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En enero del 2002 visitamos a don Manuel Baquerizo Baldeón, en esa oportunidad nos pidió divulgar la obra del pintor huanca Josué Sánchez. El texto que publicamos a continuación nos lo entregó unos días antes que la muerte, esa enemiga que mata huyendo, concertara una inapelable cita con él: uno de los más lúcidos críticos que ha tenido el Perú.

Josué Sánchez (Huancayo, 1945) es uno de los pintores más representativos de la sierra central del Perú. En las creaciones de Josué Sánchez podemos distinguir hasta cuatro fuentes nutricias: a) la vida comunitaria campesina; b) el legado cultural pre-hispánico (en particular, mochica, nazca y tiahuanacoide); las expresiones del arte popular (id est, los mates burilados, los tejidos y la cerámica); y d) la tradición cristiana y bíblica.
El pintor se nutre de las emociones de la vida agrícola y comunitaria del valle del Mantaro y de las regiones del sur andino. El campesino y su horizonte ideológico aparecen en sus lienzos en estado casi virginal, no contaminados aún por las influencias de la urbe y la civilización occidental. Podría decirse que son una celebración lírica de la naturaleza y de la vida elemental, donde los hombres desenvuelven su existencia en relación permanente con las plantas, los animales y el paisaje siempre inalterable e infinito. El artista exalta la vida colectiva, el trabajo, el juego y las fiestas rituales. Por eso, su pintura tiene un entrañable sentido ecológico y un delicado toque de ternura. Sus primeros trabajos solían captar solamente el lado amable y festivo de la vida campesina, sin caer por ello en el bucolismo. Con un imaginario plástico más rico y variado que el de los indigenistas, su pintura daba la impresión de ser de ser una visión muy benévola y raramente patética. Pero, en los últimos años, se ha acentuado en sus obras el sentimiento de la muerte y la violencia, según es de apreciarse en los lienzos titulados “Ayacucho” y “Selva trágica”. Y, sobre todo, en “Aliento del tiempo”, donde se alegoriza las matanzas, el genocidio y los entierros clandestinos. La pirámide en uno de los cuadros es una especie de monumento a los miles de campesinos asesinados. En otros cuadros podemos ver a los cuervos los heraldos de la muerte- acechando a sus presas. Todo esto, expresado naturalmente en el marco de una visión mítico-realista.
La vieja tradición andina está presente en las imágenes y los motivos estilizados tomados de los tejidos y esculturas (como las serpientes y otras figuras zoomorfas) los que le dan esa peculiar atmósfera mítica y fabulosa. En sus cuadros no es difícil descubrir la iconografía de algún tejido nazca o mochica, reelaborado claro es por una sensibilidad de nuestros días.
La influencia más decisiva, en lo estético y formal, es la que proviene del arte popular. Josué Sánchez se apoya fundamentalmente en la técnica de los artesanos. Las líneas, los diseños y los colores encendidos y contrastantes de sus primeras pinturas están tomadas de las mantas y “pullukatas” que todavía suelen portar las campesinas en la espalda. Trabajados en acrílico sobre tela y cartulina, sus colores preferidos (siempre bañados de una intensa luz solar, a la manera de Gauguin) son el violeta, el amarillo, el rojo y el azul. El uso del espacio esférico, la composición totalizadora, la secuencia narrativa y figurativa, la yuxtaposición -engañosamente barroca- de temas, personajes y escenas, se inspiran evidentemente en los mates burilados, según lo ha admitido el propio autor, influencia que también se puede encontrar en la pintura de Hugo Orellana. Finalmente, los diseños de las viviendas se inspiran en la arquitectura rural.
El repertorio cristiano tiene que ver con la formación religiosa que el autor recibiera de su padre (pastor evangélico con quien vivió un tiempo en una iglesia protestante de Warivilca), y también de las circunstancias de su trabajo (la pintura de murales en las iglesias). Los motivos de inspiración bíblica se hacen visibles sobre todo a partir del fresco que pintara en Chongos Alto (1973). Lo más notable en estas obras es la transfiguración ideológica que se produce en los temas: la escena del juicio final en el mural de Morococha,por ejemplo, es una transposición mítico-religiosa de la explotación de los obreros mineros y de su esperanza en la redención social. Todo lo cual le da a su pintura una cierta tonalidad mística.
Los murales de las iglesias de Chongos Alto (1973) y Morococha (1982), del convento de Ocopa (1993), de la iglesia del Espíritu Santo y del Santuario de MISSIO en Aachen (Alemania, 1983) tienen la misma forma de composición y el mismo estilo de sus cuadros de caballete. El más importante de todos es el mural del Convento de Ocopa, tanto por sus dimensiones (mide 400mt2) como por su valor intrinsico. Los sacerdotes franciscanos querían tener en su recinto una reseña plástica de la obra misionera que realizaron durante la Colonia en la sierra y en la selva. Josué Sánchez, siguiendo el ejemplo de los artistas del Renacimiento, aceptó la tarea, pero, al mismo tiempo que cumplía su cometido, dio rienda suelta a su inmensa capacidad inventiva y poética, llegando así a forjar el mural más soberbio e imponente que pueda haberse hecho en el país sobre el mundo nativo de la selva.
La materia narrativa no lo es todo, desde luego. Lo más importante, desde el punto de vista artístico es que para configurar este desgarrado universo (donde se confrontan las concepciones del mundo nativo y occidental), el autor tuvo el gran acierto de transponer al arte culto y erudito el lenguaje y la forma del arte popular: la composición totalizadora, los planos superpuestos, las secuencias narrativas, la frontalidad y el uso mínimo de la perspectiva que caracterizan a los mates burilados; el colorido de los tejidos y la profusa imaginería de los bordados talqueados, amalgamando así valores locales y universales.

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