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... no siempre se arriba al puerto que pacientemente tejemos a lo largo de
nuestras vidas.
-¿Salió descalzo ese sábado? -curioseó ella.
Sentado en un extremo de la mesa, el flaco Chuyes apretó el cigarrillo entre
sus labios, y como en los peores momentos de su vida, sintió que los pies le
hormigueaban por largarse de ese atosigante lugar.
-¿Y con su chorcito hecho tirones? -añadió en el acto la mujer.
Movió los pies con ansiedad, como si quisiera palpar que sobre esas
piedrecitas rectangulares todo estaba quieto, inalterable, sin ese repentino
desplazamiento que pudo vislumbrar por unos instantes: las cuatro paredes
del comedor se precipitaban a su alrededor.
-¡Salí en pindingas! -le respondió entre bocanadas de humo.
Observó a un extremo de la bomba de luz, su respiración era lenta,
agobiante, entonces percibió un zumbido alternado sobre su cabeza.
-¡Anoche le escuché decir lo mismo!
Dejó de arrastrar los pies y volvió a escuchar el ruido en el techo, pero ya
no siguió examinando la hendidura próxima al foco de luz. Enarcó las cejas,
¿quién podría escapar de esa enorme telaraña? Arrojó la colilla del
cigarrillo y se sintió como esa mosca que pataleaba inútilmente frente a un
par de ojos ansiosos, casi maternales. Se inclinó un poco y sacó una
cajetilla de cigarrillos de uno de los bolsillos del pantalón, ¿escaparía
alguien de esa abrupta realidad?
-¡Por lo visto, ya no tengo nada que contarle! -dijo él.
Se pasó la mano por el cuello y aspiró esa ráfaga de viento que entreabrió
la puerta de la calle.
-¡Nada de lo que se dice en sueños -repuso ella- tiene la claridad del día!.
Quiso ponerse de pie y echarse a caminar por el malecón rumbo al puente
viejo, olvidarse del cine, de la novelita de Henri Charriere, que el
periódico del flaco Wenceslao anunciaba para ese fin de semana.
-Ese sábado, la Concha se levantó a lavar la ropa y como cualquier fin de
semana, se deslizó por toda la casa en busca del trapo más insignificante
-silbó el humo entre sus labios.
La mujer puso las manos sobre el hule viejo y como si quisiera apagar las
últimas brasas de rabia que aún ardían en aquel rostro, dijo:
-¡Y no se sentía culpable de esa exploración silenciosa y a tientas que su
Conchita realizaba por toda su casa!.
Se oyen carcajadas y golpes de pelota al otro lado de la calle.
-¿Por qué no me dice lo que sabe? -le espetó el hombre.
Una luz opaca, sin brillo, se precipitaba por entre los cabellos blancos de
la mujer.
-¿Quiere que se lo cuente?- le preguntó ella, antes de caer ligeramente
sobre el otro lado del sillón.
Chuyes pudo avistar los pliegues abultados de esa piel blancuzca y
gelatinosa, severamente ultrajada por la inclemencia de los años y que a él
sólo le producía una excitación permanente. Se metió un palito de fósforo
entre los dientes y supuso que también ella le diría que cada noche
escuchaba hasta tres versiones de esa escandalosa huída del sábado.
-¡No es necesario! -gruñó ese rostro pensativo.
El claxon de un automóvil interrumpió el griterío de los muchachos en la
calle.
-¡Esa vieja costumbre de ir dejando la ropa en cualquier rincón de su casa!,
¿era otro de sus descuidos de soltería?
El flaco había levantado la cabeza y de reojo seguía los movimientos en la
hendidura.
-¡Algo así podría decirse! -Murmuró.
De pronto dejó el cigarrillo a un costado y apartó la mirada de esa
telaraña.
-¿Casi media hora después de levantarse, la pobre conchita se dirigió al
baño con su bultito de mugre?
Cerró los ojos, pero una vez más en medio de esa espantosa oscuridad, las
enorme tenazas del arácnido fueron surgiendo alrededor de ese laberinto de
hilos que se extendía por todas partes del techo, ¡qué horror!, avanzaba
sobre los restos de otros insectos como uno de esos dioses pervertidos que
habitan en toda esta vastedad.
-¡Exactamente! -Prorrumpió visiblemente turbado.
Aspiró otra bocanada de humo y fisgoneó de un lado a otro de esa lúgubre
salita, visiblemente consternado, como si en los intersticios de esa
estancia calurosa, el monstruo seguía arrastrando silenciosamente su piel
húmeda, escamosa, en la más absoluta clandestinidad.
-¡Pascual!, ¿la oyó exclamar? -cuchicheó la vieja.
Tal vez el día domingo, caviló el flaco Chuyes, o en la medianoche de ese
sábado caluroso, absorbió más humo de lo acostumbrado, esta pobre vieja
deslenguada que ya olía a margaritas, no podría moverse de la cama, ni
tendría la fuerza suficiente como para pedir un poco de agua, y ¡Como esa
asquerosa mosca!, que ya no hacía el menor ruido, sería convertida en otro
miserable despojo humano.
-¡Algo así me pareció oír en un principio! -Le respondió entre nubes de
humo.
Quizá un poco más de las cinco de la mañana, recordó Pascual Chuyes en medio
del bochorno de esa noche, la había sentido levantarse de la cama, y como en
otros sábados, para no interrumpirle el sueño, su mujer se había alejado en
puntillas, mientras él permanecía inquieto, casi con la certeza de que a
partir de ese momento, algo en sus vidas cambiaría.
Se sintió boyante durante ese silencio que se prolongó por unos instantes,
pero cuando oyó ese gorjeo incesante que venía de uno de los árboles de la
avenida, se quedó boquiabierto, abatido por un mal presentimiento.
-¡Entonces empezó a comerse las uñas -suspiro ella-, como en las noches
previas a ese día!.
El flaco sintió que el cuerpo se le descomponía cada vez que esa mirada fría
y penetrante, al otro lado de la mesa, recorría los abismos de su
conciencia.¿Sería imposible alterar la historia de ese sábado? Levantó la
mano y se limpió el sudor de su rostro, aunque uno nunca sabe, dijo en
silencio, cuando se saldrá el río de su cauce.
-¿En realidad creyó -silabeó la mujer- que sus vidas cambiarían cuando ella
descubriera ese papelito en uno de sus bolsillos?.
En aquel memorable amanecer, Pascual Chuyes sintió que la brisa de aquel
abril caluroso inundaba su habitación.
-¡Eso pensé! -respondió a media voz.
Durante un rato la sintió dar vueltas al final del pasillo, qué diablos está
esperando la Concha en ese rincón. Jaló bruscamente la colcha y la amontonó
bajo su cabecera, imbécil, hasta cuándo voy a esperar tu santa paciencia.
Sintió la boca amarga en medio de un incesante batir de alas que terminó
despertando a toda la jauría del barrio, entonces golpeó la almohada y se
abalanzó hacia el retrato de su mujer que estaba sobre el velador.
-¡Llegó a escupir el retrato de su mujer! -Inquirió la vieja.
Minutos después se había recostado en la ventana que daba a su jardincito
interior, y en medio de ese endemoniado ladrido de los perros, intentaba
seguir escuchando los pasos de la Conchita, o el ruido de esa persistente
refregadera de los fines de semana; sin embargo, no percibió absolutamente
nada. Entonces se llevó instintivamente la mano a los labios y pensó que no
siempre se arriba al puerto que pacientemente tejemos a lo largo de nuestras
vidas. Cansado se volvió a sentar en el borde de la cama y quiso fumarse
todo el tabaco del mundo y gritarle a esa Concha desalmada ¡que de ahora en
adelante no le viniera con los chismecitos de siempre!.
-¡No pude contenerme! -le respondió.
Esa tenue claridad del sábado, que raudamente se introducía en la
habitación, le permitió vislumbrar unas paredes tan arranadas y sombrías que
tuvo la impresión de encontrarse en uno de esos lupanares clandestinos de la
Perla del Chira.
- ¡Quizá lo había tomado como una simple bromita! - insinuó con cierta
ironía la mujer.
Se mordió los dedos de la mano y no pudo evitar que un ligero estampido en
su estómago le sacudiera las entrañas
-¡Pelotudo, soy un gran pelotudo! -balbuceó Chuyes en el filo de la cama.
Una y otra vez se revolcó sobre las sábanas blancas, como si quisiera
restregar ese insoportable furor que lo asfixiaba. Después, casi en el
sosiego de esa aurora, pues los gallos habían dejado de cantar abruptamente,
percibió un silencio morboso que se deslizaba por las ranuras de su
dormitorio. Entonces apretó los dientes y esperó con un aire de resignación,
que lo peor de su vida pasara de una vez por todas.
-¡So cojudo, debistes ser más contundente! -levantó su voz la mujer -¡Más
brutal!, ¿pensaba usted en esos momentos?.
Repentinamente se detuvo en un extremo de la cama, resoplando de cólera,
mientras se inclinaba con mucho esfuerzo, como si estuviera recuperándose de
una horrible tranca; pero en el acto, bajo esa ciénaga de incertidumbre,
levantó la cabeza y pudo distinguir entre un separador de ambiente y una
cómoda burdamente tallada, un sofá repleto de peluches.
-¡Algo así! le respondió.
Se sentía con algo de fatiga, increíblemente malhumorado, sin embargo, a
pesar de que en toda esa larga noche no había pegado un solo ojo, no
advertía un solo indicio de que en cualquier momento caería en un profundo
sopor.
-¡Sólo esto me faltaba! -se reprochó.
Bocabajo no pudo evitar una sensación de inexistencia, de vacío, que en el
acto terminó en una insoportable repugnancia, pues el olor de la sábanas era
parecido a ese hedor que expelen los cuartitos de madera donde las putitas
de la “La Mery” le hacen el amor a los muchachos del barrio.
-Por lo visto -rumoreó la mujer-, no sólo era esa noche de tensa espera,
sino tal vez semanas de no poder conciliar un sueño profundo, sobre todo sin
los sobresaltos y exabruptos que dos días antes estuvieron a punto de
hacerlo desistir.
Apoyó su rostro entre sus manos y se resistió a creer que su Conchita la
Chira fuera una de esas mujercitas que andaba pregonando a los cuatro
vientos que no faltándoles para el bitute, le importaba un comino lo demás.
-¡Sólo una hembrita así podía seguir refregando la mugre por el resto de su
vida! -balbuceó en las cuatro paredes de su habitación.
Otra explosión en sus intestinos le provocó una racha de intolerables
arcadas que le hicieron sudar frío.
-¡Como si aquí no pasó nada! -añadió ella, observando como su rostro
cambiaba de color.
A través de la ventana abierta llega el rumor del río que se mezcla con el
ruido de los insectos.
-¡Lo único que le importaba en el mundo era seguir haciendo peluchitos para
toda su parentela! -estalló Chuyes en la salita de la anciana.
-¡Y usted, loco porque lo apachurraran día y noche, tal vez así se asomaría
el benjamín!
El hombre se reclinó en el asiento y estiró las piernas bajo la mesa.
-¡Sólo quería torcerle el pescuezo a la rutina!
Chupó el cigarrillo que tenía en los labios y por una de sus comisuras dejó
escapar el humo en espiral, que sin embargo no pudo ocultar ese infausto
rubor que la mujer pudo observar en su rostro.
-¡Si no es un hijo! -carraspeó la mujer-, ¡ qué hombres¡, ¿acaso quería que
su lunita de miel se prolongara eternamente?.
El flaco Chuyes cerró los ojos, y como quien aguarda la superficie del agua
en un ascenso vertiginoso, contuvo la respiración por unos instantes; pero
todo fue en vano, pues no pudo evitar que las explosiones internas se
abrieran paso a través de su laberinto estomacal.
-¡Si no es así!-berreó la mujer- ¿buscaba un pretexto para abandonar a su
Conchita?
Se había quedado con el rostro hundido entre las manos, en medio de un
zumbido que cada vez era más agudo, por eso no percibió el chirrido de la
puerta cuando se abrió, ni se había percatado que sobre la pared contigua al
ventanal, se desparramaba un sol matutino.
-¡Ya no sé ni qué diablos pensar!-chilló sin poder ocultar su desazón.
Atravesado en la cama, con las manos bajo la cabeza, libre al fin de los
gases gastrointestinales, supuso que la Conchita sacudió los bolsillos de
los pantalones y que tal vez el papelito se quedó extraviado por allí, o que
quizás se precipitó sobre sus pies, y que ella sólo se limitó a recogerlo, y
sin darle mayor importancia, lo guardó en uno de los bolsillos de su mandil.
-¡En ese momento -exclamó la mujer con ansiedad- le oyó la primera lisurota
a su mujer!.
Otra vez se escucha la sirena se la ambulancia que se precipita calle abajo.
-¡Como ya le dije -le respondió-, al principio sólo creí escuchar mi
nombre!.
En esa sofocante mañana de abril restalló una corriente de aire sobre ese
cuerpo débil y profundamente contrariado. Pascual Chuyes levantó la cabeza y
se quedó ligeramente turbado cuando la vio bajo el dintel de la puerta. Otra
ráfaga de aire lo sacó de su ensimismamiento.
-¿Desde cuándo -le gruñó a su mujer- se te ha dado por joderme el sueño a
esta hora?
El flaco se movió a un extremo de la silla, pues en esa noche de bochorno
era insoportable el escozor que le producía la manta que cubría su asiento.
-¿Qué diablos quieres aquí?- le volvió a gritar desde la cama.
Esas callecitas ondulantes que bordean el río Chira, ligeramente bañadas por
la brisa del valle, aún permanecían bajo una increíble nubosidad que seguía
girando como una bandada hambrienta de gallinazos.
-¡Carajo! -resopló usted de rabia- ¿Por qué no me dices algo?.
Pascual se dejó caer suavemente sobre la almohada, ofuscado por el extraño
brillo celestial que los ojos de su mujer despedían, entonces se inclinó a
un costado y supuso, casi con lágrimas en sus mejillas, que tal vez ese día
que cambiaría rotundamente sus vidas, aún no había llegado.
-¡Con semejante lisurota dijo la anciana- le tatuaría el sábado en su
memoria!.
Eran un cuarto para las nueve de la noche y aunque el cine “Excelsior” se
encontraba a unas cuadras de su pensión, el profesor se había puesto de pie,
ya que por nada del mundo quería perderse las escalofriantes escenas de “Papillón”.
-¡Si no me va a decir en qué terminó ese embrollo -bajó la voz doña Lindaura-,
la callecita de mi comadre Arnulfa, luego la del frente se pueden noticiar,
profe!
Casi frente a la puerta de la salita que daba a la calle, en cuya parte
superior colgaba una cruz y una robusta planta de sábila, el flaco Chuyes se
quedó con la boca abierta.
-¡No me va a decir ahora que esa mañosería escrita en el papelito- jadeo de
curiosidad doña Lindaura- era puro cuento!
Chuyes Purizaca dio un paso más hacia la puerta, hizo crujir los dedos de su
mano y luego se volvió hacia la escalerita que estaba a un costado de la
mesa.
-¡Así ella -continuó la mujer- se olvidaría de los peluches y se acordaría
del peluchote de Pascual, pero el escopetazo le salió por la culata.
Olas de resplandor empezaban a inundar su dormitorio cuando por fin la vio
avanzar, sólo que esta vez parecía precipitarse con un cuchillo corvo y
desdentado, como un vulgar asesino en una vieja película del oeste, que lo
hizo arrimarse a un extremo de la cama, perplejo, mudo de pavor, pues el
puñal destellaba bajo un haz de luz, mientras ella se iba de bruces entre
los muñequitos de felpa.
-¡Esa fue su salvación- farfulló la mujer-, sino qué tiempo hubiera tenido
para treparse por la ventana!
Estupefacto, pues no podía creer que ese cuerpo despatarrado sobre el piso
fuera el de su Conchita la Chira, el flaco Chuyes se estiró un poco más
hacia la derecha y casi perdió el equilibrio. ¿Se había matado? Otra
corriente de aire terminó por abrir una hoja de la ventana. Sin embargo, a
pesar de ese brutal suelazo, ella movió la cabeza que se había golpeado en
una de la patas del catre e instintivamente buscó a tientas el cuchillo con
una asombrosa ansiedad.
-¡Y en un abrir y cerrar de ojos, usted corría por el techo como un vulgar
ladronzuelo! -sonrió la mujer.
Cuando por fin la iracunda capullana consiguió atrapar la navaja y empezó a
desgarrar el piso para incorporarse, Pascual levantó el rostro y silabeó
algo que no pudo concluir, pues la energúmena dejó escapar un alarido que lo
dejó embobado.
-¡Pascual, hijo de la grandísima perra!-
En este fatídico momento, el flaco Chuyes se había lanzado por la ventana y
antes de que pudiera incorporarse de esa aparatosa caída, el cuchillo
desdentado le silbó por la oreja. En el acto se oyó un gruñido, un minúsculo
gruñido, que minutos después se fue convirtiendo en un ensordecedor aullido.
Pascual Chuyes se sacudió el barro de un manotazo y una vez más se sintió
desconcertado, indeciso, ya que no sabía si quedarse ahí para doblegarla de
cualquier forma, o escabullirse sobre ese laberinto de azoteas.
-¡Canalla, traidor! -gritaba entre sollozos la Concha.
Bajo el cielo cristalino de esa mañana, Chuyes se deslizó torpemente sobre
el techito de su cocina y mientras se quedaba tirado sobre esa superficie
llena de excrementos de gato, un rumor avanzaba como un torrente desbocado
por los alrededores del suburbio.
-¡Mira lo que me has hecho! -gritaba su mujercita, y todos le miraban el
hilillo de sangre que le salía por la nariz.
El flaco Chuyes decidió avanzar sobre esa superficie frágil, en pendiente,
abrumado por esa desbordante circunstancia, ya que de algún lugar de las
casas colindantes, bajo el tibio calor de esa mañana, le empezaban a lanzar
una cantidad increíble de proyectiles.
-¡Quién se iba a imaginar que la mosquita muerta de su mujer fuera capaz de
semejante escándalo!- murmuró doña Lindaura.
Bajo ese cielo resplandeciente de abril, Pascual Chuyes percibió un
progresivo aumento de su ritmo cardiaco, pero sobre todo, en ese fatigoso
desplazamiento sobre la huellas de los clavos que sujetaban la planchas de
eternit a las viguetas, no pudo evitar que las rodillas y sus codos
sangraran profusamente en medio de horribles desgarrones.
-¡Todo le habría salido a pedir de boca -especuló doña Lindaura- si le
hubiera metido una rezondrada a ese pájaro malagüero!.
El profesor arrojó con violencia la colilla del cigarro y de un salto se
trepó en la silla donde había permanecido sentado durante un largo rato y de
un sófero manotazo desbarató el nido de la araña.
-¡Eso de pájaros agoreros es puro cuento!- Gruñó Chuyes.
Casi una hora después de moverse de un lugar a otro, el profesor Purizaca
cerró los ojos y se descolgó del techo, resuelto a poner punto final a esa
ruidosa locura, pues jamás se imaginó que unos versos de Santín Marón,
hurtados en el sosiego de un verano, estuvieran a punto de acabar con su
vida.
-¡Qué bárbaro, todo el barrio salió a la calle - cuchicheó la mujer- y entre
rechiflas y mentadas de madre, querían lincharlo como a un depravado!.
El flaco Chuyes encendió otro cigarrillo y sin decir una sola palabra, salió
por la puerta de la calle y se alejó apresuradamente bajo las débiles luces
de los faroles.
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