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LUNA DE AGUA


Lleno de asombro saltó un cerco de alambre y con las piernas salpicadas de barro avanzó apresuradamente sobre unas huellas que se deslizaban por una pendiente riesgosa. Sólo se percibía el rumor de un riachuelo que corría lentamente sobre un pavimento rocoso. Se limpió el sudor que caía violentamente de su rostro y se abalanzó sobre unos matorrales. Exhausto y levemente perturbado, absorbió esa flema verdusca que aparecía por su nariz. Presintió que alguna vez llegaría demasiado tarde, pues de persistir ella en deslizarse por esa elevaciones, un día cualquiera caería de bruces y entonces sería arrastrada al fondo de uno de esos remolinos. Quizás ese sería el fin de su existencia, pues su padre no volvería para llevárselos al puerto. Una vez más vislumbró ese cielo azul transparente que se extendía sobre esa tarde de mayo. No volvería y él se quedaría allí para siempre, solo y olvidado en ese pedazo de mundo que empezaba a odiar. Sintió que no podía seguir de pie, el cuerpo lo apuraba y se sentía incapaz de cualquier esfuerzo.
Nubecillas de polvo bordeaban el camino. Se arrastró sobre un pedrusco y esperó en silencio, como en esas largas noches en que aguzaba el oído, pues en algún momento, su madre iría deshilachando recuerdos entre violentos resoplidos, que a veces le llenaban los ojos de lágrimas. Entonces orinó sobre esa tierra arcillosa y dejó caer una masa viscosa que salió explosivamente entre sus piernas. En ese terrible instante tuvo la certeza que su padre volvería a Palem y ellos no sólo conocerían Contralmirante Villar.
Cerró los ojos y no pudo soportar ese olor nauseabundo que ascendía rápidamente. Volvió y se arrastró hacia el norte. Minutos después su cuerpo se fue aquietando y nuevamente pudo sentirse en forma. Casi sonrió, pues ahora podía verla inclinada, a muy pocos pasos del borde, buscando el lugar preciso para poner el otro pie que probablemente la llevaría a una ensenada. Papá se alegraría al verla con su vestido floreado y esa extravagancia pétrea que celosamente llevaba en una mano. ¿Cuándo volvería a casa? Avanzó sobre un saliente rocoso y entre dientes dejó escapar algo que le produjo un ligero estremecimiento, pues ambos eran los únicos que sabían donde ocultaban esas extrañas formas que el tiempo había petrificado a lo largo y ancho del río. Sus ojos devoraron un zigzagueante pedrerío que se perdía en la parte más alta de los escarpados. Cabizbajo supuso que alguna vez los recogería papá, como a ellos, que esperaban día y noche en ese horrible pedregal, rodeados de inaccesibles cumbres y una polvareda que en algún momento podría arrasarlo todo. Nunca lo había visto, ni siquiera en alguna fotografía; pero creía conocer algunos pormenores de su vida por el olor de los libros que ahora él cuidaba en los cartones y por las cosas que su madre murmuraba en las noches y que todos daban oído a través de las rendijas de su cuarto. Por eso sabía que en las primeras semanas había sido un conversador ingenioso y de buen humor, sin embargo, muy pronto aprendió a escuchar más de lo acostumbrado, pues se dio cuenta que todos se aburrían con los detalles de un mundo que al parecer sólo existía para otros. Otra nube de polvo se aproximaba sobre esas colinas y esa tarde limpia y sosegada pronto sería perturbada con esa polvareda. ¿Sería delgado y de ojos grandes? Lo había escuchado la otra noche; pero aquellos que se sentaban alrededor del fuego en las mañanas, le dijeron que la doña siempre exageraba cuando dormía. Estaba de pie y el sudor le corría sobre su espalda desnuda. ¿Por qué nunca querían hablarle de su padre? Dio unos pasos a un costado y pudo verla bajo el sol ardiente, caminando de un extremo al otro en una pequeña ensenada, recogiendo piedras de diferentes formas que observaba detenidamente antes de separarlas sobre un pedazo de trapo. ¿Lo mismo había hecho papá?. Este lugar debió parecerle horrible, por eso tal vez sea cierto que para no aburrirse empezó a recorrer incansablemente las playas de este río por las tardes, los fines de semana, en las noches de luna, siempre con un bolsón de lona, en vividí y con unas zapatillas de cuero, revolviendo una tras otra piedra, hurgando bajo las rocas, entre los montículos de arena, y cuando el cuerpo se le despellejaba, se sumergía en el agua como esos patos salvajes de la laguna, y antes de restablecerse totalmente de esa insolación, se le volvía a ver en la ribera, siempre con un gorrito y un cigarro en la boca, dando brincos de alegría cuando en sus manos aparecía una increíble piedra de curvas y porciones que no cesaba de besar. Entonces volvía a hurgar por aquí y más allá a pesar del cansancio y los mosquitos, pues en algún momento aparecía otra joyita pétrea. Y así subía y bajaba ensenadas hasta que el sol se ocultaba y la noche se hundía en una fría madrugada y él tenía que volver a su escuelita y descansar algo para reiniciar la tediosa labor de la mañana. Movió la cabeza, definitivamente su padre no diría tantas lisuras como su madre, pues la doña se podía pasar días enteros y casi nunca encontraba ese mineral duro y compacto que el tiempo había cincelado desde los albores de su existencia. Se estiró hacia un costado y pudo sentir ese polvo fino y atosigante sobre su rostro cetrino ¿Cuándo volvería papá? Quizás en un atardecer, como hace diez largos años, cuando lo vieron avanzar con una mochila y una fiebre que lo tuvo al borde de la locura. Lloviznaba. A ratos cojeaba entre una mancha de mosquitos que hacía más penoso su esfuerzo por llegar a Palem. Venía hambriento y extenuado y en sus ojos no se podía ocultar el sueño de muchas noches. Entonces alguien le ayudó a subir esos peñascos que conducen a las primeras casitas, alguien que no le entendió absolutamente nada y que lo único que se le ocurrió fue llevarlo a casa de la doña. Allí le quitaron unas botas que despidieron un olor repugnante y esa ropa empapada de sudores y lluvias. Lo acostaron sobre una tarima y con un par de colchas viejas lo cubrieron de pies a cabeza y la doña, que aún era una niña, muy de mañana le llevó leche fresca y otras bebidas amargas que pronto lo aliviaron. Pues unas semanas después se le vio en la ribera del río, fumando y de un humor envidiable, como si por fin le había encontrado gusto a la vida en ese miserable rincón; aunque meses más tarde los rumores decían otras barbaridades. Eran unos mal pensados, carajo, unos pobres lascivos que algún día serían devorados por las llamas del infierno, pues la doña era tan solo una niña, una linda muchachita con unas trenzas que le llegaban hasta las rodillas y unos ojazos dulces que de la noche a la mañana la vieron corriendo tras sus pasos, siempre moviéndose de aquí para allá con esas configuraciones pétreas que al cabo de año y medio se las mostraron a Palem. Era octubre y hacía buen tiempo. Esas criaturas extravagantes estaban ordenadas sobre un estante de madera y eran de una hermosura salvaje, como ese rostro cetrino que ambos habían traído al mundo en esos días. Se limpió la cara que la tenía empapada de sudor y arena. Ese mismo año, poco antes de navidad, el hombre abandonó Palem por otro caminito sinuoso que cortaba unas abruptas elevaciones. Iba dispuesto a promover la curiosidad y el interés por el museo de piedras. Estornudó y otra flema verdusca se precipitó sobre sus labios. Había salido una tarde soleada con su gorrito y un cigarro en la boca, diciendo que no tardaría, pues ese lugar era divino para la peor circunstancia de la vida; aunque un año más tarde, el último papel que llegó a casa de la doña, decía que muy pronto estaría allí para llevárselos al puerto. Olas de polvo se desplazan violentamente hacia la parte baja de esas ondulaciones. Se metió el dedo en la nariz y se quedó quieto, muy quieto. Percibió un vaivén de hojarascas. Desde aquel día la pobre mujer casi no duerme, pues amanece y anochece revolviendo ese pedrerío en el que casi nunca encuentra nada. Arrastró los pies sobre ese polvo rojizo y avanzó cuesta abajo, lento, desconcertado, sin poder arrancar esa costra sanguinolenta que le dificultaba la respiración. Otra vez oyó ese ruidillo extraño, casi inaudible, que venía de algún lugar. ¿Qué podría ser? Levantó el rostro y no pudo evitar un horrible estremecimiento. Poco después su corazón latía violentamente en cada vuelta de ese caminillo que descendía hacia otros senderos. ¿Quién más podría ser? Las piernas le temblaban sobre esos brutales atajos. Pero no había tiempo que perder. Por eso hundió sus pies descalzos sobre un suelo cascajoso y se arrastró en algún exabrupto del trayecto. Se encontraba en las proximidades de la ensenada. Giró a la izquierda de un declive y descolgándose por los bordes de las rocas avanzó en diagonal, siempre firme y resuelto, pues algunos tramos del camino estaban cortados. Los pies le sangraban. Cada vez era más riesgoso y agotador deslizarse así, sobre todo, bajo esa infernal polvareda que arremetía incansablemente. Otra incontrolable y nauseabunda masa viscosa le chorreó por el trasero. Había que detenerse y aquietar el cuerpo, y de vez en cuando reorientar el descenso. Volteó hacia el este del camino y ligeramente inclinado hacia adelante, avanzó el último tramo pedregoso. Podía sentir el agua en el rostro, sobre su cuerpo maltratado y hediondo. Cruzó una sequia y llegó a la ensenada, casi sin fuerzas. Ni señas de la doña en ese descampado, ni en los alrededores. Sintió que ese cielo gris y encrespado se desplomaba sobre su cuerpo. Corrió de un lado al otro de la orilla; pero no encontró ni un solo rastro. Volvió a sentir que el cuerpo se le iba por entre las piernas. Entonces estuvo a punto de soltar el llanto, de revolcarse sobre esa arena húmeda; pero se quedó en silencio, tragándose el horror de la impotencia y todo el sufrimiento de esos años, pues ellos estaban cerca y podrían aparecer en cualquier momento ¿Dónde se habría metido?
Se dejó caer sobre la orilla del río y bebió durante un largo rato, perplejo, agotado. A lo lejos se escuchan unos ladridos. Sintió que casi no podía moverse. Caían unas enormes gotas de agua. Ahora podía escuchar sus voces y los tirones de los perros que no cesaban de aullar. Se arrastró sobre un terreno fangoso y avanzó con mucha dificultad. Poco después, se resbaló por el borde de unas grietas y se introdujo en una caverna. Bajó la mirada, qué podía decirle si de pronto su padre estuviera allí, sin ese humor envidiable que posiblemente fue una de las raíces de esa ardorosa relación entre sus progenitores. Deslizó las manos sobre su estómago y percibió el ruido de sus intestinos. Lo veía fumar, impaciente, caminando de un lado a otro. Oyó los arañazos de una jauría furiosa en los alrededores. Se había detenido. Silencio, ¿y ahora?, le enrostraría, so pedazo de cojudo, ¿dónde está tu madre? Se dobló hacia abajo y un chorro de agua sucia saltó de su interior. Segundos después, tiró el cuerpo hacia atrás y pensó en cómo hacerle entender sus horribles desvelos, esa desastrosa vida que lo tenía así, angurriento y lleno de cicatrices. Cesaron definitivamente los ventarrones en esa tarde que agonizaba lentamente. Otra vez sintió que la boca se le iba en agua y los intestinos aullaban alrededor de un gran nudo. Se quedó inmóvil, aguzando el oído en dirección de las pisadas y el ladrido de los perros que avanzaban tironeando de los lazos. Abrió la boca y no pudo contener otra flema amarilla que se desparramó sobre su pecho. Estaban cerca, tan cerca que podía sentirlos en ese vertiginoso descenso, advertir el furor en las mentadas de madre que caían como látigos cada vez que los perros tironeaban hacia la cueva. Pero ellos, suspicaces y nerviosos, los azuzaban a continuar sobre la ribera, río arriba. Cerró los ojos y sintió que sus pulmones se llenaban de un aire tibio y húmedo que se precipitaba sobre ese pedrerío. Casi no se oían sus pisadas. Pronto caerían las sombras. Llueve torrencialmente y su corazón palpita lento, rítmico, bajo el sosiego de esa cueva. Entreabrió los ojos, siempre era así. Pero esta tarde en que tuvo la certeza que su padre volvería, sólo tenía que esperar, esperar bajo esa luna de agua. Entonces volvería a subir y bajar por ese laberinto de senderos que envuelven a Palem.

 
 

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