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BAJO UN CIELO IMPOSIBLE
 

 

La noche avanza como un carajo y yo sigo arrastrándome contra la voracidad de tus ojos.

Santín se inclinó lentamente hacia el piso y con verdadero estupor percibió la humedad en sus pies, sobre sus botas, entonces giró a un costado y pudo entrever a lo lejos, entre las mesitas de tablas, como un chorro espumoso, amarillento, se aproximaba nuevamente hacia ese rincón bulloso, grasiento, que olía a kerosene y baba de borrachos.

Ligeramente asqueado levantó los zapatos y esa agua negruzca atravesó mesas y sillas, precipitándose sobre un laberinto de cuartuchos.
Sobre una sábana sudorosa, raída, que seguía oliendo a la piel rojiza de Florelia, horas antes de esa calurosa tarde, Santín Marón había abierto sus ojazos y de golpe, mientras se revolcaba en la cama, sobre el piso, arañó violentamente esa mañana en medio de una andanada de reproches. Pero ese calor lascivo y voluptuoso de aquella mujer ya no estaba en su habitación, ni en los alrededores del barrio, para que pudiera escuchar esas pataletas de rabia, ni para sentir compasión cuando ese cuerpo asqueado de recuerdos obscenos se desgarraba en las cuatro paredes de su cuarto.

En los extremos de esa mesa sucia, sobre las ranuras del hule, a un costado de los charcos de cerveza, las moscas desfallecían en los fulgores del sexo, extrañas a esos ojos bobalicones del muchacho, ya que quien pondría fin a ese día de tribulaciones en los sopores de esa canícula, era esa criatura sagaz, lujuriosa como la despampanante Florelia que ahora movía sus patitas hacia delante, atenta a los movimientos torpes de Santín Marón.

Un viento cálido atravesó los patios y levantó polvareda en las viejas calles del sur. Santín apuró el vaso y lo dejó rodar violentamente sobre la mesa. Se oyen pasos y carcajadas en medio de esa bulliciosa podredumbre. Marón se estiró un poco hacia atrás, recogió un par de cuerpos mutilados, los empujó al fondo de la cajita de fósforos y volvió a servirse un vaso de cerveza que bebió de un solo trago.

Quizá una madrugada de un viernes no pudo soportarlo más: sintió escalofríos, un agudo dolor en el estómago, por eso fue al baño y arrojó durante un largo rato, que le pareció la endemoniada eternidad. Cansado de vomitar una masa incolora, se sentó en el Water y terriblemente angustiado observó como una mosca se descolgaba en círculos alrededor de la bomba de Luz. Un pedazo de luna se introducía por el tragaluz. Ligeramente cansado recogió las alas, el cuerpo, los vidrios del foco. Una sensación de alivio bañó esa penosa circunstancia cuando volvió a sentarse sobre el excusado.

Desde aquel día pudo sentarse a escribir sus poemitas locos, que eran auténticos chorros de su adolescencia, sin sobresaltos, ni medias culpas, como cuando era un niño precoz. Pero unos meses después sobrevino la náusea, el hedor de ese cuerpo lascivo, los exabruptos de esa relación coital, entonces decidió vagabundear por los suburbios de Sullana, sobre todo por la avenida Buenos Aires, desafiando las bofetadas de un atosigante calor en busca de un lugar para desterrar ese monstruoso recuerdo que estaba a punto de enloquecerlo. Se escucha el ruido de las botellas, la voz de una ramera que pide papel higiénico, un balde de agua, carajo. La música estalla, retumba, vuelve a enmudecer ese mundillo nauseabundo, donde se emborrachó por primera vez, mientras le demostraba a una putita de barrio sus habilidades para atrapar esos asquerosos animales con una ansiedad morbosa, que luego los iba amontonando en una cajita de fósforos, como si de ese modo lograba evadir ese tormentoso recuerdo. Sin embargo, esa escuálida muchachita que también los atrapaba con perversa frialdad, de qué oscuros placeres estallaba con tanta pasión.

Una débil claridad descendía como una sombra triste sobre esos cuerpos torpes, hinchados, babeando por esas putitas de once abriles en esa miserable pocilga, cuando Santín fue sorprendido por un estallido de irónicas carcajadas : una ramera había caído aparatosamente sobre los escupitajos de los borrachos. Absorto contempló las cadenitas de colores y los globos que colgaban sobre su cabeza. Encendió un cigarrillo y aspiró largamente el humo del tabaco. Cabizbajo bebió un trago, un horrible vaso de cerveza que parecía el orín de la ciudad. Y suave, muy suavemente, levantó el rostro y contempló como ese universo de carmines se descomponía a su alrededor. Le pareció bellísimo, extraordinario, al lado de ese otro universo en el que tenía que moverse todos los días. Cerró los ojos en silencio y entre violentos estallidos de risas, pues la putita seguía pataleando sobre las babas, no tuvo duda de un extraño sonido gutural.

Se pasó la mano por la cara y otra vez percibió una voz lejana, conmovedora, que volvió a retumbar en sus oídos, como en otra tarde, entonces volvió a verla sentada en el borde de la cama, casi desnuda, cruzando las piernas en medio de un turbador silencio, que le hizo dudar de esa realidad. Olas de viento atravesaron la puerta del cuarto. Se mordió los labios y volvió a chupar largamente el cigarrillo, pues tuvo el horrible presentimiento que esa imagen se haría añicos en su memoria. Pero ese cuerpo rojizo que ahora caía suavemente sobre la cama, le hacía señas con las piernas, no seas tontito, muñeco, acércate a la cama que no sabes lo que te puedes perder. Se movió a un costado y observó a través de la ventana una plantación de cocos, las aguas tristes del río Chira que corrían bajo el puente viejo. Se acomodó los anteojos, dio unos pasos como un autómata y ensayó una precaria sonrisa antes de lanzarse sobre ese cuerpo largamente añorado. Seguían cayendo los escupitajos sobre esas paredes sucias del barcito, entre sombras que agitaban sus vasos y se movían torpemente.

Un ruidillo vago, sordo, que viene de las proximidades del valle, se precipita sobre ese laberinto de calles empedradas y se introduce raudadamente en la casita que está en la pendiente del malecón. Un cielo limpio yace sobre la ciudad. En el interior de las paredes de carrizo, las sombras no se detienen, siguen rodando entre mordiscos sobre los muebles, en el baño, bajo las mesas que de pronto, en el furor de ese refrescante ocaso, vuelven a su sitio, pues la señora Laurel casi siempre se anuncia una cuadra antes de introducir la llave en la cerradura de su puerta. El estruendo de una motocicleta interrumpe las carcajadas en “las amazonas”. Ese atardecer, el muchacho estuvo a punto de sucumbir a un repugnante y angustioso terror que supo disimular a medias, como en la navidad anterior, cuando Florelia se lo insinuaba con su mirada dulzona de ayúdame con el broche de la blusa y Santín hacía el ademán de acercarse y terminaba huyendo a la calle, despavorido, sin ganas de hablar durante semanas. Pero ese sofocante día, Santín Marón volvió a ensayar esa sonrisa de buen muchacho, de hijito que corre a coger los paquetes que su madre casi arrastraba bajo el dintel de la puerta, mientras ella seguía sacudiendo el polvo, el maldito polvo de los enseres, que pronto estarían en su lugar, Laurita. Otra vez se oyen golpes sobre las mesas, sillas que caen ruidosamente sobre los charcos de cerveza.

Santín volvió a llenar el vaso de cerveza, que se derramó sobre el hule, y agarrándose del borde de la mesa, se puso de pie lentamente, dispuesto a levantar a esa putita embriagada que seguía resbalándose en los espumarajos de los borrachos. En un extremo del salón, sobre una mesa larga, una ramera exhibe su cuerpo casi desnudo al son de un ritmo caribeño. Santín estuvo a punto de irse de bruces, pues no pudo dar un paso, un solo paso firme, ya que en ese lugar nada le parecía estar quieto, pues todo giraba vertiginosamente como un gran remolino, entonces pidió otra cerveza y se dejó caer sobre la silla. Las moscas siguen revoleteando sobre su cabeza, mientras él trata de concentrarse sobre esa hermosa criatura, pues solo ese cuerpo aplastado le daría el valor suficiente cuando llegara el momento, pero Florelia desbarató los nidos de su esperanza cuando traspuso la puerta de la calle y se fue volando hacia la inmensidad.

Cabizbajo, casi sin fuerzas, Santín escupió una masa gris, gelatinosa, después se sujetó de la mesa y nuevamente se puso de pie. Irguió la cabeza sobre ese mundillo asqueroso, pronto llegaría la hora, quiso volar como un águila, atraparla con sus garras, pero sólo pudo llegar al baño en zigzag, apoyándose en la pared, pues las imágenes del ambiente se deformaban velozmente. Y él no podía contener los orines que mojaban sus pantalones, sus zapatos. Encendió otro cigarrillo que inmediatamente lo aplastó en la pared, luego se inclinó sobre un lavador y vomitó uno tras otro chorro maloliente, como si quisiera dejar el infierno en ese asqueroso rincón, el insoportable infierno que lo perseguía día y noche, ya que él no sería capaz de nada, ni siquiera de soportar su suave y dulce voz cuando Florelia se acercara con los brazos abiertos y le dijera entre besos y caricias, ¡Feliz Navidad, sobrino!
La noche lenta, inexorable, arrastraba las primeras luces de la navidad, cuando Santín traspuso lentamente la puerta de la calle.

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