mismo tiempo nítidos y misteriosos- ofrecen llamativas semejanzas.” (Cursiva nuestra). Y algo similar podría decirse del mundo lírico-narrativo de Santiváñez. Y son las efusiones de esos amores las partes del libro que más rezuman sus efectos líricos, son aquellas en las que el autor se escapa de las pequeñas fabulaciones narrativas para dar rienda suelta a su agudeza introspectiva: “Nadie conoce la hueca soledad que me abrazó el amanecer que la familia Schults abandonó -subrepticiamente- Santa Isabel. El postigo de su casa vacía exhalaba un aire de tristísima luz: la puerta falsa se batía de par en par con los últimos resquicios del viento de la madrugada, extraño soplo de amor que me arrancó la pequeña silueta de Andrea por toda la eternidad.” Y estos pequeños golpes van enfrentando al niño con el mundo, con la vida, con los acontecimientos brutales de la política, llegando a reconocer como el niño Sartre de Las palabras, que “el orden del mundo tenía unos desórdenes intolerables.” Y, dice Santiváñez: “El mundo de los años 1965-69 desapareció con la partida de los muchachos y la soledad de las colleras desperdigadas en muros y parques sin amor. Los primeros atisbos adolescentes nos fueron mostrando otro mundo -imbécil, falso, salvaje- antihumano en suma. Fue entonces que escribí el primer poema.” En esta declaración nos parece constatar cierta analogía con la propuesta que Vargas Llosa hizo respecto al origen de las inquietudes del narrador, ligado al ‘desacuerdo del escritor con el mundo’. Punto de vista que ha sido ratificado por Miguel Gutérrez en uno de sus últimos ensayos sobre la novela, donde dice que la facultad narrativa se desarrolla “por carencias de alguna especie o por sentimientos de desamparo y desamor.” (¿Generalizable esto a todo escritor?)
Pero, volviendo al Corazón Zanahoria, las fabulaciones narrativas alcanzan un punto elevado con el relato titulado “Leopardos/lobos/zorros” que es el texto con el cual termina el “Primer Tiempo”, y en el que la infancia sigue prodigándose en las claves inefables del juego y, en este caso, mezclada a las exigencias de dos instituciones (no siempre “bien vistas” por la infancia) la escuela y los “boy-scouts”, institución esta última a la que el mismo Santiváñez ironiza recordando que había sido descrita por “los piuranos -jodidos por naturaleza- [como]: Un grupo de niños vestidos de cojudos, dirigidos por un cojudo vestido de niño.”
Los tres relatos que integran el “Segundo Tiempo” (o segunda parte) de El Corazón Zanahoria, reiteran los temas de la infancia, del juego y del amor. El primero tiene el sugestivo título de “Wendy”, pero empieza aludiendo al fútbol indicando que la “collera” vivía en la calle “para jugar fulbito o a las escondidas.” Pero el “segundo tiempo” es también la segunda etapa de esa infancia que se solaza en el juego y en el amor. Y, así, continúa diciéndonos el narrador: “Tendríamos once o doce años -no más- (...) El campo de fútbol era la ancha pista de la avenida San Miguel y los arcos -imaginarios- las veredas de ambos extremos de la calzada.” Y Wendy, que es otra protagonista de la dupla juego/amor, también habrá de esfumarse “de Piura pero no de la memoria, que esta tarde ... me ha ayudado a recrearla en estas páginas que se niegan a darle de comer al olvido, con tan sutil manjar.”
Y el segundo relato “Las Bernuy” nos sigue advirtiendo que el partido de la infancia está por concluir: “Al promediar la adolescencia ... las colleras se mezclaron o mejor dicho pasamos a otra etapa de la vida. De los primeros instantes de oscuridad y ocultamiento -el acné, el bozo, los humores- salimos otra vez a las calles y entonces Santa Isabel ya nunca fue igual (...) Nunca más los aires muelles y fragantes de la infancia, sino la crueldad y dureza del mundo adulto.” Para concluir el “Segundo Tiempo”, con el tercer relato titulado “La Quinta Cúneo”, relato éste en que el amor ha logrado trascender las lindes del juego y se convierte en esa suerte de “dulce agonía” que nos mantiene al borde del abismo, entre la más pura felicidad y el más absoluto desamparo. Y que produce en nuestro poeta la siguiente vivencia -con la que concluye el relato-: “Inmiscuido en una esfera de fantástico amor la vi alejarse con su ritmo de gracioso patito para lanzarme un beso volado desde la puerta de su casa hasta mi corazón desnudo que no se repuso nunca de aquella primera ruptura.”
El tiempo “Complementario”, con el que culmina el libro, hace abrigar la esperanza de una recuperación de los tiempos empatados. No obstante, al “corazón zanahoria” no le queda sino comprobar que no hay aplazamientos para el descalabro. Porque, en el partido de la vida, todo tiempo pasado es siempre un gol en contra. Y el tiempo “Complementario” del libro lírico-narrativo de Santiváñez no hace sino ratificar el aserto: que la muerte siempre gana. Y el último relato -que es propiamente un testimonio de historia familiar: en el que la imaginación lectora no tiene atenuantes para la ficción o la fabulación- junto con el tema central: la muerte del padre, desliza la inopinada destrucción del mundo de la infancia. Y concluye el relato abriendo una perspectiva que reclama otro recuento memorioso: “La muerte de mi padre me cambió la vida. Salí del cascarón. Volveré a él.” Volver al mundo de la infancia, dice nuestro poeta. Y nosotros volvemos a nuestra propuesta inicial: el parentesco rilkeano de Santiváñez, que como poeta sólo encuentra su razón de ser en el mundo de la infancia, el mismo que le brinda cobijo -estamos seguros- en todos los otros momentos en que -ya lejos del “corazón zanahoria”- se ha sentido o se siente desfallecer. Y entonces se explican los epígrafes que cuidadosamente ha elegido Santiváñez para que presidan a su libro: “En mi corazón no entraba/ ya el duro secreto de la vida” (Javier Heraud), y “He elegido ser siempre niño y muchacho,/ no quiero aprender cosas serias ni ser mayor” (Peter Pan). Y nosotros creemos que bien puede sumárseles (como lo he hecho yo, con lápiz, en mi ejemplar) este otro: “Y aunque me cubra de cabellos canos/ dejadme siempre el corazón de un niño”, del poeta -paisano de nuestro autor-: Carlos A. Salaverry. Au revoir.

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