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Era
un hombre hecho para el olvido.
Todos
los días se instalaba al costado del único árbol que el progreso
había dejado en la avenida.
-
Hola, nene -me dijo al acercármele como de costumbre, después de
recorrer las calles buscando canelos para venderles libros. Me
molestaba cuando me decía nene, pero no le hice caso, no estaba con
ánimo para asuntarle, había caminado bastante y sólo tenía en mi
mochila promesas para fin de mes.
-
Estás callado hoy, seguro que estás con plata. Me dijo sin
mirarme, intentando picarme.
La
verdad es que me daba flojera hablar; así que me senté en uno de
sus banquitos patulecos que siempre tenía a mano. Varios zapatos
desperdigados por el suelo esperaban su turno para ser manipulados
por esas manos callosas que los trataba con veneración.
-
Quisiera pasar por la vida sin tener nada que vender pero sí mucho
que comprar. Le dije de pronto sin saber por qué; seguro era uno de
esos malditos pensamientos que se me venían de pronto y se me
descolgaban a la boca sin pedirme permiso.
Lanzó
una carcajada y me miró fijo con sus ojos de águila bizca. Me hizo
sentir desnudo el puta.
Le
bajé la mirada.
Volvió
a sus zapatos.
-
Sabes...
-
No, no sé.
Me
miró con cólera, estaba a punto de tirarme un zapato.
Apresuradamente le indiqué con las manos que siguiera hablando.
Felizmente así lo hizo.
-
Hay cosas que no nos explicamos. Ayer, por ejemplo, tuve que ir al
mercadillo a comprar suela. A la altura de la Dos de Mayo un
chiquillo empezó a caminar paralelamente a mí, seguía el mismo
compás en que yo iba. Yo me paraba y él también lo hacía, se
divertía mucho al hacerlo, me vaciló su alegría y le regalé el
único billete que llevaba conmigo.
Con
los ojos me dio a entender que esperaba mi respuesta a su estupidez.
Encogí los hombros, dándole a entender que me interesaba un comino
lo que me había dicho.
Quedamos
largo rato en silencio.
Llegó
Liliana, la chica que le llevaba la comida.
Fue
el miserable de Agurto el que lo dijo por primera vez, pero no se
equivocaba; Liliana tenía unos hermosos ojos árabes y como
también dijo el mismo miserable: sus ojos bastaban para esperar
una, dos y hasta tres horas en cualquier esquina.
Liliana
dejó las viandas despostilladas en el suelo y antes de marcharse,
sin mediar palabra alguna me pellizcó un cachete. El viejo sonrió
y me dijo:
-
Es una lástima que las lunas que a nosotros vienen casi siempre ya
están mordidas.
No
le hice caso.
Me
lo imaginé comiendo y casi vomito. Decidí marcharme. Bueno,
decidí es una palabra porque yo nunca decido nada, siempre las
circunstancias o el destino, qué sé yo, se encargan de marcarme el
sendero; yo soy de los patas que pueden estar alistándose para
asistir a una fiesta pero si alguien llega a verme para ir a un
sepelio me voy al sepelio y ya en el sepelio estaré pensando en la
fiesta y si luego voy a la fiesta pensaré en el sepelio.
El
hecho es que no me marché.
Luego
todo es confuso. Juro que no sé como pasó. Por lo poco que he
logrado escuchar, un tal profesor Esteves nos arrolló con su
camioneta. Mi padre dice que estaba hasta el cien de borracho. Mi
madre está feliz.
-
Después de todo has tenido suerte, no tienes nada de
consideración, y desde el lunes entrante ya tienes trabajo fijo,
serás el secretario del profesor Esteves.
-
¿Y el zapatero?.
-
Dios lo tenga en su santa gloria a ese desdichado.
Media
lágrima corre por mi mejilla. |
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Una
mujer me ha mirado.
Yo
también.
Es
una mujer alta con una sonrisa que hace pensar en helados.
Sus
ojos delatan un antepasado pirata.
Quizá
ella pueda ser la madre de mis hijos. Quizá tenga una madre buena
gente a la cual le guste invitarme torta de chocolate... Cada vez
que lo hace no dejo ninguna migaja. Su casa es amplia. Tiene un
gato. Es un gato raro, me cuenta la señora, no le gustan los techos
y se lleva muy bien con los ratones.
El
padre es serio, sólo me ha mirado de frente un par de veces. Me
estudia. Es buena gente aunque trate de disimularlo. Nada temo.
Pero...
se está acercando. ¿Podré resistirlo?.
Me
está hablando:
-
Cincuenta soles, servicio completo |
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Yo
sé que todos dicen que son inocentes. No caeré en tal tentación.
No apelaré a nada. Sé muy bien que encontrar es sólo una forma de
perderse.
Una
sola palabra define al tipo ése: abominable.
Primero
me dijo:
-
Gordo, pon un sol y yo pongo el otro.
No
le contesté.
Encendió
un cigarro.
La
mejor de mis miradas fulminantes no lo inmutó.
Habló
de fútbol.
Cerré
los ojos y simulé roncar.
Calló.
Abrí
los ojos y no puedo negar que una sonrisa surfeaba en mis
labios.
Estornudó.
Un desagradable olor a ventosidad inundó el ambiente.
Comprendí
que la partida me era adversa y lamenté los apuros que estarían
pasando los organizadores de la conferencia pero ya no iba a llegar
a tiempo, me dispuse a marcharme. No pude hacerlo, el tipo ya estaba
hablando linduras del presidente.
Era
el colmo.
Yo
soy un tipo paciente, pero no tanto.
El
resto es historia conocida.
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La
casa parecía que se iba a caer en cualquier momento, se
diferenciaba de las otras casas por la ventana chiquita que tenía
al lado derecho de la puerta. La insistencia de Mario y la vieja
costumbre de no tener nada que hacer me había llevado allí. No
habíamos cruzado palabra en el camino. Al tiempo veía a Mario,
desde que el lechero tuvo un accidente e ingresó a trabajar con un
tal profesor Esteves no nos veíamos mucho; al sonso de Mario le
gustaba entregarse al trabajo.
Cuando
entramos a la casa me estremecí hasta las nalgas al ver a un
viejecillo acostado en una destartalada cama a la altura de la
ventanita. El viejo era lampiño y apenas si medía medio metro, lo
único que parecía vivo en su cuerpo eran sus ojos, ojos ratoniles
que no se podían negar daban miedo. Tres mujeres estaban sentadas
alrededor del viejo. La menos vieja de ellas al ver a Mario se
levantó rápidamente y sin mediar palabra alguna y con una sonrisa
marinera agarró de la mano a Mario y lo condujo a un
callejón.
Entendí
al toque. Guardadita se las tenía Mario, seguro que en el trabajo
le dieron el dato.
-
Hola cariño, no te había visto antes por acá. Me dijo la más
vieja de las mujeres, mientras la otra sonreía y me mostraba lo
más que podía sus muslos.
Me
limité a sonreír.
Un
cuadro enorme del Corazón de Jesús llamó mi atención.
-
Creo que es pajero. Se le escaparon las palabras al viejo, era
increíble que pudiera hablar.
La
más vieja me miró de reojo y encogió los hombros. Empezó a
hablar pero daba la impresión que le hablaba a nadie en
especial.
-
Como te seguía diciendo, en esos tiempos yo no andava en esta nota,
yo sólo venía cuando el gordo me traía. Así fue que conocí a la
"Colorada". Juancito por esa época lucía un terno azul
marino, no dejaba para nada el terno y fumaba como chino en quiebra,
buena gente el Juancito. Aprovecha me decía la "Colorada"
cuando se descuidaba el gordo y, es que ella no se daba abasto, no
te miento que le contaba por lo menos unos veinticinco diarios y
vieras con qué alegría los despachaba. Eran otros tiempos...
La
otra mujer se levantó de su silla y se acercó al viejo, le cogió
la mano con cariño y le dijo:
-
Vamos, Juancito, mueve los pomos que no he hecho nada esta
mañana.
El
viejo permaneció impasible.
Los
pasos de Mario y su acompañante hicieron saltar de sus asientos a
las mujeres. La más vieja me aventó las palabras con
desesperación:
-
Guapo, entras conmigo, ¿Verdad?
Y
la otra con el doble de desesperación:
-
Vamos, Daysy, el hombre no está loco, él se va conmigo ¿sí o no,
corazoncito?.
Me
sentí una pelota extraviada en un campo de tiro.
De
pronto escucho el llanto de la mujer que entró con Mario. Ya en la
sala la mujer corrió a los brazos del anciano y estalló en
sollozos. La más vieja de las mujeres que estaba conmigo se acercó
y algo le habló a la mujer que lloraba, ésta acercó sus labios al
oído de la vieja.
-
Ah, no, por allí, no . Exclamó la más vieja, sacó un
cuchillo pequeño de su pecho y lanzó contra Mario que estaba a mi
lado abotonándose la camisa. Por suerte Mario logró esquivarla, yo
ni corto ni perezozo salí volando de la casa y no paré hasta
llegar a la plazuela Checa. Ya me iba cuando me dio alcance
Mario.
-
Te invito dos cervezas en el "Punto Rojo". Me dijo. Yo no
tenía ninguna razón válida para no aceptarle. Conversamos de
todo, que en su caso se reducía a hablar de Esteves, Esteves y más
Esteves. Ni una palabra sobre el incidente. Yo no tenía ningún
derecho a preguntarle sobre ello, ni plata para comprar cerveza
tampoco.
A
las diez de la noche nos despedimos.
-
Viva Esteves. Fueron sus últimas palabras.
Estoy
tranquilo; con Mario tengo los cebiches asegurados.
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Las
personas no solamente se reconocen por el color ideológico, tal
como durante mucho tiempo fue supuesto en los últimos años. Por
tales motivos, Esteves fue tenido por rojo. Tampoco es determinante
el color de la piel, ya que por ese motivo a Esteves le dicen
"huairuro", pero en sentido cariñoso y fraterno. El
verdadero reconocimiento viene por el color de las intenciones:
Esteves merece el calificativo de "oscuro" por que son
torvos sus propósitos, impredecibles sus maldades y gratuita su
impiedad.
Estas
palabras, que por amistad con el profesor Esteves durante años no
me he atrevido a reproducir, debo confesarlas hoy presa de terror
por sus proyectos de venganza contra los ´nageles, que son seres
desvalidos y carentes de inteligencia: ¿Cómo podrán defenderse?
Ojalá el demonio se compadezca de su terrible orfandad, ojalá no
tenga que ser testigo de los abyectos desatinos a que están
condenados.
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I
Sintió
el rostro enronchado de tristeza. Se alegró. La tristeza no solía
visitarlo desde que trabajaba con el profesor Esteves. Es más,
aparte de la monotonía ningún sentimiento correteaba en su
vida.
II
Cuando
por fin se decidió a expresar sus más profundos sentimiento, fue
demasiado fácil. Nunca se percató realmente de la trascendencia de
su acto, que lo condenaba a la atroz miseria y la inmisericorde
demencia. Aquel día, por ebriedad, dijo lo que nunca se dice de los
jefes y antes de veinticuatro horas ya no tenía trabajo. El maldito
trabajo que sirve para poder comprar cerveza e invitar a los amigos.
Así, perdió también a sus amigos.
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El
viejo me lanza otro beso volado.
Sonrío.
Tiene
puesto un ridículo gorro igual a los que usa mamá.
Pido
otra cerveza.
El
nombre de una mujer se estrella en mi cabeza.
El
viejo paga con un billete grande. El mozo hace una mueca
desagradable.
En
la mesa de mi costado, las dos morenas han capturado a un incauto
que les invita cerveza.
El
viejo me hace una seña y contoneando sus caderas sale. Imbécil, el
frío se encargará de él.
El
mozo me mira y se instala cerca de la puerta.
La
boca me sabe a óxido.
El
incauto se marcha molesto de la otra mesa.
La
cerveza se me acaba.
Las
morenas me llaman.
Aceptó
con una sonrisa y me instalo en su mesa.
Escucho.
Si
hubiera financiamiento escribiría un par de libros sobre
ellas.
El
mozo está inquieto.
Una
pareja pasa por nuestra mesa y se despide de las morenas. La más
vieja le besa la oreja al señor.
Voy
al baño. descubro una puerta trasera. No lo pienso mucho. Apreto el
paso. Hace frío y mañana es lunes y hay que despistar al
trabajo.
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Mi
nombre nunca me ha gustado pero nunca tuve el coraje suficiente para
cambiármelo. En cambio mi apellido, Esteves, me fascina. Los dioses
del olimpo acertaron en lo que a mi apellido y mi vida concierne. Me
he acostumbrado a los reveses que cuando algo me sale bien me siento
mal, muy mal. Debí nacer en España pero un asunto de negocios de
mi padre me hizo nacer en un pueblito al sur de Bélgica. De mi
niñez tengo un vago recuerdo, tan vago pero tan vago que prefiero
no consignarlo. En la adolescencia amaba a María, María amaba
profundamente a mi perro. Más no sé.
No
me siento español. Mucho menos peruano, aunque éstos siempre me
celebran con bombos y platillos cualquier empresa que
emprendo.
Las
mujeres, por ser mujeres, se salvan un poco de mis juicios canallas.
Nunca he tenido nada serio con ellas. Los rigores del matrimonio
están hechos para espíritus inferiores.
Siempre
he tomado y fumado con moderación, lo cual dice mucho de mi
normalidad.
Aquella
noche, el calor era una navaja que no me permitía estar en paz con
el mundo. Ni siquiera la lectura de Sotileza de Pereda logró
aquietar mi espíritu. Salí de mi oficina y una extraña fuerza me
guió al cuarto de servicio. Tomé la escopeta y me dirijí a la
jaula de los perros. Les disparé sin misericordia. No lo niego, era
música celestial escuchar los auxilios lastimeros de los perros;
perros a los cuales quería por ser compañeros de años, pero así
es la vida. Todos me vieron. Nadie me dijo nada. Hoy he escuchado
que van a despedir a los guardianes de turno.
Mañana
viajo a España.
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A
pesar de que sé que tú piensas que el amor lo echa a perder todo y
que escribir una carta es síntoma de amor, necesito escribirte. No
sé si estas ganas de escribirte, Esteves de mi corazón, empezaron
desde anoche en que no me decidía entre ir a la fiesta de la
Legión o quedarme viendo tele. En la fiesta era una fija que iría
a parar a las manos de las esposas de los legionarios impresionadas
con mi collar de chaquiras mientras sus esposos arreglaban el mundo
cerveza de por medio. Al final como me sucede desde que te conocí
no hice ni lo uno ni lo otro. Me quedé dormida pensando en esa
tristeza tuya de ayer por la mañana, no hablastes con nadie pero
tampoco encendiste tu pipa, era como si extrañaras tus tierras
lejanas o a tu familia, si es que la tienes. Pero basta no quiero
hablar de tu tristeza, quiero hablar de mi tristeza; te cuento que
hoy la he mandado de compras y en uno de esos arranques que me dan
saqué de la cuna a la menor, alisté al menos menor y al ya no tan
menor y con esta preciosura de menor que soy yo salimos al parque a
correr y saltar y realmente es allí en ese enredo de menorías es
donde tomé la decisión de escribirte; esto naturalmente después
de amarrar a un poste el deseo de llamarte por teléfono y
escucharte esa voz que hace que todos los días sienta el enorme
deseo de cruzar la puerta de tu oficina y me siente en el más viejo
de los muebles a hablarte de esa manía de mi madre que ha agarrado
la costumbre de apuntar en las paredes la fecha en que las gallinas
se han echado a empollar sus pollitos, aunque creo que eso aún no
te lo he contado, o de contarte que mi padre se pasa las horas
acariciando con sus ojos las rosas, los terciopelos, los claveles,
la reseda, pero sobre todo los terciopelos rojos, tan rojos como su
pecho que en otros tiempos lucpia orgulloso en el muelle de
Lobitos.
Debo
admitir que no sólo me gusta escucharte, me gusta también
hablarte, hablar y hablar que el mundo se va a acabar y, si esto
sucediera, que sea mientras yo te esté hablando y tú me estés
escuchando.
Esperando
no haberte cansado, se despide con el corazón en los labios,
María.
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Como todos saben Esteves era profesor. No muy bueno pero profesor al fin
y al cabo. Tenía los años acumulados en los codos. Agrio como él
sólo, sino que lo diga el tipo al que molió a golpes en un auto
por no sé que motivos. Era más que un tipo extraño; pasaba de la
alegría más intensa a la tristeza más endemoniada. Se vestía de
una manera despreocupada, no era raro que usara una camisa por
varios días. Era de temer cuando te halagaba, eso era señal fija
de que estaba maquinando algo no muy bueno contra el destinatario de
sus lisonjas; a pesar de eso mucha gente lo rodeaba y lo admiraba,
era moneda corriente verlo rodeado de chicas en los pasillos
absolviendo las más diversas preguntas. Eso sí todos sabíamos que
cuando fumaba su pipa nadie debía acercársele así sea el mismo
rector; era curioso verlo fumar, entornaba sus ojos de bolero que
parecía que en cualquier momento le iba a dar un ataque cardiaco.
Joaquín Saba era el perro más fiel de los admiradores de Esteves.
Esteves para variar simplemente lo odiaba, tanto o quizá más que
al cine. Era enfermizo su odio hacia el cine, recuerdo que en un
coloquio sobre cine y arte empleó mpas de dos horas para demostrar
que la vida no es como en el cine donde todas las alegrías y
tragedias suceden en dos horas, "en la realidad cada minuto
pesa" sentenció al final y recogiendo la infinidad de papeles
que había llevado se retiró con el ceño recontra arrugado. No le
dio la mano al Decano que quiso agradecerle su participación.
Algunos estudiantes de las Facultad quisieron rechiflarlo pero la
fea mirada de las chicas los hizo chuparse.
En
otra oportunidad, en una de las pocas clases que falté en su curso,
me contaron que le preguntaron porque odiaba a Joaquín Saba, si
Joaquín era buenísima gente y lo adoraba. Él se enojó mucho y se
marchó. A los diez minutos regresó más molesto de lo que se
había ido y le gritó a la chica que le había preguntado:
"Cuando todas las traiciones se justifican es que hemos
aprendido a ser viejos". Nadie entendió nada.
Hace
una semana murió el profesor Esteves, un auto blanco lo arrolló
por la salida a Sullana, nadie sabe que hacía por esos descampados
el profesor, pero la verdad es que desde el asunto de los perros,
Esteves estaba insoportable.
Ayer,
sin que me vieran, entré en la oficina de Esteves, no sé realmente
qué buscaba pero grande fue mi sorpresa cuando encontré los poemas
que voy a presentarles, parece que los había presentado a algún
concurso porque estaban debidamente compaginados y debajo del
título del poemario tenían un seudónimo. Estaban escritos a mano
con esa hermosa letra redonda del profesor. Me paralizó leer el
décimo poema, su carácter premonitorio es innegable. Disfruten,
pue, queridos lectores de los poemas del profesor Esteves a quien
Dios en su infinita bondad haya acogido en su pecho.
¡Ah,
me olvidadaba! permítanme presentarme, soy Joaquín Saba para
servirles.
I
Paso
a beso
he
minado
la
terquedad
de
las lluvias
y
he salido
a
encender
hogueras
en
la piel
más
oscura
de
la luna
II
No
es tarea
de
la poesía
romperle
los
dientes
a
la rutina
pero
nos ayuda
a
enredarnos
en
la vida.
III
La
poesía
no
es más
que
un teléfono
olvidado
en
las lluvias
de
Sechura
IV
Poner
un punto
en
el centro
de
una hoja
en
blanco
es
más hermoso
que
tirar
cien
palabras
con
la intención
de
llenar
la
hoja.
V
Toda
búsqueda
es
un peligro
y
todo hallazgo
agoniza
en las rejas
del
desconsuelo
porque
encontrar
es una
forma
de perderse.
VI
Los
galopes
de
un caballo
resonando
en
la lluvia
son
los secretos
anhelos
de una
gaviota
que
cree
huir
de
la rutina.
VII
Estar
solo
no
es lo mismo
que
sentirse solo
todo
el mundo lo sabe
pero
a nadie
le
importa.
VIII
Para
tener éxito
tienes
que disparar
un
canto feliz
El
mundo no acepta
poetas
llorones
danzando
alrededor
de
la luna
Estoy
perdido.
IX
La
escritura me salva
La
escritura me hunde
Una
mujer me salva
La
otra me hunde
Sólo
me queda
Indagar
por la muerte
en
el pedo
De
una hormiga.
X
Yo
soy el que hace
Un
momento
Debió
haber cruzado
la
pista
Y
al que ahora
Una
desdentada mujer
cubre
Con
unos amarillentos
Periódicos.
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La
lluvia y yo (Poema)
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