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Si le habían quedado cuatro o cinco muelas dentro de la
boca, era mucho, y por eso andaba con los labios fruncidos, con el
infaltable cigarro “Inca”, humedecido por sus babas. Sólo se lo quitaba para
hablar, y cuando llegaba a verlo, le hacía hablar tanto, que de vez en
cuando, daba desesperadas chupadas a su “Inca”; como si le faltara el aire.
Llegaba a las once de la mañana, a la pulpería que tenía en la hacienda
“Camacho”, a una hora del centro de Lima, y él, me preparaba lechón con
especias. Me quedaba hasta las seis de la tarde, su mujer atendía la
pulpería, y nos dejaba conversar tranquilamente. Después del lechón, le
pedía una copa de pisco, pero él iba a la tienda, se empinaba en una percha
y me traía una botella de pisco “Vargas”, que acababa por tomármela. Aparte
de la boca fruncida, su rostro, como el de todos los orientales, era enjuto
y amarillo, lleno de arrugas, tantas, que nunca acabé de contárselas. El
pelo, erizado y blanco, se le iba escaseando con el tiempo, y cuando no
hablaba, su rostro era hierático, como una estatua oriental de piedra, pero
cuando lo hacía, sus arrugas se cubrían un poco de alegría, y sus ojos, que
eran como una puñalada clavada en puerto de pellejo, brillaban; como un
destello que se escapaba por una rendija.
Tan pronto como me veía, en mi visita hebdomadaria, se acercaba a su
mujer,-silenciosamente porque usaba sandalias de lona y cabuya-, y le decía,
señalándome “¡oh!, esto valel mucho, muchacho valel mucho”. Y me hacía pasar
al comedor, saturado del aromático olor del lechón preparado en especias,
entonces, yo siempre repetía lo mismo: “Oye chino, tú tienes una deuda
conmigo”. Y con un movimiento reverencial, característico en todos los
orientales, acostumbrados a obedecer, me insinuaba: “Es verdad, pero no me
lo hagas recordar todos los domingos”. En realidad, no lo hacía por
torturarlo, sino, que me había enseñado a decírselo, cosa que me parecía tan
natural, como si me comiera el lechón preparado en especias. Aunque a veces,
me olvidaba de decírselo, y él con sugestiva mirada me advertía, algo así
como: “a qué hora me vas a pegar el trabucazo”. Sin embargo, no me olvidaba,
lo hacía a propósito, no por no hacerlo sufrir, sino, porque lo creía
inútil. Llevaba muchos domingos repitiéndole lo mismo, que juzgaba necesario
pasar un domingo en blanco.
Pero mi recuerdo de él fue involuntario, yo ya me había olvidado de su
existencia. Un sábado una chica me invitó a una fiesta, y ahí conocí a otra.
Bailé algunas piezas, pero no era una chica ni agradable ni atractiva. Al
terminar la fiesta-ya con un poco de tragos- me despedí, y ella se me acercó
y sorpresivamente me dio un beso en la mejilla.
Como la Universidad de San Marcos tenía un anexo en la calle Tigre, iba a
menudo en busca de unos libros que necesitaba, y al mediodía me dirigía al
jirón Cangallo, a almorzar en el comedor de estudiantes. El trayecto lo
hacía a pie, y pasaba por la calle Colegio Real, donde funcionaba la Escuela
de Bellas Artes, y una vez se me ocurrió curiosear su interior. Por todas
las esquinas se veían réplicas de esculturas famosas, y los alumnos
aprendían en modelos de yeso, pero los que tenían dinero, pagaban un modelo
de carne y hueso. Mi curiosidad obedecía, a que una tía mía, había estudiado
pintura en la Escuela de Bellas Artes, y fue discípula del maestro Daniel
Hernández. Yo estaba en el patio, y de repente alguien me llamó por mi
nombre, era la chica que había conocido en la fiesta, ella también estudiaba
pintura, y era, según lo supe después, una alumna destacada. Me causó
extrañeza verla, y claro charlamos un buen rato, hasta que me propuso que
sea su modelo. Le dije que no podía, que mejor siga con sus modelos de yeso.
Yo tenía un lejano recuerdo del chino, allá por mil novecientos cincuenta,
cuando apenas tenía ocho años de edad. Mientras charlábamos, siempre lo
recordaba, y era en ese instante que le decía: “Oye chino, tú tienes una
deuda conmigo”. Pero él seguía fumando, sin que la expresión de su rostro
cambiase, y entonces le decía: “Oye chino, tú no estuviste en la gran marcha
de Mao Tse Tung”. El emitía un ruido que semejaba un gruñido, y me
contestaba: “Yo no estal, pelo helmano mío, sí”. “Ah, chino, tú preferiste
huir”, pero él no se exasperaba, tenía un rostro inmutable, nunca se sabía
si estaba alegre o triste, hasta su risa era como un quejido. “Yo tenel
palticipación en la Manchulia, en el estado títele que implantal japoneses,
estado Manchukuo, yo peleal contra los nipones”. Después destazaba al lechón
con especias, y comía hasta hartarme, contemplando la bandera de China
nacionalista que había puesto en el comedor, con un retrato mugriento y
cubierto de telarañas del doctor Sun Yat Sen.
Pero, ella insistía en que sea su modelo, y yo me resistía, argumentándole
que era perder el tiempo, que mis estudios no me lo permitían; hasta que se
cansó y me dejó en paz. Como repito, no era una muchacha atractiva, aunque
si muy amable y suave en el hablar. Su rostro era aindiado, seguramente que
en tiempos remotos hubiese sido una palla, una ñusta, una virgen del Sol o
quizá una concubina del Inca. A mí no me gustaba, era baja, flaca, de tez
cobriza y siempre andaba en pantalones, en cambio sus ojos eran dos chispas
que reventaban en sus órbitas, lo cual me hacía suponer que en el fondo, era
una mujer apasionada. Ella sabía que no me agradaba, pero procuraba ser
cortés,...porque intuí desde un primer momento, que yo era su tipo de
hombre, y no quería portarme con aspereza, rechazándola de plano, y al
parecer ella disfrutaba de mi compañía y me buscaba. Una tarde la encontré
en el anexo de la calle Tigre y me sobresalté al verla. Claro, ella me dijo
que había ido a ver a una amiga, que iba a prestarle un álbum de Vicent Van
Gogh. Sin que yo lo esperase, me invitó a su casa, “el domingo, me dijo,
anda, y si no quieres, házmelo saber”. Yo, desde luego, condescendiendo con
ella, acepté la invitación, quedé en ir, de todas maneras; “¿y tú amiga?, le
pregunté, no ha venido, seguramente se ha olvidado, si deseas, vamos a tomar
un café”. Nos metimos en un cafetín de la avenida Abancay, pero cuando me
levanté a pagar la cuenta, el mozo me dijo, que mi acompañante ya había
pagado; cuando regresé a la mesa, ya no estaba.
Era una chica rara, a veces me daban ganas de no verla más, pero cada vez
que pasaba por la calle Colegio Real, parecía que me esperaba, y vaya, no
había forma de deshacerme de ella. Hasta mis amigos se habían dado cuenta,
“qué gustos que tienes”, me decían riéndose. Y ella me hablaba de Van Gogh,
de su estancia en el Borinage, de cómo pintó “Los comedores de patatas”, de
cómo poco a poco fue suprimiendo el color negro de sus cuadros, y cómo su
fiebre creadora fue aumentando, hasta que la locura le vino con Gaughin, en
Arles. Increíble, yo la escuchaba atento, y como no sabía nada de pintura,
¿qué podía agregar a lo que ella decía con tanta autoridad?. Quizá trataba
de despertar en mi alma el amor por el arte, y de paso el amor por ella, que
hasta me prestaba libros sobre el impresionismo, el expresionismo, el
cubismo, y todas las tendencias pictóricas, que yo ignoraba en redondo.
Cuántas veces me avergoncé de mi ignorancia, hasta que opté no pasar más por
la calle Colegio Real, pero fue peor, iba a la calle Tigre directamente a
buscarme, ya no se pretextaba de una amiga, de un libro, de un apunte. Así
que no me quedó más remedio que ir a su casa; porque confieso, que la
primera vez que me invitó no fui, y seguramente se sintió muy desdichada.
El chino, tenía por costumbre jugar a los gallos, con un grupo de
amigos-chinos también- los días lunes por la tarde, y apostaban dinero. No
iban a la cancha de gallos de la hacienda “Camacho”, porque era un lugar
exclusivo de la gente rica. Además, el día jueves, jugaba con los mismos
chinos,-en una casa que habían bautizado como “Club Kuomintang”-poker, crac,
o simplemente casino, hasta altas horas de la noche, y luego fumaban opio, y
así los sorprendía el día, dormidos, narcotizados, soñando seguramente que
le hacían el amor a Sofía Loren o Elizabeth Taylor. Una vez ví en su baúl,
las balanzas de precisión para pesar el opio y las largas pipas por donde lo
aspiraban. El me confesó todo, era fumador desde la adolescencia, pero me
dijo, que no se arrepentía de seguir fumando, que para él, eso no era un
vicio. Había nacido en el barrio más pobre de Cantón, su madre tuvo quince
hijos, y como no tenía cómo alimentarlos, los ahogaba, como se estilaba
entre las familias más pobres. Sólo él y su hermano se salvaron, y yo le
decía, “eres como Moisés, chino, el salvado de las aguas”. A los diecisiete
años, vino la leva forzosa, lo reclutaron y lo llevaron a pelear a la
Manchuria. Y yo, insistente, le volví a decir: “Oye chino, tú no estuviste
en la gran marcha de Mao Tse Tung”. Y él, me respondía, casi mecánicamente:
“Mi helmano estal en glan malcha”. “Tú huíste chino, eres un cobalde”, le
decía, y él: “No, no sel cobarde, mi padle sel boxel en mil novecientos,
cinco, mi padle estal con doctol Sun Yat Sen, fundal lepública china, yo
estal con mi padle”. “Bien chino, no sé si creerte, pero eso sí, tú tienes
una deuda pendiente conmigo”. Y tomaba uno de sus gallos y le hacía pases
entre las piernas, ejercitándolo en la lucha, dejaba a un lado el cigarro y
me decía: “Este ganal semana que pasó”. “Pero, seguramente chino, más has de
perder, porque los jugadores más pierden que ganan...sólo el opio te saca de
la realidad y flotas ingrávido en el espacio, narcotizado, haciendo el amor
en el aire”.
Y así, poco a poco, me fue convenciendo a que fuera a su casa, esta vez a
almorzar. Ya nos tuteábamos, ella me llamaba por mi nombre, y yo le decía
Susana...Susana Maturana, como me dijo. Bueno...su nombre era lo único que
me agradaba, le decía, que Susana había sido una virgen y mártir cristiana.
Sólo me respondió que en su casa le decían Susy. Y a partir de ese momento
solía llamarla Susy, pronunciando la palabra, con cierta entonación de
dulzura. La verdad, es que no tenía ganas de ir a su casa, me parecía que le
estaba creando falsas expectativas, y no quería desilusionarla. Antes de la
visita a su casa me armé de valor, y le dije: “Susy, lo nuestro es solo
amistad, te confieso que me siento muy a gusto contigo cuando me hablas de
pintura, pero no creas que mi interés va más allá”. Ella lo tomó con
serenidad, me miró con una mirada enigmática, indescifrable, y me dijo: “No
te preocupes”. Y empezó a hablarme de Utamaro, me habló tanto, que le
pregunté si en realidad estudiaba pintura o historia del arte. “El artista,
me dijo, debe ser culto, sino, deja de ser artista”, y me siguió hablando de
Utamaro, hasta que me supe de memoria su vida y milagros. Fui a su casa un
veintinueve de julio, me hizo pasar a la sala, eran como las once de la
mañana, y me preguntó si deseaba tomar algo. Un Wiskky, le dije, pensando
que no tenía, y terminó por invitarme un agua mineral helada, a pesar que
hacía frío. “Hoy, para mi es un día especial, me dijo, claro le contesté,
para todos, hoy es la gran parada militar por fiestas patrias, y a propósito
no has puesto la bandera, le hice recordar. No, no, no me refiero a la
parada miliar, sabes, hoy exactamente se cumplen setentaicho años de la
muerte de Van Gogh...se suicidó”. Por supuesto, yo no sabía nada, y no supe
qué decirle, sólo que lo sentía muchísimo, y mejor le propuse hablar de
cine, de las últimas películas que habíamos visto, pero ella me dijo que no
le gustaba el cine, que hacía cinco años que no visitaba una sala, y
nuevamente insistió para que le sirviera de modelo. “Mira, te haré un boceto
en carboncillo, si te gusta, entonces lo plasmo en el lienzo”. Pero no...no
deseaba servirle de modelo, era algo equivalente a que escrudiñase mi
interior, como si me quisiese hacer un psicoanálisis o una cosa por el
estilo, quizás me veía anormal, por eso me rehusaba. A simple vista, parecía
una muchacha inmadura, llena de detalles, que se jactaba de sus
conocimientos de arte, por eso es que me atreví a decirle que le calculaba
unos veinticuatro años de edad, -más o menos, un año menor que yo- sin
embargo, me dijo, que recién había cumplido los dieciocho. Las facciones de
su cara reflejaban más edad, quizás en parte por su rostro aindiado, o
quizás desde niña fue adquiriendo una rigidez, impropia de la juventud. Casi
a la una de la tarde, pretexté otra visita, y me despedí, pensando que lo
más prudente era olvidarme de todo.
Trabajó duramente como cargador en los mercados de Cantón, y hasta como
estibador en los muelles. Con tal de no morirse de hambre, muchas veces su
salario, no fue más que un puñado de arroz insípido. En esos tiempos, me
decía el chino, “vida en China sel un elol”. “¿La vida un error?”, le
replicaba confuso, rascándome la cabeza. “Sí, nacel ela un elol y plefelían
ahogalnos, no habel alimentos, vida peltenecel a amos, a señoles de la guela,
fui reclutado antes de cumplil dieciocho años y me mandaron a la Manchulia”.
Y así, el chino marchó al norte -mientras su hermano, decía, “tomó otlo
lumbo”- a pelear contra los japoneses, pero no esperó a que se disolviera el
estado Manchukuo, porque desertó. Vendió una pistola Mauser que le habían
dado, y un fusil japonés Nambú, y con ese dinero regresó a Cantón, se metió
de pavo en un buque inglés y desembarcó en Okinawa, de donde fue expulsado y
devuelto a Cantón, por indocumentado. “Palecía que yo no tenel salvación,
quise vel a mi helmano y me dijeron que habel muelto en combate al lado del
comandante Chu Te”. Y empezó a vagabundear en busca de trabajo, ya no lo
aceptaron como estibador, porque había demasiados, así que fue al barrio de
los ricos, y se dedicó a botar excrementos y orines, luego se metió de
cocinero en un chifa, también para ricos, y lo poco que ganaba lo iba
ahorrando, hasta que en mil novecientos cuarentainueve, en noviembre,
después que de Mao Tse Tung proclamara oficialmente la República Popular
China, se embarcó en un paquebote con destino a América.
Había pagado lo suficiente, quinientos dólares que le garantizaban su
ingreso a los Estados Unidos, vía San Francisco, pero desembarcaron en
Guayaquil. Eran trescientos chinos que habían venido en las bodegas del
paquebote, una vez al día los alimentaban con arroz y plátanos, y hacían sus
necesidades en las mismas bodegas, y lo que duró el viaje, lo hizo entre las
mismas de los excrementos, caca y orines; eso eran las bodegas, nunca los
sacaron a la cubierta. En Guayaquil, el chino se sintió estafado y
abandonado, no hablaba castellano y no tenía dinero, así que pensó en
suicidarse, hasta que otro chino, que ya sabía un poco del idioma, le dijo,
“habel una olganización que lleva chinos al Pelú, de contlabando, tenel que
lleval dos kilos de opio, ese sel tu pasaje, tu entlegal melcancía a pelsona
que espelal en Lima, te dalán tlabajo, aceptal o no”. Entre el sur de
Ecuador y norte del Perú, existía una organización que se dedicaba a
contrabandear chinos indocumentados, a los que les entregaban dos kilos de
opio, por la gran demanda que había en Lima de este alcaloide, los metían en
unas cajas de madera que habían sido de refrigeradoras; claro, los
contrabandistas decían que importaban refrigeradoras “Servel”, ensambladas
en Colombia, con destino a Lima. El chino se metió en una de esas cajas, que
transportaban los camiones hasta la frontera con el Perú, en el sector el
Alamor, ahí los desembarcaban, y un camión peruano los recogía, luego se
dirigían a la hacienda La Solana, donde perforaban las cajas de madera,
haciéndoles unos agujeros para que les entre aire, porque el chino ingresó
al Perú, por el Alamor, en enero de mil novecientos cincuenta, y hacía un
calor infernal. El viaje a Lima duraba tres días, y los chinos tenían que ir
parados, defecar y orinar dentro, sin comer ni beber agua, hasta llegar a su
destino, y dar cuenta de los dos kilos de opio.
Soportó el viaje, porque estaba acostumbrado a pasar hambre y sed, y porque
además les hacían beber la menor cantidad de líquido posible, para que no
orinen y no vayan a humedecer el opio, que llevaban escondido entre los
pantalones. Por otro lado, nada tenían que temer, porque no eran revisados
en los puestos de aduanas, comisarías o controles de extranjería; los
contrabandistas se las habían arreglado con la policía, con la aduana y con
la prefectura; los camiones transportaban refrigeradoras importadas.
Me entretuve en tantas cosas, que dejé de verla un tiempo. Ya no pasaba por
la calle Colegio Real, hacía un rodeo por el mercado central, y un día me
encontré con una amiga, en buena cuenta no era mi amiga, sino, una conocida,
una muchacha que ejercía la prostitución en un hotel de la calle Santa
Teresa, a veinte metros de la céntrica avenida Abancay.
Ella me llamó y me pidió que le prestara cinco soles, y como el negocio no
andaba bien por las frecuentes redadas policiales, me dijo, que tres veces a
la semana iba a la Escuela de Bellas Artes, a servir de modelo de carne y
hueso, y a posar desnuda, y que ganaba lo necesario para comer. Enseguida me
hizo recordar a Susana, de la que pensaba me había librado. Para salir del
apuro le presté los cinco soles, y sin poder reprimir mis impulsos le
pregunté por la Escuela de Bellas Artes, que qué tal le iba como modelo, me
dijo, que como tenía buen cuerpo estaba posando para una estudiante, “una
bajita, le dije, de rostro aindiado, que siempre anda en pantalones; sí ,
dijo, estoy posando para ella, es muy exigente, a veces me grita y tengo que
permanecer en posiciones muy incómodas y con frío, pero me paga bien, no
sabe que ejerzo la prostitución, ¿la conocerás?, me dijo. No, lo decía por
simple curiosidad, y dime, ¿qué te dice mientras pinta?, casi nada...ella es
callada, antes he posado para otros y me hablaban para que no me aburra,
pero esta chica, no...me parece que es una acomplejada, sólo me dirige la
palabra para decirme, oye, ponte así, voltéate, vuélvete, de vez en cuando
llega el profesor, me mira, la mira a ella, y eso es todo. La verdad es que
si no me pagara bien, no posaría, su mirada me da miedo, me parece que tiene
una mirada de otro mundo, que me traspasa; al comienzo pensé que me deseaba
y esperaba a que me dijera algo, para poderle cobrar más...no es que su
mirada esté cargada de malicia, no hay lujuria en ella...hay algo peor, es
una mirada de otros mundos...Bien, gracias por el préstamo.¿Y cómo se llama
ella?, le dije por último, he escuchado que su profesor le dice señorita
Susana”.
Chino, ¿y cómo te llamabas, allá en la China, ah?: Me miró de soslayo y no
quiso contestarme. “Sabes, le dije, a los chinos, según he podido comprobar,
les gusta ponerse cuatro apellidos españoles: Campos, Díaz, Ruiz y León. He
conocido muchos chinos Campos, Díaz, Ruiz y León, incluso en el colegio
estudiaron conmigo unos chinos Ruiz, eran primos”. Al rato resolló, “¿pol
qué quelel sabel mi nomble chino?, pala mí ya no intelesal más”. Soy
curioso, le dije, me gusta averiguarlo todo. ¡Ah!, culioso, pelsona muy
culiosa, tu siemple andal pleguntando...cleo lecoldal mi nombre chino, a vel,
a vel, sel Fe-Sin...Fe-Sin, ¿y qué diablos significa?. Estal leunidos
nombles de mi padle y de mi madle, y nombles de sus padles y sus madles,
letloceliendo, llegal al plimel homble, lemontándose a la antigüedad, China
sel cultula milenalia...Bueno, chino, pero Fe-Sin, al revés es sin fe,
¿acaso no tienes fe, chino, la has perdido, eres un hombre sin fe?...¡Ah!,
tú no estuviste en la gran marcha de Mao Tse Tung...Yo tenel fe, habel leido
a Confucio, tenel conocimiento de milenalios esclitos de Sun Tsé, glan
pensadol de Confucio, tú no conocel histolia china, yo estal olgulloso de mi
pueblo, tú no entendel nada”. El chino me hacía callar, pero no se
disgustaba, me soportaba a pesar que muchas veces me propasaba. “Bien,
chino, si dices que tienes fe, acuérdate que tienes una deuda conmigo, ¿te
puedo llamar Fe-Sin?, le dije, homble no te acostumblalás...¡Ah!, eso quiero
decir que no deseas recordar a tu familia, la familia de tu padre, el boxer
de mil novecientos cinco, la familia de tu madre, la que ahogaba a sus
hijos...Ya tenel nueva familia, me decía, con esa tranquilidad, que sólo
puede tener una raza que ha sufrido por milenios una oprobiosa sumisión. Y,
dime chino, ¿tú sueñas cuando no fumas opio o tienes pesadillas?...homble
viejo no soñal como cuando sel joven, tenel sueños difelentes, y pesadillas,
pesadillas, decil....tenel pesadillas, pelo olvidal plonto. Tienes una
memoria frágil, chino, o te haces, acuérdate que tú tienes conmigo una
deuda”. Seguramente mis palabras tenían un efecto ecoico en sus oídos, y al
mirarme, parecía decirme, deuda, deuda, deuda, deuda, deuda.
Señorita Susana Maturana, así la llamaban en la Escuela de Bellas Artes, y
así pregunté cuando de nuevo fui a verla, después de lo que me había
conversado aquella prostituta. Demoró en salir, me dijo que se había tomado
un tiempo en quitarse el mandil y en lavarse las manos. “Últimamente, me
dijo, me ha prendido una fiebre creadora y tengo que aprovecharla al máximo,
bien, ¿has venido finalmente a posar para mí?. No, qué va, sólo que pasaba
por aquí y entré a verte, entonces ¿por qué no vas éste domingo a mi casa?,
te invito a almorzar, ¿tienes preferencia por algún plato en especial?, no,
aceptaré lo que me ofrezcas, pero iré de todas maneras, sabes, me está
interesando el arte, saber sobre pintura me ha hecho bien, lo que he
aprendido contigo ha sido como un relax, he estado tan tenso en estas
últimas semanas, tú sabes, eso de la tesis, de la graduación, a fin me he
ocupado tanto tiempo...pero me acordaba de ti, de tu pasión por la pintura,
así que comprendo tu fiebre creadora, aprovéchala”. Nos fuimos caminando por
los Barrios Altos, sin decirnos nada, hasta que tomó su colectivo. Le hice
un adiós con la mano, porque en realidad no me gustaba besarla, ni que ella
me bese en la mejilla. Ella ya se había dado cuenta de éste detalle, sin
mostrar enfado, creo que no se apenó, tal vez me haya considerado un hombre
frío, o tal vez, que no abrigaba respecto a ella, más sentimientos que el de
amistad; sin embargo, nunca me atreví a preguntarle si tenía enamorado, por
temor a que me dijera, “oye, te amo desde hace mucho tiempo, y tú no te das
cuenta”.
Llegué al mediodía, me hizo pasar a la sala y me invitó un vaso de cerveza,
me dijo, que ya estaba el almuerzo y que había preparado lechón con
especias. Pasamos al comedor y empecé a observarlo todo, un retrato del
doctor Sun Yat Sen y la bandera de China nacionalista, enseguida salieron
sus padres y me los presentó. El era un chino, un viejo chinaco, como se
suele llamarlos, me saludó con una inclinación típicamente oriental, y me
dijo que él mismo había preparado el lechón con especias. Mientras comía, el
chino me devoraba con la mirada, y yo también. La vez anterior, ellos no
salieron, pero esta vez el chino no dejaba de mirarme. Conversábamos sobre
su hija, lo felicité, porque había elegido la carrera de las bellas artes.
Luego, al concluir el almuerzo, ella me mostró sus estudios, sus bocetos,
sus cuadros, me explicaba las técnicas que utilizaba, me decía, que ella era
como Van Gogh, más le interesaban los temas, que las obras de arte lo son
por sus temas; más que por otros factores. Como yo no soy un esteta, ni me
precio de serlo, asentía en todo y sólo me limitaba a decirle está bien,
está bien, perfecto, has elegido correctamente los temas y los colores. Pero
ella quería que le diga algo más, y mis conocimientos sobre pintura eran tan
escasos, que sentía vergüenza, quería que sea algo así como su crítico. Creo
que la decepcioné, porque mis simples apreciaciones no la satisfacían,
interiormente reconocía mi insuficiencia, y preferí pedirle al chino un
trago, un trago que me salvase; y fue y trajo una botella de pisco Vargas,
que la bebí apurado, como queriendo librarme de la mirada de Susana, que me
acusaba de no saber apreciar sus pinturas. A partir de entonces todos los
domingos fui a la hacienda “Camacho”, a comer lechón con especias, pero a
Susana, A Su-Shi, como en realidad era su nombre en chino, y que significaba
-me lo dijo el chino-, los bellos colores de las flores en un vergel; no la
volví ver jamás.
En uno de esos tantos domingos, una vez le dije al chino, “oye chino, yo te
conozco, tienes la misma mirada que en mil novecientos cincuenta, ¿te
acuerdas?. El chino se sumía en un silencio sepulcral. “Escucha, tú habías
entrado por la frontera de contrabando, venías metido en una caja de
refrigeradora, el camión que te traía, junto con otros chinos, hizo una
parada en Querecotillo, en tierras de mi padre, y tú de repente...bueno,
llegó un peón asustado adonde estaba mi padre conmigo, yo tenía ocho años, y
le dijo, nervioso, tartamudeando, señor, señor, venga a la vega del canal,
rápido, rápido...mi padre montó en su caballo y me llevó a mí en el anca,
eran las tres de la tarde. El peón corría por delante, señalando el sitio,
vimos un camión, supuestamente con refrigeradoras, pero más allá del camión
encontramos a un chino, con un puñal ensangrentado en las manos. El peón le
dijo a mi padre que él había visto a dos chinos que habían bajado, y que uno
le asestó al otro varias puñaladas por la espalda y que enseguida le
arrebató un bulto que llevaba en el pantalón...Pero cuando llegamos, sólo
hallamos a un chino, el otro, el destazado a puñaladas, ya no estaba, el
peón señaló el canal, como diciendo, allí lo han arrojado; sin embargo, el
cuerpo jamás apareció, ni siquiera cuando secaron el canal para la limpia.
El chino permanecía en medio del algodonal, quieto, inmóvil, paralizado,
aterrorizado, con una mirada perdida que le salía de la rendija de sus ojos
lagañosos. Mi padre llamó al chofer del camión-que era un injerto, un cruce
de chino con chola- y dijo que no había visto nada, que no sabía nada, que
él llevaba refrigeradoras para Lima. El chino se acercó a mi padre y le
entregó el puñal, aún con sangre, ya coagulada, pero ví que mi padre le hizo
una seña para que suba al camión, el chino obedeció y se metió en su caja; a
yacer como muerto en su ataúd. Al poco rato, el camión prosiguió su marcha,
como si nada hubiese ocurrido.
Sólo que ahora, dieciocho años después, ya casi no tenía dientes, y su
erizado pelo era gris, pero su mirada no había cambiado. “Oye, chino, le
decía, yo tengo aún el puñal, lo conservo como un recuerdo del cual no me
despego. Yo tenel deuda con tu padle, me decía, humildemente. No, con mi
padre ya no, él murió. Entonces, yo tenel deuda contigo, decía, con , la
misma humildad”. Y cada domingo se lo hacía recordar, cincuentaidós domingos
le repetí lo mismo, y me comí cincuentaidós lechoes asados en especias, y me
bebí cincuentaidós botellas de pisco “Vargas”. El chino cuando llegó a Lima,
vendió por su cuenta los dos kilos de opio que le robó al chino que mató, y
se fue a trabajar a la hacienda “Camacho”, que ahora era una urbanización,
con un centro comercial que rodeaba su pulpería, y se casó con una serrana
de Ayacucho que se apellidaba Maturana, y él adoptó el apellido de su mujer.
Era el único chino que no quiso apellidarse Campos, Ruiz, Díaz o León; y su
única hija era Susana-Su-Shi-, que la adoraba, según me confesó, a la que
dejé de ver, porque se ocultó para siempre.
Ah, pero yo tenía el puñal en mi poder, con la sangre coagulada, ya negra
por el transcurso de los años.
El domingo número cincuentaidós, lo encontré de excelente humor-claro, que
sobre Su-Shi ya no hablaba nada- y se puso a bromear conmigo, de su cara
asomaba una risa, casi disimulada, así se la pasó todo el almuerzo, al cabo
del cual me dijo: “yo tenel un legalo pala ti ¿un regalo?, “vaya que chino
tan gentil”, con razón bromeaba conmigo. Entró a su dormitorio y volvió con
un cuadro envuelto en papel de forrar cuadernos. “Sel tuyo, anda áblelo. ¿No
será un retrato del doctor Sun Yat Sen?, le dije, suspicaz. No sel tuyo,
áblelo te lo meleces”. Lentamente lo fui abriendo, era un lienzo, un cuadro
y lo descubrí totalmente. Era yo, sin duda, pintado hasta la cintura, en la
mano derecha portaba el puñal, que hasta ahora conservaba con la sangre
negra de la víctima, estaba en una actitud de asestarle una puñalada a
alguien que estaba delante del cuadro, pero que no se veía. Me horroricé al
verme en esa siniestra actitud homicida, porque mi mirada no era de defensa,
sino de ataque. Miré anonadado al chino, “lo habel pintado Su-Shi, ella
tenel mucha imaginación, selá una glan altista”, me dijo sin alterar su
estado de ánimo. “A vel, a vel, ahola deuda contigo estal saldada, si, si,
estal saldada”. Volví mis ojos al cuadro, y le dije, “oye, chino ¿qué día me
dijiste que fumabas opio?”. “Yo fumal todos los jueves, ¿pol qué, pol qué,
pleguntal, ah?...A partir de ahora, chino, ya no voy a venir los domingos,
sino, los jueves, y no quiero más lechón con especias, quiero fumar opio”.
El chino, impertérrito, calló unos segundos, luego me dijo, “tú fumal opio,
¿pol qué tú quelel fumal opio?. Tragué saliva, sudé frío, mientras me
reponía, el chino volvió a callar y podía oir el compás de su respiración.
“Quiero ver, le dije...quiero saber qué hay dentro del cuadro, a quién voy a
matar”.
Entonces, el chino hizo una mueca y su rostro se contrajo, de inmediato sus
facciones adquirieron los rasgos de un ídolo oriental, sólo que él tenía la
cara teñida de una pátina amarilla; y vi que en sus arrugas se ocultaban los
milenios de su vieja, remota, asombrosa, auténtica, veraz, íntegra e
inspirada raza.
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