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DEL OTRO LADO

 

Lentamente abrió sus grandes ojos, inquietos, voraces, en un reducido y escabroso rincón que le recordó esos cuchitriles nauseabundos donde las putitas del barrio se revolcaban. Percibió una corriente de aire frío, inconoso, apabullante, que se escurría hacia un inescrutable lugar. Se inclinó un poco más hacia el otro lado de la cama y advirtió su cuerpo adolo-rido, sin fuerzas, como si lo hubieran torturado en alguna horrible mazmorra del barrio norte.
Había despertado en el borde del camastro, lívido, despa-tarrado, sin la colcha que le cubría su medio rostro desencajado. Caía una ligera llovizna en esa abrupta soledad cuando sus ojos se detuvieron por un instante. Algo se movía en un extremo de esa oscuridad, algo como esa tenue claridad que se arrastraba por los rincones del tejado. Arrugó la frente y se dispuso a escrutar cada pedazo de esas cuatro paredes descascaradas. Ligeramente lo estremeció una espeluznante idea. Absorto, alejó su cuerpo lo suficiente como para no sentir los arañazos de esa pared áspera que le pareció muy extraña, como la dureza de su cama y ese laberinto de maderas que podía percibir muy cerca de su cabeza.
Sintió ganas de apretar el interruptor de luz y avanzar por su habitación para cerciorarse que no habían extraños orificios, ni puertas con marcos defectuosos. Los ventarrones estallaban en los extremos de la casa, sobre el tejado, en cada rincón de ese increíble amanecer. Pero el hombre se quedó sobre su lecho, levemente perturbado, sin mover un solo dedo, lo suficiente como para sentir el vago rumor de la lluvia tras las paredes, sobre unas calles empedradas que parecían no existir y sobre todo, para distinguir entre las brumas de su habitación, la horrible silueta de un roedor que mordía algo inexistente para sus ojos.
Sólo unos años fuera del país y el único lugar que él consideraba perfecto para escapar de las atrocidades del mundo, se había convertido en un refugio de asquerosidades. Olas de viento que perecían ascender de profundidades inhóspitas horadaban ese crepúsculo con una brutalidad incontenible.
Perplejo, asqueado, ruin, se sintió bajo esa intolerable circunstancia. Sólo unos años en Buenos Aires, murmuró en ese amanecer lluvioso de abril, y cualquier intruso podía desquiciar lo más íntimo de tu ser. Aquietó su respiración agitada, violenta, y casi sin moverse, estiró el brazo hacia un costado de esa inquietante oscuridad.
Oyó otro rumor, lejano, huidizo, abrumador, que ondulaba apresuradamente sobre uno de esos caminillos polvorientos que descienden del malecón con dirección al río Chira. Frunció el ceño y hundió sus ojos en un pedazo de esa oscuridad. Era un ruido inmundo que no sólo exacerbaba los laberínticos pasajes de ese desolado amanecer. Por fin sus dedos palparon una superficie de madera que reconoció inmediatamente. La lluvia amainó en esa fría madrugada. Volvió a cubrirse con esa colcha que le pareció ridícula, excesivamente artesanal, probablemente de esas que sólo usan los ovejeros en sus interminables noches de vigilia. Pronto creyó recobrar la serenidad sobre ese lecho áspero que olía a orines. Quizá por eso deseó percibir los extremos de su velador. Pensó que debería tener mucho cuidado, pues sobre la mesita de noche se encontraba “La Gesta del Marrano”, y unas resoluciones que lo facultaban para volver a un antiguo trabajo. Sucesivas olas de un polvo muy fino inundaron esa lúgubre pocilga. Una vez más odió a ese cerdo de Fray Bartolomé Delgado, que Marcos Aguinis lo describía magistralmente en su célebre novela. Levantó un poco su brazo y lo aproximó en sentido contrario; pero casi en el acto su rostro violáceo, de facciones irreconocibles, experimentó una incontenible sudoración que lentamente arrastró a un costado. Sintió que el aire enrarecía, que se ahogaba en ese miserable lugar. Dejó caer el brazo sobre su cuerpo. Acaso, ¿empezaba a sentirse en un sitio extraño?
En algún rincón se entretejían velozmente las pálidas luces de un nuevo amanecer. Sus grandes ojos se pusieron tristísimos, como el día que mamá cerró sus ojitos en medio de una incontenible explosión de alaridos. Estiró sus piernas entumecidas y los músculos de su cuerpo se distendieron. Sólo la brisa del valle refrescaba esporádicamente ese atardecer caluroso de mayo en que apresurados, unos entraban en puntillas, sobresaltados, expectantes, al dormitorio de su madre. Extenuado se dio cuenta como esa penumbra seguía moviéndose hacia los extremos del cuarto y volvía sigilosamente a estancarse allí, bajo su cuerpo maltratado, con un ímpetu que a su corazón le producía zozobra. En el exterior, esas callecitas que bordeaban el malecón, próximas al puente viejo, muy pronto retozarían bajo el agobiante calor del valle.
Por aquel entonces nadie había podido descansar un solo instante, pues era interminable ese inquietante ajetreo de dejarlo todo listo para el día del sepelio. Irguió la cabeza sobre su camastro y vislumbró un lento y doloroso amanecer desparramándose sobre ese pedazo de mugre. Olas de pesadumbre y desconcierto deambulaban por los pasadizos y corredores de la casa. Entrecerró los ojos y supuso que esa execrable hora no podía ser nada, absolutamente nada, salvo un simple y rutinario amanecer. Aquellas horas habían sido los peores momentos de su vida, pues aunque nunca estuvo solo en el lecho de la moribunda, o en algún rincón oscuro de su cuarto, él se sintió horriblemente vacío, atrapado en la más espantosa soledad de su existencia. Se oyen los aullidos de un animal hambriento y el creciente rumor de un río furioso en esa oscuridad fría, deplorable, como los días en que la afligida curiosidad del barrio norte abandonaba el cuarto de mamá, boquiabiertos, taciturnos, en silencio, azorados con los estragos de un pervertido mal. Volvió a mover la cabeza y otra profusa emanación acuosa se desprendió de su frente y atravesó raudamente su demudado rostro.
Chorros de agua caían precipitadamente en los costados de la casa y se deslizaban sobre un pavimento empedrado. Su cuerpo casi desnudo volvió a encogerse sobre ese camastro de maguey. Detrás de las paredes se oía el murmullo de los insectos. Se limpió el sudor frío que lentamente caía de su rostro y presa de una agitación violenta, como en ese aciago instante de estertores lentos y dolorosos que a su madre la arrojarían a un silencio estremecedor, sollozó sobre un pedazo de esa repugnante cobija. Golpes de luz se escurrían por entre las paredes laterales, sobre un techito cubierto de telarañas e increíbles capas de hollín. Detrás de la cama, en el cuarto contiguo, percibió unas voces entre silbidos, muy vagas que lo dejaron desconcertado. Se restregó los ojos, anonadado, sin dejar de examinar cada detalle de ese sorprendente e inevitable entorno. Larga y profundamente aspiró ese aire fétido del amanecer que le devolvió algo de sosiego. ¿Hollín en el techo, sobre las paredes de la habitación? Se apoyó en el filo del camastro, que era una vara gruesa, áspera, sujetada a otras varengas por unos pedazos de cabuya. Oyó una bandada de pájaros que se alejaban velozmente por la ribera del río; al otro lado, en la parte más alta de la ciudad, una quietud sobrecogedora. Se encontraba en un extremo del cuartucho, en el mismo lado donde ahora, ligeramente inclinado, podía ver unas brasas y un montoncito de ceniza rodeada de cuatro piedras grandes. A unos pasos de su cabecera había una puerta entreabierta que probablemente conducía a otros cuartuchos; al otro extremo, un marco de luz de una puerta sin acabar, pequeña, estrecha, que daba al exterior. Ahora ya no podía ni siquiera suponer que afuera existiera una calle o algo que se le pareciera. Se tocó el rostro frío, transpirado, ¡demonios!, ¿otra de esas pesadillas que a uno lo ponen de vuelta y media? Quiso saltar de su camastro y despertarse de una vez por todas para acabar de algún modo con esas imágenes oníricas; pero en poco tiempo, más dueño de sí mismo, creyó que incluso en ese mundo era peligroso delatarse ante el enemigo.
Sin embargo había que bajar de allí y explorar esa otra realidad que le parecía casi evidente y muy horrible si alguna vez tuviera sus días y sus noches y una miserable vida por delante. Así que decidió atravesar el cuchitril lo más pronto posible y trasponer esa puertita de marco luminoso. Atisbó una vez más su entorno. Solamente costras de hollín y telarañas y al otro lado, en el exterior, qué universo se develaría. Se sintió aturdido, sofocado por ideas pueriles. Se fijó a su derecha, cabizbajo, había un pedazo de tabla, linda mesita de noche, que no entendía porqué estaba en esa posición. ¿Otra excentricidad de ese mundillo? Hizo una mueca de asentimiento, pues todo era posible en esa circunstancia. Decidió apoyarse en ella e iniciar un peligroso descenso, bocabajo, con los brazos arqueados. Tosieron en el cuarto contiguo y en el acto se oyeron sucesivos escupitajos que le produjeron arcadas. Cerró los ojos y arrastró su cuerpo en pos de ese pavimento arcilloso que olía a excremento de ave. La sangre le golpeaba el rostro y aunque le parecía excesiva, sofocante, seguía descendiendo en silencio, lento, muy lentamente, sin dejar de morderse los labios.
Una ventisca se escurrió por entre las rendijas del aposento y dejó caer un polvito oscuro, pegajoso que se esparció sobre los trastos y ese cuerpo extenuado, entumecido, que resollaba sobre unos jergones. Pues no había podido evitar ese sorprendente batacazo que lo dejó como en esa mañana calurosa cuando en medio de unos golpes secos, persistentes, al otro lado de un jardincito, se lo dijeron a media voz, casi en secreto. El claxon de un auto ensordece la calle desierta, sin afirmar, detrás de los muros. Oiga, volvió a escuchar la media voz, su madre acaba de morirse. Vacío, un inmenso vacío sintió al precipitarse por los pabellones recién construidos. El pasadizo está recién encerado, señor, se puede caer. Cruzó ágilmente una plataforma muda, sorprendida, que no entendía porqué el portero insistía en que esperase a la Hermana Directora, y ese rostro bonachón que casi nunca decía una lisura, sin volverse, ni aminorar el paso, le respondía, ¡váyase al diablo! Pero mamá seguía aferrada a un mundo que no la merecía, a unos seres que nunca supieron amarla, a pesar de ese estado calamitoso a las que nos conducen las enfermedades de efecto inmediato. Arañó la tierra y su cuerpo volvió a languidecer junto a una pata del camastro. Sólo amarla para que ella fuera una mujer feliz. A través de las grietas en el techo, en las paredes, el interior del cuartucho había sido violentado por esa alborada. Como alguna vez debió de sentirse mientras le susurraba una canción de cuna a su cielito, que sentado en sus faldones de terciopelo, le miraba su lunarcito rosado con sus ojazos de mamá linda te quiero hasta la eternidad. Era inconcebible ese laberinto en esas cuatro paredes. Mamá Dora seguiría allí por dos noches más, irreconocible, aferrada a su crucifijo de madera, ese que siempre le colgaba cuando le peinaba los cabellos en los atardeceres. Cesaron un poco los ruidos en el exterior, en las proximidades de esos caminillos ondulantes que abruptamente se bifurcan en las inmediaciones del lugar.
Se escuchan leves movimientos en la otra pieza, pasos en sentido contrario, lentos, en silencio, que después de algunos desplazamientos circulares se aproximan sigilosamente. El hombre dejó caer su rostro ensangrentado al otro costado de su cuerpo. Observó el lugar minuciosamente y volvió a mover la cabeza en sentido contrario, acezando cada vez más. Aún no se veía con claridad cada rincón de ese desconcertante mundillo, sólo se presentían sombras que le producían escalofríos. Los pasos se habían detenido, seguramente bajo el dintel de esa puerta pequeña, jorobada, que ahora se podía percibir a un paso de su cabecera. ¿Alguien lo vigilaba desde allí?. Se sintió desfallecer sobre ese pedazo de inmundicia. Quizás era el final de su vida, el designio de esas sombras que implacablemente lo habían perseguido y que ahora lo espiaban del otro lado. Mordió el suelo que hedía a sangre y babas y se contrajo como pudo, resuelto a salirles al paso. Una ola de silencio desbordaba ese cielo descolorido de abril que se asomaba por las rendijas. Apretó los dientes y apoyó firmemente la barbilla en el suelo. El aire era más espeso y ralo, como aquella tarde ardiente en Bellavista. Separó los brazos a la altura de la cabeza y clavó las uñas sobre esas costras pestilentes. Aquel día caluroso seguía fumando a pesar de los vértigos que le producía ese insoportable bochorno del mediodía. Movió las piernas a los costados y con la punta de los pies desgarró esa tierra resbalosa y horriblemente fría. Había consumido varios cigarrillos y aún no sabía cómo decirles que se largaba de allí. El sudor le corría por todo el cuerpo y cada vez que las olas de calor se encrespaban bajo el alero del eternit, él se sentía desfallecer.
Avanzó lentamente por un costado del inmenso patio posterior que estaba en el último pabellón del Luciano Castillo Colonna y se detuvo en un círculo rodeado por rejas metálicas. Sintió ganas de comerse las uñas y largarse de ese lugar sin decir una palabra. Abrió una puerta entreabierta y se acercó a una pequeña gruta. ¿A quién le importa que se fuera de allí? Pero de algún modo necesitaba decírselos en ese día, enrostrárselos en esa difícil circunstancia porque así, además, en cada expresión emotiva y en los sentidos apretones de mano, él podría hurgar en la hipocresía de cada uno de esos rostros estúpidos. Extendió el brazo y suavemente paseó su mano sobre la parte posterior de la gruta. Tal vez quiso sentir esa desbordante alegría que experimentó alguna vez, quizás el día que llegó a esa institución malambina; pero sólo volvió a sentir esa presencia desquiciante que en esos últimos meses le era insoportable. Se alejó de ese lugar, chupando otro cigarrillo con la misma ansiedad de otras tardes. No sabía en qué momento exactamente tuvo conciencia de lo que le estaba sucediendo. Se sentó en una banca, bajo la sombra de un árbol que desfallecía en los pies de un cielo agónico, resquebrajado, encendido como una enorme hoguera. Solo recordaba muy vagamente aquel domingo que despertó cerca de su cama. Aún no había sonado el despertador en esa habitación grande que tenía dos enormes ventanas abiertas a la escurridiza luz de la mañana y al aroma penetrante de su jardincito. Estaba envuelto en una sábana blanca que olía a cerveza y cera de piso, bocarriba, con una horrible resaca y unas ganas de seguir durmiendo todo el día. Pero se incorporó violentamente, como en las noches anteriores, sólo que esta vez se percató de esa dolorosa certeza. ¿Por qué había de ser así? Pues ese agobiante trajinar no podía consumirse en una larga lista de quehaceres y compromisos interminables. Se rascó la cabeza y de un par de saltos se hundió en la cama. No podía seguir así, sacudió la cabeza, ni un solo instante más, a merced de ese repugnante vaivén que en contadísimos sueños lo convertiría en un significante polvo que, deliberada o inconscientemente, otros lo sacudirían de su memoria con la misma premura de los días.
Volvió a impulsarse sobre esa superficie áspera, pegajosa, inmunda, y casi logró rasguñar esa puertita estrecha que dejaba pasar una claridad deslumbrante por entre los marcos defectuosos. Sus ojos se movían rápido y tenían otra coloración, pues se había percatado que todo su cuerpo respondía mejor. Otra vez se oyó el ruido de la lluvia sobre el tejado. Era una precipitación muy lenta y parecía languidecer con una ventisca que ahora empezaba a soplar ruidosamente. De pronto, tras un movimiento rápido, se quedó suspendido a un costado del suelo. El aire sesgado que se escurría de algún resquicio le cortaba el rostro. Qué torpe, rezongó en el acto, por nada del mundo podría distraerse después de todo lo que había hecho para alcanzar la salida, menos con esa asquerosa rata que se introducía en el agujero de la pared, y que no pudo seguir observando porque había que estar atento, vigilando la otra puerta. ¿Cuántos serían los que acechaban? Ese amanecer había aplastado las sombras de su entorno. Era el lugar más horrible y sobrecogedor que sus ojos verían en ese año. ¿Qué esperaban para acabar con su vida? Sólo unos sádicos en una circunstancia como ésa, inventada por la adversidad o diseñada escrupulosamente para tales efectos, perpetuarían un acto así. Hacía muchos años que mamá había muerto y aún no comprendía porqué ese ángel misericordioso que le enseñó a ser paciente y buen hombre, no le había dado una esperanzadora lección de sufrimiento. Detrás de esas paredes, pujante, crecía el día y unos ruidos extraños que definitivamente no eran del barrio norte. ¿Con qué propósito lo habían traído hasta ese infierno? Se inclinó a un costado y se hizo de un pedazo de madera. No era gran cosa, pero seguramente le serviría para algo en algún momento. Podía sentir el aire demasiado frío, como si se arrastrara de un aterrador abismo, o tal vez se descolgara de algún extraño lugar. Sintió ganas de pararse y caminar, pues le parecía que no había dado un solo paso en muchos años.
Hizo rápidos movimientos y sus extremidades obedecieron mejor de lo que suponía. Era formidable volver a tener la destreza y el dominio absoluto de su cuerpo maltratado. Otra vez se oyó un prolongado estornudo en la habitación contigua y esos pasitos inquietantes, desdeñosos, próximos a invadir ese lugar. ¿Era la señal convenida? Los rayos de luz habían atravesado los lugares más recónditos de esa inmundicia. Se quedó en silencio, acercando cada segmento de su cuerpo, como si buscara la mejor posición, ya que no sería complicado tirar de esa puerta y largarse de ese lugar horrendo, asfixiante, como aquella tarde calurosa percibió a esa institución malambina donde había pasado once años de sus vida, qué horror, once largos años haciendo el mismo recorrido cada día, once largos años sin poder alterar la penosa circunstancia de hacer lo mismo en un aula, exclamó mientras volvía a la gruta en silencio. Encendió otro cigarrillo, era asombroso como los años se habían escurrido en sus narices y que sólo en una providencial mañana de violentas arcadas y horribles dolores de cabeza, se hubiera percatado de esa dolorosa realidad. Observó con cierta preocupación la hora, luego dio varios pitadas al cigarrillo y cruzó un patio cercado con mallas hacia un largo pasillo.
Aún faltaban unos quince minutos, entonces todo el mundo se precipitaría por la puerta de ingreso, sudorosos, impecables, aterrados con el silencio del portero que parecía gritar, firmen el cuaderno de asistencia y métanse en sus aulas, carajo, sino quieren otro descuentazo para fin de mes. Casi no se podía respirar bajo ese cielo rojizo que resplandecía como un pedazo de metal incandescente. Avanzó despacio sobre un pasillo limpio, ordenado, asomándose por las ventanas abiertas, quizás con cierto temor de verse en uno de esos ambientes bulliciosos, acezando de rabia tras un pupitre, o paseándose alrededor del atril con una tiza que se le iba cayendo por pedazos. Volvió a chupar el pucho del cigarro y arrastró los pies, algo tímido y nervioso, como el primer día que pisó ese lugar, haciendo girar bolitas de humo en los costados de su boca. Al final del pasillo se limpió el rostro transpirado con un pañuelo empapado de sudor y apuró el paso a través de un sendero arenoso, descubierto, que parecía uno de esos caminillos del averno, pues el calor era atroz, insoportable. Entonces decidió cruzar velozmente ese trecho que lo separaba de la puerta de ingreso y sin decir absolutamente nada, lanzando bocanadas de humo, traspuso esas altas paredes y se perdió en una calle polvorienta que le pareció lindísima bajo ese sol abrasador del mediodía. Su rostro resplandeció, casi podía sentirse como en ese momento, pues podía advertir la brisa de la mañana y el ruido de sus zapatos sobre una calle bulliciosa. Por eso se aproximó aún más a la puerta y volvió a escudriñar el otro paso, los rincones en penumbra. Un silencio abrumador se descolgaba sobre las sombras de ese nuevo día. Apretó los labios y jaló violentamente la puerta.
Se oyó un leve chirrido de goznes y el ruido de un cuerpo que caía pesadamente en el interior, sobre los pliegues de una superficie llena de babas. El rumor de la mañana era más intenso en los alrededores de ese extraño lugar. Había sido un golpe cruzado, violento, enceguecedor, que lo tiró brutalmente hacia atrás, de modo que no pudo reconocer esa fuerza siniestra que sincronizadamente le asestó un golpe horrible, como si hubiera querido aniquilarlo en el acto. El viento arremetía, aullaba ruidosamente o, ¿eran esas sombras que resoplaban de complacencia sobre su cuerpo? Esperó con los ojos cerrados que los remataran, quizás así podría ser menos doloroso, que hundieran el metal frío en su corazón desbocado, resignado a develar en su pellejo, las posibilidades de una existencia más allá de cualquier especulación odiosa. Sin embargo, sólo volvió a sentir ese frío cortante, escurridizo, penetrante, que lo reanimaba con sus violentos soplidos a través de una claridad turbadora. De modo que abrió sus grandes ojos y atravesó esos endemoniados golpes de aire que seguían metiéndose ruidosamente en el cuartucho, y respirando con dificultad, se detuvo a unos pasos de la chabola, deslumbrando con esas enormes cumbres grisáceas y esos escalofriantes abismos de Palem. El viento no cesaba de aullar en los alrededores. Lentamente se volvió y observó un poco más abajo de esa pendiente, el perímetro de su escuelita. Entonces se sintió peor que ese horrible amanecer, pues le parecía demasiado tarde para huir de esas cuatro paredes blancas que lo aguardaban silenciosamente bajo esa memorable llovizna de abril.

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