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EL VIEJO CHINACO

 
Víctor Borrero Vargas
 

Si le habían quedado cuatro o cinco muelas dentro de la boca, era mucho, y por eso andaba con los labios fruncidos, con el infaltable cigarro “Inca”, humedecido por sus babas. Sólo se lo quitaba para hablar, y cuando llegaba a verlo, le hacía hablar tanto, que de vez en cuando, daba desesperadas chupadas a su “Inca”; como si le faltara el aire.
Llegaba a las once de la mañana, a la pulpería que tenía en la hacienda “Camacho”, a una hora del centro de Lima, y él, me preparaba lechón con especias. Me quedaba hasta las seis de la tarde, su mujer atendía la pulpería, y nos dejaba conversar tranquilamente. Después del lechón, le pedía una copa de pisco, pero él iba a la tienda, se empinaba en una percha y me traía una botella de pisco “Vargas”, que acababa por tomármela. Aparte de la boca fruncida, su rostro, como el de todos los orientales, era enjuto y amarillo, lleno de arrugas, tantas, que nunca acabé de contárselas. El pelo, erizado y blanco, se le iba escaseando con el tiempo, y cuando no hablaba, su rostro era hierático, como una estatua oriental de piedra, pero cuando lo hacía, sus arrugas se cubrían un poco de alegría, y sus ojos, que eran como una puñalada clavada en puerto de pellejo, brillaban; como un destello que se escapaba por una rendija.
Tan pronto como me veía, en mi visita hebdomadaria, se acercaba a su mujer,-silenciosamente porque usaba sandalias de lona y cabuya-, y le decía, señalándome “¡oh!, esto valel mucho, muchacho valel mucho”. Y me hacía pasar al comedor, saturado del aromático olor del lechón preparado en especias, entonces, yo siempre repetía lo mismo: “Oye chino, tú tienes una deuda conmigo”. Y con un movimiento reverencial, característico en todos los orientales, acostumbrados a obedecer, me insinuaba: “Es verdad, pero no me lo hagas recordar todos los domingos”. En realidad, no lo hacía por torturarlo, sino, que me había enseñado a decírselo, cosa que me parecía tan natural, como si me comiera el lechón preparado en especias. Aunque a veces, me olvidaba de decírselo, y él con sugestiva mirada me advertía, algo así como: “a qué hora me vas a pegar el trabucazo”. Sin embargo, no me olvidaba, lo hacía a propósito, no por no hacerlo sufrir, sino, porque lo creía inútil. Llevaba muchos domingos repitiéndole lo mismo, que juzgaba necesario pasar un domingo en blanco.
Pero mi recuerdo de él fue involuntario, yo ya me había olvidado de su existencia. Un sábado una chica me invitó a una fiesta, y ahí conocí a otra. Bailé algunas piezas, pero no era una chica ni agradable ni atractiva. Al terminar la fiesta-ya con un poco de tragos- me despedí, y ella se me acercó y sorpresivamente me dio un beso en la mejilla.
Como la Universidad de San Marcos tenía un anexo en la calle Tigre, iba a menudo en busca de unos libros que necesitaba, y al mediodía me dirigía al jirón Cangallo, a almorzar en el comedor de estudiantes. El trayecto lo hacía a pie, y pasaba por la calle Colegio Real, donde funcionaba la Escuela de Bellas Artes, y una vez se me ocurrió curiosear su interior. Por todas las esquinas se veían réplicas de esculturas famosas, y los alumnos aprendían en modelos de yeso, pero los que tenían dinero, pagaban un modelo de carne y hueso. Mi curiosidad obedecía, a que una tía mía, había estudiado pintura en la Escuela de Bellas Artes, y fue discípula del maestro Daniel Hernández. Yo estaba en el patio, y de repente alguien me llamó por mi nombre, era la chica que había conocido en la fiesta, ella también estudiaba pintura, y era, según lo supe después, una alumna destacada. Me causó extrañeza verla, y claro charlamos un buen rato, hasta que me propuso que sea su modelo. Le dije que no podía, que mejor siga con sus modelos de yeso.
Yo tenía un lejano recuerdo del chino, allá por mil novecientos cincuenta, cuando apenas tenía ocho años de edad. Mientras charlábamos, siempre lo recordaba, y era en ese instante que le decía: “Oye chino, tú tienes una deuda conmigo”. Pero él seguía fumando, sin que la expresión de su rostro cambiase, y entonces le decía: “Oye chino, tú no estuviste en la gran marcha de Mao Tse Tung”. El emitía un ruido que semejaba un gruñido, y me contestaba: “Yo no estal, pelo helmano mío, sí”. “Ah, chino, tú preferiste huir”, pero él no se exasperaba, tenía un rostro inmutable, nunca se sabía si estaba alegre o triste, hasta su risa era como un quejido. “Yo tenel palticipación en la Manchulia, en el estado títele que implantal japoneses, estado Manchukuo, yo peleal contra los nipones”. Después destazaba al lechón con especias, y comía hasta hartarme, contemplando la bandera de China nacionalista que había puesto en el comedor, con un retrato mugriento y cubierto de telarañas del doctor Sun Yat Sen.
Pero, ella insistía en que sea su modelo, y yo me resistía, argumentándole que era perder el tiempo, que mis estudios no me lo permitían; hasta que se cansó y me dejó en paz. Como repito, no era una muchacha atractiva, aunque si muy amable y suave en el hablar. Su rostro era aindiado, seguramente que en tiempos remotos hubiese sido una palla, una ñusta, una virgen del Sol o quizá una concubina del Inca. A mí no me gustaba, era baja, flaca, de tez cobriza y siempre andaba en pantalones, en cambio sus ojos eran dos chispas que reventaban en sus órbitas, lo cual me hacía suponer que en el fondo, era una mujer apasionada. Ella sabía que no me agradaba, pero procuraba ser cortés,...porque intuí desde un primer momento, que yo era su tipo de hombre, y no quería portarme con aspereza, rechazándola de plano, y al parecer ella disfrutaba de mi compañía y me buscaba. Una tarde la encontré en el anexo de la calle Tigre y me sobresalté al verla. Claro, ella me dijo que había ido a ver a una amiga, que iba a prestarle un álbum de Vicent Van Gogh. Sin que yo lo esperase, me invitó a su casa, “el domingo, me dijo, anda, y si no quieres, házmelo saber”. Yo, desde luego, condescendiendo con ella, acepté la invitación, quedé en ir, de todas maneras; “¿y tú amiga?, le pregunté, no ha venido, seguramente se ha olvidado, si deseas, vamos a tomar un café”. Nos metimos en un cafetín de la avenida Abancay, pero cuando me levanté a pagar la cuenta, el mozo me dijo, que mi acompañante ya había pagado; cuando regresé a la mesa, ya no estaba.
Era una chica rara, a veces me daban ganas de no verla más, pero cada vez que pasaba por la calle Colegio Real, parecía que me esperaba, y vaya, no había forma de deshacerme de ella. Hasta mis amigos se habían dado cuenta, “qué gustos que tienes”, me decían riéndose. Y ella me hablaba de Van Gogh, de su estancia en el Borinage, de cómo pintó “Los comedores de patatas”, de cómo poco a poco fue suprimiendo el color negro de sus cuadros, y cómo su fiebre creadora fue aumentando, hasta que la locura le vino con Gaughin, en Arles. Increíble, yo la escuchaba atento, y como no sabía nada de pintura, ¿qué podía agregar a lo que ella decía con tanta autoridad?. Quizá trataba de despertar en mi alma el amor por el arte, y de paso el amor por ella, que hasta me prestaba libros sobre el impresionismo, el expresionismo, el cubismo, y todas las tendencias pictóricas, que yo ignoraba en redondo. Cuántas veces me avergoncé de mi ignorancia, hasta que opté no pasar más por la calle Colegio Real, pero fue peor, iba a la calle Tigre directamente a buscarme, ya no se pretextaba de una amiga, de un libro, de un apunte. Así que no me quedó más remedio que ir a su casa; porque confieso, que la primera vez que me invitó no fui, y seguramente se sintió muy desdichada.
El chino, tenía por costumbre jugar a los gallos, con un grupo de amigos-chinos también- los días lunes por la tarde, y apostaban dinero. No iban a la cancha de gallos de la hacienda “Camacho”, porque era un lugar exclusivo de la gente rica. Además, el día jueves, jugaba con los mismos chinos,-en una casa que habían bautizado como “Club Kuomintang”-poker, crac, o simplemente casino, hasta altas horas de la noche, y luego fumaban opio, y así los sorprendía el día, dormidos, narcotizados, soñando seguramente que le hacían el amor a Sofía Loren o Elizabeth Taylor. Una vez ví en su baúl, las balanzas de precisión para pesar el opio y las largas pipas por donde lo aspiraban. El me confesó todo, era fumador desde la adolescencia, pero me dijo, que no se arrepentía de seguir fumando, que para él, eso no era un vicio. Había nacido en el barrio más pobre de Cantón, su madre tuvo quince hijos, y como no tenía cómo alimentarlos, los ahogaba, como se estilaba entre las familias más pobres. Sólo él y su hermano se salvaron, y yo le decía, “eres como Moisés, chino, el salvado de las aguas”. A los diecisiete años, vino la leva forzosa, lo reclutaron y lo llevaron a pelear a la Manchuria. Y yo, insistente, le volví a decir: “Oye chino, tú no estuviste en la gran marcha de Mao Tse Tung”. Y él, me respondía, casi mecánicamente: “Mi helmano estal en glan malcha”. “Tú huíste chino, eres un cobalde”, le decía, y él: “No, no sel cobarde, mi padle sel boxel en mil novecientos, cinco, mi padle estal con doctol Sun Yat Sen, fundal lepública china, yo estal con mi padle”. “Bien chino, no sé si creerte, pero eso sí, tú tienes una deuda pendiente conmigo”. Y tomaba uno de sus gallos y le hacía pases entre las piernas, ejercitándolo en la lucha, dejaba a un lado el cigarro y me decía: “Este ganal semana que pasó”. “Pero, seguramente chino, más has de perder, porque los jugadores más pierden que ganan...sólo el opio te saca de la realidad y flotas ingrávido en el espacio, narcotizado, haciendo el amor en el aire”.
Y así, poco a poco, me fue convenciendo a que fuera a su casa, esta vez a almorzar. Ya nos tuteábamos, ella me llamaba por mi nombre, y yo le decía Susana...Susana Maturana, como me dijo. Bueno...su nombre era lo único que me agradaba, le decía, que Susana había sido una virgen y mártir cristiana. Sólo me respondió que en su casa le decían Susy. Y a partir de ese momento solía llamarla Susy, pronunciando la palabra, con cierta entonación de dulzura. La verdad, es que no tenía ganas de ir a su casa, me parecía que le estaba creando falsas expectativas, y no quería desilusionarla. Antes de la visita a su casa me armé de valor, y le dije: “Susy, lo nuestro es solo amistad, te confieso que me siento muy a gusto contigo cuando me hablas de pintura, pero no creas que mi interés va más allá”. Ella lo tomó con serenidad, me miró con una mirada enigmática, indescifrable, y me dijo: “No te preocupes”. Y empezó a hablarme de Utamaro, me habló tanto, que le pregunté si en realidad estudiaba pintura o historia del arte. “El artista, me dijo, debe ser culto, sino, deja de ser artista”, y me siguió hablando de Utamaro, hasta que me supe de memoria su vida y milagros. Fui a su casa un veintinueve de julio, me hizo pasar a la sala, eran como las once de la mañana, y me preguntó si deseaba tomar algo. Un Wiskky, le dije, pensando que no tenía, y terminó por invitarme un agua mineral helada, a pesar que hacía frío. “Hoy, para mi es un día especial, me dijo, claro le contesté, para todos, hoy es la gran parada militar por fiestas patrias, y a propósito no has puesto la bandera, le hice recordar. No, no, no me refiero a la parada miliar, sabes, hoy exactamente se cumplen setentaicho años de la muerte de Van Gogh...se suicidó”. Por supuesto, yo no sabía nada, y no supe qué decirle, sólo que lo sentía muchísimo, y mejor le propuse hablar de cine, de las últimas películas que habíamos visto, pero ella me dijo que no le gustaba el cine, que hacía cinco años que no visitaba una sala, y nuevamente insistió para que le sirviera de modelo. “Mira, te haré un boceto en carboncillo, si te gusta, entonces lo plasmo en el lienzo”. Pero no...no deseaba servirle de modelo, era algo equivalente a que escrudiñase mi interior, como si me quisiese hacer un psicoanálisis o una cosa por el estilo, quizás me veía anormal, por eso me rehusaba. A simple vista, parecía una muchacha inmadura, llena de detalles, que se jactaba de sus conocimientos de arte, por eso es que me atreví a decirle que le calculaba unos veinticuatro años de edad, -más o menos, un año menor que yo- sin embargo, me dijo, que recién había cumplido los dieciocho. Las facciones de su cara reflejaban más edad, quizás en parte por su rostro aindiado, o quizás desde niña fue adquiriendo una rigidez, impropia de la juventud. Casi a la una de la tarde, pretexté otra visita, y me despedí, pensando que lo más prudente era olvidarme de todo.
Trabajó duramente como cargador en los mercados de Cantón, y hasta como estibador en los muelles. Con tal de no morirse de hambre, muchas veces su salario, no fue más que un puñado de arroz insípido. En esos tiempos, me decía el chino, “vida en China sel un elol”. “¿La vida un error?”, le replicaba confuso, rascándome la cabeza. “Sí, nacel ela un elol y plefelían ahogalnos, no habel alimentos, vida peltenecel a amos, a señoles de la guela, fui reclutado antes de cumplil dieciocho años y me mandaron a la Manchulia”. Y así, el chino marchó al norte -mientras su hermano, decía, “tomó otlo lumbo”- a pelear contra los japoneses, pero no esperó a que se disolviera el estado Manchukuo, porque desertó. Vendió una pistola Mauser que le habían dado, y un fusil japonés Nambú, y con ese dinero regresó a Cantón, se metió de pavo en un buque inglés y desembarcó en Okinawa, de donde fue expulsado y devuelto a Cantón, por indocumentado. “Palecía que yo no tenel salvación, quise vel a mi helmano y me dijeron que habel muelto en combate al lado del comandante Chu Te”. Y empezó a vagabundear en busca de trabajo, ya no lo aceptaron como estibador, porque había demasiados, así que fue al barrio de los ricos, y se dedicó a botar excrementos y orines, luego se metió de cocinero en un chifa, también para ricos, y lo poco que ganaba lo iba ahorrando, hasta que en mil novecientos cuarentainueve, en noviembre, después que de Mao Tse Tung proclamara oficialmente la República Popular China, se embarcó en un paquebote con destino a América.
Había pagado lo suficiente, quinientos dólares que le garantizaban su ingreso a los Estados Unidos, vía San Francisco, pero desembarcaron en Guayaquil. Eran trescientos chinos que habían venido en las bodegas del paquebote, una vez al día los alimentaban con arroz y plátanos, y hacían sus necesidades en las mismas bodegas, y lo que duró el viaje, lo hizo entre las mismas de los excrementos, caca y orines; eso eran las bodegas, nunca los sacaron a la cubierta. En Guayaquil, el chino se sintió estafado y abandonado, no hablaba castellano y no tenía dinero, así que pensó en suicidarse, hasta que otro chino, que ya sabía un poco del idioma, le dijo, “habel una olganización que lleva chinos al Pelú, de contlabando, tenel que lleval dos kilos de opio, ese sel tu pasaje, tu entlegal melcancía a pelsona que espelal en Lima, te dalán tlabajo, aceptal o no”. Entre el sur de Ecuador y norte del Perú, existía una organización que se dedicaba a contrabandear chinos indocumentados, a los que les entregaban dos kilos de opio, por la gran demanda que había en Lima de este alcaloide, los metían en unas cajas de madera que habían sido de refrigeradoras; claro, los contrabandistas decían que importaban refrigeradoras “Servel”, ensambladas en Colombia, con destino a Lima. El chino se metió en una de esas cajas, que transportaban los camiones hasta la frontera con el Perú, en el sector el Alamor, ahí los desembarcaban, y un camión peruano los recogía, luego se dirigían a la hacienda La Solana, donde perforaban las cajas de madera, haciéndoles unos agujeros para que les entre aire, porque el chino ingresó al Perú, por el Alamor, en enero de mil novecientos cincuenta, y hacía un calor infernal. El viaje a Lima duraba tres días, y los chinos tenían que ir parados, defecar y orinar dentro, sin comer ni beber agua, hasta llegar a su destino, y dar cuenta de los dos kilos de opio.
Soportó el viaje, porque estaba acostumbrado a pasar hambre y sed, y porque además les hacían beber la menor cantidad de líquido posible, para que no orinen y no vayan a humedecer el opio, que llevaban escondido entre los pantalones. Por otro lado, nada tenían que temer, porque no eran revisados en los puestos de aduanas, comisarías o controles de extranjería; los contrabandistas se las habían arreglado con la policía, con la aduana y con la prefectura; los camiones transportaban refrigeradoras importadas.
Me entretuve en tantas cosas, que dejé de verla un tiempo. Ya no pasaba por la calle Colegio Real, hacía un rodeo por el mercado central, y un día me encontré con una amiga, en buena cuenta no era mi amiga, sino, una conocida, una muchacha que ejercía la prostitución en un hotel de la calle Santa Teresa, a veinte metros de la céntrica avenida Abancay.
Ella me llamó y me pidió que le prestara cinco soles, y como el negocio no andaba bien por las frecuentes redadas policiales, me dijo, que tres veces a la semana iba a la Escuela de Bellas Artes, a servir de modelo de carne y hueso, y a posar desnuda, y que ganaba lo necesario para comer. Enseguida me hizo recordar a Susana, de la que pensaba me había librado. Para salir del apuro le presté los cinco soles, y sin poder reprimir mis impulsos le pregunté por la Escuela de Bellas Artes, que qué tal le iba como modelo, me dijo, que como tenía buen cuerpo estaba posando para una estudiante, “una bajita, le dije, de rostro aindiado, que siempre anda en pantalones; sí , dijo, estoy posando para ella, es muy exigente, a veces me grita y tengo que permanecer en posiciones muy incómodas y con frío, pero me paga bien, no sabe que ejerzo la prostitución, ¿la conocerás?, me dijo. No, lo decía por simple curiosidad, y dime, ¿qué te dice mientras pinta?, casi nada...ella es callada, antes he posado para otros y me hablaban para que no me aburra, pero esta chica, no...me parece que es una acomplejada, sólo me dirige la palabra para decirme, oye, ponte así, voltéate, vuélvete, de vez en cuando llega el profesor, me mira, la mira a ella, y eso es todo. La verdad es que si no me pagara bien, no posaría, su mirada me da miedo, me parece que tiene una mirada de otro mundo, que me traspasa; al comienzo pensé que me deseaba y esperaba a que me dijera algo, para poderle cobrar más...no es que su mirada esté cargada de malicia, no hay lujuria en ella...hay algo peor, es una mirada de otros mundos...Bien, gracias por el préstamo.¿Y cómo se llama ella?, le dije por último, he escuchado que su profesor le dice señorita Susana”.
Chino, ¿y cómo te llamabas, allá en la China, ah?: Me miró de soslayo y no quiso contestarme. “Sabes, le dije, a los chinos, según he podido comprobar, les gusta ponerse cuatro apellidos españoles: Campos, Díaz, Ruiz y León. He conocido muchos chinos Campos, Díaz, Ruiz y León, incluso en el colegio estudiaron conmigo unos chinos Ruiz, eran primos”. Al rato resolló, “¿pol qué quelel sabel mi nomble chino?, pala mí ya no intelesal más”. Soy curioso, le dije, me gusta averiguarlo todo. ¡Ah!, culioso, pelsona muy culiosa, tu siemple andal pleguntando...cleo lecoldal mi nombre chino, a vel, a vel, sel Fe-Sin...Fe-Sin, ¿y qué diablos significa?. Estal leunidos nombles de mi padle y de mi madle, y nombles de sus padles y sus madles, letloceliendo, llegal al plimel homble, lemontándose a la antigüedad, China sel cultula milenalia...Bueno, chino, pero Fe-Sin, al revés es sin fe, ¿acaso no tienes fe, chino, la has perdido, eres un hombre sin fe?...¡Ah!, tú no estuviste en la gran marcha de Mao Tse Tung...Yo tenel fe, habel leido a Confucio, tenel conocimiento de milenalios esclitos de Sun Tsé, glan pensadol de Confucio, tú no conocel histolia china, yo estal olgulloso de mi pueblo, tú no entendel nada”. El chino me hacía callar, pero no se disgustaba, me soportaba a pesar que muchas veces me propasaba. “Bien, chino, si dices que tienes fe, acuérdate que tienes una deuda conmigo, ¿te puedo llamar Fe-Sin?, le dije, homble no te acostumblalás...¡Ah!, eso quiero decir que no deseas recordar a tu familia, la familia de tu padre, el boxer de mil novecientos cinco, la familia de tu madre, la que ahogaba a sus hijos...Ya tenel nueva familia, me decía, con esa tranquilidad, que sólo puede tener una raza que ha sufrido por milenios una oprobiosa sumisión. Y, dime chino, ¿tú sueñas cuando no fumas opio o tienes pesadillas?...homble viejo no soñal como cuando sel joven, tenel sueños difelentes, y pesadillas, pesadillas, decil....tenel pesadillas, pelo olvidal plonto. Tienes una memoria frágil, chino, o te haces, acuérdate que tú tienes conmigo una deuda”. Seguramente mis palabras tenían un efecto ecoico en sus oídos, y al mirarme, parecía decirme, deuda, deuda, deuda, deuda, deuda.
Señorita Susana Maturana, así la llamaban en la Escuela de Bellas Artes, y así pregunté cuando de nuevo fui a verla, después de lo que me había conversado aquella prostituta. Demoró en salir, me dijo que se había tomado un tiempo en quitarse el mandil y en lavarse las manos. “Últimamente, me dijo, me ha prendido una fiebre creadora y tengo que aprovecharla al máximo, bien, ¿has venido finalmente a posar para mí?. No, qué va, sólo que pasaba por aquí y entré a verte, entonces ¿por qué no vas éste domingo a mi casa?, te invito a almorzar, ¿tienes preferencia por algún plato en especial?, no, aceptaré lo que me ofrezcas, pero iré de todas maneras, sabes, me está interesando el arte, saber sobre pintura me ha hecho bien, lo que he aprendido contigo ha sido como un relax, he estado tan tenso en estas últimas semanas, tú sabes, eso de la tesis, de la graduación, a fin me he ocupado tanto tiempo...pero me acordaba de ti, de tu pasión por la pintura, así que comprendo tu fiebre creadora, aprovéchala”. Nos fuimos caminando por los Barrios Altos, sin decirnos nada, hasta que tomó su colectivo. Le hice un adiós con la mano, porque en realidad no me gustaba besarla, ni que ella me bese en la mejilla. Ella ya se había dado cuenta de éste detalle, sin mostrar enfado, creo que no se apenó, tal vez me haya considerado un hombre frío, o tal vez, que no abrigaba respecto a ella, más sentimientos que el de amistad; sin embargo, nunca me atreví a preguntarle si tenía enamorado, por temor a que me dijera, “oye, te amo desde hace mucho tiempo, y tú no te das cuenta”.
Llegué al mediodía, me hizo pasar a la sala y me invitó un vaso de cerveza, me dijo, que ya estaba el almuerzo y que había preparado lechón con especias. Pasamos al comedor y empecé a observarlo todo, un retrato del doctor Sun Yat Sen y la bandera de China nacionalista, enseguida salieron sus padres y me los presentó. El era un chino, un viejo chinaco, como se suele llamarlos, me saludó con una inclinación típicamente oriental, y me dijo que él mismo había preparado el lechón con especias. Mientras comía, el chino me devoraba con la mirada, y yo también. La vez anterior, ellos no salieron, pero esta vez el chino no dejaba de mirarme. Conversábamos sobre su hija, lo felicité, porque había elegido la carrera de las bellas artes.
Luego, al concluir el almuerzo, ella me mostró sus estudios, sus bocetos, sus cuadros, me explicaba las técnicas que utilizaba, me decía, que ella era como Van Gogh, más le interesaban los temas, que las obras de arte lo son por sus temas; más que por otros factores. Como yo no soy un esteta, ni me precio de serlo, asentía en todo y sólo me limitaba a decirle está bien, está bien, perfecto, has elegido correctamente los temas y los colores. Pero ella quería que le diga algo más, y mis conocimientos sobre pintura eran tan escasos, que sentía vergüenza, quería que sea algo así como su crítico. Creo que la decepcioné, porque mis simples apreciaciones no la satisfacían, interiormente reconocía mi insuficiencia, y preferí pedirle al chino un trago, un trago que me salvase; y fue y trajo una botella de pisco Vargas, que la bebí apurado, como queriendo librarme de la mirada de Susana, que me acusaba de no saber apreciar sus pinturas. A partir de entonces todos los domingos fui a la hacienda “Camacho”, a comer lechón con especias, pero a Susana, A Su-Shi, como en realidad era su nombre en chino, y que significaba -me lo dijo el chino-, los bellos colores de las flores en un vergel; no la volví ver jamás.
En uno de esos tantos domingos, una vez le dije al chino, “oye chino, yo te conozco, tienes la misma mirada que en mil novecientos cincuenta, ¿te acuerdas?. El chino se sumía en un silencio sepulcral. “Escucha, tú habías entrado por la frontera de contrabando, venías metido en una caja de refrigeradora, el camión que te traía, junto con otros chinos, hizo una parada en Querecotillo, en tierras de mi padre, y tú de repente...bueno, llegó un peón asustado adonde estaba mi padre conmigo, yo tenía ocho años, y le dijo, nervioso, tartamudeando, señor, señor, venga a la vega del canal, rápido, rápido...mi padre montó en su caballo y me llevó a mí en el anca, eran las tres de la tarde. El peón corría por delante, señalando el sitio, vimos un camión, supuestamente con refrigeradoras, pero más allá del camión encontramos a un chino, con un puñal ensangrentado en las manos. El peón le dijo a mi padre que él había visto a dos chinos que habían bajado, y que uno le asestó al otro varias puñaladas por la espalda y que enseguida le arrebató un bulto que llevaba en el pantalón...Pero cuando llegamos, sólo hallamos a un chino, el otro, el destazado a puñaladas, ya no estaba, el peón señaló el canal, como diciendo, allí lo han arrojado; sin embargo, el cuerpo jamás apareció, ni siquiera cuando secaron el canal para la limpia. El chino permanecía en medio del algodonal, quieto, inmóvil, paralizado, aterrorizado, con una mirada perdida que le salía de la rendija de sus ojos lagañosos. Mi padre llamó al chofer del camión-que era un injerto, un cruce de chino con chola- y dijo que no había visto nada, que no sabía nada, que él llevaba refrigeradoras para Lima. El chino se acercó a mi padre y le entregó el puñal, aún con sangre, ya coagulada, pero ví que mi padre le hizo una seña para que suba al camión, el chino obedeció y se metió en su caja; a yacer como muerto en su ataúd. Al poco rato, el camión prosiguió su marcha, como si nada hubiese ocurrido.
Sólo que ahora, dieciocho años después, ya casi no tenía dientes, y su erizado pelo era gris, pero su mirada no había cambiado. “Oye, chino, le decía, yo tengo aún el puñal, lo conservo como un recuerdo del cual no me despego. Yo tenel deuda con tu padle, me decía, humildemente. No, con mi padre ya no, él murió. Entonces, yo tenel deuda contigo, decía, con , la misma humildad”. Y cada domingo se lo hacía recordar, cincuentaidós domingos le repetí lo mismo, y me comí cincuentaidós lechoes asados en especias, y me bebí cincuentaidós botellas de pisco “Vargas”. El chino cuando llegó a Lima, vendió por su cuenta los dos kilos de opio que le robó al chino que mató, y se fue a trabajar a la hacienda “Camacho”, que ahora era una urbanización, con un centro comercial que rodeaba su pulpería, y se casó con una serrana de Ayacucho que se apellidaba Maturana, y él adoptó el apellido de su mujer. Era el único chino que no quiso apellidarse Campos, Ruiz, Díaz o León; y su única hija era Susana-Su-Shi-, que la adoraba, según me confesó, a la que dejé de ver, porque se ocultó para siempre.
Ah, pero yo tenía el puñal en mi poder, con la sangre coagulada, ya negra por el transcurso de los años.
El domingo número cincuentaidós, lo encontré de excelente humor-claro, que sobre Su-Shi ya no hablaba nada- y se puso a bromear conmigo, de su cara asomaba una risa, casi disimulada, así se la pasó todo el almuerzo, al cabo del cual me dijo: “yo tenel un legalo pala ti ¿un regalo?, “vaya que chino tan gentil”, con razón bromeaba conmigo. Entró a su dormitorio y volvió con un cuadro envuelto en papel de forrar cuadernos. “Sel tuyo, anda áblelo. ¿No será un retrato del doctor Sun Yat Sen?, le dije, suspicaz. No sel tuyo, áblelo te lo meleces”. Lentamente lo fui abriendo, era un lienzo, un cuadro y lo descubrí totalmente. Era yo, sin duda, pintado hasta la cintura, en la mano derecha portaba el puñal, que hasta ahora conservaba con la sangre negra de la víctima, estaba en una actitud de asestarle una puñalada a alguien que estaba delante del cuadro, pero que no se veía. Me horroricé al verme en esa siniestra actitud homicida, porque mi mirada no era de defensa, sino de ataque. Miré anonadado al chino, “lo habel pintado Su-Shi, ella tenel mucha imaginación, selá una glan altista”, me dijo sin alterar su estado de ánimo. “A vel, a vel, ahola deuda contigo estal saldada, si, si, estal saldada”. Volví mis ojos al cuadro, y le dije, “oye, chino ¿qué día me dijiste que fumabas opio?”. “Yo fumal todos los jueves, ¿pol qué, pol qué, pleguntal, ah?...A partir de ahora, chino, ya no voy a venir los domingos, sino, los jueves, y no quiero más lechón con especias, quiero fumar opio”. El chino, impertérrito, calló unos segundos, luego me dijo, “tú fumal opio, ¿pol qué tú quelel fumal opio?. Tragué saliva, sudé frío, mientras me reponía, el chino volvió a callar y podía oir el compás de su respiración. “Quiero ver, le dije...quiero saber qué hay dentro del cuadro, a quién voy a matar”.
Entonces, el chino hizo una mueca y su rostro se contrajo, de inmediato sus facciones adquirieron los rasgos de un ídolo oriental, sólo que él tenía la cara teñida de una pátina amarilla; y vi que en sus arrugas se ocultaban los milenios de su vieja, remota, asombrosa, auténtica, veraz, íntegra e inspirada raza.
 

 

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