Editor: Lic. Andrés Vera Córdova

 

Región Piura

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Piura

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CONTENIDO:

El zapatero y sus turbias ranas

Era un hombre hecho para el olvido.

Todos los días se instalaba al costado del único árbol que el progreso había dejado en la avenida.

- Hola, nene -me dijo al acercármele como de costumbre, después de recorrer las calles buscando canelos para venderles libros. Me molestaba cuando me decía nene, pero no le hice caso, no estaba con ánimo para asuntarle, había caminado bastante y sólo tenía en mi mochila promesas para fin de mes. 

- Estás callado hoy, seguro que estás con plata. Me dijo sin mirarme, intentando picarme.

La verdad es que me daba flojera hablar; así que me senté en uno de sus banquitos patulecos que siempre tenía a mano. Varios zapatos desperdigados por el suelo esperaban su turno para ser manipulados por esas manos callosas que los trataba con veneración.

- Quisiera pasar por la vida sin tener nada que vender pero sí mucho que comprar. Le dije de pronto sin saber por qué; seguro era uno de esos malditos pensamientos que se me venían de pronto y se me descolgaban a la boca sin pedirme permiso. 

Lanzó una carcajada y me miró fijo con sus ojos de águila bizca. Me hizo sentir desnudo el puta. 

Le bajé la mirada. 

Volvió a sus zapatos. 

- Sabes...

- No, no sé. 

Me miró con cólera, estaba a punto de tirarme un zapato. Apresuradamente le indiqué con las manos que siguiera hablando. Felizmente así lo hizo. 

- Hay cosas que no nos explicamos. Ayer, por ejemplo, tuve que ir al mercadillo a comprar suela. A la altura de la Dos de Mayo un chiquillo empezó a caminar paralelamente a mí, seguía el mismo compás en que yo iba. Yo me paraba y él también lo hacía, se divertía mucho al hacerlo, me vaciló su alegría y le regalé el único billete que llevaba conmigo. 

Con los ojos me dio a entender que esperaba mi respuesta a su estupidez. Encogí los hombros, dándole a entender que me interesaba un comino lo que me había dicho. 

Quedamos largo rato en silencio. 

Llegó Liliana, la chica que le llevaba la comida. 

Fue el miserable de Agurto el que lo dijo por primera vez, pero no se equivocaba; Liliana tenía unos hermosos ojos árabes y como también dijo el mismo miserable: sus ojos bastaban para esperar una, dos y hasta tres horas en cualquier esquina. 

Liliana dejó las viandas despostilladas en el suelo y antes de marcharse, sin mediar palabra alguna me pellizcó un cachete. El viejo sonrió y me dijo:

- Es una lástima que las lunas que a nosotros vienen casi siempre ya están mordidas. 

No le hice caso. 

Me lo imaginé comiendo y casi vomito. Decidí marcharme. Bueno, decidí es una palabra porque yo nunca decido nada, siempre las circunstancias o el destino, qué sé yo, se encargan de marcarme el sendero; yo soy de los patas que pueden estar alistándose para asistir a una fiesta pero si alguien llega a verme para ir a un sepelio me voy al sepelio y ya en el sepelio estaré pensando en la fiesta y si luego voy a la fiesta pensaré en el sepelio. 

El hecho es que no me marché. 

Luego todo es confuso. Juro que no sé como pasó. Por lo poco que he logrado escuchar, un tal profesor Esteves nos arrolló con su camioneta. Mi padre dice que estaba hasta el cien de borracho. Mi madre está feliz. 

- Después de todo has tenido suerte, no tienes nada de consideración, y desde el lunes entrante ya tienes trabajo fijo, serás el secretario del profesor Esteves.

- ¿Y el zapatero?.

- Dios lo tenga en su santa gloria a ese desdichado.

Media lágrima corre por mi mejilla. 

Todos tienen un amor... El Profesor Esteves también.

Una mujer me ha mirado.

Yo también.

Es una mujer alta con una sonrisa que hace pensar en helados.

Sus ojos delatan un antepasado pirata. 

Quizá ella pueda ser la madre de mis hijos. Quizá tenga una madre buena gente a la cual le guste invitarme torta de chocolate... Cada vez que lo hace no dejo ninguna migaja. Su casa es amplia. Tiene un gato. Es un gato raro, me cuenta la señora, no le gustan los techos y se lleva muy bien con los ratones.

El padre es serio, sólo me ha mirado de frente un par de veces. Me estudia. Es buena gente aunque trate de disimularlo. Nada temo.

Pero... se está acercando. ¿Podré resistirlo?.

Me está hablando:

- Cincuenta soles, servicio completo

La paciencia del Profesor Esteves

Yo sé que todos dicen que son inocentes. No caeré en tal tentación. No apelaré a nada. Sé muy bien que encontrar es sólo una forma de perderse.

Una sola palabra define al tipo ése: abominable.

Primero me dijo:

- Gordo, pon un sol y yo pongo el otro.

No le contesté.

Encendió un cigarro.

La mejor de mis miradas fulminantes no lo inmutó.

Habló de fútbol.

Cerré los ojos y simulé roncar.

Calló.

Abrí los ojos y no puedo negar que una sonrisa surfeaba en mis labios. 

Estornudó. Un desagradable olor a ventosidad inundó el ambiente. 

Comprendí que la partida me era adversa y lamenté los apuros que estarían pasando los organizadores de la conferencia pero ya no iba a llegar a tiempo, me dispuse a marcharme. No pude hacerlo, el tipo ya estaba hablando linduras del presidente. 

Era el colmo.

Yo soy un tipo paciente, pero no tanto. 

El resto es historia conocida. 

Por allí no

La casa parecía que se iba a caer en cualquier momento, se diferenciaba de las otras casas por la ventana chiquita que tenía al lado derecho de la puerta. La insistencia de Mario y la vieja costumbre de no tener nada que hacer me había llevado allí. No habíamos cruzado palabra en el camino. Al tiempo veía a Mario, desde que el lechero tuvo un accidente e ingresó a trabajar con un tal profesor Esteves no nos veíamos mucho; al sonso de Mario le gustaba entregarse al trabajo. 

Cuando entramos a la casa me estremecí hasta las nalgas al ver a un viejecillo acostado en una destartalada cama a la altura de la ventanita. El viejo era lampiño y apenas si medía medio metro, lo único que parecía vivo en su cuerpo eran sus ojos, ojos ratoniles que no se podían negar daban miedo. Tres mujeres estaban sentadas alrededor del viejo. La menos vieja de ellas al ver a Mario se levantó rápidamente y sin mediar palabra alguna y con una sonrisa marinera agarró de la mano a Mario y lo condujo a un callejón. 

Entendí al toque. Guardadita se las tenía Mario, seguro que en el trabajo le dieron el dato. 

- Hola cariño, no te había visto antes por acá. Me dijo la más vieja de las mujeres, mientras la otra sonreía y me mostraba lo más que podía sus muslos. 

Me limité a sonreír.

Un cuadro enorme del Corazón de Jesús llamó mi atención. 

- Creo que es pajero. Se le escaparon las palabras al viejo, era increíble que pudiera hablar. 

La más vieja me miró de reojo y encogió los hombros. Empezó a hablar pero daba la impresión que le hablaba a nadie en especial. 

- Como te seguía diciendo, en esos tiempos yo no andava en esta nota, yo sólo venía cuando el gordo me traía. Así fue que conocí a la "Colorada". Juancito por esa época lucía un terno azul marino, no dejaba para nada el terno y fumaba como chino en quiebra, buena gente el Juancito. Aprovecha me decía la "Colorada" cuando se descuidaba el gordo y, es que ella no se daba abasto, no te miento que le contaba por lo menos unos veinticinco diarios y vieras con qué alegría los despachaba. Eran otros tiempos...

La otra mujer se levantó de su silla y se acercó al viejo, le cogió la mano con cariño y le dijo:

- Vamos, Juancito, mueve los pomos que no he hecho nada esta mañana. 

El viejo permaneció impasible. 

Los pasos de Mario y su acompañante hicieron saltar de sus asientos a las mujeres. La más vieja me aventó las palabras con desesperación: 

- Guapo, entras conmigo, ¿Verdad?

Y la otra con el doble de desesperación:

- Vamos, Daysy, el hombre no está loco, él se va conmigo ¿sí o no, corazoncito?. 

Me sentí una pelota extraviada en un campo de tiro. 

De pronto escucho el llanto de la mujer que entró con Mario. Ya en la sala la mujer corrió a los brazos del anciano y estalló en sollozos. La más vieja de las mujeres que estaba conmigo se acercó y algo le habló a la mujer que lloraba, ésta acercó sus labios al oído de la vieja.

- Ah, no, por allí, no . Exclamó la más vieja, sacó un  cuchillo pequeño de su pecho y lanzó contra Mario que estaba a mi lado abotonándose la camisa. Por suerte Mario logró esquivarla, yo ni corto ni perezozo salí volando de la casa y no paré hasta llegar a la plazuela Checa. Ya me iba cuando me dio alcance Mario. 

- Te invito dos cervezas en el "Punto Rojo". Me dijo. Yo no tenía ninguna razón válida para no aceptarle. Conversamos de todo, que en su caso se reducía a hablar de Esteves, Esteves y más Esteves. Ni una palabra sobre el incidente. Yo no tenía ningún derecho a preguntarle sobre ello, ni plata para comprar cerveza tampoco. 

A las diez de la noche nos despedimos.

- Viva Esteves. Fueron sus últimas palabras.

Estoy tranquilo; con Mario tengo los cebiches asegurados. 

Un Fax sobrevuela por el Rectorado

Las personas no solamente se reconocen por el color ideológico, tal como durante mucho tiempo fue supuesto en los últimos años. Por tales motivos, Esteves fue tenido por rojo. Tampoco es determinante el color de la piel, ya que por ese motivo a Esteves le dicen "huairuro", pero en sentido cariñoso y fraterno. El verdadero reconocimiento viene por el color de las intenciones: Esteves merece el calificativo de "oscuro" por que son torvos sus propósitos, impredecibles sus maldades y gratuita su impiedad. 

Estas palabras, que por amistad con el profesor Esteves durante años no me he atrevido a reproducir, debo confesarlas hoy presa de terror por sus proyectos de venganza contra los ´nageles, que son seres desvalidos y carentes de inteligencia: ¿Cómo podrán defenderse? Ojalá el demonio se compadezca de su terrible orfandad, ojalá no tenga que ser testigo de los abyectos desatinos a que están condenados. 

El Asistente del Profesor Esteves

I

Sintió el rostro enronchado de tristeza. Se alegró. La tristeza no solía visitarlo desde que trabajaba con el profesor Esteves. Es más, aparte de la monotonía ningún sentimiento correteaba en su vida. 

II

Cuando por fin se decidió a expresar sus más profundos sentimiento, fue demasiado fácil. Nunca se percató realmente de la trascendencia de su acto, que lo condenaba a la atroz miseria y la inmisericorde demencia. Aquel día, por ebriedad, dijo lo que nunca se dice de los jefes y antes de veinticuatro horas ya no tenía trabajo. El maldito trabajo que sirve para poder comprar cerveza e invitar a los amigos. Así, perdió también a sus amigos. 

Una noche sin bividí del Profesor Esteves

El viejo me lanza otro beso volado.

Sonrío.

Tiene puesto un ridículo gorro igual a los que usa mamá.

Pido otra cerveza.

El nombre de una mujer se estrella en mi cabeza.

El viejo paga con un billete grande. El mozo hace una mueca desagradable. 

En la mesa de mi costado, las dos morenas han capturado a un incauto que les invita cerveza. 

El viejo me hace una seña y contoneando sus caderas sale. Imbécil, el frío se encargará de él. 

El mozo me mira y se instala cerca de la puerta. 

La boca me sabe a óxido. 

El incauto se marcha molesto de la otra mesa. 

La cerveza se me acaba. 

Las morenas me llaman. 

Aceptó con una sonrisa y me instalo en su mesa. 

Escucho. 

Si hubiera financiamiento escribiría un par de libros sobre ellas. 

El mozo está inquieto. 

Una pareja pasa por nuestra mesa y se despide de las morenas. La más vieja le besa la oreja al señor. 

Voy al baño. descubro una puerta trasera. No lo pienso mucho. Apreto el paso. Hace frío y mañana es lunes y hay que despistar al trabajo. 

Sotileza

Mi nombre nunca me ha gustado pero nunca tuve el coraje suficiente para cambiármelo. En cambio mi apellido, Esteves, me fascina. Los dioses del olimpo acertaron en lo que a mi apellido y mi vida concierne. Me he acostumbrado a los reveses que cuando algo me sale bien me siento mal, muy mal. Debí nacer en España pero un asunto de negocios de mi padre me hizo nacer en un pueblito al sur de Bélgica. De mi niñez tengo un vago recuerdo, tan vago pero tan vago que prefiero no consignarlo. En la adolescencia amaba a María, María amaba profundamente a mi perro. Más no sé. 

No me siento español. Mucho menos peruano, aunque éstos siempre me celebran con bombos y platillos cualquier empresa que emprendo. 

Las mujeres, por ser mujeres, se salvan un poco de mis juicios canallas. Nunca he tenido nada serio con ellas. Los rigores del matrimonio están hechos para espíritus inferiores. 

Siempre he tomado y fumado con moderación, lo cual dice mucho de mi normalidad. 

Aquella noche, el calor era una navaja que no me permitía estar en paz con el mundo. Ni siquiera la lectura de Sotileza de Pereda logró aquietar mi espíritu. Salí de mi oficina y una extraña fuerza me guió al cuarto de servicio. Tomé la escopeta y me dirijí a la jaula de los perros. Les disparé sin misericordia. No lo niego, era música celestial escuchar los auxilios lastimeros de los perros; perros a los cuales quería por ser compañeros de años, pero así es la vida. Todos me vieron. Nadie me dijo nada. Hoy he escuchado que van a despedir a los guardianes de turno. 

Mañana viajo a España. 

María la secretaria, escribe a Esteves

A pesar de que sé que tú piensas que el amor lo echa a perder todo y que escribir una carta es síntoma de amor, necesito escribirte. No sé si estas ganas de escribirte, Esteves de mi corazón, empezaron desde anoche en que no me decidía entre ir a la fiesta de la Legión o quedarme viendo tele. En la fiesta era una fija que iría a parar a las manos de las esposas de los legionarios impresionadas con mi collar de chaquiras mientras sus esposos arreglaban el mundo cerveza de por medio. Al final como me sucede desde que te conocí no hice ni lo uno ni lo otro. Me quedé dormida pensando en esa tristeza tuya de ayer por la mañana, no hablastes con nadie pero tampoco encendiste tu pipa, era como si extrañaras tus tierras lejanas o a tu familia, si es que la tienes. Pero basta no quiero hablar de tu tristeza, quiero hablar de mi tristeza; te cuento que hoy la he mandado de compras y en uno de esos arranques que me dan saqué de la cuna a la menor, alisté al menos menor y al ya no tan menor y con esta preciosura de menor que soy yo salimos al parque a correr y saltar y realmente es allí en ese enredo de menorías es donde tomé la decisión de escribirte; esto naturalmente después de amarrar a un poste el deseo de llamarte por teléfono y escucharte esa voz que hace que todos los días sienta el enorme deseo de cruzar la puerta de tu oficina y me siente en el más viejo de los muebles a hablarte de esa manía de mi madre que ha agarrado la costumbre de apuntar en las paredes la fecha en que las gallinas se han echado a empollar sus pollitos, aunque creo que eso aún no te lo he contado, o de contarte que mi padre se pasa las horas acariciando con sus ojos las rosas, los terciopelos, los claveles, la reseda, pero sobre todo los terciopelos rojos, tan rojos como su pecho que en otros tiempos lucpia orgulloso en el muelle de Lobitos. 

Debo admitir que no sólo me gusta escucharte, me gusta también hablarte, hablar y hablar que el mundo se va a acabar y, si esto sucediera, que sea mientras yo te esté hablando y tú me estés escuchando. 

Esperando no haberte cansado, se despide con el corazón en los labios, María. 

Los poemas del Profesor Esteves

Como todos saben Esteves era profesor. No muy bueno pero profesor al fin y al cabo. Tenía los años acumulados en los codos. Agrio como él sólo, sino que lo diga el tipo al que molió a golpes en un auto por no sé que motivos. Era más que un tipo extraño; pasaba de la alegría más intensa a la tristeza más endemoniada. Se vestía de una manera despreocupada, no era raro que usara una camisa por varios días. Era de temer cuando te halagaba, eso era señal fija de que estaba maquinando algo no muy bueno contra el destinatario de sus lisonjas; a pesar de eso mucha gente lo rodeaba y lo admiraba, era moneda corriente verlo rodeado de chicas en los pasillos absolviendo las más diversas preguntas. Eso sí todos sabíamos que cuando fumaba su pipa nadie debía acercársele así sea el mismo rector; era curioso verlo fumar, entornaba sus ojos de bolero que parecía que en cualquier momento le iba a dar un ataque cardiaco. Joaquín Saba era el perro más fiel de los admiradores de Esteves. Esteves para variar simplemente lo odiaba, tanto o quizá más que al cine. Era enfermizo su odio hacia el cine, recuerdo que en un coloquio sobre cine y arte empleó mpas de dos horas para demostrar que la vida no es como en el cine donde todas las alegrías y tragedias suceden en dos horas, "en la realidad cada minuto pesa" sentenció al final y recogiendo la infinidad de papeles que había llevado se retiró con el ceño recontra arrugado. No le dio la mano al Decano que quiso agradecerle su participación. Algunos estudiantes de las Facultad quisieron rechiflarlo pero la fea mirada de las chicas los hizo chuparse. 

En otra oportunidad, en una de las pocas clases que falté en su curso, me contaron que le preguntaron porque odiaba a Joaquín Saba, si Joaquín era buenísima gente y lo adoraba. Él se enojó mucho y se marchó. A los diez minutos regresó más molesto de lo que se había ido y le gritó a la chica que le había preguntado: "Cuando todas las traiciones se justifican es que hemos aprendido a ser viejos". Nadie entendió nada. 

Hace una semana murió el profesor Esteves, un auto blanco lo arrolló por la salida a Sullana, nadie sabe que hacía por esos descampados el profesor, pero la verdad es que desde el asunto de los perros, Esteves estaba insoportable. 

Ayer, sin que me vieran, entré en la oficina de Esteves, no sé realmente qué buscaba pero grande fue mi sorpresa cuando encontré los poemas que voy a presentarles, parece que los había presentado a algún concurso porque estaban debidamente compaginados y debajo del título del poemario tenían un seudónimo. Estaban escritos a mano con esa hermosa letra redonda del profesor. Me paralizó leer el décimo poema, su carácter premonitorio es innegable. Disfruten, pue, queridos lectores de los poemas del profesor Esteves a quien Dios en su infinita bondad haya acogido en su pecho. 

¡Ah, me olvidadaba! permítanme presentarme, soy Joaquín Saba para servirles. 

LA LLUVIA Y YO

I

Paso a beso

he minado

la terquedad

de las lluvias

y he salido

a encender

hogueras

en la piel

más oscura

de la luna

II

No es tarea

de la poesía

romperle

los dientes

a la rutina

pero nos ayuda

a enredarnos

en la vida.

III

La poesía

no es más 

que un teléfono

olvidado

en las lluvias

de Sechura

IV

Poner un punto

en el centro

de una hoja

en blanco

es más hermoso

que tirar

cien palabras

con la intención

de llenar 

la hoja.

V

Toda búsqueda

es un peligro

y todo hallazgo

agoniza en las rejas

del desconsuelo

porque

encontrar es una 

forma de perderse.

VI

Los galopes

de un caballo

resonando 

en la lluvia

son los secretos

anhelos de una

gaviota

que cree

huir

de la rutina.

VII

Estar solo

no es lo mismo

que sentirse solo

todo el mundo lo sabe

pero a nadie

le importa.

VIII

Para tener éxito

tienes que disparar

un canto feliz

El mundo no acepta

poetas llorones

danzando alrededor

de la luna

Estoy perdido. 

IX

La escritura me salva

La escritura me hunde

Una mujer me salva

La otra me hunde

Sólo me queda

Indagar por la muerte

en el pedo

De una hormiga.

X

Yo soy el que hace

Un momento

Debió haber cruzado

la pista

Y al que ahora

Una desdentada mujer

cubre

Con unos amarillentos

Periódicos. 

La lluvia y yo (Poema)